Una de poetas y guillotinas

OPINIÓN. La Revolución Francesa guillotinaba a los poetas cortesanos a los que consideraba disfrazados de revolucionarios.

La Revolución Francesa fue implacable con todo lo cortesano. En el 11 del mesidor de 1794, Payán, convencional próximo a Robespierre y presidente del Comité para la Instrucción Pública, promulgó un decreto en el que, entre otras cosas, decía: “Hay una multitud de autores perspicaces que siempre están al día; conocen la moda y el color de cada estación; saben cuándo hay que llevar el gorro rojo y cuándo hay que quitárselo… En resumen, no solo corrompen el gusto sino que también rebajan el arte. El verdadero genio crea de una forma reflexiva y encarna sus proyectos en bronce; mientras que el mediocre, agazapado bajo la égida de la libertad, roba en su nombre un fugaz triunfo y recoge las flores de un efímero éxito…”.  

Con este desdeñoso decreto, la Revolución Francesa guillotinaba a los poetas cortesanos a los que consideraba disfrazados de revolucionarios. Así fue degollada una poeta como Olympe de Gouges (1748/1793): "Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta, al menos no le quitarás ese derecho. Dime, ¿quién te ha dado el soberano poder de oprimir a mi sexo?". Dice con pasión de existencia la declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, 1791 que redactó Olympe de Gouges como un modo de parafrasear poéticamente la (masculina) Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el que se convertiría en texto fundamental de la Revolución Francesa de 1789.

Olympe es autora de esta frase magnífica: "Si la mujer que tiene el derecho de subir al cadalso, también debe tener el derecho a subir a la tribuna". La igualdad es una derivación lógica de esa furibunda ironía y provocación. Sus textos son los primeros que desde el espíritu de la revolución proponen la emancipación femenina en sentido de igualdad de derechos y la equiparación jurídica y legal, que más de un siglo después comenzarán a ser realidad, pero pocos recordarán el costo de su hermoso cuello.

Olympe partidaria de los girondinos y, por eso; por la intensidad pasionaria de sus textos poético-políticos, fue detenida y encarcelada. En prisión reclamó sin descanso ser juzgada para poder defenderse de las acusaciones. El 2 de noviembre de 1793, fue llevada ante el Tribunal Revolucionario sin poder disponer de abogado. Se defendió a sí misma con valor e inteligencia en un juicio sumario que la condenó a muerte por haber defendido un estado federado, de acuerdo con los principios girondinos. Su arma eran los panfletos poéticos y a ellos acudió para defenderse con una arenga filosófica contra la pena de muerte.  Fue guillotinada 3 de noviembre de 1793.

André Chénier (1762/1794), es otro de los poetas degollados por escribir y disgustar al Comité de la Salvación Pública y sus obras consideradas “crímenes de Estado”. Su poesía sensual y emotiva lo convierte en uno de los precursores del Romanticismo. Entre los poemas que escribió o esbozó durante este tiempo se encuentran L'Oaristys, L'Aveugle, La Jeune Malode, Bacchus, Euphrosine y La Jeune Tarentine. Este último un buen ejemplo de cómo Chénier asimilaba e integraba las influencias clásicas, al punto que Alexander Pushkin y Rubén Darío, lo rescatarán del olvido mucho tiempo después. Y es, justamente, este “clasicismo en la revolución” aquello que los jacobinos no le perdonarán y considerarán gusto-ornamento del Ancien régime que le valdrá la cabeza.

Su “Invocación a la poesía” dice: ¡Ninfa tierna y bermeja, oh joven Poesía! /¿Qué bosque en este día elige tu retiro?/ ¿Qué flores, tras la onda en que se van tus pasos, / bajo pies delicados, se inclinan suavemente? /¿Dónde te buscaremos? (…) /En el río que baja por los húmedos valles /para ti ruedan versos dulces, sonoros, líquidos. /Versos, que en masa se abren por el sol descubiertos, /son las fecundas flores de cáliz encarnado. /Y montes, en torrentes que blanquean sus cimas,/ lanzan versos brillantes al fondo del abismo. 

En la cárcel escribió el más conocido de sus poemas, La jeune captive (“La joven cautiva”): Se alza la espiga naciente/ Y hoz no la toca impaciente/ Y el pámpano en la ladera/ La estación disfruta entera/ Que el cielo le concedió./ También soy bella, estoy joven; /No es tiempo de que me roben/ La vida; y aunque mis ojos/ Sólo ven ruinas y abrojos,/ Aun no quiero morir yo (…) Un poema lleno de encanto y de desesperación que no pudo impedir que Robespierre ordenara su ejecución; aunque tres días después, fuera también éste mismo destituido y guillotinado, al igual que su contrincante poeta.

