(«[SIC]») Mariano Quirós: “Este gobierno ve a la lectura como algo suntuoso”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.

Mariano Quirós (1979) publicó cinco novelas y un libro de cuentos y todos ellos ganaron algún premio, pero no cualquier premio. Por mencionar solo algunos, su última novela Una casa junto al Tragadero se quedó con el Premio Tusquets en 2017 y Torrente, la nouvelle que reeditó este año Factotum junto a otros cuentos del autor y de la que habló en esta ocasión con («[SIC]»), fue la ganadora del Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa en 2010. “Esta es la edición que yo creo esta novelita se merecía”, dijo visiblemente satisfecho.

Estudió Comunicación Social pero siempre supo que iba a ser escritor. Quería “replicar la alegría de la lectura a través de la escritura”. Cerca de cumplir los 40, dirige —junto a Pablo Black— el sello Editorial Colección Mulita con el que publican a autoras y autores argentinos como Matías Aldaz, Orlando Van Bredam y Virginia Feinmann, entre otros.

Dueño de un hablar pausado y preciso, Quirós contó sobre sus comienzos como lector, habló de la importancia de los premios y de la imposibilidad de ser un escritor profesional, del terrible momento que está atravesando la industria editorial y de su pasión por escribir y leer. “Voy  a morir leyendo”, nos confesó en un momento y no nos pareció que exagerara. Cuando lo escuchás, su amor por la literatura se contagia.




¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser escritor? 

Apenas empecé a leer me di cuenta del efecto que provocaba en el resto del mundo el hecho de ver a un niño leyendo y leyendo mucho. Así que yo leía, además de por placer, para impresionar a los demás. Después era tanta la felicidad que sentía al momento de leer —esa especie de evasión mentirosa que tiene la lectura— que intenté reproducir esa misma felicidad a través de la escritura. Es una idea un poco descabellada pero a veces uno se arrima un poco a eso. Replica, de alguna manera, la alegría de la lectura a través de la escritura. Casi nunca sale pero a veces te acercás y eso ya es suficiente.


¿Qué fue lo primero que escribiste?

Empecé a escribir de muy chico. Si bien eran cosas absurdas o meras copias de lo que leía. Yo era muy fanático, como casi toda mi generación, de Elige tu propia aventura. Entonces escribí varias veces mi propio Elige tu propia aventura. 

También, como vengo de una familia muy politizada —mis viejos son muy militantes— tenía una buena dosis de lectura política. Entonces, tenía una cosa hasta medio soviética y de compromiso en lo que quería escribir. Sobre todo de adolescente que, por lo general, se supone que uno es más apasionado.

En ese momento escribía sin el criterio que —supongo— adquirí con los años y con el ejercicio de la lectura, con los que aprendí a fusionar tanto la política como la literatura de una manera más sutil, quiero creer.


¿Quiénes son tus referentes a la hora de escribir?

Tengo muchísimos referentes pero me cuesta nombrar referentes puntuales por respeto a esos referentes.

Yo soy de Resistencia así que tengo una relación muy intensa con los autores del norte argentino, sobre todo de mi provincia y del nordeste. Siempre nombro a Miguel Ángel Molfino y Orlando Van Bredam que, además de ser mis amigos, son escritores con los que yo mantuve charlas importantes para imaginar lo que podría llegar a ser un futuro como escritor.

Ellos están entre los 65 y 70 años, por ende tienen otro tipo de formación, otras lecturas u otras formas de entender la lectura y la literatura que para mí fueron sumamente importantes en el momento de mi formación como escritor, que es algo que nunca se termina de completar pero sí se erige desde un punto de partida, y para mí son dos autores fundamentales. Mi vida hubiese sido otra si no los hubiese leído y si no los hubiese conocido.




¿Estás de acuerdo con la crítica que te etiqueta como un “escritor de la periferia”?   

Probablemente sea así. Resistencia ya es una periferia respecto a Buenos Aires pero tiene una ventaja: está bien visto ser un escritor de la periferia porque habla de una mirada, si se quiere, distinta o de una propuesta que se supone que es nueva. Lo cierto es que más allá de la mirada periférica que uno pueda traer, el consumo cultural de una ciudad como Resistencia hoy es muy similar al consumo cultural de una ciudad como Buenos Aires. Tiene esa doble ventaja: la de la periferia y la del consumo del centro.


¿Notás alguna diferencia desde que vivís en Buenos Aires?

Yo estoy hace casi tres años acá en Buenos Aires y me doy cuenta de que, y lo digo muy entrecomillas, hay una ventaja —con respecto a los escritores porteños o autores más de centro— en que por ahí nos permitimos un consumo cultural que acá no llega pero que a la vez está matizado por la posibilidad de consumir todo lo mismo que consumís acá.

En ese sentido, es que digo que lo de la periferia es muy relativo. Por supuesto que si me nombran como autor periférico yo voy a decir ‘gracias’ porque está bien visto pero depende mucho del consumo cultural de cada uno y de cómo rechaza o adopta ciertas cuestiones, ciertas producciones culturales.


En una entrevista dijiste que cada vez te “cuesta más escribir”, ¿por qué?

