Un héroe a la carta

OPINIÓN. En estas épocas de pérdida de Futuro, quiero rescatar particularmente la tenacidad con que Belgrano se abocó a la construcción del futuro de una patria que no existía.

Estamos en el momento cúlmine del Año de Belgrano, el aniversario de su muerte, en el que conmemoramos el Día de la Bandera. Los historiadores nos encontramos por demás solicitados, en las más variadas actividades públicas. Gozamos satisfechos de nuestros segundos de fama; no es habitual, y menos en estos días de pandemia, donde los reflectores se enfocan en otros declarantes, habitualmente menos dados a la palabra, como infectólogos, epidemiólogos y directores de hospitales. A cambio de la efímera atención, nos vemos emplazados por las tiranías mediáticas, a encontrar elementos novedosos, en sujetos cuya memoria se ha construido a través de estatuas de bronce, historias fundacionales de la Nación y rutinas escolares a lo largo de más de 150 años.

Sancionado de apuro, por Decreto de Necesidad y Urgencia No. 2/2020 del 3 de Enero, como Año del General Belgrano, lo primero que llama la atención es lo improvisado de la medida. Las conmemoraciones patrias suelen preverse con mucha antelación, requieren leyes fundadas en su relevancia histórica y social, que estipulen organismos y presupuestos específicos para llevarse a cabo.

El Decreto Presidencial considera entre otras razones, en “el reconocimiento general que su figura despierta en la ciudadanía, resulta valioso recordarlo una vez más como un factor que pueda contribuir a consolidar la unidad nacional” (Boletín Oficial) pero no establece cómo será homenajeado, más allá de que toda la documentación oficial llevará una leyenda conmemorativa. Después, la emergencia epidemiológica hizo lo suyo, Fernández tuvo que cancelar su participación en los actos del día 20 en Rosario, seguramente mensurando ciertos cuestionamientos a su movilidad en tiempos de #Quedate en casa y a la ola de contagios que empezó a extender entre varios funcionarios públicos.

En la Provincia de Jujuy, el Secretario de Cultura anunció que los festejos del bicentenario se pasarían para el año próximo, siguiendo así la política del Gobernador, quien horas antes había resuelto posponer el festejo del Día del Padre para el 12 de Julio. Ejemplos suficientes del estallido de las temporalidades en la etapa actual de cuarentenas sucesivas. El gobierno provincial también modernizó sus propuestas, incitando a que los alumnos de 4to. Grado demostraran su compromiso personal con la bandera, realizando “producciones audiovisuales desde cualquier dispositivo móvil”. Eso sí, la consigna para los escolares estipula el tiempo, el formato, la luz, la vestimenta, cada una de las palabras que deben decir e incluso que debe hacerse con “énfasis”. 

Dimes y diretes sobre Belgrano
Puestos a conmemorar, resulta interesante registrar las pregnancia social de la imagen de héroe construida por Bartolomé Mitre en el último cuarto del siglo XIX, transmitida a través de su obra, pero también de la erección de monumentos y ceremoniales. Fue Mitre quien rescata a Belgrano del entremezclado panteón revolucionario –que él mismo se está dedicando a depurar en ese momento- para erigirlo en héroe, al mismo tiempo que lo fija en un segundo puesto en el ranking, por detrás de San Martín.

Más recientemente, superpuestas capas de historias oficiales y revisionistas, académicas y publicitarias, se han abocado a la ardua empresa de sacar a los héroes del bronce, que Mitre y sus sucedáneos habían fungido con tanto afán. Así, la insistencia gubernamental en las paradójicas analogías entre la cuarentena y la Guerra de Independencia, se potencia con propagandas como la de YPF, haciendo hablar a las estatuas sobre la pandemia y las estatuas con barbijos.



