(«[SIC]») Florencia Gómez García: “Me interesa trabajar la potencia de la comedia”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.


Cuando terminé Chau Chau Chau me dieron muchas ganas de entrevistar a su autora. Había leído varias novelas sobre la crisis del 2001 (tuve una época en la que solo leía textos que la reconstruyeran) pero la de Florencia Gómez García, que editó Conejos, me llamó mucho la atención. Es su primera novela y había sido seleccionada en la Bienal Arte Joven de Buenos Aires de 2019. Los/las jurados habían sido Félix Bruzzone, Selva Almada y Editorial Entropía.

La leí de un tirón. Tiene capítulos cortos y muy dinámicos. Además, había algo en los personajes que atrapó, me caían bien. El tono fue otro acierto, tiene mucho humor y un poco de absurdo pero también hay momentos bastante angustiantes. Sigue siendo difícil hablar de 2001 en un tono liviano, por decirlo de alguna manera, pero acá el equilibrio entre lo solemne de la época y el humor está muy bien logrado. 



Pero, ¿de qué trata Chau Chau Chau?

Es fines del 2001 y una adolescente, que vive con su mamá recientemente separada en un departamento alquilado, usa los pocos pesos que tiene para participar de un concurso en el programa más visto de la televisión argentina. Y lo gana. Su madre y ella se convierten, de la noche a la mañana, en propietarias de un departamento amueblado en Puerto Madero. Ese es el disparador de la novela y desde el ahí el recorrido llega a ser bastante desopilante, aunque la sombra de la crisis arrolladora no deja nunca de poner un pie en el relato. Está ahí atrás y hasta parece desdibujada a veces, pero, a su vez, lo impregna todo.


Nos encontramos en Maricafe una mañana de diciembre y charlamos un rato largo sobre escritura, el auge de la literatura escrita por mujeres, redes, series, y la situación de la industria editorial.

Acá, la entrevista completa. 




EPD: ¿Cuál es tu primer recuerdo con libros?

FGG: Yo llegué medio tarde a la literatura, a los 13 o 14 años. Leí Mi planta de naranja lima, que estaba demasiado grande incluso para ese libro; pero es mi primer recuerdo de una literatura que me destruyó. La leí y dije: “Mirá lo que se puede hacer”.

Todos venían leyendo Harry Potter y yo había intentado dos mil millones de veces leerlo y no podía, no entraba. Y con eso fue “Ahhh bueno, ok”.


Es una entrada mucho más tradicional.

Sí, total, total.

Eventualmente, leí Harry Potter. Me terminé enganchando también en esa ola por algo social. Compañeros y compañeras leyendo eso, es difícil quedarte afuera. Pero entré a la literatura con esa novela de Vasconcelos.

 

Estudiaste Edición de cine y trabajás como montajista. ¿Cómo fue que decidiste escribir?

No sé si hubo un momento en el que haya dicho: “bueno, voy a empezar a escribir”. Fue más que quise medio de chusma entrar a la carrera de Artes de la escritura de la UNA que se estaba abriendo.

Yo siempre había tenido ideas y cosas en la mente pero nunca me había sentado a escribir y a decir: “Bueno, esto puede ser algo”. Fue como más de curiosidad que me inscribí en la carrera y, por suerte, en el curso introductorio lo tuve a Julián López y empecé a escribir algo para el taller y de repente nació la novela.

Fue muy sin pensar. No fue algo premeditado. No es que tenía planes de escribir, digamos.


¿Por qué decidiste participar de la Bienal Joven?

Lo de la Bienal fue una convocatoria que era para hacer una clínica de novela con Hernán Ronsino. Quedaban 8 proyectos y de esos 8 se iban a publicar 3. Como tenía un poco de material para mandar, lo organicé como si fuese una novela.

Te pedían el porcentaje de cuánto tenías. Yo puse el 30% pero tenía 12 hojas, 14 hojas, y lo mandé igual. Quedó seleccionado y yo dije: “Bueno, joya, la clínica con Hernán ya está re bien”. Tuve la clínica, que fueron dos o 3 meses, y ahí la novela creció, se terminó como una novela y quedó seleccionada por Editorial Conejos, que fue la que la publicó.

 

¿Cómo fue la experiencia de participar en la Bienal?

Fue muy lindo porque para mí todo lo que es nuclear a gente que está en la misma es hermoso y, sobre todo, si es para romper un poco con esa idea del escritor solitario.

Hay algo de lo colectivo que me gusta mucho. Fue muy de: “Che, acá te falta un personaje”. Y a la semana siguiente aparecía ese personaje. Los compañeros y las compañeras ayudaron mucho a que el texto crezca, y Hernán que es un gran tutor, también.


¿Cómo fue el proceso de escritura de Chau Chau Chau?

Yo venía trabajando capítulos separados en la clínica de Selva Almada pero no tenía como una línea que los hilvane a todos. Tenía la voz de una adolescente, tenía el contexto, tenía como ciertos temas que quería tocar pero no tenía nada que los junte.

