Viajes, turismo, restricción externa y deuda


El pasado jueves el Banco Central dispuso la prohibición del pago de servicios turísticos en el extranjero, como hoteles, pasajes, paquetes, etc. en cuotas con tarjeta de crédito, en una medida sorpresiva que obligó a muchas familias a alterar sus planes vacacionales en vísperas de un Black Friday y alteró las perspectivas de muchas agencias de viajes de todo el país. Sin mucha explicación oficial, la medida fue rápidamente interpretada por dirigentes de la oposición, de una manera irresponsable y bochornosa, como una restricción a las libertades democráticas y hasta como una prohibición a salir del país.

Lo cierto es que la medida ha de entenderse en el marco de la acuciante falta de dólares. Más allá de los elementos estructurales de la restricción externa, que operan en plazos más largos y son la causa principal de este embrollo, el corto plazo apremia: en el Banco Central hay hoy 42.000 millones de dólares de reservas, de los cuales tan solo entre 3.000 y 5.000 pueden contabilizarse como de libre disponibilidad (la cuenta de reservas de libre disponibilidad no es oficial). El 22 de diciembre vence un nuevo pago al Fondo Monetario Internacional por 1.900 millones. Seguramente ese pago llegue antes de que se elabore un posible nuevo acuerdo, sobre todo porque el gobierno ha planteado la necesidad de que pase por el Congreso Nacional.

Todas las compras con tarjeta de crédito en el exterior o en agencias locales que intermedian en la compra de servicios del exterior demandan dólares del mercado único y libre de cambios (MULC). Allí se juntan los dólares que entran (principalmente de exportaciones) con los que salen (de exportaciones, pagos de intereses, utilidades, etc.). El saldo de cada día es la variación de las reservas internacionales del Banco Central. Por eso, si en un Black Friday mucha gente compra pasajes en agencias, es razonable que ello repercuta directamente en una baja en las reservas. A menos, claro está, de que haya, por algún otro motivo, un excepcional aumento de la oferta de dólares. Así, el Black Friday amenazaba con poner en riesgo la capacidad de llegar al 22 de diciembre con los dólares para pagarle al FMI. Así, la medida ha de ser entendida no tanto como un desincentivo al mecanismo de las cuotas o al subsidio implícito que eso implica desde el Banco Central sino como un desincentivo a los viajes en general, donde la opción de las cuotas es mayoritaria.

Ahora bien, hacia el mediano plazo el panorama sigue siendo complicado. En 2022 hay vencimientos por 19.000 millones de dólares con el FMI y en 2023 otros 19.000 millones más. Es cierto, estos números pueden variar si se llega a algún acuerdo que por lo menos permita postergar los pagos, pero eso es incierto. A su vez, se estima que el superávit comercial de 2021 sea de 13.000 millones de dólares. ¿Se repetirá este número en 2022? No lo sabemos, pero es probable que sea algo más bajo, principalmente porque la economía argentina está creciendo (se proyecta un 10 por ciento para este año) y cuando la economía crece la demanda de importaciones crece aun más -sobre todo la de la industria, que está liderando el crecimiento actual-. En cualquier caso, a menos que haya algún volantazo en las negociaciones con el FMI, las actuales proyecciones del sector externo no auguran la posibilidad de hacer frente a los pagos sin sobresaltos.

En este marco, el déficit de viajes y turismo puede ser trascendental. Este número -que marca la diferencia entre lo que los argentinos gastamos en el exterior al año y lo que los extranjeros gastan en nuestro país- fue de unos 4.000 millones de dólares en 2019 y llegó a más de 8.000 millones en 2017. A su vez, es persistentemente deficitario desde 2011. Además, no contempla el gasto en el exterior en efectivo realizado con dólares comprados en el mercado oficial local, pues estos figuran como atesoramiento. Con la actual brecha cambiaria, gran parte del turismo receptivo -sobre todo el de países de la región- cambia sus dólares en el mercado paralelo y no en el oficial. En este sentido, es esperable que el déficit de viajes y turismo en 2022 sea considerable, incluso a pesar de que el tipo de cambio real es suficientemente elevado como para que el resto del mundo nos parezca muy caro y que a los extranjeros la Argentina les parezca barata.

Si bien el cepo cambiario establecido en 2019 ya funciona como signo de la fragilidad externa de la economía argentina, estas recientes medidas del Banco Central dan cuenta de que la situación es apremiante. Los acuerdos del gobierno de Macri con el FMI, que sirvieron para abastecer de dólares a la fuga de capitales resultante del quiebre de la bicicleta financiera (carry-trade, en el lenguaje que le gusta a los “mercados”), operan hoy como un escollo significativo a las posibilidades de reactivación económica del país.

Los dólares del FMI ya no están, pero tampoco estaban a fines de 2019: se fueron principalmente entre enero y octubre, acelerándose en agosto, luego del resultado de las PASO, a sabiendas de que el nuevo gobierno impondría limitaciones a la fuga. Desde ya, estas limitaciones fueron un tapón que se puso cuando el tanque ya se había vaciado. Ahora está llegando la hora de pagar esa deuda y hacerlo puede implicar el freno a la recuperación de la producción y del empleo que viene teniendo lugar luego de tres años seguidos de recesión.

Así, más allá de lo antipática que resulta la eliminación de los viajes en cuotas, tanto para los potenciales viajeros (algunos de los cuales dejarán de viajar y otros financiarán sus viajes de otra manera, seguramente más costosa) como para los trabajadores del sector, las causas y responsabilidades no deben asignarse de manera absoluta al actual gobierno, que seguramente ha cometido errores y que luego de dos años no ha podido robustecer la posición externa del país. Las principales responsabilidades de esta medida están en las consecuencias del programa económico que se puso en marcha desde mediados de 2016 y que llevó al ciclo de endeudamiento externo más acelerado de la historia argentina, cuyo saldo es la impagable deuda con el FMI.

Quizás estos cimbronazos sirvan como llamado de atención y permitan convencer al gobierno de la necesidad de una discusión mucho más profunda sobre la ilegitimidad de la deuda y a la sociedad argentina toda de la enorme gravedad de los mecanismos de apertura indiscriminada de los mercados financieros, que pueden tener como resultado algunos momentos de zozobra, como un 2017 que permitió a muchos argentinos acceder a dólares baratos para viajar por el mundo, pero que a la larga terminan perjudicando a las mayorías, sobre todo a aquellas que no viajan por el mundo en 2021, pero que tampoco lo hacían en 2017.

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