Volvió El Principito y dijo: “El crecimiento es invisible … a los ojos”

Por: Carlos Leyba

"Lo peor ya pasó" fue la frase clave del discurso del presidente Mauricio Macri. Para sus fans, inauguró una nueva etapa de adhesión a una agenda onda “progresista”. En la cabeza de la agenda va el aborto libre y gratuito, seguido de la licencia posparto para los padres, más la igualación de los salarios entre hombres y mujeres y la repetición habitual de la importancia de la educación.

Según los sanitaristas proprestación del aborto libre y gratuito, se realizan en el país, al margen de la ley y fuera de las instituciones sanitarias, 500/600 mil abortos por año (“en la Argentina se hacen entre 500 y 600 mil al año, Ricardo Roa, editor de Clarín”), los que son pagados por las mujeres que se lo practican. A su vez, los registros públicos hablan de 45 muertes por año como consecuencia de esas prácticas en lugares impropios.  

Si se torna seguro y gratuito, de no mediar cambios estructurales, es dable esperar el incremento del número de intervenciones. Suponiendo 250 días hábiles por año, podríamos calcular 2500 intervenciones quirúrgicas adicionales por día en los hospitales públicos, sin contar las intervenciones que se producirían como consecuencia de la llegada de los países vecinos. Las muertes, por esa causa, disminuirían.

El Ministerio de Salud habrá tomado los recaudos ante la eventualidad de la aprobación de la ley. O bien estima que las cifras de los promotores del aborto libre y gratuito son un verdadero disparate y se ha cuidado de darlo a conocer para no contradecir la presión: ese ministro está a favor.

Como es costumbre de Macri, las agendas se tiran al ruedo sin demasiada reflexión previa y a lo que pase. La idea central es “cambiar el escenario” porque el escenario en el que estoy (la economía, la sociedad) “me toca perder”. Clarísimo, gobierna Jaime Duran Barba; y para Mauricio (para CFK también) “la política” es ganar … para permanecer. No te gusta esta agenda … acá tenés otra.

Mas allá de la importancia de estos “nuevos derechos” que serían la envidia de Daniel Filmus, abanderado moderno y metropolitano de CFK ( el candidato de “más derechos”), la consecuencia es que por dos o tres meses, “los debates” en los medios y en la comisiones parlamentaria, estarán centrados en esta temática. Y la realidad económica y social quedará fuera de la agenda.

Es un mal escenario porque los hechos seguirán acumulándose (p.ej. MERCOSUR – UE) en el más absoluto silencio sin que los medios los reflejen y – como es sabido – sin medios las cosas “políticamente no existen¨.

Es un mal escenario porque es uno de confusión: los responsables no sienten la presión de los errores o de los problemas y los críticos aparecen devaluados ante la dimensión prioritaria de los nuevos derechos. Todo para el corto plazo y el tiempo pasa.

Es tan evidente el peso de la cortina de los “nuevos derechos” que uno de los ministros de menos ocupación del espacio público, Francisco Cabrera, responsable de “la producción”, le reclamó a los empresarios nacionales de la UIA que “se dejen de llorar” y que se “pongan a invertir y competir”, porque “lo que no vamos a hacer es castigar a todo el pueblo argentino para enriquecer a empresas grandes”

Cabrera es un CEO que nunca trabajó en una industria y tampoco es un economista con formación en economía industrial. Fue director ejecutivo del diario La Nación, trabajó en marketing y en el holding financiero del Grupo Roberts,  fundó Máxima AFJP, etc. Su CV acredita una carrera exitosísima, pero sin conocimientos de la problemática de la producción. Es un clásico del PRO.

Por eso no extraña que para señalar el “llanto injusto” de la industria diga: “Aumentamos los reintegros a las exportaciones, abrimos nuevos mercados”, pero no mencione el retraso cambiario. O que diga: “Bajamos aranceles de bienes de capital, simplificamos la aprobación de importaciones de líneas completas de producción” y no dé cuenta del enorme porcentaje de capacidad ociosa o de la ausencia de financiamiento de largo plazo y a tasas competitivas con el resto del mundo. O que diga: “Bajamos los costos logísticos, desregulamos transporte de bitrenes”, ¿realmente creerá que las rutas argentinas están aptas para los bitrenes?

