Vamos a volver (a Gramsci)

Por: Juan Francisco Gentile

La noche del martes en que el Banco Central anunció, hace algunas semanas, más restricciones para la compra de dólar ahorro, me acordé de Antonio Gramsci. En un acto de optimismo de la voluntad prendí la señal de noticias TN. Allí, los y las periodistas que estaban al aire reiteraban que "toda la sociedad" estaba realmente preocupada, casi en vilo, por las medidas a las que consideraban "autoritarias". Al principio, no lo noté con claridad. La afirmación quedaba flotando en ese purgatorio de la mente, entre la conciencia y su trastienda. Cuando lo dijeron por cuarta o quinta vez en quince minutos, y empezaba a enojarme (aunque no compro dólares), sentí la cachetada y pensé: ¿Estará realmente la gran mayoría de la sociedad en sus casas, en medio de una pandemia mundial, preocupada, indignada casi, por las medidas sobre el dólar ahorro? Es cierto que un porcentaje no menor compró lechuga siempre que pudo. Cuando pocos días después el INDEC informó 40 % de pobres, y recordé nueve millones de personas cobraron el IFE, se me ocurrió pensar que al menos la mitad de la población no está pensando en abrir el home banking o ir a una cueva -ilegal- y cambiar su excedente de pesos por ese verde objeto del deseo, sino en su subsistencia cotidiana. Decía que me acordé de Antonio Gramsci, aquel pensador y militante del Partido Comunista italiano, que en una labor descomunal en sus años de cárcel actualizó la teoría marxista en función de las condiciones de vida de las sociedades modernas, con avance tecnológico frenético y masificación de la cultura y los medios de comunicación, y definió la noción de "hegemonía" como el conjunto de mecanismos a través de los cuales las clases dominantes logran que sus intereses pasen como los intereses del conjunto (lo estoy citando rápido y mal, perdón investigadores).  

El traslado de jueces, la Corte Suprema, la posición sobre Venezuela, el dólar ahorro. El esfuerzo por instalar esta agenda alejada de la vida de las personas de carne y hueso es cotidiano y permanente. Ahora, ¿cómo se para el gobierno? ¿Logra poner sobre la mesa una narrativa diferente? En principio pareciera que le está costando mucho. Si buscamos qué ideas trató de empujar el oficialismo en estos meses, vemos el campo semántico de "la unidad", "superar la grieta", "Argentina Unida". Hasta ahora, no enamoraron ni alcanzaron. A su vez, del otro lado lo trataron de la misma manera que si hubiera ido directamente al choque. Cuando la presidenta era Cristina, los poderes concentrados y sus voceros justificaban su estado de guerra permanente al evocar "los modos". Hoy, con Alberto, quien para propios y ajenos cultiva un perfil más moderado, la beligerancia se mantiene e incluso crece día a día. Está claro que el problema no son los modos: no están dispuestos a ceder ni un centímetro de sus privilegios.

Mientras el murmullo cotidiano sigue apuntando en la misma dirección, crece por lo bajo una idea respecto de los próximos pasos a seguir. Lo plantearon en estos días diversas columnas, se leyó en las redes, se discutió en reuniones virtuales de espacios de militancia y en grupos de whatsapp: no hay mucho margen para otra cosa que no sea una agenda de reconstrucción económica, vinculada a la vida real, al trabajo, la producción, al mercado interno. Parece ser lo que hace falta frente a una avanzada que es cada día más virulenta. Medidas fuertes orientadas sobre todo a la base y la mitad de la pirámide, acompañadas por una campaña potente en lo discursivo, basada en un diagnóstico propio de la etapa. Ningunear, un poco, si se quiere, a los grandes medios. Cuando el gobierno corre de atrás la agenda que le propone el círculo rojo, queda moviendo sus extremidades en el aire como la mosca en la tela de araña. En esto coinciden la casi totalidad de los espacios que integran el Frente de Todos, mas no en el diagnóstico. Hay quienes piensan, en coincidencia con la oposición y los sectores del poder concentrado, que el principal obstáculo para desarrollar esa agenda propia se llama Cristina. Sin embargo, al prestar atención al accionar político de los dirigentes del sector que representa y conduce (más allá de episodios menores), parece claro que si hay un espacio dentro de la coalición gobernante con algo parecido a una agenda y una narrativa propias, es ese. El gobierno de la provincia de Buenos Aires, la conducción de los bloques parlamentarios, la militancia social y territorial. Lejos de la radicalización ultraizquierdista que a muchos y muchas les gusta endilgarles, se ve en esos actores acción política concreta, orientación clara, discurso propio. Esto no significa, como dicta el sueño húmedo de buena parte del poder y sus voceros, la imposición violenta del poder de la vice sobre el presidente y el resto de los sectores. Habla, más bien, de repensar improntas demonizadas, resignificar la historia reciente, para mirar hacia adelante y lograr una síntesis que salte el cerco y logre calar hondo en la sociedad.

"La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad", reflexionaba Gramsci, anticipándose a muchas discusiones que vinieron después en occidente en torno a la penetración masiva de los medios de comunicación, como dispositivos de interpretación de la realidad con consenso generalizado. Hoy parece ineludible la tarea: volver a plantear con seriedad una disputa del sentido común, de la interpretación del momento en el que se está y sobre qué agenda hay que desplegar hacia adelante, contraponerle a la hegemonía una mirada propia ligada íntimamente a la realidad y los intereses de los sectores populares y la clase media. Esto, claro, no se hace con discursos, sino con política. Pero política que no se comunica, política que no existe.

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