Tamara tan llena de gracia

En lecturas para el verano, Julián Axat escribe sobre la reciente publicación de la novela “Al menos flores” (edit. Malisia) de la escritora platense María Pozzio, que reconstruye la vida de Tamara Bunke Bider, más conocida como “Tania”; quien fue enlace de la columna boliviana del Che, a la que se incorporó -al ser descubierta como espía- y en cuyas filas murió durante una emboscada del Ejército Boliviano en 1967.


Hay libros que llegan a uno de forma extraña. La novela “Al menos flores”, de María Pozzio (La Plata, 1977)   llegó gracias las referencias del escritor y amigo Juan Bautista Duizeide,  a quien suelo hacerle caso.

Por el momento es lo mejor que leí de lo que va de 2021,  un libro que –al decir de mi colega recomendador– juega con fuego, ya que el personaje Tamara Bunke, alias “Tania la guerrillera” es una de las figuras menos favorecidas en la historia, las memorias y el imaginario de izquierda en Latinoamérica. Yo aquí agrego a la literatura menos rigurosa y amarillista, que le ha inventado amoríos con el Che y hasta una identidad de doble agente Rusa-Cubana, al estilo Mata Hari.

Hace poco, hubiera cumplido los 83 años. Vale la pena recuperar nuevamente su historia.

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Tamara, una vez más

En nuestro país, la historia de Tamara Bunke, ha sido contada a través de “Mujeres guerrilleras” de Marta Diana (1996). Y más recientemente, en “Bravas” de María Seoane (2014).

También cabe mencionar  las dos biografías más conocidas: Ulises Estrada (2005) y Mariano Rodríguez Herrera (2006).

En todas se cuenta más o menos lo mismo:

Bunke Bider, Haydée Tamara, apodo: Ita; nombre de guerra: Tania; seudónimos: Haydée Bider González, Marta Iriarte, Vittoria Pancini, Laura Gutiérrez Bauer.  

Hija de padres judío alemanes que emigraron a la Argentina en 1935, huyendo de la persecución nazi, Tamara nace en Buenos Aires el 19/11/1937. La participación de sus padres en el PC, hizo que desde niña estuviera inmersa en un ambiente militante. Tras una educación en colegios alemanes y criada en el ambiente porteño, en 1952, pese a su inicial resistencia, debió acompañar a sus padres a Alemania, en momentos en que se constituía la República Democrática Socialista (RDA).

Al llegar a la RDA, Tania y su familia se instalan en Stalinstadt. Dado su interés por la actividad política, a los 14 años comienza a participar en la organización comunista Juventud Libre de Alemania, desde donde más tarde pudo desarrollar una intensa labor como dirigente en la Unión de Pioneros de Berlín

En 1960 ocurre un hecho que cambiaría su vida: Ofició de intérprete para la delegación comercial cubana dirigida por Ernesto “Che” Guevara durante su visita a la RDA, y comienza a madurar en ella la idea de viajar a La Habana para tomar parte activa en la revolución; deseo que se cumple en mayo de 1961, cuando llega a la isla, invitada por la directora del Ballet Nacional, para luego quedarse trabajando en el Ministerio de Educación.

Debido a su temperamento y a su firme compromiso revolucionario, en 1963 comienza un riguroso entrenamiento operativo para el trabajo de inteligencia que la capacita para cumplir arriesgadas misiones. Así en 1964 el “Che” Guevara la convoca para crear las condiciones favorables en Bolivia para la apertura de un futuro foco guerrillero.

Para lograr este objetivo, bajo los seudónimos de “Haydée Bider González”, “Marta Iriarte” y “Vittoria Pancini” (en Europa), y “Laura Gutiérrez Bauer” (en Perú y Bolivia), Tamara logra introducirse en los medios artísticos e intelectuales y, desde allí, contactarse con personalidades del ámbito gubernamental y diplomático de La Paz.

A principios de 1965, contrae matrimonio con un joven e incauto estudiante, y puede conseguir así la ciudadanía boliviana; lo que le permite pasar no solo desapercibida en el medio social, sino el grado de inserción y confianza para obtener los papeles diplomáticos para el ingreso de Ernesto Guevara a Bolivia, bajo el disfraz de Adolfo Mena González.

Al comenzar la preparación y organización de la lucha armada, Tania era ya un engranaje indispensable en el desarrollo del trabajo urbano de la guerrilla, aunque la idea general del Che no era que participara en las acciones directamente sino que, dadas las posibilidades de conexiones en las altas esferas gubernamentales, dedicarla a la información y mantenerla como reserva, contando con alguien fiable para el ocultamiento de los guerrilleros.

