Sobre el concepto de “ajuste”

Una de las características de las ciencias bien constituidas es que los conceptos que usan tienen un significado unívoco y bien definido. En física, cuando se habla de masa, de gravedad, de peso, de fuerza o de presión, todo el mundo – desde los físicos profesionales hasta los estudiantes del colegio secundario – saben de qué se trata. No es lo que ocurre en economía.

Una de las características de las ciencias bien constituidas es que los conceptos que usan tienen un significado unívoco y bien definido. En física, cuando se habla de masa, de gravedad, de peso, de fuerza o de presión, todo el mundo – desde los físicos profesionales hasta los estudiantes del colegio secundario – saben de qué se trata. No es lo que ocurre en economía.

Conceptos como inversión, valor, capital, trabajo productivo, renta, explotación y ganancias, tienen significados que varían según el contexto y según quién los utiliza, es decir desde qué cuerpo teórico se los emplea. El concepto de “inversión”, por ejemplo, cubre realidades diferentes en el manual internacionalmente aceptado de Balanza de Pagos, y en el de Cuentas Nacionales.

La inexactitud de los términos económicos facilita el uso ideológico de determinados conceptos. Eso ocurre con palabras que se utilizan para justificar las políticas neoliberales.

Una palabra muy utilizada con esa función es la de “ajuste”. El diccionario nos dice que “ajustar” es “conformar, acomodar una cosa a otra, de suerte que no haya discrepancia entre ellas”. En economía, ajustar sería hacer coincidir oferta y demanda, o bien igualar gastos y recursos. Notemos que, por su misma etimología, la palabra contiene una carga normativa, ya que proviene de las locuciones latinas ad y justum: ajustar sería conformarse a una norma justa, arreglar algo que está desquiciado. Así, en otra acepción, “ajustar” significa “arreglar, moderar”.

A partir de estas definiciones generales, parece poco racional oponerse a un ajuste. Pero también sería irracional aceptar la conveniencia de un ajuste sin algunas precisiones esenciales: es indispensable definir qué se busca “ajustar”, y explicar por qué medios se lograría tal ajuste.

Las respuestas no son evidentes. Por ejemplo, un gobierno podría ponerse como meta “ajustar” el mercado de trabajo, de manera de suprimir el desempleo. El medio para ese ajuste en particular podría ser incrementar la demanda agregada, y con ella la oferta de empleo por parte de las empresas. Ahora bien, tal política podría comprometer otros equilibrios, por ejemplo, el comercial, si con la mayor demanda las importaciones aumentan más que las exportaciones. Vemos entonces que es incorrecto hablar de “el ajuste” de manera abstracta: una misma política puede al mismo tiempo ajustar ciertos mercados y desajustar otros.

También es esencial explicar cómo se piensa conseguir un determinado ajuste. Puede por ejemplo buscarse el equilibrio (o un menor déficit) fiscal mediante el incremento de los ingresos, mediante la disminución de los gastos, o con una combinación de ambas medidas. Y aun precisando ello, habría también que definir qué gastos se piensa bajar (salarios, jubilaciones, inversión pública o el pago de intereses), qué ingresos se busca aumentar (impuestos directos o indirectos, a las personas o a las empresas, al comercio interno o al externo, etc.) y de qué manera (mediante un aumento de las tasas de imposición, una menor evasión, la expansión de la actividad económica, etc.).

Vemos que existen muchos tipos diferentes de “ajuste”, cada uno de los cuales es consistente con un estilo de desarrollo. La trampa del pensamiento dominante es instalar en la opinión pública que existe un solo ajuste posible. Y en eso ha sido exitoso. En efecto, cuando se habla de “el ajuste”, nadie pregunta “¿de qué ajuste me está hablando?”. Se sobreentiende que se trata de reducir los desequilibrios fiscal primario y comercial en un primer momento, para luego generar excedentes en ambos rubros, y obtener así los recursos para pagar la deuda pública externa. También se da por sentado que la forma de obtener esos resultados es mediante “el ajuste” (es decir, la disminución) del gasto público primario, lo que exceptúa el pago de intereses, y “el ajuste” del tipo de cambio (es decir, la depreciación de la moneda nacional), lo que deprime el salario real y concentra los ingresos. De ese modo disminuyen la demanda agregada y las importaciones, y se pueden destinar más dólares al servicio de la deuda y, ya que estamos, a la fuga de capitales.

