Un cambio profundo en la política de Brasil

Por: Javier Cachés

Brasil acaba de celebrar unas elecciones atípicas. Los dos políticos más taquilleros del país -Lula da Silva y Jair Bolsonaro- atravesaron la campaña electoral en la cárcel y en el hospital, respectivamente. El carácter singular de estos comicios no termina ahí. El impacto que causó la contundente victoria del candidato ultraderechista esconde por lo menos tres fenómenos que transformarán el sistema político brasilero: el fin del tradicional bipartidismo presidencial, el colapso del PSDB y una inédita polarización política.

En todas las elecciones desde 1994, dos partidos -el PSDB y el PT- se repartieron alternativamente el primer y el segundo lugar en la lucha por la presidencia. Durante más de dos décadas Brasil logró ordenar su competencia por el premio mayor en torno a dos grandes bloques ideológicos, uno de centro-derecha y el otro de centro-izquierda. A este esquema se le sumaba una regla no escrita: el PSDB y el PT ponían al presidente, y el PMDB, al vicepresidente.

El domingo, esta regularidad política se rompió con la irrupción de Bolsonaro, un candidato que construyó una oferta política exitosa sin un partido territorialmente organizado. El principal retroceso electoral lo sufrió el PSDB, que redondeó la peor elección de su historia aún con el apoyo del establishment, y no el PT, que mantuvo la fidelidad de casi un tercio del electorado pese a tener a su líder encarcelado y proscripto. Paradójicamente, el operativo Lava Jato apuntaba a borrar del mapa a la fuerza política de Lula, pero terminó diluyendo al otro gran partido de Brasil.

El clásico bipartidismo presidencial se interrumpió pero el multipartidismo legislativo continúa. Brasil tendrá, otra vez, un Congreso híper fragmentado. 30 fuerzas políticas obtuvieron representación parlamentaria en Diputados. El PT, el bloque con más diputados, tendrá apenas el 11% del total de bancas. Y el Partido Social Liberal (PSL), de Bolsonaro, contará con solo el 10% de los escaños.

El tercer elemento que remodelará el sistema político brasilero es la polarización partidaria. Los dos candidatos que ingresaron al ballotage representan y expresan en gran medida el rechazo a su rival. Bolsonaro supo cristalizar el anti-lulismo y el anti-petismo existente en la sociedad. Haddad se erige como un dique de contención democrática frente al riesgo autoritario del exmilitar. La opinión pública está dividida en dos partes y vota contra la otra mitad. Este clima de ebullición social es novedoso: Brasil está más acostumbrado al acuerdo entre elites que a la intensificación del conflicto político.  

¿Puede Fernando Haddad revertir el resultado en la segunda vuelta? La evidencia histórica demuestra que es poco probable. Según datos recopilados por Daniel Zovatto, entre 1978 y 2017 hubo 46 ballotages en América Latina. Solo en 12 de esas 46 segundas vueltas triunfó el candidato que había sido vencido en la primera ronda. Pero cuando la diferencia entre el primero y el segundo es mayor al 10%, las posibilidades de reversión del resultado se angostan. En el caso de Brasil, Bolsonaro le sacó casi 17 puntos de ventaja a Haddad. Hay un solo antecedente reciente de una remontada monumental en un ballotage presidencial. Perú 2016. Pedro Pablo Kuczynski quedó 19 puntos detrás de Keiko Fujimori en primera vuelta y luego dio vuelta la contienda. Sin embargo, en aquella oportunidad existía un consenso mayoritario “anti-fujimorista” hoy ausente en el caso de Bolsonaro.

Neoliberal en lo económico, reaccionario en materia de derechos civiles y autoritario en lo político, Bolsonaro conecta con una corriente global de liderazgos de extrema derecha que socavan las instituciones democráticas mediante gobiernos inicialmente elegidos por el voto popular y de acuerdo a normas constitucionales. Este patrón de regresión autoritaria por la vía electoral, instalado en países como Hungría y Polonia, parece estar llegando a Latinoamérica, un dato que debería ser mirado con especial atención desde Argentina.

El lápiz verde