Sin lugar para los débiles

El acto en el Estadio Único Diego Armando Maradona de La Plata, que sirvió de evaluación de aniversario del primer año de gobierno del Frente de Todos, estuvo signado por varios mensajes, pero ninguno tan fuerte como el de la vicepresidenta Cristina Fernández cuando señalo con elegancia lunfarda refiriéndose a funcionarios, funcionarias y legisladores, “si no se animan, busquen otro laburo”.

Apenas iniciado el 2021 aparece el recuerdo de aquella legendaria película de los hermanos Coen del año 2007. En ella un cándido Llewelyn Moss, protagonizado por Josh Brolin, cree que se podrá quedar sin tener que pelear con un maletín con 2,4 millones de dólares que encontró en medio de una masacre de narcotraficantes de la que fue testigo casual. El tiempo le enseñará que para vivir hay que pelear y que nadie que considera sus dineros como propios, aun mal habidos, está dispuesto a entregarlos sin más.

La metáfora es aplicable al presente de la República Argentina donde la oligarquía y su representación político-mediática-judicial cree ser la dueña no solo de los bienes sino del futuro de nuestro país, más allá de la molesta democracia y de su “inservible” asistente, el Estado.

Iniciado este nuevo año, que contendrá, si el COVID-19 lo permite, las elecciones de medio término -cruciales para cualquier gobierno que quiera reelegir- el pliego de condiciones de la oligarquía, elegantemente denominada círculo rojo por las mentes moderadas, no tiene nada de nuevo. Aquel apotegma dictatorial de “achicar el Estado es agrandar la Nación” vuelve a sonar en tertulias de fin de año regadas por bebidas a las que el pueblo no tiene acceso.

A esto se agrega el maldito COVID-19. La elogiable decisión rusa de enviar a la Sputnik V a la República Argentina tuvo la contrapartida de la ira de aquellos que pergeñaron el nefasto anexo 1 del ANMAT, aún inexplicablemente vigente desde aquellos buenos viejos tiempos de las relaciones carnales de 1993. En aquel texto se explicitaba a pedido del “mundo civilizado” que Argentina reconocería de hecho cualquier estudio farmacéutico habilitante de medicamentos originarios de países como Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido y España, entre otros. Rusia, China e India, casualmente no cuentan aún hoy con esa prerrogativa, seguramente por la “falta de seriedad” al decir de comunicadores a sueldo de laboratorios, a pesar de que Rusia inventó las vacunas y tiene veintipico de científicos premiados por el Nobel, que como sabemos no es una distinción soviética.

El acto en el Estadio Único Diego Armando Maradona de La Plata, que sirvió de evaluación de aniversario del primer año de gobierno del Frente de Todos, estuvo signado por varios mensajes, pero ninguno tan fuerte como el de la vicepresidenta Cristina Fernández cuando señalo con elegancia lunfarda refiriéndose a funcionarios, funcionarias y legisladores, “si no se animan, busquen otro laburo”. Más explícito imposible.

Esa frase marcará el rumbo del gobierno en 2021. Animarse o no. El control de la pandemia es condición necesaria pero no suficiente para el mejoramiento de la vida cotidiana de millones de familias que ven deteriorada su situación socioeconómica de forma sostenida y obscena desde 2016.

Hasta el inicio de octubre los salarios de los “registrados”, minoría en el mundo laboral argentino posneoliberal, subieron un 31 por ciento según el INDEC. La inflación general, no la de alimentos que es muy superior, fue en el mismo período del 37%. Esta pérdida de 6 puntos en relación con el ya paupérrimo 2019 muestra claramente dos cosas:

  • El mercado por sí mismo no subirá los salarios.
  • Sin intervención del Estado no habrá mejoramiento del poder adquisitivo de las mayorías populares.

Por ende, una probable reactivación arbitrada por el mercado, sin políticas públicas redistributivas, puede quedar en los bolsillos de “cuatro vivos” al decir de la Vicepresidenta. El mercado solo derrama pobreza. Los argentinos lo sabemos de memoria.