Sin duda, ese es un modelo posible de ajuste, pero no es el único ajuste posible. Se trata de un ajuste recesivo y regresivo, que corresponde al modelo económico neoliberal. Será exitoso, dentro de ese modelo, en la medida en que restablezca el acceso al mercado voluntario de capitales externos, y habilite un nuevo ciclo financiero. Sin embargo, es un tipo de ajuste que además de tener un alto costo social tiende a ser poco efectivo en lo económico. La razón de esa baja eficacia se debe a que la reducción del gasto público y privado generan o agravan una recesión, lo cual deprime los ingresos fiscales; asimismo, la recesión económica deteriora la solvencia del Estado deudor y de numerosas empresas, lo que empuja al alza las tasas de interés y, con ella, el peso de la deuda pública. El resultado habitual es que “el ajuste no ajusta”: al hundir más a la economía, las políticas restrictivas no restauran el equilibrio de las cuentas fiscales ni la sustentabilidad de la deuda pública. El ejemplo más claro en ese sentido lo brindó la malhadada “ley de déficit cero” de 2001 que, lejos de eliminar el déficit fiscal, no hizo más que acelerar el colapso de la Convertibilidad.

La alternativa al ajuste neoliberal no es necesariamente el no-ajuste, o la profundización de los desequilibrios fiscal y/o externo. En las actuales circunstancias es preciso, nos guste o no, disminuir el déficit fiscal y mantener un excedente comercial, no porque nos lo imponga el FMI, sino 1) porque no estamos en condiciones de financiar un déficit fiscal elevado sin elevados costos macroeconómicos, y 2) porque necesitamos generar dólares genuinos para importar la maquinaria y los insumos necesarios al crecimiento y la transformación productiva, y evitar el cuello de botella externo que reiteradamente frena un proceso de crecimiento.

El objetivo no debe ser el ajuste en sí mismo, ni tampoco el rechazo de cualquier tipo de ajuste, sino restablecer un régimen de desarrollo sostenido, una de cuyas condiciones es evitar que se produzcan desequilibrios macroeconómicos excesivos. Para ello, es preciso pasar del ajuste recesivo, regresivo e ineficaz hacia un régimen de crecimiento económico que genere nuevos ingresos fiscales y del comercio exterior; será principalmente gracias a esos ingresos que se podrá ordenar las cuentas fiscales y externas. Esto supone un cambio total de perspectiva respecto del gobierno anterior, que planteaba que primero había que estabilizar la economía (con un ajuste recesivo) para luego crecer. El actual gobierno plantea que solamente se podrá lograr la estabilidad dentro de un proceso de crecimiento. Adopta así una visión dinámica de la estabilidad, que podemos comparar a la del ciclista: si no avanza, se cae.

Hay por cierto medidas que podemos calificar “de ajuste”, y que son compatibles con un proceso de crecimiento inclusivo. Por ejemplo, el aumento de ingresos fiscales mediante la contribución excepcional de las grandes fortunas y la reducción del gasto fiscal en concepto de intereses de la deuda, contribuyen a “ajustar” las cuentas públicas. La diferencia con las medidas habituales de ajuste radica en los sectores sociales que ven disminuir su ingreso disponible. Anteriormente perdían ingresos los sectores populares, lo cual tiene un efecto depresivo sobre la demanda, ya que esos grupos consumen la casi totalidad de sus ingresos. En el caso actual, los sectores afectados son rentistas (muchos de ellos radicados en el exterior) y hogares de alto patrimonio, por lo cual la disminución de sus ingresos no afecta de manera significativa la demanda interna. Al lado de estas medidas de ajuste progresivo, el gobierno planea aumentar su gasto, mediante la mayor inversión en infraestructura, ciencia y técnica, y con la recomposición de los salarios públicos. Tales gastos son importantes para relanzar la actividad económica y sostenerla en el largo plazo, y de ese modo mejorar la percepción de ingresos fiscales y previsionales.

En definitiva, para la claridad del debate, no deberíamos hablar de “ajuste” a secas; deberíamos siempre calificarlo para explicar su contenido y su función dentro de un modelo económico. Diríamos entonces “ajuste recesivo” o “ajuste expansivo”, “ajuste regresivo” o “ajuste inclusivo”. Pero en vista de la identificación ya consolidada en la opinión pública del ajuste con las políticas recesivas, será difícil utilizar la expresión de “ajuste expansivo” sin que parezca un oxímoron, razón por la cual será preciso hablar, en su lugar, de “crecimiento sostenible” o “balanceado”.

Diarios Argentinos