Una buena ama de casa

Por: Florencia Lucione


En una reciente entrevista, el ministro de Economía del menemismo y del gobierno de la Alianza, Domingo Cavallo, habló de sus visitas a la casa de la familia Kirchner durante los años 90. En ese contexto, se refirió a la actual vicepresidenta, Cristina Fernández, diciendo “nos atendía como una buena ama de casa, nos traía el café y servía la mesa. Nunca ella era la interlocutora en temas serios de política"

Rápidamente la declaración del exfuncionario tuvo gran repercusión en la opinión pública, y su correlato en redes sociales se tradujo en la creación de un hashtag que le adjudicaba a estas declaraciones el carácter de violencia política.

¿Qué es la violencia política?

A fines de 2019 se incorporó a la Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en los que desarrollen sus relaciones interpersonales, el concepto de violencia política, tipificada como aquella que “se dirige a menoscabar, anular, impedir, obstaculizar o restringir la participación política de la mujer, vulnerando el derecho a una vida política libre de violencia y/o el derecho a participar en los asuntos públicos y políticos en condiciones de igualdad con los varones”. 

En un mundo que se transforma y en el que se propone una modificación de paradigmas que importan la revisión de los roles asignados socialmente a las mujeres, los dichos del exministro resultan despectivos, y son interpretados como una alusión peyorativa hacia las labores domésticas. Por suerte (o por la persistente militancia y pedagogía de la ciudadanía y de los distintos actores sociales a lo largo de la historia) actualmente existe un nuevo consenso social. Y es en función del mismo que se abandonó la idea de que las mujeres solo son buenas para las tareas hogareñas.

Sin embargo, el debate que despertó la declaración de Domingo Cavallo invita a preguntarse si no estamos frente a otra contradicción conceptual que nos hace seguir subestimando a las amas de casa, a la vez que exigimos políticas públicas que reconozcan las tareas domésticas como un trabajo remunerado.

En el marco de esa exigencia por el reconocimiento de derechos a las trabajadoras de los hogares, se destaca este trabajo como imprescindible para el buen funcionamiento de la economía. La del hogar y la política. La del sistema todo.

En otra época, la emancipación de la mujer se vinculó a la irrupción de las mujeres en el espacio público. Salir de la casa para ir a trabajar a la fábrica, para formar parte de la política, para trabajar la tierra. Para poner el cuerpo ya no solo en el hogar. Actualmente podemos reconocer que, en términos generales, es esta una conquista alcanzada, y que las que tenemos por delante se vinculan con el reconocimiento de esas tareas domésticas como un trabajo remunerado.

Paradójicamente –y volviendo al hecho en cuestión- fue durante la gestión kirchnerista que muchas amas de casa tuvieron la posibilidad de acceder al sistema jubilatorio, lo que implicó un hito social y político: por un lado, la puesta en valor de ese trabajo en los hogares y, por el otro, que el Estado lo reconozca promoviendo la ampliación de los derechos de aquel sector históricamente relegado.

Podríamos decir que nada mejor que una buena ama de casa para un millón de otras, quién sabe.

Seguramente existan violencias multiformes en la política, y en los demás ámbitos de la vida de las mujeres, que responden a la discriminación en función del género. No obstante, lo del ex funcionario no parece ser más que otro ejemplo de lo que vamos dejando atrás. Casi como hacer el ridículo. Bizarro y lamentable.

Cristina Fernández de Kirchner fue objeto de innumerables actos de violencia política y simbólica. Entre tantas otras, recuerdo su imagen caricaturizada, desnuda y degollada, hecha pancarta. Así, en la vía pública, se manifestaban algunos opositores de su gobierno. Sin embargo, no creo que las penosas declaraciones del ex ministro sean violencia política (incluso distan notoriamente de anular, obstaculizar, menoscabar o impedir la participación política de CFK). En efecto, resulta inconveniente ponerle el mismo nombre a todo.

Por otra parte, si desistimos de revisar los actos propios para apresurarnos a señalar los ajenos, corremos el riesgo de reproducir el comportamiento de los viejos monstruos a los que creímos vencer. Las amas de casa son trabajadoras y no hay motivos para menospreciar sus tareas, mucho menos para compararlas con las que se realizan fuera del hogar. Es un trabajo y, como tal, merece contar con un marco de derechos que lo asista al igual que los de otros sectores de la economía.

En ciertos casos ni siquiera es necesario el repudio. Los consensos a los que arribamos son, en ocasiones, tan sólidos que nos permiten dejar pasar actuaciones lamentables. A veces el silencio sí es el camino. Un silencio que no es objeto de ningún disciplinamiento sino del acuerdo socio cultural.


Sobre la autora 

Florencia Lucione es integrante de la Usina de estudios politicos, laborales y sociales. 

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