(«[SIC]») Pablo Ottonello: “Me niego a que el realismo sea el género por default”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.

El título ya era prometedor: Veteranos de la guerra del día. Y la contratapa, escrita por Fernanda García Lago, también. Un descanso de fin de semana en el hotel Horacio Quiroga de las termas de Salto Grande, Uruguay. Una familia —la familia política del narrador/protagonista— y varios huéspedes del hotel observados minuciosamente por este narrador del que solo sabemos su profesión: es guionista. Un fin de semana de no hacer nada diseccionado a través de la mirada de un testigo, un espía. Eso es, a grandes rasgos, la primera novela de Pablo Ottonello, que publicó a comienzos de este año Editorial Entropía.



(«[SIC]») entrevistó al escritor mientras estaba en un impass del doctorado de Literatura Latinoamericana que comenzó en Chicago. “Por razones que no entiendo bien estoy metido en la Academia”, dijo en un momento de la entrevista. Es que la formación de Ottonello es bastante particular. Estudió música y quiso ser músico de jazz, también empezó a estudiar Economía pero se pasó a Ciencia Política. Tras esto estudió Cine y Guión, Dramaturgia y, por último, ganó una beca y se fue a Iowa a hacer la maestría de Escritura Creativa en español. “Mi vida es una acumulación de frustraciones, todavía con la literatura no me frustré. Espero no ir camino a eso”, bromeó.

Se presenta como un obsesivo y cuenta que Veteranos tuvo 4 reescrituras antes de llegar a la imprenta y que en el medio escribió otras tantas novelas que de a poco irá publicando. Y la verdad es que se nota, es una novela muy trabajada que hasta parece proyecto narrativo para poner en cuestión el realismo. Hay un afán por evidenciar el artificio, eso que se lee no es lo que pasa, eso que se lee está traspasado por la mirada y las digresiones de un guionista a la pesca de escenas para una película imposible.

Ese marcado trabajo por desnaturalizar el realismo es, además, otra de las muchas obsesiones del autor. “Me niego a que el realismo sea el género por default de la literatura contemporánea argentina”, repite más de una vez durante el encuentro.

 “En el libro prácticamente no pasa nada en tres días, salvo la observación”, escribió Ottonello en una reseña para Infobae. Y sí, en la novela la mirada lo es todo: el protagonista y narrador observa detalladamente lo que pasa desde afuera, sin involucrarse, como si hiciera un diagnóstico para luego ver qué usar, como si el hotel fuera un terreno de material de escritura.

También hay una problematización de los límites del lenguaje y lo estático de la escritura frente a lo infinito de la imagen en movimiento. Es por esto que la mirada extrañada y bastante ácida del guionista/narrador resulta necesaria: no hay acción fuera de su trabajo de registrar todo lo que le pueda ser útil para una escena, para una futura película o películas, y piensa hasta en qué actores podrían interpretar a los inadvertidos protagonistas. “Desde arriba todo es más simple”, dice el guionista/narrador transfigurado en una especie de documentalista de la vida humana.

Así que no es cierto eso de que en Veteranos de la guerra del día no pasa nada, pasa la literatura argentina contemporánea.



Te formaste como politólogo, después hiciste dramaturgia, cine y guión antes de iniciarte como escritor. ¿Cómo fue ese derrotero?  

Bueno, yo intenté ser músico de jazz mientras estudiaba Ciencia Política, que es una carrera mucho más hermosa que la primera que empecé que era Economía, y llegué al cine porque el punto era encontrar una disciplina de la que se pueda vivir que tenga una especie de condimento artístico, y en el cine está todo: literatura, teatro, música, montaje, fotografía.

Cuando decidí estudiar Ciencia Política tenía 17, 18 años… ¿Qué podés decidir con cabeza de 18 años? Pero fue como un automatismo bastante útil porque me recibí a los 21 años. Ni me acuerdo qué leí, vagamente algunos textos. Y a los 23 empecé a estudiar cine.


¿Cuándo te diste cuenta de que preferías escribir?

En realidad, yo siempre escribí, aunque si sos escritor suene medio bobo decirlo, pero es cierto. A los 20 años, mientras hacía la carrera, fui a un taller de Jorge Torres Zavaleta y empecé a escribir algunos cuentos, pésimos como todos los primeros cuentos, cosas que no se pueden ni mostrar. Pero siempre había una afinidad con el lenguaje, eso nunca dejó de existir.

