Testimonios sociales en tiempos de peste

OPINIÓN. Son numerosos los documentos literarios que describen la manera que incide una epidemia en la conducta social de la población que la padece. Desde las diez plagas de Egipto que documenta el Éxodo en la Biblia y la Tora...


Son numerosos los documentos literarios que describen de la manera que incide una epidemia en la conducta social de la población que la padece. Desde las diez plagas de Egipto que documenta el Éxodo en la Biblia y la Tora, pasando, por la peste de Atenas que cuenta Tucídides en el libro V de la Guerra del Peloponeso; hasta la Peste Negra de finales del Medievo que esmalta Giovanni Bocaccio en el Decamerón.

Bocaccio,  relata  específicamente la relación  peste-sociedad de la mayor  pandemia que se tenga noticia, la Negra, de mediados de 1300. Se estima que puede haber causado unos 50 millones de muertos. La mejor defensa que contra ella encontró la población, tanto ayer como hoy, fue el aislamiento. “La cuarentena es la única vacuna contra el virus” dice la frase bandera de la actual campaña universal contra el covid-19, coincidiendo con lo que dijo Bocaccio. Y si queremos ver similitudes podemos argumentar que hasta los sistemas de protección de los trabajadores de salud florentinos son los mismo que los actuales. La cabeza protegida por la máscara de pájaro veneciana que aísla la boca, fosas nasales y ojos de los enfermos, un filtro de hierbas para depurar el aire en el interior del pico, cristales protegiendo los ojos, y un traje enterizo de cuero engomado que llega hasta el suelo. Ninguna diferencia como visten los médicos actuales salvo el perfeccionamiento de la industria, pero el concepto es el mismo en ambos trajes. Para los médicos sanitaristas del año 2800 que usarán trajes de protección ionizados la diferencia entre nosotros y los florentinos del 1350 habrá desaparecido.

Fue así que un grupo de amigos florentinos deciden huir a las afueras de la ciudad a proteger su salud y para sobrellevar la cuarentena deciden escribir, cada uno de ellos una historia que deben leer al resto de los compañeros.

Con este esquema, Giovanni Bocaccio plasma el famosísimo Decamerón que resultó la obra gozne entre la literatura medieval y la renacentista.  y a pesar del tiempo que media con nuestra realidad cotidiana, el Decamerón puede ser el espejo al que hay mirar, mutatis mutandis, para diseñar un bosquejo de lo que podrían ser las consecuencias del covid-19 en nuestra  sociedad global.



Existe poca información sobre los cambios sociales que se podrían haber generado luego del paso de las Diez Plagas sobre Egipto profetizada, según el libro Éxodo por Moisés al faraón Ramses II, y datadas aproximadamente en el siglo XIII a C. Lo remoto de la fecha, y hasta la duda que hayan existido estos hechos dificulta toda investigación. Ramsés II ha quedado en la historia inmortalizado por su enorme capacidad de Gobierno, su extenso reinado cerca de 66 años, el haber dotado a Egipto de monumentales obras de arquitectura, y su no menos asombrosa capacidad reproductora, que lo hizo padre de 152 hijos habidos con las mujeres de sus harenes, con varias Grandes Esposas Reales, Esposas Secundarias, amantes y concubinas que sumaban más de 300 mujeres. Dado que las leyes de Egipto no consideran delito el incesto, Ramsés II tuvo varios hijos habidos con dos de sus propias hijas.

Cualquiera que haya sido la relación Moisés-Ramsés II, no se puede dudar que si el paso de las plagas generó la huída de la colonia judía de Egipto, estas pestes debieron ser un hecho de honda repercusión social.

La colonia judía estaba formada mayoritariamente por una capa poblacional ilustrada, a cargo de una buena parte de la Administración del Estado. Llevaba mucho tiempo de establecida y se había consolidado en los altos cargos administrativos, en las finanzas públicas.

