Una decisión trágica no es una decisión libre

Por: Águeda Pereyra

La afirmación que da título a este escrito pertenece a Laura Klein, filósofa y ensayista cuyas ideas podrán encontrarse imbricadas aquí en tanto aportan valiosas herramientas para pensar una problemática tan compleja como urgente. Pensar más allá de las consignas, o mejor: pensar justamente las consignas, aquellas que se sostienen a la hora de justificar las posturas a favor o en contra de la legalización del aborto. Porque, si bien en la disidencia se juega sin dudas una disputa por el sentido, el debate no debería tornarse una lucha especular, estéril, donde los diferentes actores se esfuerzan por desmentir los argumentos del otro, en una dialéctica casi metafísica o apelando al saber científico pero callando, una vez más, la subjetividad de quien es agente de esa acción.

Entonces, decisión trágica, decisión libre. ¿De qué hablamos cuando hablamos de decidir sobre nuestro propio cuerpo? ¿Podemos afirmar con semejante contundencia que mi cuerpo es mío? No sólo desde el psicoanálisis podemos desconfiar de semejante sentencia: cualquiera que haya atravesado la experiencia del insomnio, por ejemplo, o la del orgasmo, entenderá a qué apunto cuando afirmo que el cuerpo no nos pertenece del todo: hay algo en esa sustancia que objeta cualquier ilusión de dominio cada vez que falla, cada vez que no responde como quisiéramos, cada vez que contraría nuestra intención. Se trata, en el mejor de los casos, de apropiarnos de lo que allí se presenta como ajeno, como lo más real e inasible, hacer algo con eso. 

La experiencia de la maternidad se inscribe en este registro, y por eso quiero detenerme en la consigna que proclama la propiedad del cuerpo como fundamento para legalizar la práctica del aborto. Sabemos que no es la sola decisión de ser madre aquello que permite a la mujer acceder a un embarazo, no hay allí ese utópico control que determinaría que tras haber decidido encarar la maternidad la fecundación se produce y allí crece, armónico, aquello que luego llamaremos “bebé”. La experiencia desmiente de plano esta posibilidad. De hecho, el embarazo se presenta, podríamos afirmar, en todos los casos, como una experiencia contingente, excepcional. Entonces, un embarazo puede ser buscado, planificado, pero nunca responderá del todo al orden de lo voluntario. 

De este modo, podemos preguntarnos: ¿qué sucede con el embarazo cuando irrumpe en su contingencia sin haber formado parte de ningún plan, cuando no se inscribe en una búsqueda? Sabemos que algo que no ha sido deseado puede tornarse deseable. Pero me interesa desmitificar aquello que circula en relación a la planificación familiar, el control reproductivo, el propio cuerpo como algo que forma parte de lo calculable. Se trata de un ideal que no suele corresponderse del todo con lo real de la maternidad. Porque cuando hablamos de aborto, hablamos también de maternidad. Si allí hay entonces algo del orden de lo azaroso que nos enfrenta con un registro del propio cuerpo que se manifiesta anárquico -pese a los avances de la ciencia que pretenden barrer con este registro y controlar todos los procesos de la vida humana-, ¿qué se decide allí?

Cuando desde el psicoanálisis hablamos de libertad, solemos afirmar que es muy poco lo que se puede elegir. Operan determinaciones múltiples que restringen nuestra libertad y, no obstante, hay siempre en el ser hablante ese margen que nos permite optar, decidir incluso sobre aquello que no se ha elegido. Decidir continuar o no con un embarazo que no ha sido previamente deseado implica justamente esa dimensión, la del deseo. 

Consentir a la maternidad, investir lo que allí se presenta primero como algo del orden de lo no esperado, es un acto, implica una decisión. Pero también está la opción de decir no a la maternidad -o decir no en ese momento, o decir no en esas circunstancias-. Y ese decir no es, en todos los casos, una decisión trágica. Ninguna mujer desea atravesar la experiencia del aborto y no obstante, las mujeres decidimos allí, incluso en la marginalidad de la ley, en condiciones más o menos seguras, acompañadas en algunos casos pero siempre solas: el acto implica irremediablemente la dimensión de la soledad.

