Transición energética y posibilidades de desarrollo nacional

Hablar de energía es hablar de desarrollo. La primera revolución industrial, ocurrida entre finales del s. XVIII y principios del sigo XIX, es también la primera gran transición energética hacia fuentes de energía fósiles.

Hablar de energía es hablar de desarrollo. La primera revolución industrial, ocurrida entre finales del s. XVIII y principios del s. XIX, es también la primera gran transición energética hacia fuentes de energía fósiles. El uso de energía de alta densidad junto al desarrollo de tecnologías asociadas para su aprovechamiento, explica el cambio de productividad sostenida en la economía a partir, por ejemplo, del uso del carbón y de la máquina a vapor. Sin embargo, a nivel mundial, el desarrollo de estas tecnologías y el uso de fuentes energéticas fósiles no se dieron en forma homogénea y simultánea en todos los países, sino que se desarrollaron primero en los llamados países centrales para sólo, décadas después, llegar paulatinamente a los países periféricos, mediante la importación de estas tecnologías ya maduras, sin un camino virtuoso de desarrollo tecnológico soberano asociado a las mismas, aumentando así su dependencia de los países centrales. Siglos después y ya embarcados en lo que se denomina como la cuarta revolución industrial, la humanidad enfrenta hoy una preocupante crisis socio-ambiental de escala mundial, vinculada al uso no sostenible e insustentable de los recursos naturales, en particular las fuentes de energía fósil. Estas fuentes de energía y el uso de las mismas tienen como característica intrínseca, el alto impacto ambiental evidenciado, por ejemplo, en la emisión de gases de efecto invernadero y el consecuente cambio climático global, la concentración de su explotación en pocos grandes actores, una visión mercantilizada y no social del uso y acceso a la energía, grandes conflictos tanto a nivel local como a nivel geopolítico global y poca o nula participación ciudadana en la toma de decisiones con respecto al uso de la energía.

Con este panorama en mente, el pasado lunes 7 de septiembre, se llevó a cabo el 5to encuentro del ciclo de charlas organizado por la Agrupación Rolando García y titulado “¿Qué posibilidades tiene el desarrollo científico-tecnológico en la Argentina de hoy?” en el cual se trató el tema de “Transición energética y posibilidades de desarrollo nacional” (Link:https://youtu.be/NqnICiTeiR8) . En este encuentro participó la Ingeniera nuclear Verónica Garea, actual Directora Ejecutiva de la Fundación Invap, donde se está llevando adelante un programa de eficiencia energética y desarrollo comunitario en la región andina y el investigador Diego Roger de la Universidad Nacional de Quilmes, que lleva adelante investigaciones relacionadas con la transición energética y el uso de paquetes tecnológicos, además de ser responsable en el área de Desarrollo Sectorial y Vinculación Tecnológica del CIPIBIC (Cámara de Industriales de Proyectos de Ingeniería de Bienes de Capital).

De dónde venimos

Durante la charla organizada por la Agrupación Rolando García, el investigador Diego Roger señala la importancia de realizar una transición energética soberana con una correcta interrelación entre la política energética, el sector productivo y el aparato científico tecnológico (estos tres sectores forman lo que se conoce como el Triángulo de Sábato). Históricamente, el origen de las grandes falencias que existen en la interacción entre estos sectores a nivel nacional, puede rastrearse hasta la última dictadura militar con el quiebre del modelo de industrialización y además con las privatizaciones y la extranjerización del sector energético ocurrida durante la década del ´90. En lo que hace a la matriz energética se reconoce una deriva hacia la energía térmica, concretamente al gas, ya que el sector energético toma como mecanismo de decisión el retorno de la inversión. Esto es, cuan rápido retorna la inversión y a que tasa. Esto genera en el sector energético una lógica de retorno de la inversión en el corto plazo y apalancada en el capital financiero (pidiendo altas tasas de retorno en un país que se considera riesgoso como Argentina), sumado a una lógica de largo plazo de desindustrialización la cual se encuentra apoyada en la importación de bienes de capital bajo el mecanismo de toma de créditos externos con la contraparte de importar equipamiento del financista. Uno de los principales inconvenientes en esta lógica es que el endeudamiento debe pagarse en dólares ligando así la volatilidad histórica del tipo de cambio en Argentina con las tarifas energéticas y difundiendo esta volatilidad al resto de los sectores de la economía con la natural baja en la competitividad de la economía nacional. En resumen, lo que se reconoce a gran escala es un desalineamiento de la política energética, industrial y científico-tecnológica basada en el mecanismo de recurrir al financiamiento externo, adquiriendo proyectos “llave en mano”, dolarizando los contratos y profundizando así la dependencia tecnológica y la restricción externa. Esta dinámica a nivel mundial se expresa en que un país subdesarrollado subsidia el desarrollo tecnológico del país central porque se hace una transferencia de divisas vía los mecanismos de contrato de energía en una típica dinámica económica de economía periférica o semi-periférica. Un ejemplo de esto es el plan RenovAr, donde teniendo fabricantes nacionales de aerogeneradores, el promedio de ingeniera nacional aplicada en RenovAr es prácticamente cero y el componente nacional podría rondar, tan sólo el 10-15%. La explicación es la lógica financiera detrás de estos proyectos que terminan no garantizando ni favoreciendo el desarrollo tecnológico e industrial nacional.

