Sobre el PRO y los intendentes peronistas

Por: Juan von Zeschau

El conurbano de PBA es un paisaje de relieves cambiantes, el mundo de los barones, de los jefes del aparato, del apodado intendentismo, mezcla de realidad y mito; una arena compuesta por massistas, FpV puros, pejotistas, colaboracionistas, macristas, conversos; un territorio en el que los gestores de camisa sin corbata del PRO ofrecen su versión más mestiza, casi de frontera, negociadora, bajo la conducción y el visto bueno de la gobernadora Vidal. Es que esa constelación de poderes locales que son los intendentes no se puede despreciar: fue el origen de la catapulta política de Massa en 2013, es garantía de gobernabilidad provincial en la actualidad, y se va conformando como posible (y necesaria) plataforma de un peronismo ganador el año entrante. Solo falta encontrar a su delfín. 

Algunos piensan que los jefes territoriales ya depusieron las armas a quien firma los cheques y abre el grifo de los recursos, es decir, al gobierno provincial y su financista, el ejecutivo nacional. Es la visión del macrismo y algunos miembros del kirchnerismo más duro. Error de diagnóstico. No se trataría más que de movimientos tácticos, la condición de posibilidad para desarrollar administraciones locales política y económicamente sustentables. Es lo que los intendentes siempre hicieron: negociar, tensar, acordar; es su acto reflejo. La libertad de pensamiento, la oposición acérrima, la resistencia con aguante, son privilegios generalmente inaccesibles para quien gobierna y representa. Si la gente no tiene agua, si el municipio es apartado de un plan de infraestructura provincial o no se pueden pagar los salarios, se putea al intendente. Y con razón.    

Hay otra falacia que enturbia el análisis. Es un error entender al peronismo territorial como un grupo de jefes cuasi feudales, sin bandera, una versión argentina del PMDB brasilero, la realpolitik al máximo, sin ideas, ausente de doctrina. O es, más bien, un examen que queda corto, una miopía conceptual no exclusiva de la derecha argentina, ya que la comparte cierto progresismo urbano y bien pensante. El peronismo pejotista, el peronismo con responsabilidad de gestión, no es un sistema feudal. Y en caso de serlo, sus feudos pertenecerían a una misma nación. Si Julio Pereyra es un barón, es también un barón peronista. Los puentes culturales, los códigos compartidos, los“modos” de hacer política, entre muchos otros criterios, permiten la efervescencia, la desunión transitoria, incluso las internas. Permiten hasta las operaciones de los diferentes ejecutivos, el provincial, el nacional, la captura coyuntural de lealtades, basadas en la plata que el tesorero Frigerio deja escapar de la caja PRO. Pero es una etapa pasajera. La dispersión, más que una dispersión, es un retorno al terruño. En un contexto de alta volatilidad, de incertidumbre, los jefes territoriales riegan su quintita, fortalecen su distrito, establecen alianzas horizontales con los pares (con el hito fundante del Pacto de San Antonio de Padua) y verticales con quien hoy circunstancialmente gobierna. La capitulación es un espejismo. Ni Macri ni Vidal gestionan un sistema en el que los municipios son sólo las filiales, los brazos del pulpo, patas de una casta que el macrismo gerencia, niveles que se gestionan desde la botonera de la Casa Rosada. El aparato (en caso de existir ese monstruo fantasioso) no se compra llave en mano.  

En muchos sentidos, el macrismo es una continuidad del kirchnerismo. Como bien señaló el politólogo Pablo Touzón, sus élites parecen compartir la idea de que si se captura la cúspide del Estado, se captura el sistema político. Y se captura el Poder, así, con mayúscula. Los gestores técnicos reemplazaron a los funcionarios militantes, los egresados del Newman a los del Nacional Buenos Aires, pero el sesgo de clase, la visión unitaria, concentradora, centralizadora y porteña, permanece intacta. Basta con manejar el Estado y su panel de control para ordenar y diseñar a piacere la geografía política nacional. Es una sobreestimación del poder de la superestructura, aquel que se encuentra y brota de los medios de comunicación, los fierros estatales, los jueces federales, las visitas de presidentes, ex presidentes y ex reyes del mundo serio, las felicitaciones de las embajadas, los récords de likes y retuits, la política snapchat. Mientras tanto, la estructura, el poder en el llano, las fuerzas subterráneas e invisibles siguen operando en silencio. Ahí entran los intendentes.       

Puede ser, no obstante, que realmente asistamos a una revolución. Y que las viejas influencias y relaciones de los jefes territoriales -sean peronistas, radicales, renovadores- hayan estallado por los aires; que en verdad estemos presenciando la génesis de una nueva forma de hacer política, desprejuiciada, canchera, de CEO de Google, en zapatillas y en remera, sin mediaciones, el ministro hablando “cara a cara” con el vecino. Una revolución que derrumba las viejas estructuras, detona los sistemas de relaciones, jubila las culturas políticas preexistentes, a sus artífices, a sus historias e iconografías. ¿De qué serviría ser un conde en la Francia de Robespierre? ¿Qué poder tendría un miembro del politburó en una Rusia post soviética? Esa es la apuesta del“nuevo elector” duranbarbista, detonar el sistema. Pero ganar elecciones no suele ser equivalente a gestionar un país. Y los gobernadores, los dirigentes sindicales, los grupos de presión, las asociaciones y corporaciones, ninguno de ellos desapareció. Como tampoco se esfumaron los intendentes. Siguen ahí, y todos obligan a quien gobierna a administrar tensiones, a definir ganadores y perdedores, a pagar los costos de cada decisión. Vidal tomó nota de estos poderes fácticos, evidenció su existencia: primero incluyó a los Renovadores en su gestión, después se sentó a negociar con los jefes del PJ y del FpV. 

Existe otra alternativa siempre tentadora para los pensadores posmodernos del PRO. La de decidir, como estrategia política, eludir completamente las mediaciones, sortear las estructuras políticas tradicionales, las representaciones y, en suma, apelar a una sociedad formada por individualidades. Pero la comunidad no organizada tiene un alto riesgo: el de los estallidos repentinos, descontrolados, huérfanos de conducción y, por lo tanto, imprevisibles.  

 

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