(«[SIC]») Tamara Tenenbaum: “La crisis perjudica, ante todo, a las escritoras jóvenes”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.

Tamara Tenenbaum tiene 28 años, es Licenciada en Filosofía y periodista. En 2017 publicó su primer libro de poemas, Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico), y ahora está en proceso de escritura de uno de cuentos y uno de ensayos. Además, ganó el Premio “Ficciones” que organiza el Ministerio (ahora Secretaría) de Cultura de la Nación por su libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie en los que se da vueltas sobre un tema: la soledad. “Son historias que alguna vez alguien me contó o que me inventé de gente que conozco pero nada muy lejos de mi universo”, explicó durante la entrevista.




Frustrada por la falta de oportunidades para publicar de las autoras mujeres, decidió tomar el toro por las astas y armó la editorial Rosa Iceberg con Marina Yuszczuk y Emilia Erbetta para publicar solo a mujeres y “la literatura que nos gusta a nosotras”. Asidua en Twitter, participó del FILBA y dos popes de la literatura y la crítica la retaron por hablar rápido.

En diálogo con («[SIC]»), habló (y le entendimos perfectamente) de literatura y de la influencia del judaísmo en su formación y en su escritura, de la actualidad de la industria editorial y de sus motivaciones a la hora de escribir.

Con un estilo descontracturado, Tenenbaum pone en cuestión los estereotipos de género y el deber ser a través de una poesía sólida que trata sobre lo que es torcer un destino. “No todo lo que dice ese libro es cierto y está bien que no lo sea, pero también hay que bancarse que es tu historia y que elegiste contarla y te guste o no, sí, es una autobiografía”, disparó.




 

Contanos Reconocimiento de terreno en un tuit/haiku

Se llama así porque se trata de mi reconocimiento de terreno. Se trata de mi búsqueda sobre qué clase de escritora voy a ser.


¿Cuál fue tu primer contacto con la lectura?

Siempre fui muy lectora, desde muy chiquita. Yo vengo de una familia judío ortodoxa —ya no lo somos, no queda nadie—y los libros eran un lugar donde yo tenía un contacto con un mundo que no era el mío.

A veces pienso que si hubiera tenido internet (yo tengo internet desde los 11 años, más o menos) nunca se me hubiera ocurrido. Pero, en un principio, era un lugar en el que yo aprendía sobre otros mundos, entonces desde muy chica me devoraba todo.


¿Y con la escritura?

Con la escritura no sé… Yo no fui una adolescente que fuera a talleres y esas cosas, tampoco fui una adolescente que quisiera ser escritora, estudié Filosofía y sin tener muy en claro qué iba a hacer con eso.

Yo empecé a escribir sistemáticamente cuando empecé con el periodismo y empecé con el periodismo porque tenía un blog.

Arranqué con el blog a los 23 años cuando terminé de cursar la carrera. Me quedaban un par de finales y la tesis, y como estaba medio en ese limbo decidí empezar a escribir sobre los bares que me gustaban.

A partir de ahí me contactaron de revistas y, cuando empecé a escribir sistemáticamente periodismo, me resultó fácil. Bueno, fácil no, pero me resultó natural empezar a escribir otras cosas.


¿Cómo fue el proceso de escritura de Reconocimiento de terreno?

Estos poemas los escribí más o menos en 2016. Es así el derrotero, primero había escrito una novela. Yo estaba muy frustrada porque no estaba logrando publicarla, no lograba que nadie me diera mucha bolilla. Ahora que tengo una editorial entiendo que apostar a un autor nuevo siempre es difícil y, además, pienso que la novela no estaba buena, a pesar de que llegó a una editorial grande y le hicieron un informe favorable y, en teoría, no la publicaron por cuestiones más de financiamiento y no tanto porque la novela no estaba buena, o eso es lo que me dijeron a mí.

Pero para mí era horrible y me dije: “¿qué tengo que hacer con esto? Porque yo a esta historia necesito sacármela de encima. Necesito escribir este libro porque quiero escribir otras cosas pero no sé cómo salir de acá”.

Estaba leyendo mucha poesía, en ese año leí mucho a Sharon Olds que tenía esos libros de poemas que son un poco como una novela. Es una mina que hace eso, así como alguien escribe una novela sobre un divorcio o sobre la muerte de su padre, ella escribe un libro de poemas. Me pareció que podía hacer eso —un libro de poemas que fuera una novela— porque no le estaba encontrando la vuelta, y todavía no la encontré, a la idea de cómo se convierte una vida en una novela. Veo que todo el mundo lo hace así que, evidentemente, se puede hacer, pero yo no le encontré la vuelta.

