Un mundo de ideologías

OPINIÓN. ¿La política exterior argentina no debería tener como uno de sus objetivos estratégicos fundamentales el cuidado, la consolidación y el fortalecimiento de las relaciones con esta “pequeña” porción del planeta, mayoritaria en población, PBI, comercio internacional, desarrollos tecnológicos?

Coincidimos plenamente el canciller argentino Felipe Solá y yo: el mundo y especialmente América Latina, está lleno de ideologías. Me daría por satisfecho si tuviésemos coincidencia aunque fuera con una sola. Las ideologías, como diría Mao, son mil flores distintas y diversas. Las ideologías, amigos, no se matan. Ya lo dijo Sarmiento.

Las ideologías se discuten y se compadecen. Tienen una peculiaridad las ideologías, las más coherentes y mejor presentadas: siempre buscan una acción política que permita el triunfo de sus postulados. Aunque, como toda acción política, haya que ceder en algunos puntos, acomodarse con ciertos contrincantes, posponer para más adelante la lucha por el logro de los objetivos finales. Todo de golpe no se puede, “todo en su medida y armoniosamente”…

Una de las principales metodologías de cualquier ideología es el análisis. Claro que cada ideología tiene su método analítico. El mejor, sin duda, es aquel que se soporta en hechos concretos. Que parte del reconocimiento de una realidad objetiva que condiciona la esencia del análisis. El ideólogo que tira por elevación, sin transitar por la realidad, es un bartolero, hablando en lenguaje futbolero.

Para la confección de esos análisis hacen falta elementos concretos:  una base de datos certificada que permita ubicar el punto de partida de la acción política, una buena investigación preliminar de los hechos de la realidad, una evaluación de las posibilidades propias y las ajenas, la determinación de las correspondientes etapas que se deduzcan del análisis… En fin, ustedes dirán si estos son todos los requisitos para el análisis o si falta alguno. Quizá el canciller argentino Felipe Solá pueda también contribuir al enriquecimiento analítico. Quizá…

En el plano de la política internacional la confección del análisis se complica aún más, si se me permite la osadía. Hay que conocer los mismos factores enumerados utsupra, pero del país en cuestión. Y agreguen los subjetivos: quiénes son los intervinientes, cómo viven, qué comen, si hacen ejercicios o montan a caballo, si pasean por el mundo o viven recluidos, si les gusta guitarrear o aman la música clásica. Si son mestizos, originarios, inmigrantes. Si apenas saben leer y escribir o ya lanzaron cohetes a Marte. ¡Qué sé yo! Completen la lista. Usen la imaginación.

En la Gran Guerra Patria de la URSS contra la Alemania nazi, los grandes estrategas soviéticos aprendieron, al planear una operación, el invalorable e imprescindible rol de la exploración previa, el decisivo momento de elegir el punto de ruptura de la defensa enemiga concentrando en él toda su fuerza, el tiempo justo para lanzar sus blindados al espacio estratégico abierto y el tiempo y las unidades necesarias para conquistar el objetivo final y allí consolidarse hasta la próxima ofensiva. Así tomaron el Reichstag hace poco más de 75 años.

En este plano, el “no lo vimos venir” del canciller argentino Felipe Solá, respecto de la elección del recalcitrante Mauricio Claver Carone como presidente del BID, suena casi como una aliteración. Una queja poética deslizada mientras se otea melancólicamente un horizonte inalcanzable. En rigor de verdad, el odioso gusano de Miami fue ungido por Washington como el pretendido virrey latinoamericano del imperio. Sospechoso de sedición en cuanto intento liberticida haya asomado en América Latina, hace mucho tiempo que se instauró como el avasallante candidato para la presidencia del BID, volteando normas y derechos pretéritos y extorsionando a quien se le presentara por delante. ¿En nuestra Cancillería nadie había tomado nota de este pequeño detalle? ¿Cuándo Balcarce 50 propuso al moderado Gustavo Béliz, eterno manifestante de la ética y la humildad, acaso no se visualizó el tanteo que tendría este partido pese a la larga trayectoria de Gustavo por los pasillos del BID? ¿Es ahora apropiado echarle la culpa a los demás, sobre todo a uno de los casi únicos solidarios con la Argentina, como el presidente mexicano López Obrador?

Nuestro gobierno, incluyendo claro está al canciller FelipeSolá, mantuvo valerosamente su postura y no transó siquiera en avanzar con algún propósito de compromiso. “Bueno, yo te apoyo pero vos me das…” ¡Nada de eso! Los principios son los principios. Inclusive si la decisión final es abstenerse en minoría. Pero en política internacional muchas veces hay que saber “tragarse el sapo” para sobreponerse a decisiones adversas y saber sacar de ellas una buena negociación.

En este mundo apabullado por la pandemia, en especial por un Washington sitiado por casi 200.000 muertos y unos siete millones de infectados, en medio de una crisis económica de proporciones, el análisis al que nos referimos allá arriba, tiene que ser mucho más fino, más objetivo y… más frío. ¿Qué es lo que nos conviene? ¿Quiénes son nuestros socios (no digo amigos)? ¿Qué ofrecen y qué ofrecemos? ¿En qué nos ayudan a salir del pozo?

Así las cosas, ¿sigue siendo Brasil nuestro socio estratégico número 1? ¿Por qué? ¿Para qué nos sirve? ¿Podemos establecer con Bolsonaro una política de alianzas aunque sea a mediano plazo? ¿Itamaratí y el Palacio San Martín hablan el mismo idioma? ¿El MERCOSUR sigue siendo para ambas cancillerías un fin estratégico a consolidar? ¿Continuamos nuestra relación como socios en igualdad de condiciones? ¿Somos pares?

