Sin lugar en el mundo


Hay un mal que aqueja a los directores no franceses que filman en Francia. La solemnidad. Como un niño que accede a la adultez algunos directores parecen forzados a comportarse civilizadamente. Podemos pensar, también, que no hacen más que responder a una tradición del cine francés, el “cinema de qualite”, de ceño fruncido y mensaje comprometido que en realidad, tras su superficie progresista, oculta el más anquilosado conservadurismo y una naturaleza burguesa. Un cine donde el director ilustra a los espectadores, desde un púlpito, las penurias del mundo.

Lapid es un director israelí realizador de dos películas singulares Policeman y La maestra del jardín. Sinónimos, además de ser su tercer largometraje, es la primera filmada en Francia. Sin embargo lejos de domesticarse Lapid se ha radicalizado quizás influenciado por una parte de la tradición cinematográfica francesa opuesta, se respira el espíritu más lúdico e irreverente de la nouvelle vague, o, quizás, simplemente es que Lapid reacciona contra ese aire de superioridad de la cultura francesa a la cual su protagonista parece querer aspirar para luego, escena a escena, sufrir.

La trama es simple. Yoav, un joven israelí, llega a Francia dispuesto a huir de su país al cual describe con una serie de sinónimos aprendidos de un diccionario que acaba de comprar: Obsceno, ignorante, idiota, sórdido, fétido, grosero, abominable, odioso, lamentable, repugnante, detestable, lleno de maldad, lleno de ruindad, bestial. Yoav fue soldado y su huida vergonzante ante una joven libanesa con quien iba a compartir una sesión de fotos pone cada palabra sobre Israel en su debido lugar. Sin embargo Francia no será el reino de la libertad y Sinónimos narra esa experiencia de quien llega allí dispuesto a ser francés, incluso negándose a volver a hablar en hebreo, pero que, evidente y literalmente, se le cerrarán las puertas.

Es que Francia no escapa de aquella premisa que planteara Benjamin en sus siempre reveladoras tesis de filosofía de la historia: Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. A Francia, verá Yoav, le cabrán entonces los mismos adjetivos que a Israel. Y, como en la historia que él le cuenta a los jóvenes burgueses con quien traba amistad, los rifles Tavor que el ejercito israelí utiliza contra los palestinos se fundirán con la alta cultura expresada por un violín y un arco.

Yoav vivencia la distancia que separa a Francia de los ideales que impulsaron la revolución francesa. La libertad, la igualdad y la fraternidad son sólo palabras para ser dichas en una clase de cívica para inmigrantes y teñir a ese Estado de cierta superioridad moral.

Pero el protagonista, persistente, insistirá. En una escena memorable no exenta de humor, durante unas lecciones que debe tomar para acceder a la nacionalidad francesa, algunos/as estudiantes son instruidos/as a cantar las estrofas de la Marsellesa. Una taiwanesa es la primera. Las estrofas del himno revolucionario suenan vacuas, estériles. Casi tan ridículas como las lecciones de la arrogante profesora francesa. Será el turno de Yoav. Tan decidido como enigmático le pide a la docente que suba el volumen. Fuerte, bien fuerte. Yoav grita “a las armas ciudadanos” y en un gesto exacto, se da vuelta. Su interlocutora ya no será la profesora Francia. Serán los inmigrantes que pugnan por ser parte de la sociedad, aquellos que como él, seguramente, coman todos los días el mismo plato de fideos con salsa a 1,26€. Formen sus batallones grita. Con verdadera pasión canta el himno buscando devolverle su potencial revolucionario.



Pero una película, lo sabemos, es mucho más que una historia o una serie de hechos. Es eso que Herzog llama “éxtasis de la verdad”; algo que nos ilumine, algo que vaya más allá de nuestra concepción corriente, normal, del mundo factual.” Es la búsqueda de la imagen y el sonido justo. Es la relación (o la confrontación) justa entre estas imágenes y estos sonidos. La justeza que nos permita experimentar sensorialmente el devenir de un espíritu. Y Sinónimos va en busca de eso. Es una película libre que en su esfuerzo por llegar a la profundidad de su protagonista construye escenas repleta de una dura y rabiosa poesía. Un entrenamiento del ejercito israelí donde Yoav busca con su rifle seguir el ritmo de una Chanson francesa, una sesión de fotos erótica donde el protagonista recupera el hebreo para entender su experiencia francesa, la apertura de las fronteras de la embajada con un Yoav en éxtasis o un baile sensual con un pan de por medio son sólo algunas de las imágenes reveladoras que el film nos entrega.


Por último. Sinónimos es también su actor, el debutante Tom Mercier, su presencia en la pantalla es contundente. Su manejo del cuerpo es de una enorme expresividad, es también preciso en el manejo de su rostro y en el timbre de su voz. Conviven armónicamente en su actuación la nostalgia, la bronca, la dulzura y el horror. No es un modelo de conducta, claro está, es sólo un ser humano viviendo con sus contradicciones en un mundo que no le pertenece.

Rouvier