Después empecé un diario. Fue cuando conseguí mi primer trabajo en cine. Unos italianos me contrataron como asistente de cámara para ir a filmar a los esteros del Iberá. Yo me sentía Bresson, obviamente, pero mi trabajo era, literal, cargar un trípode. Y ahí en las noches empecé a escribir un diario con lo que pasaba durante el día. Resultó que escribir todos los días era placentero y me dio como una especie de gimnasia.


En una entrevista dijiste que buscás narrar desde lo visual y que desconfiás del realismo. ¿Qué querés decir con eso?

Me niego a que el realismo sea el género por default de la literatura argentina contemporánea. Pero bueno, hay muchas razones para escribir de lo que a uno le pasa y lo que uno vive, que es el material que se tiene a mano. Muchos talleres arrancan por ahí.

A mí me gusta tratar de cuestionar, de no ser inocente. Todos los géneros son convenciones que tienen reglas muy estrictas. Que ahora se escriba sobre lo que a uno le pasa o sobre la intimidad está bien. A mí me gusta pensar que si alguien va a notarlo todo que sea por algo, que haya una razón.


La mirada es muy importante para el narrador/protagonista de tu novela. Es alguien que observa todo para después anotarlo y usarlo como material. 

Claro, entonces, yo le adjudiqué al personaje una razón: es un guionista que está a la pesca de escenas.

Me gusta la idea de que pesca con red, donde hay barro, zapatos y cada tanto alguna perla pero que es, sobre todo, un mecanismo obsesivo.

Yo escribo así, además, acumulo muchísimo, casi con violencia. Pero bueno, eso no quiere decir que la obsesión sea literatura. Hay una gran diferencia entre un obsesivo y un escritor. Hay que trabajar, básicamente.

Este personaje tiene estos atributos, es un observador, ¿Por qué? Porque quiere pescar escenas para armar películas        y eso justifica esta mirada distante, un poco clínica, bastante maníaca. Porque si no, ¿por qué hay un narrador que lo ve todo? ¿Porque simplemente querés demostrar que podés escribir así? ¿Qué justifica ese torrente verbal? Yo necesitaba que hubiera una razón. Y creo que el personaje es bastante loco, que duda también si el registro fotográfico le sirve o no.


Registrarlo todo para decidir qué utilizar después…

Me interesa muchísimo esto de registrar como hecho narrativo porque por supuesto la realidad en sí misma no es literatura, una mirada sobre la realidad o el deslumbramiento sobre la realidad es lo literario pero las cosas no tienen sentido en sí mismas.

Me gusta ser poco inocente con el género. Va a haber un hiperdetallista, perfecto, pero ¿por qué el detalle? ¿qué es lo que creemos que aporta el detalle?

Lo mismo pasa con las descripciones, son convenciones, son automatismos y yo me niego a los automatismos. Si va a haber una descripción minuciosa, casi rebeldemente obsesiva, que entonces eso sea un rasgo.

 

¿Por qué elegiste ese título?

Me gustó la idea del veterano no de un conflicto bélico sino de una especie de conflicto doméstico y poco riesgoso. Y, si puedo arriesgar otra hipótesis, me gusta la idea de no tener que ser un veterano de guerra para escribir narrativa. Me interesaba eso de ir a buscar el conflicto humano que está en todos lados, solo hay que encontrarlo.


¿Te sentís parte de una generación de escritores? 

La generación de escritoras y escritores contemporáneos es un tema que me interesa. Por razones que no entiendo bien estoy metido en la Academia. No soy académico de formación sino que desemboqué, derivé en esas costas ahora, y uno de los temas que me interesa es justamente esto. Lo estoy estudiando.

Hay unas cuantas definiciones de la crítica que tratan de leer cómo se escribe ahora. Por ejemplo, Sarlo habla de “registro plano”, Tamara Kamenszain habla de “intimidad inofensiva”, Alberto Giordano habla de un “giro autobiográfico de la literatura argentina actual”, así se titula un libro suyo. Y hay como una especie de disputa también por la legitimidad de lo que es literatura, como si fuera una especie de revival de la gran cuestión de qué es la calidad. A veces se le pega a este registro plano o se le pega a esta cosa de la intimidad, como si escribir fuera un registro de la realidad y nada más.

Es un gran tema y a mí como escritor me interesa no ser tan cándido de creer que escribo sobre algunos de estos temas porque es “lo que me inspira”. No, y de hecho yo creo que los voy a buscar porque es imposible salirse de tu época. Y en esta época se habla de la intimidad, de lo diarístico, de esta especie de gran proximidad entre literatura y vida, que por supuesto no es nuevo. Entonces a mí me interesa no ser inocente a la hora de escribir.

