Siempre fue él

El viernes pasado falleció el escritor español Carlos Ruiz Zafón, uno de los mejores de este tiempo. Frases inteligentes, personajes bien formados, historia dentro de la historia. Guerra Civil, literatura, palabras.

Tenía la consistencia y 

la credibilidad de un espejismo: 

no se cuestiona su veracidad, 

sencillamente se le sigue

hasta que se desvanece o te destruye.

 

No hay segundas oportunidades, 

excepto para el remordimiento.


Las personas estamos 

dispuestas a creer cualquier cosa 

antes que la verdad.

 

Carlos Ruiz Zafón

 

Daniel Sempere se levantó antes, como de costumbre.

Se vistió despacio, admirando la espalda de Bea, que respiraba pausadamente como si nada en el mundo pudiera perturbarla. Tuvo el impulso de despertarla, pero un ronquido de Julián en su cuna lo sacó del ensimismamiento.

Así que bajó a la librería. Aún no había amanecido. Una bruma espesa se paseaba solemne por las calles. Las luces de la montaña Montjuic mostraban su desencanto añejo y desafiaban a quien pasara por allí y a los años que decidieran transcurrir. Su presencia siempre generaría inquietud en aquellos que la observaran con un atisbo de interés.

Daniel prefirió pasar de largo los papeles contables, hacía años que no decían nada nuevo, y Bea era una experta en dibujarlos para quitarle una sonrisa de media cara que simulara que todo iba a mejorar.

Recogió el periódico, que estaba en la entrada, doblado a la mitad. Lo abrió.

De repente se quedó sin aire. Era esa cara, no había dudas. Era su nombre.

Decían que estaba muerto.

¿Muerto cómo? ¿Muerto cuándo? ¿Muerto de qué? Las preguntas se le chocaban una contra otra en su cabeza, murmuraba alguna que otra frase. No entendía.

Iba a salir a la calle, a buscar a Fermín, que aparecería, minutos después, con alguna nueva canción para el pequeño Julián, ensayada durante sus noches de desvelo en la ciudad.

Daniel pensó en la Bernarda, en el bebé que llevaba en su panza. Fermín, ¿qué va a pasar?

Se dirigió a la parte trasera a buscar un abrigo para salir cuando escuchó la campanilla de la librería y unos gritos subidos de tono imposibles de no reconocer.

Se apresuró a buscarle la mirada. No sabía nada, era evidente. Su voz cantarina no dibujaba la tristeza del momento. Se sintió culpable.

—Fermín, ha pasado algo.

No supo cómo continuar. Nunca se sabe cómo dar esa noticia, y le resultó más perturbador al notar que ya amanecía, quizás hasta hubiera sol. ¿Cómo era posible que las horas se siguieran sucediendo?

Le tendió el periódico. Era más fácil así.

—Yo… yo… estoy con un bajón de azúcar, Daniel. Fíjate en el segundo cajón de por ahí y dale un Sugus a este humilde servidor.

Daniel se quedó paralizado unos segundos, hasta que entendió su nueva misión. Los encontró y se los alcanzó.

—¿Qué vamos a hacer, Fermín? ¿Qué va a pasar ahora?

—No lo sé, esto sí que no lo sé. —Se lo notaba desencajado. No bromeaba. No podía hablar. Daniel hasta pensó en poner sus libros a la vista, en conmemoración, pero al instante le resultó de mal gusto. No entendía cómo funcionaba el mundo. No quería venderlos. No quería tampoco que nadie supiera lo que ahora a él le quemaba la garganta. De repente entendió a dónde tenía que llevarlos, era tan obvio que se avergonzó por no haberlo hecho antes. ¿Qué va a pasar, Fermín?

—Quizás Alicia sepa algo. Está en el mismo país que estaba él…

—No, Daniel. La señorita Gris envía cada Navidad una postal, te lo he dicho. Las has visto. No sé dónde está. Será mejor que ni se entere. Tal vez sea lo que ella deseó siempre. Quizás haya sido ella. ¿Dicen cómo fue?

—Sí. Cáncer. A los 55 años.

—Hacia allá vamos. “Un sueño espeso de olvido”, escribió. ¿Lo recuerdas?

—Claro que recuerdo. Todo recuerdo, Fermín.

Y por su mente se sucedieron imágenes. Había una que insistía. Era su madre. El hombre que había conseguido que él recordara a su madre, que pudiera imaginarla otra vez, como si lo mirara, cada vez que observaba con detenimiento a su pequeño hijo Julián. Ese hombre, ese hombre se había ido.

—¿Qué vamos a hacer, Fermín? —repetía, como si ante la insistencia fuese a aparecer una respuesta que lo aclarara todo.— Si tan solo pudiéramos escribir algunas páginas más, cambiar el final… Carax nos ayudaría, estoy seguro.

—Daniel, no podemos hacer nada. Si hemos llegado hasta acá, fue por él, aunque creas otra cosa. Él era la ficción.

El lápiz verde