Entonces, primero la convertí en este libro de poemas y al resto lo estoy convirtiendo en un libro de cuentos.


¿El libro de cuentos que mencionás es Nadie vive tan cerca de nadie con el que ganaste el Premio “Ficciones” de narrativa joven?

No. Bueno, en realidad es sí y no. El libro de cuentos que ganó este concurso es un libro de ficción que no tiene nada que ver con mi vida.

El concurso decía había que mandar 200 mil caracteres, y más o menos un mes y medio antes, yo me doy cuenta de que tengo 180 mil y no tenía más ideas, realmente. Entonces dije: “Bueno, puedo agarrar un capítulo de esa novela que nunca hice, de lo que no se fue al libro de poemas, y convertirlo en un cuento”. Aparte, me gustaba la idea de presentar mi historia entre esas otras 15 historias como si fuera cualquier otra. ¿Se iba a notar la diferencia? ¿Puedo presentar mi historia sin el contexto que pienso que le di? Bueno… me gustaba esa idea y, finalmente, el último cuento del libro es un capítulo de la novela.

Así que bueno, los poemas salieron de ese intento de escribir una novela y de ver qué podía hacer con mi propia historia.


¿Cuál es el género en el que te sentís más cómoda? 

Cómoda, cómoda, me siento haciendo periodismo o ensayos. Yo estudié Filosofía, lo digo muchas veces no solamente porque lo hice sino porque mi cabeza está mucho más formada que eso.

A mí la literatura y la poesía me cuestan un montón. Es algo que realmente me cuesta y, a la vez, por eso me gusta hacerlo porque es algo donde no me siento cómoda.

Todo lo que es imagen, la lírica, lo tengo que pensar mil veces, lo tengo que recontra buscar. He ido a talleres donde veo chicas que llegan y tienen una imaginación súper visual y lindas metáforas y a mí eso me cuesta un montón. Yo me siento muy cómoda en lo conceptual, eso no significa que sea lo que más me gusta hacer, de hecho quizás no lo es, pero eso es lo que más fácil me sale, todo lo demás lo tengo que laburar muchísimo, me cuesta muchísimo.


¿Qué es lo que te moviliza a la hora de escribir? 

Yo creo que los géneros y los vínculos son los temas que más me obsesionan, definitivamente, son temas que me obsesionan por lejos. La sexualidad, los vínculos, y el ser mujer y el ser varón, en términos tanto de no ficción como de ficción.

Después, el tema del judaísmo yo siempre lo pienso como una especie de circunstancia de mi vida que tiñe muchas cosas, y en general lo uso para hablar de estas otras cosas.

Creo que el hecho de haber crecido en una sociedad tan distinta como es el judaísmo ortodoxo te da un punto de vista muy específico sobre las relaciones que tienen los demás.

Los demás no se dan cuenta de la cantidad de cosas que tienen aprendidas de sus vidas normales. Cosas como que la gente se saluda con un beso y que eso no es un gesto erótico. La gente normal lo tiene re incorporado a eso, a mí me costó un montón. Entonces eso te da como un punto de vista de sorpresa permanente sobre la vida sexual en el sentido más amplio.


En los poemas mencionás mucho la idea de mitzvá, ¿Qué significa para vos?

Es un concepto que reivindiqué de grande. Yo, en general, odio bastante todo lo judío, por razones obvias. Para mí fue, realmente, muy opresivo y me costó mucho la reconciliación y una de las cosas que retomé es esta idea de la mitzvá.

En la facultad lo que más estudié fue ética. Me interpela muchísimo la pregunta de por qué es hacer las cosas bien, por qué ser buena persona. Yo siento que es una pregunta que no tiene mucha buena fama o no le interesa mucho a mucha gente pero, en realidad, es un poco lo que estamos todo el tiempo preguntándonos hoy día. Cuando nos preguntamos si hay que hablar con lenguaje inclusivo, o cómo hablar con las personas, cómo dirigirse a ellas, como construir políticamente,  o todos los temas de género, seguro, en el fondo, lo que estamos preguntándonos es cómo es ser buena persona. Y lo que me gusta de la palabra mitzvá es que rescata un poco esa idea de ir y hacer el bien, hacer algo bueno, que no tenías ganas de hacer pero que está bueno hacerlo. Que es una idea que para muchos está asociada a la moralina, como si fuera una especie de moralina católica o religiosa hacer cosas buenas por otras personas y como si la “libertad” fuera siempre seguir tu propio deseo y no ocuparte de los demás. Para mí, esa es una visión muy fea y muy destructiva. Y en esa confusión también caí yo como caímos todos o muchos de los que nos tuvimos que revelar contra un mundo donde todo el tiempo la idea de “hacer las cosas bien” estaba asociada a reglas muy restrictivas.