El 2020 que paso estuvo marcado porque el Estado y no el mercado se ocupó y se ocupa de la pandemia. La inversión pública -la utilización del termino gasto público es un síntoma de colonización neoliberal- pasó del 35 al 43 por ciento del PBI producto del COVID-19, a pesar de lo cual ese esfuerzo del gobierno no tuvo respuestas de los sectores más ricos de nuestra sociedad, que resistieron y resisten aun hoy el pago de un tributo excepcional, con motivo de esta catástrofe. El entramado de escondites offshore con los que “las empresas a las que les interesa el país” fugan y evaden merecerá una tarea especial de la AFIP. Aunque parezca de perogrullo, sin justicia fiscal no se puede financiar la justicia social.

La Argentina 2021 nos indica, INDEC mediante, que la llamada línea de pobreza creada por el inglés Charles Booth se encuentra en los 52 mil pesos mensuales como condición mínima de financiamiento de un hogar tipo para no serlo.

Si el salario promedio solo alcanza las 54 mil pesos y el salario mayoritario de trabajadores y trabajadoras públicos y privados ronda los 45 mil la ecuación es sencilla:


Aun teniendo trabajo, la mayoría de los trabajadores están debajo de la línea de pobreza. Una situación lamentable que nos retrotrae a 2002.


Podemos sumar a este desastre social nacional que el salario mínimo vital y móvil aun considerando los aumentos, que se sumarán en marzo próximo, tanto como las jubilaciones mayoritarias que rondan los 20 mil pesos, ubican esos valores, aunque pasen deliberadamente desapercibidos, por debajo de la línea de indigencia. Una enorme franja de nuestros compatriotas están formalmente en la indigencia. El INDEC señala que un hogar indigente es aquel que tiene ingresos mensuales menores a 22 mil pesos.

Un gobierno peronista no puede admitir este paisaje social. Néstor Kirchner solía decir “no podemos ser el ala progresista de un partido conservador”. El peronismo en su versión neoliberal fue rescatado de esa tragedia por Néstor Kirchner, y no es admisible que ese recetario pueda estar de nuevo en debate, por impulso del establishment o de las cartas de Lavagna.

Casi el 80% de los hogares de nuestro país reciben sus ingresos como salario remunerativo o como asignación previsional. Estos hogares son el motor del consumo de nuestro mercado interno, que implica más del 70 por ciento de nuestra economía.

En abril 2021 habremos llegado formalmente a los tres años de crisis económica ininterrumpida y destrucción de salarios y jubilaciones. El cinismo del macrismo y la vocinglería de un círculo rojo que lo acompañó en la ilusión de desterrar el peronismo y la justicia social para siempre, no pueden ser opciones que considerar en el año que se inicia.

El dueño del país es el pueblo argentino y no ninguno de estos personajes que lucharon a brazo partido para evitar que la discusión sea sobre la riqueza y no sobre la pobreza. Argentina no tiene problemas de pobreza de recursos. Tiene una concentración que abruma a cualquier mirada con un mínimo de espíritu humanista, ante las penurias cotidianas que pasan millones de personas.

El 2021 se presenta como la oportunidad de dejar atrás el “empate catastrófico” entre el campo popular y la oligarquía que ha hecho que las opciones de desarrollo de nuestro país fueran bombardeadas -literalmente como en Plaza de Mayo- para evitar nuestro desarrollo.

Para ese objetivo es central comprender que la seducción no parece un arma valedera para quienes creen ser los dueños de la Argentina por derecho divino.

Desterrar el lawfare de nuestro país es imprescindible para que el sicariato judicial no se transforme en la guardia pretoriana del privilegio y la desigualdad.

Habrá que luchar por los objetivos propuestos. Los privilegiados querrán hacer terminar al gobierno como termina Llewelyn Moss en la película de los hermanos Coen.

Apostemos entonces para que la organización venza al tiempo. El paso del tiempo no soluciona nada por sí mismo. Solo preserva la desigualdad vigente.

Diarios Argentinos