Según el censo ordenado por Moisés la comunidad judía estaba compuesta por unas  600.000 personas, y aún hoy no existe ningún país que soporte la pérdida súbita de esta sangría poblacional, y menos aún, si están concentrados en un aspecto clave de la administración del Estado. No existe hasta el momento una masa crítica de información que nos haga conocer los efectos sociales de las plagas egipcias; pero Platón enseña que en la historia cuando se acaban los documentos tienen plena validez la poesía y los mitos.

En cambio la peste de Atenas está ampliamente documentada tanto por el crudo relato de Tucídides que la padeció personalmente, como por el hecho circunstancial que el historiador fuese amigo dilecto de Hipócrates, y él mismo tenía amplios conocimientos de medicina. Era la persona indicada para relatar la Peste de Atenas y son numerosos los historiadores sucesivos que apoyándose en su descripción, la consideren nada menos que causa directa o indirecta de la caída del imperio helénico.

Cuenta Tucídides: “Apareció por primera vez, según se dice, en Etiopía, la región situada más allá de Egipto y Libia y a la mayor parte del territorio del Rey.  En la ciudad de Atenas se presentó de repente.”

Un relato directo que nos conduce al puerto del Pireo, la puerta de entrada de Atenas, base de su poderosa flota y acceso directo de gente y alimento a la amurallada capital. Tal era el prestigio de su flota que atraía a la población  de las fueras de Atenas, que se cobijaban dentro de su protección. Esta superpoblación constituía, en sí mismo, un foco denso de riesgo, al que solo faltaba la mecha de los barcos etíopes o de todos aquellos que hubieran hecho escala en Egipto y Libia.

“Una chispa puede encender la pradera” memorable frase china útil para describir lo sucedido. Los contagios fueron inmediatos, hoy sabemos que los portadores eran las ratas y sus pulgas, y los efectos instantáneos y devastadores.  Gran parte de la flota ateniense perdió su tripulación y aún contagió a los soldados de tierra. Paralelamente , la Liga del Peloponeso liderada por Esparta, la enemigo de Atenas desolaba los campos áticos, y una nueva oleada de la peste contagió a Pericles, líder de los atenienses que murió sin hallarse un sucesor digno de la conducción militar de la Liga de Delos, la alianza de Atenas con sus pueblos asociados. Una inoportuna expedición a Sicilia de calamitosos resultados para Atenas, debilitó aún más el poderío ateniense de modo que sobre geografía helénica se batía dos leones heridos de muerte, Atenas y Esparta.

El llamado imperio helénico no cae ante Roma como producto de una guerra épica entre dos superpotencias; sino que muere por suicidio, por guerras intestinas, civiles, que no supo resolver. Cuando las legiones romanas bajo las órdenes de Tito Quincio Flaminio lucha en los montes de cinocéfalas contra los macedonios de Filipo V que representaban una confederación de las ciudades –estados helénicos, no es una lucha definitoria entre Roma y Atenas. En primer lugar son una serie de batallas pequeñas, y al final un enfrentamiento que define. Un grupo de legiones romanas vencen a un fantasma del poderío helénico, pero este modesto triunfo le abre la puerta a Roma para colonizar a toda Grecia.

De este modo el resultado indirecto de la peste de Atenas es la pérdida de su poderío naval, la muerte de Pericles, el derrumbe de Atenas, y la derrota ante los romanos, pone  fin al llamado imperio griego. Portentosos efectos sociales de las acciones de pulgas y ratas.

Herodoto, contemporáneo, de Tucídides y para muchos su maestro, escribió: “Persuadido, pues,  de la inestabilidad del poder humano,  y de  que las cosas de los hombres nunca permanecen constantes en el mismo ser, próspero ni adverso, haré, como digo, mención igualmente de unos estados y de otros, grandes y pequeños.”

Frase en la que resume el corazón de su motivación para lanzarse a escribir su libro de historia.