¿El MERCOSUR murió, está con respiración asistida, tiene pronóstico reservado, se lo puede salvar, volverá a participar Venezuela, la relación con Uruguay y Paraguay podrá ser equitativa? ¿Cuál es el programa a aplicar para que esta imprescindible Unión ocupe el lugar preferencial que corresponde? ¿Sabemos ya cómo será su relacionamiento con otras grandes asociaciones regionales: la Liga Árabe, la Unión Europea, la Unión Africana, la Unión Económica Euroasiática, los BRICS, la OCSh, y así de seguido?

¿Es América Latina realmente un conjunto de países solidarios, aliados, unidos por un mismo pensamiento bolivariano y sanmartiniano? ¿Cuántos organismos más pretenderán funcionar y terminarán en la misma esterilidad que la OEA, la CEPAL, UNASUR, CELAC, el Grupo Lima, el Grupo Montevideo, el Grupo Puebla, etc., etc., etc.? ¿Tenemos, como línea política internacional independiente, una propuesta eficiente y efectiva para nuestros hermanos latinoamericanos?

Si la Vieja Europa está sumida en sus propios problemas y no tiene demasiado tiempo para concedernos un mínimo tratamiento mientras aviva su enfrentamiento con un Washington cada vez menos socio. Si el propio Washington nos mira con declarada desconfianza. Si sólo algunas empresas alemanas o algo así se animan a presentar alguna muy precavida propuesta de inversión. Si ni siquiera las petroleras eurooccidentales o norteamericanas irrumpen en Vaca Muerta “comme cela devrait être”. Si los acuerdos de pago de la deuda, logrados con fórceps, nos dejan un margen operativo muy constreñido certificado por las ínclitas agencias de riesgo que no cesan en su recelo hacia la Argentina. Si todo eso, digamos, son factores absolutamente objetivos, reales, ¿cuál sería la solución? ¿Cazamo’el bufoso “y chau, vamo’a dormir”?

Es muy significativo que al frente de nuestra política exterior se encuentre un experimentado político como Felipe Solá. Hombre primero del campo, profundo conocedor de nuestras economías regionales, avezado navegador por los espacios de compromiso. Estoy persuadido que el canciller argentino ejercita diversas variantes de posicionamiento en este mundo cambiante, interrelacionado, multifacético, multipolar, contradictorio, interdependiente, novedoso, con encontrados planos de la realidad.

Deja abierta la posibilidad de nuevas alianzas con nuevos y poderosos factores de la política y la economía mundiales. Con la claridad y precisión que hacen falta en estos momentos cruciales para nuestro país, el canciller Felipe Solá advierte: “Es posible que firmemos un proyecto de adhesión a la Ruta de la Seda china. Eso está muy lejos de lo que es una toma de responsabilidades concretas, lo que no quiere decir que no estemos dispuestos a tomarla”.

Recuerdo a mi queridísimo amigo y colega José Luis Álvarez Fermosell. El madrileño, con ese garbo que tenía, a veces era de una ironía categórica: “¡Ni sí, ni no, sino todo lo contrario!” decía si siquiera pestañear o mesarse la cuidada barba candado que siempre lo caracterizó.

Por lo visto, mucho más lejos que Beijing queda Moscú. Al menos en la ciudad celestial tenemos embajador, el experimentado Luis María Kreckler, toda una tradición diplomática. El Kremlin todavía aguarda saber quién reemplazará al amable y tablonero Ricardo Lagorio. Tiempo atrás, el embajador ruso en la Argentina, Dmitri Valérievich Feoktiskov, en un reportaje concedido a “International Affairs”, el centenario y autorizado órgano de la Cancillería rusa, puntualizaba: “Vamos a ir hasta donde la Argentina quiera”. Por ahora, el convite ha quedado algo descuidado…

Pero China y Rusia, sin mencionar  destinos antojadizos como la India o Corea del Sur o Indonesia o los países árabes (¡qué ocurrencia, por Dios!) son las puertas, las grandes puertas para las nuevas formaciones multipolares: los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghai, el propio G-20. ¿La política exterior argentina no debería tener como uno de sus objetivos estratégicos fundamentales el cuidado, la consolidación y el fortalecimiento de las relaciones con esta “pequeña” porción del planeta,  mayoritaria en población, PBI, comercio internacional, desarrollos tecnológicos? ¿No es esta “pequeña” porción del planeta la que, por sus propios intereses, propugna una política internacional solidaria, no invasiva, pacífica, equitativa?

En este mundo afectado por sanciones, castigos, amenazas, invasiones arbitrarias, con pueblos que luchan contra enemigos internos con auspiciantes externos, que intentan instaurar sus propias identidades. En este tiempo de profundas modificaciones, de crisis estructurales, de replanteos filosóficos e incluso, mire usted, ideológicos. En esta realidad tan contradictoria donde la navegación está plagada de escollos porque no se sale al mar abierto. ¿Quizá valga la pena instalar un propio punto de vista y mantenerlo caiga quien caiga y pese a quien le pese?

Quizá sea hora (y me abstengo del “ahora o nunca”) de establecer el correspondiente vector maestro de nuestra línea política exterior. Que, además, nos dé tranquilidad, nos quite presión, nos ayude al buen vivir, nos permita respirar a pleno pulmón y ser nosotros mismos. Estoy, como dije, persuadido de que el canciller Felipe Solá está plenamente identificado con estas ansias políticas internacionales. Es más, sin duda tiene como norte de su desenvolvimiento en el cargo, un viejo axioma que lo guía en este aparentemente confuso mundo de diversas ideologías: lograr “una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”.

Diarios Argentinos