Lo que me gusta recuperar de la mitzvá es esta idea de que no se trata de la restricción, se trata de ir y producir algo que es bueno y que no te ayuda en nada a vos pero que a otro sí, y eso me parece una tontería pero muy bello.


¿Cómo te llevás con las lecturas autobiográficas de tu obra? 

Y… te la tenés que bancar. Si no te la bancás, no publicás el libro. El otro día estaba entrevistando a un tipo que habla sobre libertad de expresión y usaba una frase en inglés que se traduciría como “si no te gusta el calor, no entres a la cocina” y para mí es un poco así. Si no te vas a bancar todo lo que implica esa exposición, que es hablar todo el tiempo de tu vida privada, que todo el mundo sepa todas las cosas que te pasaron, etcétera, etcétera, no lo podés hacer.

Pero, a la vez, algunos no tenemos opción. Yo no sé si hay gente que escribe lo que quiere escribir, yo creo que uno escribe lo que puede escribir. Yo no es que no escribo ciencia ficción porque no me gusta, no escribo ciencia ficción porque no me sale, no sé cómo hacerlo. Yo escribo solamente lo que puedo escribir y lo que puedo escribir está bastante limitado por las cosas que a mí me pasan o que sé que le pasaron a otros. Por ejemplo, el libro de cuentos son historias que alguna vez alguien me contó o que me inventé de gente que conozco pero no muy lejos de mi universo.

Yo no comulgo demasiado con esa cosa más estructuralista de la teoría literaria de que el autor y el narrador son siempre distintos. Más allá de que en algunos sentidos sí, porque siempre estás haciendo ficción y eso está bueno saberlo como una especie de tranquilidad.

No todo lo que dice ese libro es cierto y está bien que no lo sea, pero también hay que bancarse que es tu historia y que elegiste contarla y te guste o no, sí, es una autobiografía.


Sos parte de Rosa Iceberg, un sello que elige textos escritos por mujeres. ¿Cómo es hoy la situación de la editorial?

Nos está yendo igual de mal que a todo el mundo pero igual de bien que a todo el mundo. A los libros les va bien, no digo que no, pero nos está yendo mal porque le está yendo mal a todo el mundo, por una cuestión de que la gente tiene menos plata en el bolsillo y cuando la gente tiene menos plata en el bolsillo compra menos libros.

Obviamente, nadie se mete a hacer una editorial para hacerse rico. Eso no va a pasar pero siempre estamos tratando de apostar a autoras nuevas, que es muy difícil. Eso también lo aprendimos.


¿Y a la industria editorial en general?

La crisis económica perjudica, ante todo, a los nuevos autores. Una editorial se tiene que poner más conservadora cuando no hay plata. Tenés que pensar en un libro que estés seguro de que se puede vender y eso perjudica muchísimo a primeros autores, autores jóvenes y seguramente más a autoras mujeres.

Eso lo veo todo el tiempo, hay muchas mujeres que publican en editoriales grandes pero si te fijás son mujeres súper establecidas. Apostar a nuevos autores en general suele pasar con varones.

Porque ¿quiénes son las mujeres que publican? Y… Samantha Schweblin, Mariana Enríquez, que son geniales y son minas que se abrieron camino contra viento y marea, porque si lo pensás, Samantha Schweblin fue reconocida en el exterior mucho antes que en la Argentina, y eso te habla un poco de la industria argentina. Y también es una mina que se hizo, por ejemplo, a base de premios.

Para una mujer autora es muy importante ganar premios porque es un reconocimiento que le dice a la gente “esta chica es buena”. ¿Por qué necesitamos eso más nosotras que los varones? Quizás ahora está cambiando pero mi sensación de los últimos años es que es así. Yo gané un premio y te puedo decir que es verdad que la gente te presta mucha más atención, así que en ese sentido creo que la industria todavía es complicada y que la crisis perjudica, ante todo, a las mujeres jóvenes.

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