(«[SIC]») Flor Monfort: “Yo veo a la industria editorial como veo al país”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.

Flor Monfort tuvo un año más que intenso. Publicó dos primeros libros, uno de cuentos y uno de poesía, muy movilizantes y exitosos en medio de la crisis que azota al sector editorial.

Las Rusas, editado por Rosa Iceberg, y Luna Plutón, de Caleta Olivia, salieron a la calle con pocos meses de diferencia. “Fue muy estresante, muy intenso y mucho más grande de lo que yo pensaba”, dijo durante la entrevista con («[SIC]»). 

El día en que grabamos, Flor viajaba al 33.° Encuentro Nacional de Mujeres de Trelew y apenas podía hablar, una fuerte gripe la tenía a mal traer. Sin embargo, nos encontramos y, a pesar de que los gatos que viven acá no la dejaban en paz (Flor es alérgica), la charla fue muy amena e interesante.



Lectora desde los 4 años, a los 9 supo que quería ser escritora y nunca dejó de hacerlo. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y empezó a trabajar como periodista hace 20 años. A los 27 años empezó a participar de talleres literarios. Algunos de los cuentos de Las Rusas fueron concebidos en esos espacios.

Más allá de que su vida estuvo siempre muy ligada a la escritura (es periodista de Las 12, el reconocido suplemento feminista de Página 12) y de que había participado en varias antologías y en el colectivo Máquina de lavar, la maternidad fue el disparador para publicar su obra de manera individual. “Ser madre fue como parir en el desierto, sentir una soledad muy grande, y publicar fue como una especie de manifiesto contra esa soledad”, aseguró. 



¿Cuál fue tu primer vínculo con la literatura?          

Carozo y Narizota vinieron a festejar mi cumpleaños de 4 en vivo y el profesor Narizota me regaló un libro que se llamaba “La escuela encantada”. Ese fue el primer libro que leí por mí misma. Es un libro hermoso de un hada que entra a una escuela y la encanta.

“Elige tu propia aventura” es una saga que seguía muy de cerca. Tenía un hermano varón muy fanático de Astérix, de Tintín, todo ese mundo de las historietas. Y a los 9 años escribí en mi diario que quería ser escritora, no sé por qué, y empecé a escribir poemas cortos. Supongo que ahí una decide un poco su destino.


¿Y desde ese momento empezaste a escribir? 

Siempre escribí, lo que pasa es que cuando decidí estudiar Filosofía todo lo literario lo dejé un poco interrumpido porque la filosofía tiene una demanda de lectura muy grande.

En paralelo, empecé a trabajar como periodista y entendí que cualquier cosa que una escribe es literatura, incluso el periodismo. Mantenés activado ese músculo de la escritura que, al ser periodista hace ya 20 años, nunca dejó de funcionar. Es el único músculo que tengo vibrante, los demás no los hago ejercitar (risas).


¿Cuándo retomaste la escritura de ficción?

La filosofía me hizo leer mucho. Tuve 6 o 7 años en Puán de mucha lectura pero la literatura estuvo siempre, por ejercitarla en el periodismo o después, a los 27 o 28 años, porque empecé con talleres y ya nunca dejé de escribir ficción.

Algunos de los cuentos de Las Rusas son el resultado de cuentos que se escribieron en esa época, por eso son tan frescos. No los podría escribir ahora, me parece.


¿Cómo fue el proceso de escritura de Las rusas

Las rusas no es un libro que fue pensado como libro. Son cuentos de muchos años, algunos los escribí en 2007 y otros en 2015. Fue leyéndolos con Marina Yuszczuk —que es editora de Rosa Iceberg con Tamara Tenenbaum y Emilia Erbetta— que vio un libro con una continuidad y con un personaje que son cada una, una distinta, con distintos destinos, pero que podrían ser la misma, desde que es niña hasta la adultez.

 

¿Y el de tu libro de poemas Luna Plutón

Luna Plutón es un libro de poesía que empecé a escribir cuando fui mamá en el 2013. Es como un diario desesperado de un puerperio complejo, de una maternidad solitaria, de una maternidad con una vuelta al hogar materno donde yo tenía mi pequeño bunker y mi hijo y yo estábamos ahí como de visita, como en esa especie de nomadismo que tuvo mi primer tiempo de la maternidad.

El libro es la condensación de esos primeros meses de maternidad muy complejos, de no dormir. Yo tuve un puerperio muy maníaco, muy acelerado y la poesía me salvó de la locura.

Después, a lo largo de los primeros años de mi hijo fui escribiendo alguno más pero sin pensar en un libro. De nuevo fue el encuentro con el editor, con Pablo Gabo Moreno de Caleta Olivia, que me dijo: “Ahí hay un libro”, y entonces armamos una secuencia, pero casi todo fue escrito en 2013.