Lo cierto es que en el discurso quedó claro que ya no se espera el “segundo semestre”. Etapa superada no porque haya llegado o esté por llegar, sino porque está descartada.

La manera más contundente de decirlo es que “el crecimiento es invisible”. Está, pero no se ve. Es la inversa de “el rey está desnudo”.

Nos dicen “ustedes no ven el crecimiento, que sería el abandono del pasado, porque es un crecimiento invisible”. Tal vez tan vertiginoso que nos hace ciegos. Nos encandila. ¿Es así?

O todo lo contrario. “El rey está desnudo”. No está viendo lo que realmente pasa. Y eso es grave porque el rey no lo sabe. ¿Será por eso que Macri les ha pedido a sus funcionarios que no le mientan, que le digan la verdad?

El kirchnerismo nos agobió con la misma catilinaria. Y años pasamos aclarando que no es que estuviésemos ciegos y que en realidad estaban desnudos.

Nos mentían y se mentían. ¿Y ahora?

También ayer el discurso de los K rondaba – ante las contundentes realidades que todo lo agobian – acerca de los “nuevos derechos”. Ante la invisibilidad de los resultados, el presidente Macri se despachó con una lista de “nuevos derechos”.

El “progresismo” palermitano – que ya no es el del bar La Paz – es convocado por el PRO.

Mauricio, de la mano de Durán Barba, ha dicho “hay crecimiento”, es decir, “lo peor ya pasó”, no se ve, pero aquí van nuevos derechos para que discutan.

Los nuevos derechos los introdujo por la insólita vía de “autorizar” a sus diputados a debatir las propuestas de la oposición. Fue una puesta en escena. Macri reconoce con este acto que sus legisladores son una “escribanía”: hacen lo que el Ejecutivo les ordena. Es lo horrible que hacían los K.

Y la idea de “abrir el debate”, acompañada de “pero nosotros no estamos de acuerdo”, es la misma actitud del chico díscolo que tira la piedra y sale corriendo.

El PRO de Macri promueve el aborto, pero lo hace “con disimulo”. No lo asume. La prueba es que, si se aprobara, no lo vetaría. ¿Por qué no lo dice? Nueva agenda de nuevos derechos. Todo sugiere que el presidente no tenía metas alcanzadas y no tenía un programa para anunciar cómo salir del pantano.

Y en el mismo barro dijo “lo peor ya pasó” y, entonces, como lo peor pasó, discutamos de los nuevos derechos. Marketing de “progresismo” cultural PRO inspirado por J. Durán Barba, que ha logrado entretener diarios, blogs, TV, radios, lejos de los problemas económicos y sociales.

De paso, le pega a Francisco. La primera etapa de la campaña fue la difamación en boca de los periodistas Jorge Fernández Díaz, Laura di Marco, Horacio Leuco, etc. En esta segunda etapa se trata de acusarlo de ser el jefe de los monstruos de la Edad Media. Devaluar la palabra de Francisco respecto de la cuestión social es una necesidad creciente ante la falta de resultados. Ya no será para un amplio sector de la sociedad “un hombre de la derecha”. El rédito electoral será muy grande. La habilidad para ganar es indiscutible. Pero no es lo mismo la habilidad para resolver los problemas que nos aquejan. Tan es así que hoy, según Sergio Berestein ─consultor afín al PRO─ señala que el 86 por ciento cree que la inflación es un problema y el 59 por ciento cree que la economía no está bien.

"Lo peor ya pasó" es una de sus frases más repetidas desde que comenzó a dar explicaciones de lo hecho por su Gobierno. ¿Lo peor ya pasó? Veamos.

Tenemos un déficit inédito en la balanza comercial y tenemos un déficit fiscal inédito medido sobre el PBI y una estrategia de resolverlo endeudándonos. Eso ¿es peor o mejor que qué?  

Tenemos una tasa de pobreza que avergüenza a cualquier persona decente y tenemos un escandaloso fracaso del sistema educativo. ¿Qué es “lo peor”? ¿Qué podemos dar por “pasado” (no presente) en el terreno social?