Con la idea de empezar a tejer la red guerrillera en Argentina, en diciembre de 1966 Guevara (quien había llegado a Bolivia un mes antes) le encarga a Tania la misión de contactar a sus compañeros argentinos Eduardo Jozami y “Mauricio” (Ciro Bustos), y citarlos en el campamento guerrillero, para lo cual debió viajar hacia Salta, habiendo sido ésta la última oportunidad en la que pudo volver a su país de origen. Sin embargo, al ser descubierta por el ejército en su tercer viaje a la base guerrillera en la selva boliviana, decidió incorporarse a la lucha armada.

El Che la destinó a la columna de la retaguardia, dirigida por el cubano Juan Vitalio Acuña Núñez (“Joaquín”), junto con la que comenzó a marchar hacia el norte. Pero el 31 de agosto, luego de una extenuante marcha, cayó junto con sus compañeros en una emboscada preparada por el ejército boliviano gracias a la delación del campesino que les servía de guía.

En Vado del Yeso, en la parte más turbulenta del Río Grande, fue asesinada por un balazo que le perforó un pulmón: su cuerpo se precipitó a la corriente y recién pudo ser localizado una semana más tarde.

En 1998 sus restos fueron identificados y trasladados a Santa Clara (Cuba), en donde reposan en un mausoleo junto a los de Ernesto “Che” Guevara y otros compañeros de lucha.

(A modo de resumen completo, puede leerse la breve entrada que el historiador Daniel Kersffeld, escribe en el Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas, dirigido por Horacio Tarcus).

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Las muchas Tamara

“Al menos flores” hace verdadera literatura con los huecos de lo que no se conoce de la biografía de Tamara. Como en el método de la memoria emotiva de Stanislavsky, la autora bucea aspectos contradictorios o ambivalentes del personaje. Imagina su voz, sus cavilaciones, escucha sus propios susurros, hasta lograr una escritura. La narración logra, con toques de realismo, reconstruir climas y situaciones propios de la época.

Sin caer en idealizaciones o romanticismos exaltatorios, explora una identidad o vida posible, que es -a la vez- una variación de otras posibilidades (polifema o las voces de las Tamaras)

Separados por capítulos breves que repiten el título “Las muchas vidas de Tamara”, la novela de María Pozzio –además de contar la biografía desde un principio– se atreve a imaginar vidas posibles como imaginarias (en el sentido que Marcel Schwob le da al concepto de “vidas imaginarias”) y que la historia oficial no alcanzó a registrar.

De ese modo, Tania deviene otras mujeres equivalentes, u otros nombres; los que podrían ser seudónimos o heterónimos reales de Tamara, o bien personajes inventados o sosías en otro espacio y tiempo.

La constelación de historias que rodean a la historia principal rigurosamente contada, permite multiplicación de historias episódicas que giran como satélites sobre el misterio de una identidad fascinante, cuyo eje –en la novela de espías– es (en el vocablo alemán) el doppelgänger o doble fantasmagórico (geist, citado en la novela). Pero en este caso es la condición femenina como identidad revolucionaria (no icónica, si –acaso- la de eterna pionera), en toda su densidad multiplicante y compleja, la que desborda cualquier fetiche (sin estampado en la remera), impostura o corrección política del momento.   

En ese modo de contar,  Tamara puede ser Ludmila la astrónoma rusa que coloca el nombre al asteroide que llevará su nombre. Pero también Tamara será la niña cuya infancia transcurre apaciblemente en el barrio de Saavedra (aquí Pozzio se permite los ejercicios de mayor ficcionalidad, creando situaciones, relaciones, pequeñas anécdotas como perlas preciosas).

Tamara cruzando el atlántico como Ita. Tamara como Rosa (Luxemburgo).

Tamara como Laura “la folklorista”, inserta cual topo en la alta sociedad paceña, estudiando arqueología y escribiendo sobre alfarería. 

Tamara la conocida Paty Hearst, heredera del imperio periodístico norteamericano, secuestrada en california por un grupo de los que se enamora y sale a hacer la revolución.

Y quizás uno de los personajes más entrañables del libro: Tamara como  Luisina “La loca del Che”. Historia cargada de sensibilidad y ternura. Historia real o inventada (lo mismo da), sobre el relato donde “la locura” se torna verosímil o se vuelve “razón” gracias al ejercicio de la creencia en la literatura.

Invertimos el apotegma de Rimbaud: “ser –la- otra”. O en Deleuze: “Devenir otras”. Sin quedar atrapada en la máscara de ella misma (¿Quieres ser John Malkovich? ¿V de Vendetta?).

Las mil máscaras de Tamara que devienen forma política.


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¿Un encuentro con Witold Gombrowicz o Dino Buzati?

Hay un momento de la novela que sucede un breve y casual encuentro en la cubierta del barco que devuelve a los Bunke Bider a Europa. Un “Polaco” también regresa luego de su larga estadía en Argentina.

