Volvimos mujeres

El lapsus de Alberto Fernández desde la óptica de Jacques Lacan. El peronismo, las disidencias, la democratización del goce y cómo pensar y hacer política en la era de las luchas feministas.

* Por Águeda Pereyra, Darío Charaf, Julio Canosa


No sé cómo hacer, por qué no decirlo, con la verdad, ni con la mujer

Jacques Lacan


El único acto logrado es el acto fallido.

Tras una larga jornada de asunción de su mandato, en su discurso frente a una multitudinaria Plaza de Mayo, un lapsus del presidente electo logró aquello que ciertos feminismos no logran con sus debates acerca del cupo de mujeres en los partidos y en la política: transmitir la potencia emancipatoria de lo femenino en lo político.

Esa torsión de “mejor” en “mujer” en el “Volvimos, y vamos a ser mujeres” dicho por Alberto, con Cristina a su lado, se inscribe en una historia que preexiste al fallido del presidente Fernández: la de la inclusión de lo femenino en un movimiento popular, eje central del peronismo.

Desde Evita y el voto femenino, hasta la ley de identidad de género y los programas destinados a erradicar la violencia contra las mujeres durante el gobierno de CFK, el peronismo siempre estuvo marcado por la ampliación de derechos para las mujeres. Esto no impidió que la desigualdad hacia las mujeres continuara existiendo, claro está, pero paradójicamente tampoco impidió que se lo acusara de machismo.

Lo que nos interesa interrogar, en este tropiezo del dicho y acierto del decir, es cómo el desliz (de lo) femenino puede articularse con una política emancipatoria, una politicidad femenina o, quizás mejor, una política que incluya lo femenino.

Luciana Cadahia afirma que “de un tiempo a esta parte se ha resaltado la necesidad de feminizar la política, y lo femenino se ha vuelto un lugar de enunciación privilegiado para hacer imaginable, una vez más, la emancipación”. No obstante, ubicamos, junto a la autora, dos riesgos implicados en esta irrupción de lo femenino en la escena política: por un lado, el de una clausura identitaria y por otro, una sacralización que ubicaría el elemento femenino por fuera de la lógica del conflicto y los antagonismos. La lógica identitaria apunta siempre a lo homogéneo, al para-todos.

Roque Farrán plantea lúcidamente la paradoja que introduce el capitalismo, en la medida en que se caracteriza por la disolución de los lazos que arrastra al individualismo feroz, pero, no obstante, plantea una única lógica, “hay un único lazo y modo de interacción social prevalente, homogéneo, totalizante y asimismo estupidizante, regido por la lógica de la equivalencia general del dinero”.

¿Qué diferencia puede desplegarse en ese terreno, más allá de las que imprime la lógica del mercado? Dicho de otro modo, ¿qué posibilidad queda para la irrupción de lo singular?

Proponemos, entonces, que “Volvimos mujeres” sea leído según los desarrollos de Jacques Lacan, quien señala que lo femenino, lejos de corresponderse con una esencia o una determinada biología, es lo que viene a recordarnos que “no-todo es goce fálico”. La apertura, lo sin-límites, lo antijerárquico caracterizan una posición que no deja de refutar cualquier pretendida universalidad, cualquier versión única y que nos permite pensar un Común que no coincida con esta lógica —masculina por excelencia— en la que los proyectos identificatorios se cristalizan en la masa.

Como afirma Jorge Alemán, en su “Soledad: Común”, la verdadera diferencia, “la diferencia absoluta”, exige la igualdad como condición de posibilidad, igualdad que no se puede construir en la lógica del “para-todos”.

“Te traicionó el inconsciente”, dice el refrán con el que el saber popular degrada un fenómeno del lenguaje que, en este caso, se revela como una marca que rubrica el deseo decidido detrás de un proyecto político que buscar construir, finalmente, una unidad a distancia de cualquier unanimidad y uniformidad.

El discurso pronunciado esa misma mañana frente a la Asamblea Legislativa llama a fundar un Nuevo Contrato de Ciudadanía Social para el tiempo que se inaugura y se propone como una la construcción de un orden que, en franco desafío a esa lógica de la homogeneidad, sea Fraterno y Solidario: lejos de fundar la política en un temor al diferente llama a abrazar la diferencia, a convivir con ella y a tender aún más la mano a los últimos para luego llegar a todos.

Esto no sucede sin líderes, pero no aquellos iluminados, que oyen siempre lo mismo —paradoja del superyó que Lacan supo remarcar— sino los que estén afectados por una escucha humilde que sea “capaz de descubrir la mejor faceta de quien piensa distinto a mí” y que, en consecuencia, permita “ser el primero en convivir con él sin horadar en sus falencias”.

“Volvimos mujeres... mejores” es también la oportunidad de reconsiderar la articulación —que hemos planteado ya en otro lugar— entre el populismo, tal como Laclau lo delinea en La razón populista, y la lógica del no-todo.

El populismo implica un modo de construcción de la política que no coincide con las fantasmagorías paranoides que se revolean usualmente, sino que señala que las totalidades son tan necesarias como imposibles y que la universalidad es elusiva.

Se trata de poner en cuestión la idea de una sociedad como totalidad plena, armónica: la presencia de antagonismos objeta el ideal de una sociedad unificable. Allí opera, como en el sujeto que inaugura el psicoanálisis, una división irreconciliable, una fractura estructural y estructurante. “Al decir esto no ignoro que los conflictos que enfrentamos expresan intereses y pujas distributivas”, es una frase que reconoce que un desacuerdo es menos un muro que amenaza que una condición para trabajar de acuerdo a una “una ética de las prioridades y las emergencias”.

Si no hay una sociedad totalizable, hay un antagonismo que opera como exterior constitutivo y a la vez se afirma como condición de posibilidad que permite la constitución de un todos heterogéneo, dispuesto a sumar múltiples singularidades.

Recordando a Néstor Kirchner, Alberto Fernández propuso partir de la idea de que toda verdad es relativa: resuena allí la noción de hegemonía, en tanto nos remite a una totalidad ausente y a los intentos de recomposición y rearticulación que, a partir de esta ausencia originaria, permiten dar sentido a las luchas sociales.

La hegemonía surge como esa respuesta, contingente, que asume la imposibilidad de una representación completa, proponiendo una universalidad siempre fallida e inestable, agujereada.

Alberto, en el discurso que cerró una fiesta popular que, fiel a la tradición peronista, se caracterizó por una democratización de la alegría y del goce, confrontó explícitamente a quienes ponen obstáculos para el crecimiento y el desarrollo del país, los que nos endeudan, los que postergan a los trabajadores, los que se privilegian hambreando al pueblo.

Alberto convoca a la articulación de una amplia mayoría: aquellos que, aún en la diferencia, comparten ciertas ideas rectoras de un proyecto nacional y popular. A la meritocracia del individualismo, a la política del “salvate vos”, le opuso la solidaridad que caracteriza un modelo inclusivo que se propone “poner a la Argentina de pie”.

Alberto, frente a una plaza colmada, desenrejada, demostró saber que la política es contradicción de intereses: Alberto afirmó saber a quiénes representa.

En Volver mujeres no resuena únicamente la inclusión de las mujeres en la política y la ampliación de derechos de las mujeres. Volver mujeres hace referencia entonces a un modo de hacer política y de pensar lo político: una política nacional y popular que no se clausure en procesos identitarios, una política de unidad que no tienda hacia la uniformidad y la unanimidad, una articulación de particularidades en una homogeneidad agujereada que preserve el lugar de lo heterogéneo, una política del no-todo que incluya y amplíe derechos universales preservando lo singular.

El lápiz verde