Dieciocho siglos después, sintetizada  la severa geometría de la prosa ática, Bocaccio, en la introducción del Decamerón, expresa su propósito de escribir comparándolo, “ como si el caminante de una montaña desierta y áspera a su pie se halla un deleitoso llano, que tanto más apacible parece cuanto más fatigoso ha sido el camino. Verdad es que el dolor sucede a las alegrías con frecuencia, pero no lo es menos que todas las tristezas se olvidan a la hora del júbilo.”

La misma idea de Heródoto ahora expresada en el dulce estilo nuevo que se imponía en la literatura toscana, buscando en las curvas y adjetivos, la elegancia de introducir hasta el paisaje en el lenguaje que  plasma la misma idea de la inestabilidad del acontecer humano y el permanente cambio del dolor a la alegría.

En medio de la más terrible peste que vivió el mundo en el Medievo descripta casi salvajemente en su crueldad por Bocaccio, encuentra el pequeño esmalte de siete jóvenes mujeres entre los dieciocho a los veintiocho años que dialogan con tres  donceles de su edad y deciden recluirse en el villa en las afueras de Florencia para eludir la peste; como entretenimiento para soportar el aislamiento proponen que cada día uno de ellos relate una historia y así nace el Decamerón.

La incitación no es para efectuar una lectura del Decamerón para aquel no lo haya hecho, tampoco se trata de crítica literaria sino, más bien, de saltar como Alicia adentro del espejo del libro. “En modo Alicia” para decirlo en el lenguaje que nos enseñan los programadores cibernéticos  y entonces encontraremos lo que buscamos, “Los testimonios sociales en tiempos de peste”.

Tanto Bocaccio como Petrarca son contemporáneos, viven ambos en Florencia, son amigos, y se han formado en el seno de iglesia, por entonces visiblemente corrompida y en inminente riesgo de cisma. Pero algo los separaba: Petrarca es Jano, un rostro mira hacia el pasado, y el otro hacia el futuro. De él dijo Vittore Branca, acaso la mayor autoridad contemporánea en Bocaccio y Petrarca: “Se presenta como una especie de Jano que mira a la vez hacia el pasado y el porvenir, la antigüedad y la cristiandad, la frivolidad y el recogimiento, el lirismo y la erudición, el interior y el exterior [...] Ocupa en la historia de la poesía y de la cultura de Europa cristiana y moderna un lugar excepcional: jamás, quizá, un escritor haya tenido una influencia tan decisiva ni tan prolongada”.

Pero resulta imposible hablar de Petrarca sin hacerlo de Laura, su amor eterno. La conoce cuando ella tiene diecisiete años a salida de una misa y permanece fiel a ella hasta su muerte en  1374 a la edad de setenta años. Le dedica más de 400 poemas, la mayor parte después de la muerte de su amada que se la llevó la peste negra. Laura, al igual que el amor prohibido de Dante Alighieri, Beatriz son elevadas por ambos poetas, al máximo círculo de la perfección física y espiritual. Mujeres angélicas; nimbadas por la aureola de las simplemente perfectas, representan la mejor imagen de la mujer medieval. Las dos casadas, fidelísimas a sus respectivos maridos, que  de algún modo participan de la veneración que ofrecen los amores espirituales, platónicos, de sus esposas. Ambas mujeres  salidas del seno oscuro protector de la iglesia medieval; que tienen enfrente a los personajes de Bocaccio: jóvenes honestos, alegres, de diálogos vivaces, elegantes. No hay entre ellos miembros de la aristocracia. Provienen de familias de ricos comerciantes, conocidos artesanos, la nueva clase que surge. Todavía en esos tiempos, Dante  escribe un tratado, La Monarquía, para fundamentar que tanto la iglesia como la monarquía manan directamente de Dios y es la fuente del Poder Legítimo, de ahí que el Emperador Carlos V y el Papa constituyan el poder ideal en la tierra.