Flaco como espiga y fumador empedernido, Tamara es ahora “Ita”. Ambos se conocen y miran con nostalgia las olas desde la popa del barco, a sabiendas que Europa es ya un gran cementerio que los espera.

Entonces el Polaco le cuenta la historia del “Colombre”.  Ese extraño ser, Leviathan o monstruo criatura mestiza entre Frankestein y Moby Dick, que casi nadie ha visto, y quienes sí, quedan atrapados: porque entre la criatura y la persona que “la ve”, nace un pacto de mutua destrucción.

Y así nace la búsqueda desenfrenada de Estefano, ese personaje que sí ha visto a su Colombre, y que ya de viejo decide salir a atraparlo munido de lámpara y arpón; hasta que logra dar con él, y al apuntarle, la bestia le pide que se detenga. Entonces el Colombre le enseña una perla brillante: “- Te he seguido toda la vida para entregarte esta perla maravillosa, perla única que se le entrega a unos pocos elegidos que pueden vernos. Quienes tienen el lujo de cuidarla recibe sus dones: amor, sabiduría y paz de espíritu”.  

¿Vio Tamara a su Colombre, tal como lo hizo Estefano?

¿O –acaso– aquellos héroes derrotados absolutos no pueden acceder a esa perla, si quisieran, ni en modo ícono?

Esa es, en el fondo, la pregunta de la novela. La pregunta de “la visión” de Tamara como derrotada de la Historia. La pregunta de María Pozzio, como evocadora.

En definitiva, una pregunta por el peso del romanticismo y lo que queda de ruina en los héroes del siglo XX, pero vistos desde el siglo XXI.

La dimensión oscura de la modernidad y del olvido frente a la catástrofe. Esa muerte anónima y borrosa que al contarse, se vuelve épica, transparente; y deviene “entre” ante el monstruo.

La búsqueda obsesiva fracasada, sin lograr alcanzar la perla. El santo grial. Pero por la que vale la pena continuar. Creer. Seguirla contando.

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La Tamara que leyó el amigo Duizeide

Cito completo el posteo de Juan Bautista Duizeide en su Facebook, que me llevó a leer la novela:

“Sin apartarse nunca de la narratividad, pero con un aliento lírico (y a veces, también, épico) María Pozzio construye una vida de Tamara “Tania” Bunke Bider, enlace de la guerrilla del Che en Bolivia. Su libro juega con fuego, ya que Tania es una de las figuras menos favorecidas en la historia, las memorias y el imaginario de izquierda en Latinoamérica. Tal vez porque a pesar de sumarse a la columna guerrillera en su última etapa –tanto por error como por asedio enemigo- su rol de espía entrenada en la brumosa Europa del Este, de infiltrada tras las filas, no es de los que más se prestan a la simpatía. Podría hacer suyas las palabras de Borges en el poema “El espía”: “En la pública luz de las batallas / otros dan su vida a la patria /  y los recuerda el mármol. / Yo he errado oscuro por ciudades que odio”. A lo cual debe sumarse su condición de mujer. La novela de Pozzio le restituye compromiso revolucionario y protagonismo, pero también rasgos de humanidad que no solían asociarse al recuerdo de su figura heroica: dudas, ternura, erotismo, sensibilidad artística. Por la forma de construir sus personajes –alrededor de Tania hay toda una constelación de entrañables personajes secundarios-, “Al menos flores” se acerca en muchos pasajes a la narrativa de John Berger o a documentales de Patricio Guzmán como “El botón de nácar” y, particularmente, “Nostalgia de la luz”. Su dispositivo de narración es tan original como eficaz. Entendiendo no una eficacia unívoca y maniquea, sino una que admite los matices, las anfibologías, las zonas ciegas incluso…”.


Tamara Bunke Bider en Cuba, 1963


A modo de invitación a la lectura, y con permiso de su autora, transcribo aquí el primer capítulo de la novela.

 

Los planetas de Ludmila

Por María Pozzio

 

Ludmila Zhuravlyova fue inquieta desde muy chica. Vivía en un edificio lleno de niños que eran reclutados por sus habilidades deportivas. En el quinto piso, estaban los atletas –corredores, lanzadores de jabalina y demás-; en el cuarto piso los que pertenecían a equipos –basquetbolistas, voleybolistas y hasta algún futbolista- en el tercer piso, los levantadores de pesas y en el segundo, los gimnastas. Venían con sus familias desde lugares lejanos, del sur y del este de la URSS y se quedaban allí, en un barrio alejado de la ciudad pero cercano al centro deportivo y de entrenamiento Vladimir Illich.