En ese plan, también diversas reparticiones oficiales han generado piezas comunicacionales para homenajear al prócer. Un signo común en las mismas es asociarlo con un sinnúmero de aditamentos entre los que como en un cambalache –diría Discepolín- se apilan profesiones, oficios, aficiones, intereses, necesidades, algunos reales y otros inventados. Así, Belgrano fue “Abogado, ecologista, diplomático, economista, patriota, militar, héroe, vanguardista, prócer, revolucionario” (TV pública)

Exacerbando e incluso haciendo lifting a algunos de sus aportes, mientras se barre debajo de la alfombra aquellos rasgos más contradictorios o incómodos. Y por si esto fuera poco, en la traza del valor agregado de primerear, Belgrano habría sido: “el primer feminista” (Bellota en Caras y Caretas) “el padre de la educación”, el “primer ecologista” y el “primero que hizo un proyecto de extensión rural en el país”; “el primer ambientalista” “el primer economista”, “el primer demógrafo “el primer dandy de la patria”, “el primer romántico del Río de la Plata”, el primer “metrosexual” (Balmaceda en el programa de Mirta Legrand),  y hasta “el más porteño de los próceres” (Rosendo Fraga) por señalar algunos.

A despecho del espíritu de conciliación nacional al que alude el decreto presidencial, se utiliza al prócer para dirimir pulseadas a uno y otro lado de la “grieta”. Se afirma tanto que “Belgrano fue el primer antipopulista de la historia argentina” (Longobardi) como que “en el caso de Vicentín estaría completamente de acuerdo en terminar con este fraude al Estado, a la sociedad, a los bancos nacionales, a los productores, y a corregir esa situación con mucha determinación. Belgrano estaría de acuerdo.” (Juan Carlos Junio). En contraposición la figura de Sarmiento, quien sería más caro a la corriente liberal, se señala que Belgrano “…fue un educador ilustrado, pero de enraizamiento popular.” (Fabián Lavallen Ranea). 

Tanto se tironea del héroe que parecería que más que fortalecerlo se lo fragiliza, y pasa del bronce de la Plaza Central de Jujuy a la figura de epoxi y fibra de vidrio coloreado, en la puerta de la vaciada Estación del Tren Belgrano. Tan débil, que el propio intendente Raúl Jorge se vio obligado a convocar a la población jujeña a asumir el desafío de cuidar la imagen. Toda una metáfora. 

Contra esos mitos se esgrimen “estudios muy sofisticados que analizan cómo se construyeron esos mitos…investigaciones académicas de altísima calidad, sometidas no solo a las reglas del oficio sino a la constante evaluación de los organismos específicos…” afirma Marecela Ternavasio, ella misma artífice conspicua, tanto de los estudios sofisticados, como de los organismos evaluadores.

Efectivamente, en honor a la verdad –aunque más no sea como aspiración y guía de nuestras investigaciones-, habría que señalar que Manuel Belgrano no fue precisamente un vanguardista en el plano ideológico, sino más bien un moderado partícipe de las ideas de la Ilustración. Que dentro del pensamiento económico de la época no compartía las ideas más avanzadas de Adam Smith, aunque lo conocía, sino el neo-mercantilismo italiano y la fisiocracia; que se sentía más cómodo frente a la monarquía constitucional que frente a la República, aunque es de destacar la autoría y defensa del proyecto de la monarquía Incaica. Pero –a diferencia de Castelli- no piensa que los indios puedan elegir y ser elegidos, aún cuando los valora como aliados en la guerra hasta el punto de hacer traducir muchas de las proclamas militares en su paso hacia el Paraguay.