¿Cuál es el género en el que te sentís más cómoda? 

La poesía es más un juego. La poesía me acompaña todo el tiempo. Yo salgo de acá y escribo un poema pequeño. Esa es como mi forma en la que me siento más cómoda.

El cuento, para mí, requiere un sentarse y un desarrollo, la poesía también, pero aparece o emerge de un modo más lúdico, más relajado. Yo disparo todo el tiempo frases que después son pequeños poemas o poemas que después se hacen más largos pero, sin dudas, me siento más cómoda en la poesía. Me siento más yo en la poesía, los cuentos me exigen un esfuerzo que la poesía no me exige.

 

¿Cómo fue publicar dos primeros libros en el mismo año? 

Fue muy estresante, muy intenso y mucho más grande de lo que yo pensaba, pero a la vez fue un alivio que la visibilidad llegue a mi vida en relación a la literatura propia, a la literatura en primera persona. Si bien ya había publicado en antologías y formé parte del colectivo Máquina de lavar, que publicamos todas juntas, esto era más mío, más personal.

Toda esa presión la sentí cuando se publicaron los libros y ese estrés porque sean bien recibidos, porque gusten, porque interesen, porque circulen en un momento en el que la gente no está comprando libros, que el mercado editorial está tan complejo, que el país está tan difícil, que mi propio trabajo como trabajadora de prensa está en riesgo permanente, está precarizado, fue muy movilizante.

Fue azaroso que se publicaran los dos con tan pocos meses de diferencia pero bueno, fue así y estuvo bien. Estoy contenta.


¿Ser madre fue el detonante para publicar tus textos? 

Sí, puede ser. En mi caso, ser madre fue como parir en el desierto, sentir una soledad muy grande, y publicar fue como una especie de manifiesto contra esa soledad. Como decir, yo abro este juego y quien pueda tomar esas palabras para sentirse menos sola en esos procesos tan complejos, como son los primeros meses de ser madre, bienvenidas que allí estén, que estén disponibles, que las palabras sean como objetos que  entran en la vida de una persona y puedan modificarla un poco.

Incluso, algo que me dicen mucho y que me gusta es que Luna Plutón te da ganas de escribir, y eso me encanta porque a mí me pasó con un montón de otras poetas. Por ahí no en relación a la maternidad pero sí esa excitación por el poema, perderle un poco el respeto al corte de palabras, a la rítmica, a la métrica, a todos esos atributos de la poesía que a mí, particularmente, ya no me interesan.


¿Creés que formás parte de un corpus de mujeres escritoras que empezaron a desarmar algunos presupuestos del ser madre que estaban naturalizados?

Sí, podría ser. Se están empezando a cuestionar esos mandatos de la maternidad obligatoria y con la discusión del aborto se pone mucho en juego esa pregunta de ¿tenemos que ser madres? Y si somos madres, ¿nos tiene que gustar todo de ser madres? ¿No podemos decir que ser madres es sumamente complejo, que tiene un montón de “deber ser” que son muy enloquecedores? Y, en mi caso, que fui madre y sostén de hogar al mismo tiempo, la locura era mayor. Por eso digo que Luna Plutón me salvó de la locura.

Es muy complejo todo lo que se juega con la maternidad, todo lo que se espera de la mujer madre, todo lo que la institución médica hace con las mujeres cuando estamos embarazadas y vamos a parir, y creo que la literatura es un punto de fuga en donde esos discursos empezaron a aparecer y eso está buenísimo.

En eso Ariana Harwicz, con Matate amor, abrió un juego de poder hablar, como ella dice, del “acoso del amor” en relación al bebé y a esa demanda tan exhaustiva de que una esté disponible y deseante y amorosa. Cuando en realidad lo que pasa es tanto más difícil, más complejo y más horrible, en un punto.


¿Cómo ves la situación actual de la industria editorial?

Es un momento súper difícil de la industria editorial, de hecho, tanto mis editoras de Rosa Iceberg como Gabo, de Caleta Olivia, me dicen todo lo que están sufriendo con la edición independiente y de pequeño mercado que, en muchos casos, está en riesgo y que es una pura militancia.

Los costos de los libros se dispararon en poquísimos meses y eso hace que sea mucho más difícil acceder a un libro. Además de que ahora una elige como muy puntualmente qué comprar.

Creo que lo veo como veo el país, como una bruma. No sé qué va a pasar con eso pero, como siempre, vamos a sobrevivir porque los que escribimos vamos a seguir escribiendo. Pero me duele mucho que el libro, particularmente quienes apostaron a hacer editoriales chicas e independientes, sufran tanto este momento.

El lápiz verde