Ludmila era la hermana pequeña de un lanzador de jabalina, pero no le interesaba el deporte. Ella coleccionaba algunas cosas, como semillas que dejaban caer los arbustos y recetas de cocina que la inspiraran a nuevos platos. En realidad, a los once años, se dio cuenta que lo que más le interesa era descubrir cosas nuevas para ponerles nombre. Lo supo claramente cuando en la biblioteca de la escuela encontró un pequeño libro sobre Cristóbal Colón: allí se denunciaba al marinero genovés por haber comenzado con sus viajes de descubrimiento la expansión del capitalismo hasta las tierras vírgenes de América, se contaba en detalle cómo, cada cosa nueva que veía, Colón se apresuraba a ponerle nombre castizo. A Ludmila le costaba pronunciar esos nombres españoles que obligaban a su boca a abrirse como para comer un enorme pedazo de pan: “Santa María” “La Española” “Espíritu Santo” y así…No entendía nada de esas palabras, pero entendía, a pesar de la distancia en el espacio y el tiempo, el placer que podría haber sentido aquel hombre al nombrar a su pleno antojo, el nuevo mundo que veía: ésa era la forma más sutil de adueñarse de las cosas. Y sí, era lo que Ludmila hacía: con la receta de la madre de Sergei de los barénikes y la receta de la vieja Lajna de la sopa de remolacha, ella inventaba –y pocas veces llegaba a cocinar- un nuevo plato de comida. Lo más lindo de inventar aquel recetario, era ponerle nombre a las cosas: así inventó el gulineke –guiso pastoso de sabor improbable a nabo- y la cebolvenatova, un buñuelo de cebolla y avena que se desarmaba al querer freírse. No importaba, de coleccionista a cocinera frustada, Ludmila fue encontrando parte de su vocación. Y cuando se hizo amiga de Boris Strokiov, el hermano de las mellizas gimnastas más rubias del edificio, terminó de descubrir por dónde venía su destino.

Boris había perdido un pie en un accidente. Y quizá por eso, era un gran lector y un aficionado a mirar el cielo. Tenía un pequeño telescopio polaco que se dejaba llevar fácilmente hasta la terraza del edificio. Allí, él y Ludmila miraban el cielo azul cobalto de Sebastopol y sentían que su misión no era ganar medallas olímpicas sino llegar el cielo. Boris nunca podría ser astronauta y con los años se convirtió en bibliotecario, se casó, tuvo hijos y murió antes de ver caer los muros y a su amada Unión Soviética. Ludmila, en cambio, obtuvo una beca para estudiar astronomía en la Universidad de Kiev.

En el Observatorio de Crimea, se convirtió en la Cristóbal Colón de una buena porción del cielo. No se sabía si era la calidad del cielo límpido que había elegido para observar minuciosamente, o que sus ojos, su mirada, tenían un entrenamiento especial. Ella, en una conferencia que dio una vez en Harvard, confesó que simplemente se sentía afortunada, que los asteroides y planetas menores se le aparecían como lunares en la piel de un nuevo amante. A lo largo de veinte años, descubrió, y lo más importante, nombró más de sesenta nuevos planetas menores y pequeños asteroides. Cada vez que descubría un nuevo punto brillante en el cielo y confirmaba la información y seguía los procedimientos y cuando ya había cumplido con todos los protocolos y sabía que podía  hacer el anuncio y enviarlo al Astronomical Journal, le hablaba a Boris a la biblioteca y pensaban juntos acerca de posibles nombres con qué bautizar a aquellas rocas lejanas que surcaban el cielo tan lejos y tan solas.

El 26 de septiembre de 1974, en el observatorio en Nauchny, Ludmila encontró un nuevo planeta menor: un planetita, una cosa con órbita pero sin cola, una gran roca que algunos llaman planetoide y otros, cuerpo menor. Era el 2283. Hacía ya unos meses que había escuchado una historia: la historia de Tamara Bunke/Laura Gutiérrez Bauer/Tania. La había escuchado en la radio y algo se había quedado en ella: no por ser una camarada revolucionaria, no por haber caído bajo las ráfagas asesinas de las ametralladoras capitalistas sino porque había muerto en un lugar lejanísimo, cuyo cielo Ludmila se moría por ver: el cielo de Bolivia. Y porque su cuerpo, el cuerpo de Tamara, no había vuelto a aparecer. Ella le daría un cuerpo, un cuerpo celeste girando allá arriba, desde siempre, para siempre. Así fue que el planeta menor 2283 pasó a llamarse, con el visto bueno del amigo Boris, Bunke.

En 1995, Ludmila ocupaba el lugar 57 de una lista de 1429 astrónomos descubridores de cuerpos celestes. Tres años después, el cuerpo terrenal de Tamara Bunke Bider, fue hallado tras años de búsqueda, en una sepultura clandestina, bajo un árbol, en Vallegrande, Bolivia. Junto a sus huesos, había un pequeño amuleto de piedra, tan esmerilado que parecía una perla. Su origen: desconocido.

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