Tenemos un ejército de desocupados y, aunque muchos de ellos se cobijan como empleados públicos o beneficiarios de planes sociales, el resultado es la baja productividad pública y privada.

Ninguno de estos males es obra de este Gobierno, sino la herencia acumulada de muchos años. Lo malo al acumularse se hace peor; el tiempo envilece el mal.

No hay nada peor para una economía, en relación con el resto del mundo, que no tener una relación comercial equilibrada. La gente del PRO considera que ese desequilibrio negativo perdurará por cinco años más. Anuncian el mal. Pero no logran explicar cómo lograrán revertirlo. ¿Hay algo peor que una carga que se acumula sin saber cuándo se detiene el peso?

No hay nada peor para una economía, con relación a las funciones del Estado asumidas colectivamente, que un déficit crónico. Y menos si el Gobierno se compromete a bajar los impuestos y no describe una estrategia razonable para reducir ese gasto público sin suprimir la provisión de los bienes públicos básicos.

No hay nada peor, para mantener el control de la economía y de las finanzas públicas, que caer en la necesidad inevitable de apelar al financiamiento público externo.

De la misma manera, no hay nada peor para el futuro que un presente de pobres que condena a la mitad de los jóvenes y cuya primera consecuencia es el fracaso del sistema educativo.

¿Hay algo peor para el presente de una sociedad que el despilfarro de sus recursos humanos condenados a la productividad cero y a consumir más que lo que producen?

Nada de eso se originó en este Gobierno. Es verdad. Pero nada de esto se resolvió. ¿Por qué decir “lo peor ya pasó”?

Primero, no es verdad. Segundo, ¿quiere decir que consideramos que nuestra tarea está hecha y que ahora comienza otra historia?

Cuando alguien aún no tomó el poder, generalmente, habla de lo que va a hacer. Y del impacto en el bienestar que eso tendrá.

Cuando alguien llega al poder, generalmente, describe lo que hizo, lo que mejoraron las cosas y, por cierto, compara lo que mejoramos respecto del pasado.

Pero cuando afirma “lo peor ya pasó” es porque el incendio se apagó, o porque hemos sido rescatados del naufragio, o porque salimos de terapia intensiva, sin fiebre y en franca mejoría.

Es decir “lo pasado” quedó atrás  y sus males ya no están aquí. Se abrió una puerta y es otro el escenario al que nos enfrentamos.

Claramente, es una frase que puede pronunciarse generando credibilidad una sola vez.

No es muy convincente “el repetir” esa frase que claramente cierra un pasado y abre un presente de alivio y un futuro, digamos, normal.

Si la volvemos a decir, una y otra vez, es porque aquel presente, en que por primera vez anunciamos que “lo peor había pasado”, no fue de alivio. El futuro de entonces estaba atado de tal manera a lo que había pasado que otra vez, después de lo peor, lo peor volvió a pasar y ahora decimos que ya pasó. El eterno retorno del malestar.  

Decirlo una segunda vez es una mala señal, pero una tercera y una cuarta, vacía de contenido el discurso. ¿De qué se trata?

En julio de 2016 en Telefe Macri dijo “lo peor y pasó”. Comiendo con Mirtha Legrand, un largo año después, el 18 de marzo de 2017 repitió “Lo peor ya pasó”. Pero nada había pasado y , entonces Mauricio, seis meses después dijo: el 11 de Octubre de 2017, en Entre Ríos, “Lo peor ya pasó”.

No alcanzó  y 10 días después, el 22 de Octubre de 2017, la noche del arrasador triunfo electoral, dijo “la peor etapa ya pasó”.

Es decir, lo peor dura desde que asumió y el presidente, en el Congreso, volvió a afirmar que “lo peor pasó”. ¿Lo cree?

No lo cree. No lo puede creer. Este “peor” que vivimos lo heredó y ni lo ha podido resolver. Lo heredó. Sin duda. No lo ha resuelto.

La afirmación sugiere el caso del paciente que luego de la consulta con su siquiatra tiene el mismo problema, pero “no le importa”. La terapia no resuelve el problema, sino que ayuda a vivir con él.