Probablemente sea porque creo que cada vez me pongo no sé si más exigente pero sí más puntilloso. Voy aprendiendo algunas cuestiones técnicas en las que me interesa profundizar y eso demanda que ponga más atención al momento de escribir y que sea más responsable, también, con lo que escribo.

Tal vez haya un ímpetu, no sé si más apagado pero sí amortiguado, respecto a lo que fueron mis primeras incursiones en la escritura, que eran más atropelladas, más nacidas de una necesidad hasta física o fisiológica.

Si bien el hecho de no escribir siquiera a la velocidad con la que escribía antes es algo que me rompe las pelotas, también es cierto que no es que uno escribe mejor con el tiempo, simplemente que uno atiende —por lo menos en mi caso— a cosas técnicas que antes las pasaba por alto y eso me generaba, tal vez, la alegría de la ignorancia.


Contanos cómo fue la edición de Torrente y otras aventuras.

La edición de este libro me pone muy feliz, entre otras cosas, porque fue una escritura muy distinta a la que yo realicé después. Es como que este libro lo escribí en otra vida.  


¿Qué querés decir con eso?

Esta novela fue, de hecho, la única que escribí pensando en un concurso literario que tenía un cierre en una fecha determinada y creo que me quedaban tres meses.

Así que en 3 meses y con un estado de ánimo muy particular escribí esto, aprovechándome de todas las miserias y tragedias del norte argentino y de la Argentina en general. Con mucho humor, un humor exacerbado y, si se quiere, podrido y hasta desprolijo.


¿Qué significó para vos ganar el premio del Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa en 2010? 

En su momento me puso muy feliz ganar el concurso, sobre todo porque tenía un jurado que estaba buenísimo. Estaba Ercole Lizardi, Alan Pauls, Elsa Drucaroff, creo que también estaba Mariana Enríquez. Era un concurso buenísimo que para mí después fue frustrante, un poco por la edición que se hizo de la novela, sobre todo en las cuestiones básicas y elementales como la tipografía, que era odiosa para el lector. Yo soy un tipo que lee, valoro las ediciones y cuando encuentro una tipografía que me expulsa, me frena la lectura.

Una de las cuestiones que me pone contento de esta edición de Torrente que se hizo ahora es que es la edición que yo creo esa novelita se merecía. Además me di el lujo, gracias a que la editorial me lo permitió, de incluir otros cuentos de diversas etapas, por así decirlo, y que creo matizan un poco el escándalo que es Torrente, el gran párrafo que es. Sin aplacar, quiero creer, el retorcimiento del tema de la novela.

Así que sí, estoy feliz con esta reedición.


Ganaste muchos premios y sos un escritor reconocido afuera, ¿creés que es posible ser escritor profesional en Argentina?

Y… es complicado. No sé si puedo saber qué es ser un escritor profesional. Creo que me encantaría poder serlo, aunque tiene todas las cuestiones de los pro y los contra, de lo que implica la profesionalidad, si atenta o no contra la creatividad.  

La verdad es que los autores argentinos estamos muy acostumbrados a morirnos de hambre y a escribir desde la urgencia, sin la posibilidad de programar algo. Y, al no saber cómo sería mi vida como autor profesional, dedicándome exclusivamente a lo que escribo, no puedo decir si me resultaría o no.

Yo, por supuesto, elijo toda la vida ser un autor profesional y vivir de lo que escribo y hacer un proyecto de obra que me permita vivir de eso. Ahora, mi proyecto de obra es una cosa dispersa que tiene que lidiar con mi vida laboral más prosaica, de la que también tomo un montón de cosas para mi vida literaria. Tengo, por un lado, la vida práctica y, por el otro, la vida de la literatura y no reniego.

Sí reniego de la situación del país pero no me voy a poner a llorar como autor por la imposibilidad de tener una carrera profesional. Por supuesto que me encantaría, pero a la vez yo sé dónde me metí y, la verdad, la vida me va en la cuestión literaria. Yo voy a morir leyendo.

No sabría a ciencia cierta si a mí me conviene. A los escritores argentinos, a todos, nos convendría, me parece, tener seguridad económica, o incluso social y cultural, pero en términos de creatividad no lo vamos a saber nunca porque o tenés una cosa o tenés la otra.  


 ¿Cómo ves la situación de la industria editorial hoy?

Y… la situación actual es espantosa. Si uno ya como autor no puede proyectar, imaginate como editorial. La situación económica del país no te permite proyectar un catálogo. Simplemente, publicás en el momento en que puedas. Pero el impacto cultural de esta política económica, en lo que se refiere en particular a la cuestión editorial, se va a sentir —ya se está sintiendo pero se va a sentir en serio— dentro de unos años cuando se vea el golpe, la cantidad de libros menos que se van a editar, la cantidad menos que se van a leer.

No hay una concepción de la lectura como política de Estado sino que hay una concepción de la lectura desde el placer, ‘que lea el que pueda'. Según la mirada de la no política editorial que sostiene este gobierno, lamentablemente, la lectura es tomada como algo suntuoso.

El lápiz verde