Sin argumentar, con la simple exhibición de sus vidas, los personajes de Bocaccio, desarticulan las elucubraciones de Dante y la burguesía naciente derrota a la aristocracia teocrática. Se abren las catedrales a la luz de los vitrales, pero el impetuoso paisaje con sus pájaros y sus colores ya había roto la oscuridad medieval, bajando de los tapices y lienzos eclesiales, sus oros y sus platas, a los caballetes de los estudios que ya no retratan cardenales u obispos, sino ricos hombres, médicos, traficantes de lanas, sus mujeres, sus ropas, y por la ventana se ven verdes prados, el amanecer del renacimiento, el surgimiento del humanismo en suma

La muerte de Laura en la segunda oleada de la Peste Negra en 1348, es todo un símbolo de lo que se va, un rotundo testimonio social de lo que sucede en tiempos de peste. La Muerte entierra a Laura en la Iglesia oscura y con olor a azufre.



Luego nosotros, con nuestro covid-19, la primera pandemia verdaderamente universal de la historia de la humanidad. Las anteriores, en todo caso abarcaban la ecúmene  conocida: el “nuestro mundo habitado por nosotros”; pero el covid-19 es verdaderamente universal. Infecta desde Papeete en la polinesia hasta Laponia en el círculo polar ártico. Se propaga a nuestra actual velocidad de transporte. Si la Peste Negra viajó desde el extremo sud-este de China por la Ruta de la Seda, a lomo de camello, hasta llegar a Venecia y Florencia; hoy partiendo desde el mismo lugar y llegando a los mismos puertos lo hizo a bordo de un avión de línea. Madrid es la terminal ferroviaria de un monumental proyecto chino en funcionamiento acortando en la mitad la demora  que requiere el transporte marítimo. Este proyecto se llama “La Ruta de la Seda”; y los dos países europeos con mayor número de infectados son, respectivamente Italia y España. Coincidencias. Curiosidades de la vida.

Si analizamos someramente, las cuatro de grandes pestes reseñadas en busca de enseñanzas directa que nos ofrecen, podemos coincidir que la primera de ellas es que la pandemia concluye y la humanidad sobrevive. No es obvio.

Podría (¿podrá?) sucede que la fuerza del virus sea mayor a la fortaleza de la humanidad y así como el clima riguroso del polo norte abortó el desarrollo del pueblo esquimal exigiendo al hombre que dedique casi la totalidad de su fuerza vital, solo en defenderse del clima para sobrevivir, algún día la potencia de un virus imponga igual  precio a la humanidad entera o a la mayor  parte de ella.

Hasta ahora no se ha producido. La humanidad afectada sobrevivió y en poco tiempo accedió a un estadio superior de desarrollo, aún a costa de 50 millones de muertos. Igual precio que pagó para ganar la Segunda Guerra Mundial. Una decisión política, libremente aceptada, tuvo ese precio.

Las pestes rompieron encasillamientos políticos y culturales, y aquellas ideologías centralistas que en su soberbia se llamaron El Imperio Celeste, El Ombligo del Mundo, el Origen de Los Cuatro Caminos:

“…donde iremos a buscallas”

Reflexionaría Jorge Manrique. Pocos años atrás, en 1992, el conocido agente de los Servicios de Inteligencia de Estados Unidos, Francis Fukuyama, publico una tesis según la cual la humanidad había llegado al fin de la historia con el triunfo inapelable y universal de la “democracia liberal”, un eufemismo por “Estados Unidos”. Cuatro años después el resurgimiento del Islam, diecinueve años después el ataque a las Torres Gemelas de Trade Center, Guerra comercial China –Estados Unidos, Rusia en Venezuela, resurgimiento de la India…hoy no es editable nuevamente el Fin de la Historia.



Si hay algo en común que nos enseñan las pestes mencionadas es el hecho que, después de ellas nunca se ha producido una restauración de las formas sociales de la estructura humana. Podemos concluir que pasado el Covid-19 no volverá el mundo que conocimos.