Visión local y comunitaria

Más allá de las problemáticas asociadas al sector energético a gran escala, una transición energética adecuada para nuestro país requiere una mirada regional y también local, con proyectos comunitarios sostenibles y sustentables que contemplen las necesidades económicas, energéticas y sociales de la comunidad. De esta manera, la Ingeniera Verónica Garea, nos presenta el programa Bioenergía Andina (link:http://www.bioenergiaandina.org.ar/), llevado a cabo por la Fundación Invap, que busca abordar un problema central en la Patagonia que es la calefacción de los hogares. Muchos hogares en la zona andina, no tienen los recursos para acceder a la cantidad de energía necesaria que garantice el confort necesario para realizar las actividades diarias y este fenómeno se conoce con el nombre de pobreza energética. Además, de forma generalizada, en Argentina el tipo de construcciones que se favorecen no son energéticamente eficientes. En la zona andina, numerosos hogares no cuentan con acceso a gas natural para calefaccionarse. Por otro lado, existe una abundancia de biomasa (bosques) controlados mediante la poda y el raleo para disminuir el riesgo de incendio en la zona. Estas problemáticas fueron abordadas por la Fundación Invap, generando así el Programa Bioenergía Andina, donde se trabajó junto con la comunidad en 3 unidades productivas: una que procesa el residuo de la poda y el raleo en municipios, parques nacionales y bosques de la provincia, transformándolo en combustible; otra unidad productiva que diseña y construye estufas para quemar los residuos y otra unidad productiva que produce materiales y permite aislar térmicamente los hogares mejorando la eficiencia en la calefacción. La directora ejecutiva de la Fundación Invap recalca la importancia de trabajar con la comunidad para encontrar una solución que sea viable, sostenible, adoptable y que pueda generar trabajo local, aportando así, soluciones a problemáticas energéticas y sociales concretas.

Hacía dónde vamos

A futuro se necesita una visión desafiante con una mirada hacia adelante y no repitiendo problemáticas históricas y estructurales de nuestro sistema energético nacional. En base a las necesidades de desarrollo del país, la transición energética debería llevarse a cabo con ciertas premisas basadas en que no aporte a la restricción externa minimizando la demanda de divisas, tender hacia una pesificación de la energía, lograr un modelo de desarrollo más territorial, descentralizado, con formación clústeres de desarrollo tecnológico en función de especializaciones a partir de los recursos que tiene cada zona produciendo así, sinergias entre el sistema científico-tecnológico, el industrial y el energético. Algo a tener en cuenta es que, si no es con tecnología nacional, tampoco es posible la transición energética porque la restricción externa ahoga el país. La restricción fundamental actual para llevar adelante este proceso tiene que ver con el escalado de las capacidades industriales nacionales. Se debe avanzar en la transición de los combustibles automotores (petróleo por gas) y desarrollo de tecnologías como biomasa, mini-hidroeléctricas, hidroeléctricas, nuclear, eólica, biogás, hidrógeno y termosolar.

Un aspecto a considerar, mencionado por la Ingeniera Verónica Garea, es la necesidad de incorporar la energía nuclear en una agenda de transición energética considerándola necesaria para lograr los objetivos de descarbonización de la matriz energética. En este sentido, se podrían utilizar pequeños reactores tipo CAREM, de tipo modular, para abastecer localidades e incluso parques industriales. La concepción de grandes centrales nucleares puede ser revisada, introduciendo así el concepto de módulos de generación de menor tamaño y más distribuidos. Argentina se encuentra en condiciones de desarrollar este tipo de reactores y de encarar otras líneas de reactores modulares pequeños, enriqueciendo así el presente repertorio de tecnologías nucleares de exportación. Paralelamente, la tecnología CANDU de potencia puede seguir usándose para generación nacional.

Esta mirada de una agenda de transición energética nacional y soberana debería verse como una oportunidad de desarrollo nacional, que incluso podría generar un cambio estructural en nuestro país. Según cálculos del investigador Diego Roger, en 10 años y maximizando la utilización de tecnología nacional en construcción de parques eólicos, se podrían generar cerca de un millón de empleos industriales y casi tres o cuatro veces de empleos relacionados con la construcción. Sumado a esto el desarrollo tecnológico asociado sería muy importante para nuestro país y la región, sobre todo considerando que son las etapas iniciales de la transición energética y la competencia aún es baja. Desde la Agrupación Rolando García consideramos fundamental que la transición energética se realice garantizando a la sociedad el acceso justo a la energía, considerándola como un bien social, enmarcada en una agenda verde y apalancada por un desarrollo tecnológico industrial nacional.


Sobre el autor

Geólogo, integrante de la Agrupación Rolando García

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