¿Veremos resurgir la relación entre la Unión Europea y Estados Unidos?

OPINIÓN. Las diferencias y el distanciamiento entre EEUU y la UE pueden encontrar una explicación que va más allá de quien se siente en el Salón Oval.


Tras el cambio de administración en Estados Unidos suspiros de alivio pudieron escucharse desde el otro lado del Atlántico, provenientes de muchas capitales europeas (y no eran los únicos). Sin embargo, y como ya mencioné antes de las elecciones del 3 de noviembre, la relación entre los Estados Unidos y el bloque comunitario europeo no volverá a ser la misma, debido tanto a que ambos actores internacionales no son los mismos, como el ambiente internacional en el que se desenvuelven.

En otras palabras, las diferencias y el distanciamiento entre EEUU y la UE pueden encontrar una explicación que va más allá de quien se siente en el Salón Oval, por lo que es de esperarse que las líneas generales de la política exterior actual de cada uno permanezcan similares. De todas formas, esto no quiere decir que la relación no pueda ser diferente al estado actual. En este sentido, existen ámbitos en los que pueden encontrarse espacios para la mejora de las relaciones actuales.

En primer lugar, la llegada de Biden devolverá una dosis de confianza a la relación con la Unión Europea. Ésta sea quizá el más fácil y visible de los avances, ya que se reflejará en dos dimensiones. Una está dada por las posiciones que el presidente electo ha tenido en el pasado, y aún sostiene, respecto a la política exterior estadounidense, con un abordaje más próximo al multilateralismo y la promoción de los principios democráticos que suelen ser bandera del bloque europeo. Un activo énfasis por parte de Biden constituiría un apoyo a la UE tanto en el frente interno como externo. Incluso un no tan activo énfasis también lo sería, puesto que incluso el silencio de la Casa Blanca es preferible antes que la abierta hostilidad que la administración de Trump ostentó para el proyecto de integración europeo.

La segunda dimensión de la confianza que pueda aportar el presidente electo es de una naturaleza más técnica, y podríamos encontrarla en cualquier otro presidente electo, en realidad (siempre y cuando no fuera el mismo Donald Trump). Radica en las dificultades que desde la diplomacia europea existieron en los últimos años para comunicarse y negociar con sus pares norteamericanos. La diplomacia estadounidense podía ser contradicha poco después por el presidente, forzando a los europeos a tener que adivinar cómo las negociaciones se moverían por las estructuras de toma de decisión norteamericanas y a quién dirigirse si deseaban tener una conversación productiva, debido no sólo a la particular personalidad de Trump, sino por el impacto que tuvo en el profesionalismo y el funcionamiento de las instituciones de gobierno estadounidenses.

En este sentido, la próxima administración podrá mejorar en gran medida el estado de la relación con Europa. De hecho, el anuncio reciente de Antony Blinken como futuro Secretario de Estado marca una señal en esta dirección, tratándose de alguien de larga carrera como defensor y promotor de la vieja alianza transatlántica. Pero por supuesto, ésta no incluye sólo a la Unión Europea: el Reino Unido es también central en esta relación, y si bien esta nación ha decidido abandonar la UE, lo cierto es que siguen siendo socios en la OTAN. La organización cobra gran importancia en el esquema geopolítico actual, tanto para Estados Unidos como para Europa, ya que el primero desea que el continente aporte más a su propia seguridad para poder centrar su atención aún más en el nuevo eje del Pacífico y desde la UE la visión de una capacidad militar de mayor autonomía es vista cada vez más como una necesidad.

Hasta aquí puede notarse qué necesita Europa de Biden, pero ¿necesita Biden a Europa? Es cierto que se trata de una pregunta demasiado amplia, pero existen apreciaciones que pueden apuntar a una respuesta afirmativa, si bien matizada. La región se enfrenta ante una relativa pérdida de centralidad geopolítica y económica, algo inescapable al ascenso (o retorno) del Asia-Pacífico y que a la América del Sur (sobre todo la que posee costa atlántica) le suena muy familiar.

Sin embargo, está pérdida relativa puede ser aminorada por la UE si ésta mantiene su integración, que le permite ser un jugador económico de gran peso que podría aumentar aún más su peso político a nivel internacional, siempre y cuando pueda presentar una política exterior firme. Así pues, Europa sigue siendo una región de importancia en la escena internacional, y dentro de ella la UE su principal actor. Además, se trata de un actor que, como se mencionó más arriba, pone a los principios del multilateralismo y la democracia liberal (en franco desgaste en los últimos tiempos) como su bandera. Se trata de cuestiones que Biden piensa poner al frente en la agenda internacional, por lo menos en principio, y es lógico suponer que busque socios al otro lado del Atlántico en este sentido. El favor de la Casa Blanca volvería al Berlaymont, a Berlín o a París y se alejaría de Varsovia y Budapest.

Por otro lado, la gran crisis desencadenada por la pandemia ha llevado a una de las mayores recesiones en la historia. Estados Unidos y Europa poseen lazos comerciales y de inversiones de gran peso, por lo que la cooperación entre ambos será crucial para los planes de recuperación a ambos lados de la relación.

La Unión Europea y Estados Unidos también enfrentan desafíos geopolíticos compartidos, particularmente en el peso creciente de China en la escena internacional. Si bien lo que el gigante asiático significa para cada uno no es exactamente igual, para ambos presenta una amenaza, sobre todo lo comercial. La inescapable centralidad de la región del Asia-Pacífico, no sólo para el mundo entero, sino para Estados Unidos, podría reasegurar el rol de la UE como aliada de Washington. A su vez, es cierto que Estados Unidos es más fuerte cuando trabaja a la par de sus aliados, y esto es algo que la administración de Biden parece tener presente.

Así pues, existen espacios donde la relación entre Estados Unidos y la Unión Europea aún tiene esperanza de ver un renacimiento. De lo que no quedan dudas, por supuesto, es que esta tendrá un talante sumamente diferente. Resta ver, de momento, el rumbo que tomarán los acontecimientos.


Sobre el autor

Agustín Fernandez Righi es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Siglo 21, colaborador del CEPI UBA. 


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