Me interesa saber qué está pasando pero no me siento parte, necesariamente va a pasar, en mi obra o en mis textos va a aparecer el yo porque está en la época. Yo no creo que sea un referente de eso ni pretendo ser un referente de eso, pero no porque piense que no se puede hacer buena literatura hablando de uno mismo. Pienso que está en la época y que es difícil que no se cuele, pero me gusta mirarlo con cierta distancia.


¿Cómo es eso?

Me interesa mezclar el yo con la ciencia ficción, que eso está en mi segundo libro de cuentos, que no tiene esa afinidad con ese realismo que a veces siento como automático. Y todos los automatismos me parecen vagancia de escritura. ¿Por qué bajar el nivel de la escritura? Porque sí o porque es un recurso literario, si es un recurso literario lo aplaudo, pero si es porque sí o porque no hay una pregunta sobre el tono del registro que un escritor usa o una escritora usa, ahí me hace ruido.

Porque hay grandes obras escritas en un registro, entre comillas, mil comillas, “bajo” y grandes obras escritas en la prosa de Nabokov, imposible de leer, o Foster Wallace. Entonces digo, bueno, que el autor o la autora elijan. Si eligen, fantástico. El problema es cuando no eligen y pasa solo. A eso me resisto.


¿Tus textos están narrados siempre en primera persona?

En otros libros hago un esfuerzo por probar la tercera persona, probar escribir en pasado, probar escribir desde alguien que no soy yo y eso también produce efectos o genera otros matices, otro timbre.

Ahora, creo que sirve tratar de entrar al timbre de la primera persona y dominarlo. Igual, dominar es imposible. Entonces, hay que probar y lo más probable es que uno fracase más o menos.


¿Qué querés decir?

No elegir un género por default, un tono por default, una temática por default. Ir a buscarla para ver cuál es la mejor y hasta dónde llega tu capacidad también, porque escribir bien es muy difícil. Realmente, es muy difícil aunque la lengua esté a mano porque la usamos todos para todo. Entonces, lo del registro me parece también muy poco inocente. El estilo me parece una herramienta que no va porque sí. Por eso me gustan los grandes estilistas porque hay materia filosófica en cómo se dicen las cosas, de la misma forma que la claridad del pensamiento se ve en la claridad de los textos.

Entonces, el estilo no es inocente, al revés, el estilo es la gran herramienta de los autores.


Vivís en Estados Unidos. Hiciste la maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Iowa y ahora estás con un doctorado en Chicago. ¿Cómo fue esa experiencia?

Me fui en 2015, primero a hacer la maestría a Iowa City, que es un pueblito muy chiquito que tiene un programa de escritura, el gringo, el que es en inglés, que es muy famoso en Estados Unidos y que en los últimos años armó uno en español donde podemos ir nosotros. Tiene la particularidad de que te pagan para que escribas, con lo cual no puede estar demasiado mal. Después tenés que acostumbrarte a vivir en el midwest que es una zona de Estados Unidos poco explorada.

Después pasé a un doctorado donde la tranquilidad se disuelve porque ahí, realmente, hay que leer y trabajar mucho en un ámbito bastante distinto a la escritura, que es el “saber”.


¿Cómo vivís la actualidad argentina desde allá?

Yo estaba ahí cuando ganó Trump, así que la política gringa fue lo que ocupó muchísima atención. Por supuesto que seguir la política argentina por los diarios en Internet y por la tele me produce una especie de distancia un poco exasperante pero bueno, la viví así, no tenía otra manera que estar lejos.

También estos exilios no forzosos, porque yo no me fui escapándome de absolutamente nada, me fui porque quise, tienen una connotación doble porque esta nostalgia parece al pedo. Querés volver, saber qué pasa en la política y también en este ámbito, qué se está publicando, quién lee dónde, que es algo que a mí me hace falta saber.

Además, yo no soy un escritor argentino que se radicó afuera, yo soy un escritor argentino y lo seguiré siendo, aunque viva un tiempo en otro lado porque hay becas y se puede escribir con alguna tranquilidad.

Y ahora me embarqué en un proyecto bastante largo por lo cual la política argentina la voy a seguir viendo por TV y lo que pasa en el ámbito nuestro, también.

Me parece importante no desaparecer del todo del mapa pero también esto te permite escribir sin tanta ansiedad y que los libros salgan cuando salen. Tengo bastantes libros que espero irán saliendo con frecuencia y estar lejos te ayuda también a reducir la ansiedad, que es uno de mis grandes temas.

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