En relación con las mujeres, lejos de ser el primer feminista, no comulgaba con las ideas igualitarias que habían llevado a una Olympe de Gouges a ser guillotinada en la misma época, por denunciar las marcas raciales y de género del liberalismo decimonónico. Belgrano propuso la creación de escuelas gratuitas para las mujeres pobres y promovió la enseñanza del tejido y del hilado para "combatir en ellas la ociosidad, y hacerlas útiles en su hogar, y permitirles ganarse la vida en forma decorosa y provechosa". En cuanto a las mujeres de familias acomodadas eran las destinadas a producir “conciudadanos en quienes debe inspirar las primeras ideas. ¿Y qué ha de enseñarles, si a ella nada le han enseñado? ¿Cómo ha de desenrollar las virtudes morales y sociales, las cuales son las costumbres que están situadas en el fondo de los corazones de sus hijos?”. Y si bien nombra a Juana Azurduy, María Remedios del Valle y Martina Silva de Gurruchaga capitanas del ejército, es también él quien se enemista con los hombres de la tropa, por prohibir que se continúe con la costumbre popular de que las mujeres acompañen en su marcha a los ejércitos, que tanto las fuerzas patriotas como los realistas habían tomado de los indígenas altoperuanos.

En la construcción del héroe fundador de la Nación, tampoco se destaca los vaivenes pragmáticos en una situación sumamente cambiante, ni su estrecha relación con jefes realistas, como el general de vanguardia del ejército de Lima, Pio Tristan, su íntimo amigo con quien había compartido las aulas en Salamanca y a quien, después de la Batalla de Salta, escribía: “Mi amado Pio…te doy las gracias por la dulce sorpresa, y más te las daré y aun mi propia vida, si llega a efectuarse el pensamiento, y veo restablecida la paz y cimentada nuestra unión con más firmeza que las pirámides de Egipto” (Salta, 8 de marzo de 1813). Así intenta frenar el enfrentamiento americanos contra americanos, mientras que en la Península se libraba igualmente una guerra que también se denominó “Independencia”, contra la invasión napoleónica. De una manera más pueril se esconde que Belgrano usaba el apelativo “habitantes del Perú” en las proclamas que emite en Salta y Jujuy, inadecuado para el “fundador de la nacionalidad argentina.”

Ni qué hablar de sus limitadas facultades militares, las cuales no había desarrollado por no haberse formado en las mismas y hacia las cuales tampoco se veía inclinado. Así, relata Mitre, cómo Belgrano estaba “Demasiado ocupado en escribir correspondencias y proclamas” en vez de apurarse en perseguir al enemigo en su huida.

Pero justamente es este desacomodamiento, este disturbio en la imagen del patriota, el que lo hace más interesante. Lejos de haber sido un militar, Belgrano se enarboló como General de Ejército para ser fundamentalmente un conductor, en el territorio confuso y entremezclado de un campo bélico en donde los contendientes se constituían en el propio campo de batalla. En este camino, Belgrano aplica en Jujuy la misma estrategia que en Rosario, y entrega a la ciudad una bandera. De tal manera que en un solo gesto, se instituye a sí mismo en Jefe –ya que la delegación del gobierno porteño, obviamente, no era suficiente a casi 2000 km. de distancia- y cohesiona, bajo ese símbolo, a un sujeto revolucionario, convirtiendo en proyecto político, lo que hasta el momento eran intereses particulares y hasta contradictorios de los distintos sujetos sociales. Es en el mismo sentido que no se opone a la difusión del mito de la intervención de la Virgen de la Merced en la Batalla de Tucumán y pone el ejército bajo la advocación de la misma, contrastando con las orientaciones laicas o al menos críticas de la institución eclesiástica, que caracterizaron a otros líderes revolucionarios.

Lejos de comandar un Ejército Nacional, Belgrano fue consciente de las particularidades de dirigir una fuerza revolucionaria, que se redefinía constantemente. En esta tarea se afirmó en lo que consideraba el principal instrumento: la propaganda política desplegada en todas sus formas: la difusión de un discurso liberal a través de la prensa y las proclamas; practicar una disciplina personal irreductible, como ejemplo de las virtudes ciudadanas; la atención a partir de medidas prácticas de las necesidades generales que él entendía como fundamentales, como la educación, pero también de todos los reclamos y quejas que le acercaban particulares.  