Esa es la actitud de Macri al repetir y repetir la misma frase sin el menor fundamento y, lo peor, sin ninguna necesidad.

¿En qué habría cambiado la imagen del Gobierno si hubiera dicho “lo peor no pasó”? Cuando es obvio que lo peor lo heredó.

La gente – como dice el PRO – no se habría sorprendido o indignado con el paro de maestros, la suba del gas, del agua y de la energía que están por venir después del discurso. Porque era parte de lo peor heredado.

Lo “peor ya pasó” es el preanuncio de buenas noticias. Y, por ahora, en materia económica y social, como dijo el presidente, responden a la idea del “crecimiento invisible”. Si lo peor pasó y si lo mejor es invisible, para “la gente”, lo peor no pasó.

Toda esta manera de pensar, porque el discurso del presidente es la síntesis de su pensamiento y el pensamiento de los que lo asesoran, responden a una idea de la política y el poder. Hacer política es ganar para quedarse en el Poder. Hay quienes creen que “la política es hacerse del Poder (sustantivo) y el objetivo, entonces, es la permanencia en el poder.

Y hay, lamentablemente, los menos por los resultados colectivos del país, quienes creen que la política es “poder hacer las cosas” necesarias para el Bien Común. Son dos enfoques.  

Vemos el “cambio” de la cultura política que fundamenta que el marketing sea lo central y que se haya dejado el Gobierno real en manos de un vendedor de dentífrico o de fideos o de votos. ¿De dónde viene esa orfandad de pensamiento, de estrategia de largo plazo? Veamos.

Los dirigentes políticos, para ser aceptados como líderes populares, entre otras tangentes, siempre han confesado una pasión futbolística, verdadera o falsa. Pasión que ha logrado cruzar todas las clases sociales.

Sin exagerar, la aspiración de muchos padres es tener un hijo crack y, ¿por qué no? una hija estrella. Ha quedado derogado aquello de “m´hijo el doctor”.

Se trata del éxito y que la progenie disfrute las mieles de la fama, el dinero, la buena vida. No de todos, pero está en los sueños de muchos.

Ahora los políticos necesitan ser parte del fútbol para completarse.

Ser dirigente de futbol es un escalón de la política. Lo es para empresarios como Mauricio Macri o Carlos Heller; o para otra dimensión a la vida sindical, Hugo Moyano o Luis Barrionuevo. O para consolidar poder, como es el caso de Aníbal Fernández o Daniel Angelici.

Ninguno se detiene en el fútbol. Es un trampolín.  Banqueros y empresarios buscan el control de esas organizaciones para alimentar sus aspiraciones (y popularidad) políticas para complementar su poder económico.

Es que el fútbol pasó de entretenimiento y deporte a adhesión de multitudes. La política pesca en las multitudes. No para “pensar el país” o para hacer pedagogía de una visión de Patria. No, no.

Van a las tribunas a sumar votos. Sin votos no hay poder. Y sin poder – el poco que le queda al Estado en la globalización – no hay política.

¿Qué aprenden en ese pasaje iniciático del fútbol? Hasta no hace tanto se entrenaban en las luchas universitarias y en ellas el debate era por las visiones del todo; las nefastas interrupciones de la precaria democracia se gestaban en los cuarteles. El fútbol paga en términos de popularidad y entonces comienza el cachondeo con Marcelo Tinelli. Tendremos un hombre de estado … público. No confundir con un “hombre de Estado” que el fútbol, ni por asomo, puede formar. El fútbol forma equipos para ganarle a otros. La política No. Constituye equipos con la misión de que ganen todos.

El fútbol ha puesto potencia de multitudes en una oleada de insultos, desagradables y estúpidos, dirigidos al presidente.

Los sociólogos reflexionan origen y consecuencias. Los periodistas deportivos han dialogado con nuestro presidente, un hombre del fútbol, por el fútbol y tal vez, para el fútbol.

Sebastián Fest, en La Nación (26/2), logró definiciones de Mauricio Macri. Fest cita a Mauricio: “Todo lo que sabe de política lo aprendió en el fútbol, de que la política no le enseñó nada nuevo", "si Grondona (...) se hubiera dedicado a la política, no habría habido Perón, Evita, ni Yrigoyen. Estaríamos hablando de Grondona”. ¿Qué tal?