Lo que pocos saben, salvo su biógrafo inglés Peter Mc Phee, es que Maximilien Robespierre se le daba por guillotinar a poetas, porque él mismo era uno de ellos a escondidas… Algunos de esos poemas son extractados en su biografía (véase Robespierre, una vida revolucionaria, Península, Bs As, 2015, pág. 58). Versos que pasaron desapercibidos y que fueron conservados por su familia, y que siglos más tarde, Mc Phee rescata. Uno de esos poemas refiere a su amada de la adolescencia; y dice así: “¿Quieres saber, preciosa Hentriette, por qué el amor es el dios más importante?.../ Desplegando todos los tesoros de sus dones, /agració con mil encantos tu rostro./ Insufló ternura en tus adorables ojos/ y te regaló la más elocuente de las voces. / te otorgo el don de las sonrisas de las Gracias/ exhibió la bondad en cada uno de tus rasgos. Enseñó la risa a seguir tu rastro/ y enjaezó la alegría a tus pasos…. Arrebató a Venus su cinturón /y con su divina mano te adornó…”. 

Tranquilamente por el hecho de haber escrito este poema, se podría haber considerado que ofendía el gusto y la moral púbica. Y  Robespierre podría haber sido ejecutado, al igual que los poetas Chénier y de Gouges, por motivos meramente estéticos.

Se cierra así –de un modo cercano a la justicia poética jacobina- el círculo entre decapitado y decapitador-decapitado. Pues en este círculo el decapitador no vive su oficio con la alegría irrestricta que se deduce, erróneamente, de la seguridad de sus actos. El verdadero decapitador, que comprende el entramado interno y último de las muertes que consuma, sabe que las cabezas que deja rodar, todas distintas, son siempre la misma; por eso se acaricia el cuello, luego de cada sentencia, como si supiera el lugar constante donde tarde o temprano se desploma el filo. Esto dice mi querido amigo Fernando Alfón, en un ensayo que escribió allá por 2010, en razón de la decapitación de poetas como libros; y no de cabezas (una parodia fascinante de la que formé parte).

Pero ya en tiempos de Charles Baudelaire (paradójicamente este poeta maldito, verdadero fan de Robespierre), serán las obras las sometidas a juicio, y no las cabezas de sus autores... Las actas del juicio contra “Las Flores del Mal” (1857) son una pieza judicial de maravilla para comprender el enjuiciamiento del gusto según los parámetros obtusos de la burguesía y sus juristas. Una demostración del límite del derecho y las reglas de la justicia para entender las reglas del arte (las actas fueron publicadas aquí en argentina en 2011 por editorial Mar Dulce, bajo el título “El origen del Narrador”).

En tiempos de Stalin, Mijaíl Bulgakov (“Cartas a Stalin”), traerá a colación las ejecuciones de Chernier y de Gouges, parangonando con ironía el método del comité de la salvación que ahora utiliza el gulag: “… y nosotros, a esos autores perspicaces que saben cuando ponerse el gorro rojo y cuándo quitárselos, cuándo cantar loas al zar y cuándo a la hoz y al martillo, los presentamos al pueblo como representantes de una literatura digna de la revolución. Y ellos, centauros literarios, golpeándose unos a otros y dándose coces, corren en competición por un magnífico premio: el derecho exclusivo a escribir odas…”. Los autores perspicaces fundarán el realismo socialista, los viejos futuristas (que no callaron) serán recordados por la nueva intelligentsia como transito del “viejo régimen”: una guillotina silenciosa más parecida al extraño suicidio de Maiakovski y Esenin, considerado por el poder como lo más conveniente para borrarlos del mapa.  Los que callen (como el propio Bulgakov y tantos otros)  serán perseguidos, asesinados, negados, simplemente ignorados, hasta forzados al destierro o la absoluta miseria.

Aunque nos tentemos a asimilarlos, en honor al rigor historicista, el terror del gulag estalinista, no debiera ser confundido con el método inventado por Joseph-Ignace Guillotin. La infalibidad que no debe ser considerada la misma. Cuestión de símbolos y complejidades de la historia.

Volviendo a André Chénier, si bien ha quedado en la historia por ser la cabeza de un poeta rodando; al menos un signo de otra clase de justicia poética le ha dado -por estos días- cierta eternidad. Ello desde que la Sociedad Astronómica ha nombrado -en su honor- al asteroide N° 12701 “Chénier”, que hoy nos mira desde algún lugar del sistema solar.


Sobre el autor: Julián Axat es poeta y abogado

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