El entramado social es un tejido de tal complejidad, formado tanto por hechos, mitos, ambiciones, y realidades físicas y convenciones acordadas, que si se desarma la estructura de sus componentes no se puede volver a darle una identidad que copia fiel de la anterior. Entra a formar parte del inventario previo nuevos jugadores que se ganaron el espacio y no renuncian a perder su nueva posición.

La Sociedad sabe que no fueron caudillos prodigiosos los que la combatieron y eliminaron el virus, sino que fuimos “nosotros”, todos. Las fuerzas armadas hallaron un nuevo ensamble para sus actividades y ahora en más habrá que contar con ellas; se comprobó que la economía de mercado es al menos aliada silenciosa del virus; y la economía del socialismo dirigista lenta e ineficaz. Demasiados descubrimientos conforman el nuevo mosto con la potencia de una fermentación naciente. Este caldo que bulle no se puede verter a los odres viejos, los estallarán en sus juntas, requieren odres nuevos capaces de contener la activa fuerza. Que el odre viejo siga atesorando el noble vino tradicional, y la potencia  del nuevo mosto se aplaque en odres nuevos. Así salvamos los dos: la riqueza de los matices del vino añejado, y la frescura y potencia del vino nuevo.

Dice el Libro: “No se puede poner vino nuevo en odres viejos porque romperán los odres“, de igual manera que se echará a perder el odre nuevo con el vino viejo. El vino nuevo requiere odres nuevos.

Creo que es bueno tener la audacia de pensar que Donald Trump no está loco, en todo caso, ligeramente embriagado de sí mismo. Pero se dirige con paso firme directamente a su objetivo, obtener el mayor beneficio  económico:” Lo que es bueno para mí lo es para el país, y si yo puedo todos los demás también pueden”. El sueño americano no es un sueño, es una realidad tangible.

En todo caso el número de muertos no es otra cosa que el inevitable dolor de lo que Darwin describió como la supervivencia del más apto. “Daño colateral”, enseñó Robert McNamara en  Los Papeles del Pentágono sobre la guerra del Viet Nam; costo imposible de evadir.

En verdad que desde esta óptica de irreprochable lógica matemática el Covid19 opera como disciplinado ejército de robots bajo el mando del General Adolfo Eichman y el Comandante croata Ante Pavelic efectuando la limpieza sanitaria que el sistema necesita.  Obsérvese que no mueren wasp, sino solo afro y latinos, en todo caso acelerando el fin, y mejorando la sustentabilidad de los restantes. Limpieza étnica; y al aumentar la bolsa de los desocupados se puede bajar el costo laboral por abundancia de oferta de mano de obra  depreciada. No es una locura. Es un proyecto.

Si la misma audacia imaginativa la dirigimos hacia China podemos observar que la extensión de su poderío económico y tecnológico se ha consolidado a escala planetaria. Loa sueños del Imperio Celeste hoy están al alcance de su mano. Kublay Khan, en los cielos,  sonríe satisfecho. Tiene en sus manos una parte sustantiva de la economía de occidente sus industrias abastecen al mundo. Pruducen para su descomunal mercado interno y  para cubrir las exportaciones chinas. Son las factorías de la producción norteamericana para el mercado norteamericano y occidental.

La reciente exhibición deslumbrante de la construcción de un hospital de mil camas en 10 días es un prodigio de capacidad industrial, logística, científica y planificación. Hasta el momento es el país que sale fortalecido de la guerra del covid-19; así como Estados Unidos fue el ganador de los ganadores de la II Guerra Mundial. Sin duda que es uno de los nuevos players del reordenamiento de la humanidad cuando haya terminado la guerra al virus. Junto a China se halla la Federación Rusa y un paso más atrás la formidable plataforma de la India Estos tres países se sientan por derecho propio en la Gran Mesa de Póker de la Política de Poder  Mundial.