Los periodistas asocian a Grondona con un “capo mafia” y no con un líder de “la política” (menos mal) a la manera de los creadores del radicalismo y el peronismo.

Cuando Mauricio dice “política” – si su modelo, como parece, es Grondona – seguramente dice “habilidad para lograr, mantener y usar el poder”. En este contexto, “poder” es más sustantivo que verbo.

En el fútbol, el “verbo” lo ponen los DT y los jugadores. Pero en política, “el verbo” (poder hacer las cosas) requiere ideales, visión, estrategia, planes que, en el fútbol, no se conjugan como si en la política que se ocupa de la nación.

La política va por el Bien Común, el fútbol, por el triunfo de uno de los contrincantes. Las lógicas no son iguales. No es lo mismo querer ganar que querer el Bien Común.

Los intelectuales del macrismo, que los hay, deberían prestar atención a estas definiciones.

¿Será que así que, como el mejor negocio futbolístico son las divisiones inferiores, participar en las organizaciones del fútbol será el mejor modo de formar esa clase de dirigentes que el país necesita?

¿Es el pasaje iniciático de los nuevos dirigentes por los clubes de todo el país la clave del cambio? ¿Ahí está el semillero? ¿No hay nada más que aprender? ¿El modelo de éxito es el estilo Grondona, el sabio del “todo pasa”, aquel que no le hacía asco a nada?, ¿es consolidarse dentro aliado con bases externas?

¿Es esta una lección de pragmatismo que demuele esa pérdida de tiempo de intelectuales y provoca el pensamiento de las políticas públicas?

No es una broma. La “fuente fútbol” del equipo PRO es importante. La vieja SIDE fue confiada a un hombre del fútbol, el señor Díaz Gilligan estaba vinculado a un compra-venta de jugadores; el ministro de modernización trabajó en Boca, diputados, candidatos, etc. Mucho fútbol.

Fútbol es “equipo”. Y Mauricio tiene una convicción. No un programa en sentido estricto. Su convicción es futbolera: cree tener “el mejor equipo de la historia”. Equipo que hasta ahora no ha hecho goles… a favor.

Carlos Menem buscó otros semilleros de éxito, cantantes, deporte acuático, etc. Ambos, Menem y Macri,  tuvieron algo de griegos a la mitad. Aplicaron “corpore sano”, imprescindible para el buen fútbol, la náutica, el canto.

Sin programa, en la charla con La Nación, Mauricio reveló su sueño. Seguramente, podrá seguir otro período por ausencia del contrincante. Un triunfo por default al consolidar su fuerza política. Tal vez engulla al radicalismo de Yrigoyen y demuela al peronismo de Juan y Eva. No será Grondona, pero si hace lo antedicho, concretará su presagio sobre el jefe del fútbol.

Dijo Macri “ser presidente de Boca fue más difícil que presidir la Argentina”. Todos dicen que en “el Club” le fue bárbaro. Así que deberíamos confiar que en esto, que es más fácil para él, le irá bárbaro aquí también.

Obvio, las condiciones climáticas pueden generar una derrota en fútbol. Pero eso no es nada comparado con si te toca una sequía. Y puede que alguna condición externa te afecte. Pero en fútbol no te mata la suba de la tasa de interés o la complejidad de los mercados, la debilidad de Brasil, la manifestación de los ganaderos franceses o la política proteccionista de Donald Trump.

Es obvio que el presidente lo sabe. Pero no sabemos qué le pudo haber enseñado el fútbol acerca de eso. Él dice que la política no le enseñó nada.

Lo que si está en su cabeza es un sueño. Macri le dijo al periodista que su sueño es que la Argentina “en 15 años sea como Canadá o Australia”.

Todos alguna vez escuchamos la frustración de haber sido alguna vez “como Canadá o como Australia” y haberlo, supuestamente, dejado de ser. Muchos economistas serios, me acuerdo de Héctor Dieguez de la primera camada de discípulos de Julio H. G. Olivera y de sus notas sobre este tema que tanto ha ocupado  a profesionales y que conforma una suerte de melodía de frustración. Y ahora es un entusiasmo PRO.