Apareció la idea del juego de “Marcelo” y eso fue más el trabajo de la clínica de, bueno, qué va en qué momento, y cómo esa línea iba a juntar los capítulos, que estaban muy fragmentarios.

Fue medio un trabajo de ir cosiendo esas cosas y que no parezca tan desarmado y fragmentario sino que esté un poco más orgánico.

 

¿Por qué elegiste contar la crisis del 2001 y por qué desde esa mirada como de las últimas migajas del pop de los 90?

Cuando la empecé a escribir, en el 2016, estaba como muy lejano todo  —en el sentido de ánimo social— y después fueron pasando los años y el macrismo avanzó un poco y empezó a aparecer como cierta relación entre esos aspectos. Entonces dije: “Bueno, esto es interesante”. Hay algo que si bien es el 2001 y está muy marcado —y obviamente la crisis no era la misma— había un punto donde yo dije: “También lo que me está pasando a mí ahora, las cosas que veo ahora en el 2016/17, me sirven para escribir, porque son un poco parecidas a lo que estaba pasando en ese momento”.

Me parecía que había algo en revisitar esa época con una voz más desde el lado del humor, que es como más inimputable. Siento que la comedia tiene una potencia que me interesaba en particular. Yo pensaba: “ya pasó todo este tiempo se puede contar esto con un poco de humor”. Y eso me parecía interesante porque, en general, la comedia y el humor me parecen interesantes en cualquier ámbito.

 

¿Cómo construiste los personajes? ¿Qué pensabas para Elsa, la dueña del departamento? 

Me interesaba trabajar con personajes un poco corridos de lo normal, que entren en el momento que ellos o ellas quisieran y que hicieran lo que quisieran. Algo más del lado de lo absurdo.

Una mujer que se les instala en la casa y ellas no saben qué hacer porque es la dueña del departamento. Todos esos momentos como de incomodidad que tiene el texto en relación a ella a mí me interesaba.

Trabajar eso absurdo de dos personajes, la narradora y la madre, sobrepasadas por la situación y teniendo que avanzar en su vida con un personaje totalmente exógeno a ellas que después termina siendo parte de esa especie de clan de madre hija y Elsa, digamos.

 

Hay como un vacío en los personajes masculinos. El padre, Hache, desaparecen. La novela es como un momento de mujeres. ¿Lo pensaste así o se dio?

A  mí siempre me parece que los personajes femeninos son como más elásticos, te permiten un poco más de movimiento. Y a mí las historias de mujeres me conmueven particularmente.

No sé si es por una cuestión del feminismo y de estas redes que se tejen entre mujeres —que me parecen hermosas— pero siento que es más interesante, ¿no? Dos mujeres que se juntan desprenden otra cadena de significantes que quizás entre una mujer y un hombre no sucede, es muy distinto. Dos mujeres que entablan una relación de amistad es más interesante, más potente.

 

¿Cómo vivís este momento de legitimación y de expansión de la escritura de mujeres?

Para mí es muy hermoso. Es como: “Bueno, al fin nos tocó a nosotras”. Y es impresionante cómo ves que hubo todo un terreno que ya desmalezaron  las grandes escritoras y ahora estamos como entrando las más pequeñas, con proyectos más chiquitos. Entramos con un terreno ya allanado y es hermoso.

Es hermoso también que no sea algo que solo las mujeres leen mujeres. Ahora todo el mundo lee mujeres. Siempre estábamos leyendo hombres y siempre pensábamos a los narradores como hombres y eso es interesante ponerlo en crisis, que no siempre sea como por default un hombre.

 

Antes nos llamaba la atención que el narrador fuera mujer.

 Ahora es al revés, (risas).

 

¿Estás con algún proyecto nuevo?

Estoy escribiendo otra novela, más experimental. Es un diario de observación de una mujer con un perro. Está mirando ese perro todos los días y es un poco ese diario de observación.

Es novela pero tiene algo de ensayo también. Es un híbrido entre algunos registros medio diario, medio ensayo, medio comedia también. Hay algo del humor que vuelve a aparecer.

 

Va por ahí entonces, te gusta escribir desde el humor.

Yo siento que tengo que pelear mucho contra la solemnidad, que es lo primero que aparece cuando me pongo a escribir y ahí digo: “No, es más liviano”.

Hay muchos autores que trabajan muy bien eso más pesado y me parece que quizás la comedia lo que tiene es que cuando venís leyendo un texto que tiene algo de humor, después cuando aparece algo solemne tiene otro peso. Entonces ese efecto de contraste me parece interesante pensarlo. De hecho es un poco lo que pasó con Chau Chau Chau,  que venía todo medio en tono de comedia y hay algunos capítulos que son más pesados y el contraste creo que ayuda.               


¿Cómo te gustaría que sea leída?

La idea es quien quiera leerla como algo de humor lo pueda leer y quien quiera leer como algo más pesado, también puede. Me parece que eso es algo que queda en cada lector.

Hay gente que me dice: “Me mató. Me angustié mucho con algunos capítulos”,  y otros que me dicen: “Me morí de risa”. Y me parece re bien.

 

¿Usás lenguaje inclusivo?