No serán solamente países, entidades políticas nacionales quienes integren esa mesa. El reciente “nosotros”, amasado por la solidaridad espontánea, más el convencimiento que la lucha contra el virus era fundamentalmente un tarea colectiva, se ha solidificado en una sensibilidad generalizada por su expansión social que difícilmente ceda su puesto a la hora recibir las cartas. El colectivo “Europa” a pesar de las diferencias de todo tipo como las que existe entre Alemania y Estonia, por ejemplo, no se ha sentido protegido por el escudo norteamericano en estas crisis. Entonces qué sentido tiene el Pacto Atlántico que USA fundamenta para enfrentar el riesgo eventual del socialismo, si a la hora necesaria e inmediata de un ataque concreto a la totalidad de las estructuras internas de la Comunidad Europea, no le ha llegado una colaboración específica por parte de la superpotencia que en cambio le exige bases, hombres, colaboración científica, control político, etc. Es previsible que Europa quiera sentarse en la Mesa como jugador personal, y no como asociado a los Estados Unidos.

“En la economía de la vida social el poder de los hombres de enderezar sus asuntos a voluntad o con un plan racional, está fuertemente restringido, pues una sociedad no es un bien de ningún propietario sino el terreno común del campo de acción de muchos hombres, y por esta razón un precepto que en la vida cotidiana es obligatorio por ser  simplemente producto de la sabiduría práctica;  en las cuestiones sociales es solo un consejo de perfección.

Idealmente, la introducción de cualquier fuerza dinámica, o movimiento creador en la vida de una sociedad debe ir acompañada, no hay duda, por una reestructuración de todo el conjunto de instituciones existentes, si se quiere preservar una sana  armonía social”, dice Arnold Toynbee en su Estudio de la Historia.

Tomando en cuenta  que la experiencia histórica da cuenta que la salida de una peste, una vez aplacadas las réplicas del hecho catastrófico que produjo, condujo al establecimiento de una sociedad más justa, de mayor nivel y exigencias técnicas, y de acercamiento generalizado de las mayorías a las fuentes del poder generando un mayor acercamiento a los ideales democráticos; no es ilógico esperar que lo mismo suceda a la salida de la actual peste cumplidos los tiempos moderados que requieren los grandes cambios sociales.

De ser así se revalida la esperanzadora visión que expresó Pablo VI durante la Homilía Pascual de 1971:

“La causa del hombre no sólo no está perdida, sino que se halla en clara ventaja. Las ideas grandes, que son los faros del mundo moderno no se apagarán. La unidad del mundo se logrará. La dignidad de la persona humana será reconocida no sólo formal, sino realmente. La inviolabilidad de la vida desde el seno materno hasta el final de la vejez, obtendrá general y efectivo reconocimiento. Las indebidas desigualdades sociales quedarán niveladas. Las relaciones entre los pueblos serán pacíficas, razonables y fraternas.

Ni el egoísmo ni la arbitrariedad, ni la indigencia, ni el desenfreno de las costumbres, ni la ignorancia,  ni las numerosas taras que todavía caracterizan y atormentan a la sociedad contemporánea,  impedirán la instauración del verdadero orden humano, del bien común, de la nueva civilización. No podrá, ciertamente, ser abolida la debilidad humana, ni el deterioro de los fines, ni el dolor, ni el sacrificio, ni la muerte temporal; pero toda miseria humana podrá encontrar asistencia y alivio; más aún, conocerá el valor superior que nuestro secreto puede conferir a toda decadencia humana.

No es sueño, no es utopía, no es mito; es realismo evangélico. Y sobre este realismo nosotros, los creyentes, fundamos nuestra concepción de vida, de la Historia, de la misma civilización terrena, que nuestra esperanza trasciende, pero al mismo tiempo impulsa para sus valientes y confiadas conquistas”.


Sobre el autor

Hugo Martínez Viademonte es Periodista. Ex corresponsal de Inter Press Service, Estado de San Pablo y colaborador de las agencia internacionales.

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