Hace ya un año Mauricio nos informó que la pobreza sería derrotada en 20 años.  Para volver al número de pobres de 1974, en 20 años, tendríamos que reducir la pobreza 13 por ciento cada año.

Sin ese logro, no podríamos ser “como Canadá o Australia” así creciéramos vertiginosamente.

Crecer generando o manteniendo pobreza no nos hace como Canadá o Australia. 

Para ponerlo claro. Imaginemos que somos  9 personas corriendo tomados todos de la mano. Unas son más lentas que otras. Cuatro de cada lado y, en el medio, el más veloz empujando. La velocidad está limitada por la de los más lentos. Y si el propósito es que todos lleguen, la velocidad será menor que la del más veloz.

Si los pobres, los que corren lento, tienen que avanzar 13 por ciento por año para terminar con la pobreza, imagine la velocidad necesaria de los ligeros.

Si ocurriera el 13 por ciento  de reducción anual, en 20 años podría dejar la pobreza en menos 1 millón de personas. Retornar a lo que alguna vez fuimos.

En materia social, el mejor futuro es volver al pasado. La lógica de un país decadente, el que aún somos, implica que, para romper esa condena, hay que terminar con la pobreza aunque sea, como aspira Macri, en 20 años.

Esos números hablan que, en materia de estructura social, educativa y laboral, tenemos que salir de un pantano.

Ahora Macri nos dice que en 15 años tenemos que ser como Canadá o Australia. Hoy nuestro PBI por habitante es el 19 por ciento del de Canadá y el 16 por ciento del de Australia.

El ministro Nicolás Dujovne y el propio Macri se proponen crecer el 3 por ciento durante veinte años. En términos por habitante, esa tasa se reduce a 2 por ciento. A ese ritmo, y suponiendo que Australia y Canadá no crezcan, en 15 años tendremos un PBI por habitante que será … el 26 por ciento del de Canadá y el 22 del de Australia.

El ideal de Mauricio es incompatible con la estrategia de Dujovne. Es que, para aproximarnos a esos países, en 15 años hay que crecer al 13 por ciento anual por habitante. Más que el doble que China por habitante. Y tenemos que hacerlo bajando la pobreza.

No contamos con “super” recursos de trabajo (mire las estadísticas educativas)  y tampoco con “super” recursos naturales. Según el Banco Mundial nuestro capital natural por habitante es de USD 16.185 y menor que el de Chile (55.113), Brasil (36.978), Uruguay (22.001), Paraguay ( 21.358) o Bolivia, que tiene USD 17.527. Australia dispone recursos naturales por habitante de USD 180.792 y  Canadá USD 54.438.

No es cuestión de bajar las aspiraciones, sino de pensar la estrategia para lograrlas.

No somos el país del ganado y de las mieses, ni tampoco el de la minería.

Perdimos el liderazgo social y educativo en la región.

 Y fugamos el excedente de capital y lo seguimos haciendo.

Conclusión, hace falta más que “la política” que enseña el fútbol, que no es poca cosa, para superar esas carencias.

La lógica del fútbol ha demostrado que sirve para correr con un tenedor a los taitas de la política. Eso es verdad.

Esa lógica está en el discurso del presidente que dice “lo peor ya pasó” y sale a cazar nuevos adeptos con la propuesta de los “nuevos derechos” cuya mayor contribución la hará la liberación y gratuidad del aborto. Se combina con la propuesta de la revolución del turismo, porque miles de vecinos vendrán a utilizar este nuevo servicio que brindaremos generosamente. Eso, más allá de la razón de los derechos, es la consecuencia de una visión de la política como marketing. Marketing y fútbol son un maridaje exitoso.

Pero para construir un país noble, serio, vida buena para todos, la escasez nos condiciona, falta un plan y un consenso. Más plan y más consenso cuanto mayores sean las aspiraciones.

Eso no lo enseña el fútbol “para ganar”; no lo enseña el marketing, sino la Política del Bien Común. En esa política hay una mística del futuro, se dibuja una Utopía. Pero jamás una Quimera. Ganar, marketing, quimera, la fórmula del estancamiento.

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