Me cuesta usarlo, me estoy acostumbrando ahora pero si hay que estar a favor o en contra, estoy muy a favor.

Me cuesta usarlo pero hago el esfuerzo. Es interesante desautomatizar un poco el lenguaje y creo que hace mucho que no hay algo tan disruptivo en el lenguaje.

Escribiendo Chau Chau Chau, cada vez que ponía nosotros, me sonaba raro, porque es una novela en la que son más mujeres que hombres. Quizás tendría que haberme hecho cargo un poco más de esa incomodidad que me daba el nosotros y poner nosotros y nosotras.

Ahora que estoy escribiendo esta nueva novela, lo estoy teniendo más en cuenta. De hecho, se habla bastante del lenguaje inclusivo. Todo lo que sea desautomatizar y desnaturalizar el lenguaje me parece bien interesante.

 

¿Cómo te llevás con las redes sociales?

Soy muy fan de Instagram pero porque soy una gran consumidora de memes, pero no por nada más allá de los memes.

Las redes me gustan, me generan mucha ansiedad. Hay algo de tener el teléfono todo el tiempo en la mano que es una locura. Pero sí, me encantan, las uso y estoy bastante presente en Instagram.

Yo me llevo muy bien con ellas, ellas no se llevan tan bien conmigo.

 

¿Preferís Instagram a Twitter? 

Sí, Twitter no tengo. Tuve en algún momento pero me parecía un poco más nocivo. Yo soy una persona muy ansiosa y estar actualizando todo el tiempo Twitter me parecía que tiene una potencia que no quiero atravesar, es mucho.

 

¿Te parece que la elección es más bien generacional?

Sí, puede ser. Yo la veo a mi mamá muy copada con Facebook y yo digo: “No, Facebook no. Ya está”. Siento que en Facebook quedó un poco más esa gente de 50 años en adelante, y también siento que son consumos muy distintos.

Instagram tiene algo más del instante —más allá de las historias—, es más foto, no es texto. Hay algo más fácil de consumir que Facebook, y Twitter es todo junto, es una locura.


Es “la cloaca”...

(risas) Claro, la cloaca de la sociedad está ahí. Creo que Twitter atraviesa toda la sociedad. 


Cuando tenés un rato libre, qué elegís: ¿lectura, series o cine?

Voy intercambiando. Lecturas, cine y series. En cualquier orden, pero las tres. No tengo muchos ratos libres pero sí trato de tener algún consumo de esos porque si no, bueno, estoy tirada en la cama scrolleando dos horas y ahí digo: “Che… no, hay que leer algo, hay que ver algo”.

19.08 Eso también es un peligro de las redes sociales. Te consume mucho tiempo, y decís: “¿Qué estuve haciendo?”.

 

¿Cómo elegís un libro?

Por lo general, llego a los libros recomendada por amigos o amigas y leo medio cualquier cosa, no soy muy quisquillosa.

En realidad,sSoy  bastante mala lectora, soy muy desprolija: dejo libros, leo 5 libros al mismo tiempo. Tampoco tengo un método.


¿Tenés algún escritor o escritora favorita?

Me gusta mucho Miranda July, es mi escritora favorita. Sus películas y sus libros a mí me gustan mucho. Ella tiene un registro de esos personajes medio al borde de ser muy absurdos y a la vez muy interesantes —creo que hay algo de eso en Chau Chau Chau—, siempre personajes que están ahí al borde y ella lo trabaja muy bien.

Después de acá, Hebe Uhart es una gran referente para mí. Gabi Cabezón Cámara, Selva Almada, ahora justo estaba leyendo unos poemas de Fernanda Laguna.

En general, me doy cuenta de que lo que más busco son escritoras mujeres, de una manera bastante inconsciente. El otro día estaba ordenando la biblioteca y decía: “Ah! Muchas mujeres! Qué bien!”.

No sé si una persona que tiene 50 años puede decir lo mismo. Si es muy lector  o muy lectora no sé si tiene en su biblioteca tantas escritoras mujeres. No empecé a leer hace tanto y en general leo más a mujeres, pero por algo del momento también. Eso es interesante.


¿Cómo ves la actualidad de la industria editorial?

Medio tocando de oído, ¿no? Pero me parece que estos momentos de crisis son difíciles para la industria editorial. Es tan fuerte todo lo que está pasando  que es difícil pensar que alguien de clase media quiera leer un libro con lo que cuestan.

Pero, por otro lado, también es un momento de las editoriales independientes, que ahí hay algo interesante. Una mezcla entre la crisis y cómo se rearticula cierto mercado. Igual me parece un bajón todo.

No lo tengo muy en claro pero me parece que, en los últimos 4 años, todas las industrias culturales en este país la pasaron mal y no sé si hay más que decir.

Es muy triste todo lo que pasó. Todos los recortes que sufrió la industria cultural quizás como resultado de otras crisis pero bueno, acá estamos. Yo sacando un libro en el 2019, pensaba: “¿Qué estoy haciendo? No lo va a comprar nadie”, pero bueno, ya está, hay que hacerlo.

 

Rouvier