Entonces, hay mujeres que deciden allí donde algo ha decidido por ellas: el cuerpo, la contingencia, el margen de error que todo método anticonceptivo implica, la coyuntura socioeconómica que no siempre garantiza las posibilidades de una educación sexual integral. Hay mujeres que abortan. Cada una de ellas, herejes, en tanto la herejía implica en su etimología la elección, pero el sentido se redobla cuando la opción elegida se opone en algún punto a lo que indican las costumbres o el ideal de la época, en este caso, la maternidad como destino natural y prefigurado de lo femenino. Se trata sin dudas de un ideal que ya hace tiempo ha sido cuestionado y no obstante subsiste, continúa operando.

Todos conocemos a alguna mujer que abortó, sabemos cómo acceder a un aborto, sabemos cuál es el precio por realizarlo en condiciones tales que la intervención no implique mayor riesgo físico. Luego, las consecuencias psíquicas que implicará ese atravesamiento, ese corte en lo real del cuerpo, ese derramamiento de sangre, son también incalculables. 

El aborto puede ser una experiencia traumática, así como puede serlo el acceso a la maternidad, y ese motivo no es en absoluto suficiente para determinar su ilegalidad: de hecho, la posibilidad de inscribir esa experiencia absolutamente íntima y singular en un marco de legalidad podría posibilitar nuevos tratamientos frente a lo que puede presentarse bajo la forma del trauma.

Si, tal como afirma Gabriel Lombardi, “el ejercicio de la libertad por parte del hombre, por más acotados que sean esa libertad y ese ejercicio, puede conmover la estructura del Otro”, en tanto algo de la desobediencia, de la rebelión, se pone en juego en cada decisión singular, podemos pensar qué ocurre cuando son cientos de miles de mujeres las que deciden abortar violando la ley, en la clandestinidad, con técnicas más o menos refinadas, pagando fortunas o pagando con su cuerpo o con su vida. 

Afirmamos que allí no solo se demuestra la incompletud de ese Otro que es el Derecho, la Ley, sino que cuando esas singularidades se aúnan en un reclamo tal como el que actualmente se hace oír -la legalización del aborto con todo lo que eso implica- hay allí la posibilidad de reconfigurar ese Otro, conmover su estructura, dar lugar a un nuevo estado de las cosas que, nuevamente y de manera irremediable, mostrará su inconsistencia.

Ya Freud afirmaba que gobernar (así como educar y psicoanalizar) era una tarea imposible: no hay Estado que pueda contener las diferencias y representar a la vez los intereses de todos. En este debate hay disenso, hay disputa, y hay actores que en esa imposibilidad de una representación absoluta, deben decidir. ¿Qué se decide, entonces? La legalización de una práctica que ya existe, que seguirá existiendo a pesar de su ilegalidad. 

Pero la decisión es más honda, en tanto no se trata en absoluto de posicionarse a favor o en contra del aborto -no es lo que se discute, aunque se intente hacer foco en las propias valoraciones, en las propias experiencias, en las creencias más íntimas-, sino que se trata de votar a favor o en contra de la equidad. Y ahí hay un aspecto insoslayable de este debate: las mujeres abortan, pero son las mujeres pobres las que lo hacen en la más absoluta precariedad. Es una cuestión que atañe a la salud pública: es una decisión política. Y en este punto, hay un hecho incontrastable: el feminismo como movimiento heterogéneo -allí radica su potencia- ha salido hace ya mucho tiempo del ámbito de lo doméstico para intervenir en la escena pública. Encontrarnos debatiendo la legalización del aborto es ya un acontecimiento.


*Águeda Pereyra es psicoanalista (UBA)


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