En la convicción de que frente al enemigo y en la tarea revolucionaria, era necesario sumar a todos los sectores posibles, se abocó a articular el frente de guerra en el complejísimo caldero político que reunía en el norte a los emisarios del gobierno porteño con los emigrados altoperuanos como Padilla, Warnes, Juana Azurduy, entre otros; a los díscolos “subordinados”, líderes de sus propias tropas como Dorrego, José María Paz, La Madrid y Güemes; a los sectores oligárquicos urbanos, preocupados por rehabilitar prontamente la “normalidad” de la ruta de la plata Potosina, con las guerrillas indígenas. Ya hablamos de lo difuso de la comprensión de los límites de las alianzas cuando intentó hacer las paces con el gobierno de Lima, lo que también ocurre cuando incorpora al cúmulo de fuerzas revolucionarias a Fernando Campero, único noble del Río de la Plata, quien persistió en su denominación de Marqués de Tojo a pesar del decreto de supresión de honores de 1810. Campero, quien comandaba un ala de las fuerzas de Pio Tristan en la Batalla de Salta, acordó con Belgrano retirarse y este movimiento fue clave para la derrota realista. A cambio Belgrano lo nombró su edecán y Comandante de la Puna.

En contrario de la imagen de obediencia y disciplina, Belgrano se caracterizó por seguir su propio criterio, desobedeciendo en lo fundamental las órdenes de un gobierno que no confiaba en él. Belgrano convirtió en un bastión propio, una misión que implicaba casi un destierro, alejándolo nuevamente de Buenos Aires. En 1812 Belgrano viaja al Norte, a hacerse cargo de un ejército derrotado, desmoralizado por el abandono y la frustración por la prohibición del gobierno central de avanzar nuevamente y confluir con las guerrillas indígenas que habían cercado la Paz y se disponían a hacerlo nuevamente. La actitud de Belgrano contrasta con la de Pueyrredon, el saliente jefe del Ejército del Norte, que se retira hastiado por la situación que no logra revertir y con la de San Martín, designado en las postrimerías 1813  para sucederlo después de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. El gran estratega también se confiesa incapaz de afrontar la complejidad andina y se retira. Belgrano, en cambio, se hace cargo de la misma e insiste con su destino norteño, en 1816, cuando se hace nuevamente cargo del Ejército en Tucumán.  

Quizá sea la versatilidad de la figura de Belgrano la que lo haya hecho tan susceptible a las operaciones de maquillaje potenciadas por las nuevas herramientas mediáticas. En tiempos meritocráticos se enuncian sus diversas actividades en el campo político como si fueran carreras universitarias y se somete a la persona pasada de Manuel Belgrano a una salvaje manipulación de la imagen, un Photoshop que, a tono con las fragmentaciones del mercado moderno, permite ofrecer un héroe para cada gusto.

Pero en su modulaciones farandulescas, publicitarias o académicas, el tradicional centramiento en un héroe individual, de carácter excepcional, deja una vez más de lado el hambre de historia de las mayorías populares, las cuales, al tiempo que ensalzan, recrean y disputan en el pasado, el fundamento de sus luchas futuras, siguen demandando un conocimiento histórico que los reconozca y que les permita identificarse en el presente.

En estas épocas de pérdida de Futuro (Bruce, Revista La Marea) quiero rescatar particularmente la tenacidad con que Belgrano se abocó a la construcción del  futuro de una patria que no existía, con la absoluta convicción de que ese futuro dependía de la acción consciente de los hombres, empujando la historia hacia un futuro posible y que esa era la tarea de colectivos heterogéneos, con sus propias reivindicaciones, formas, caminos, y propios líderes, cobijados en su diversidad por una bandera revolucionaria.


Sobre la autora

Gabriela Gresores es docente e investigadora de Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Jujuy. 



El lápiz verde