Si hacemos lo mismo tenemos el mismo resultado

Por: Carlos Leyba

La semana pasada me pregunte sobre el riesgo de estar en dirección al punto de no retorno. ¿Qué punto de no retorno?

Me preguntaba sobre la pobreza que, medida por los ingresos y el costo de vida para no ser pobre, está instalada hace tiempo en el fenomenal número de un tercio de la población.

Hay una barrera que divide el territorio social. De un lado los que están dentro de una vida civilizada acorde a los parámetros de los últimos, digamos, 50 años. Son todos los que, de alguna manera, disfrutan del teatro de la vida. Algunos en primera fila, los menos, y otros, la inmensa mayoría, cerca o en el “gallinero”, pero bajo techo. Con capacidad para pagar la entrada.

Los que se han quedado afuera son, nada mas ni nada menos, que un tercio. ¿Cuánta pobreza puede sostener el sistema?¿En que porcentaje de pobreza el sistema público de asistencia quiebra?¿En que porcentaje de pobreza el conflicto social torna inmanejable? Y respondiendo a esas preguntas ¿cuándo es el momento en que “el retorno” a un estado normal – que no es este – se torna inviable? Pregunta difícil de contestar. Pero sugerente que algo hay que hacer ahora para que esa pregunta sea demasiado tarde.

La pregunta por el “no retorno” tiene que ver con la estabilidad dinámica de esta situación. Por cierto, al medir la pobreza por el nivel de ingreso, el dato inmediato es el de la tasa de inflación como agente expulsor, que deja fuera del teatro a aquellos beneficiarios de ingresos fijos, aquellos cuyos ingresos se ajustan de tanto en tanto, que al aumentar – por la inflación – el costo de la canasta de “no ser pobre”, automáticamente son expulsados al otro lado de la barrera: aumentó la entrada y ahora no la pueden pagar. La inflación expulsa. No hay duda.

Por eso está muy bien luchar para terminar con la inflación porque, además de los beneficios colectivos de la estabilidad, digamos “una inflación baja” estabiliza el proceso y contiene la pobreza: dadas las demás cosas constantes, deja de aumentar. Es verdad.

Los pobres, sin que ocurra un cambio en los ingresos, dejan de aumentar cuando se detiene la inflación, cuando los precios no suben.

No es que la estabilidad disminuye la pobreza. La estabilidad, valga la redundancia, la estabiliza en los niveles previos, pero así sea mínima, si los ingresos son constantes, la más pequeña inflación la aumenta.

El segundo punto que surge de esta constatación de la estabilidad como “estabilización de la pobreza” es que para que la pobreza se reduzca, para que los pobres se incorporen al escenario de la vida, los ingresos “reales” tienen que ser los suficientes para poder pagar la entrada: superar el nivel de una canasta de vida mínima.

Esos ingresos, para que sean sustentables, tienen que estar asociados a un determinado nivel de productividad del trabajo y eso depende del capital, físico y de conocimientos. Esos salarios reales necesitan de un nivel de capitalización para materializarse y ser sostenibles.

Y finalmente el empleo. Una estrategia para que todos puedan comprar entradas es que puedan tener esos ingresos que implican tener empleo. Y el empleo, cuya dinámica tiene que ser superior al crecimiento demográfico, debe ser productivo y eso se genera a partir de las inversiones. A medida que se agota el proceso inversor la pobreza se torna difícilmente evitable.

En un momento dado, hacemos el inventario y como, ni la inversión ni el empleo se generan de manera instantánea, el combate a la pobreza existente – la que está - se realiza mediante tangentes como, por ejemplo, el “empleo público innecesario” o mediante pagos de transferencia, planes de todo tipo de origen público.

Por otro carril van, por ejemplo, la Asignación Universal por Hijo o pensiones de diverso tipo que tienen que ver con derechos sociales consolidados.

En síntesis, alejarnos del punto de no retorno requiere de la estabilidad, del crecimiento del empleo productivo y de la inversión. Pero además requiere de políticas específicas de asistencia y de estrategias de rescate.

No me proponía volver sobre este tema pero el INDEC informó, esta semana, que “una familia tipo” “necesita 31,2 mil pesos para no ser pobre”: 58,9 % más que hace un año. Una inflación demoledora en una economía que destruye empleo y en la que los salarios pierden por paliza: esta macro, tal cual esta planteada, genera pobreza a pesar de los muchos planes y ayudas sociales que este gobierno incrementó. Es que esto es central: más allá de la distancia con la realidad, la actual gestión añora instalar plenamente una economía de mercado en su versión más, digamos, ortodoxa. Pero le agrega el implícito de añorar una sociedad de mercado en la que la gestión pública sólo sea compensatoria por razones morales y no reguladora por razones estratégicas. Esa comprensión del concepto mercado la condiciona a actuar – antes los problemas sociales – siempre ex post, cuando los problemas han ocurrido y nunca estratégicamente para orientar las fuerzas de la economía en una dirección global.

Otro dato de La Nación (jueves 25/7) dice “sigue el alza del dólar y trepó fuerte el riesgo país”. Es decir un golpe a la inflación, tan asociada al dólar, puede empujar un poco más a la pobreza. Otra vez, dada nivel de ingresos y de empleo, toda tasa de inflación encarece la “entrada” y deja mas pobres afuera.

Y además el CIPPEC –idóneo centro del cauce del oficialismo – estima que la “pobreza crónica” afecta a 10% de la población y que el 50% está en el Conurbano.

Será por todo eso que Jorge Galindo, El País de Madrid, 21/7/19, dice “resulta descorazonador que una de las naciones más ricas del Hemisferio Sur esté creando pobreza en lugar de destruirla”. Vergüenza.

No hablando de la pobreza sino de la macro – que difícilmente pueda disminuirla, pero seguro puede aumentarla – Guillermo Calvo, uno de los más respetados economistas argentinos en la escena internacional, acaba de decir “Macri no ha mostrado ninguna capacidad de manejar esta situación. Mas bien la ha empeorado” (El Cronista Comercial, 25/7/19). Fuerte viniendo de quién viene y dirigido a quienes un economista como Calvo habitualmente tiene de escuchas.

¿Subirá la pobreza? ¿Continuaremos el ir y venir de dólar y riesgo país? El pésimo manejo de la macro obliga a revisitar el tema de una semana atrás.

Otra vez, la pregunta era y es: ¿cuál es el nivel de la pobreza de ingresos a partir del cuál no hay retorno posible a una sociedad razonable? Hoy es un tercio de la población. Más de 14 millones de personas. Territorialmente concentradas.

¿Es una sociedad razonable la que hace años tiene un cuarto o un tercio de su población en la pobreza? ¿Es una sociedad democrática? Volvamos atrás: una economía de mercado es una cosa y una sociedad de mercado es bien otra. En el mercado se “vota” con la billetera y “la sociedad democrática” necesita generar empleo productivo para que todos de verdad puedan votar: con un tercio afuera no va a andar.

Repasemos la propuesta de Raúl Alfonsín: “con la democracia se cura, se come, se educa”. La idea es que el sistema democrático produce las condiciones materiales de la razonabilidad de la sociedad.

Pero tal vez es un error en el orden de los factores. “La democracia”, como organización política, no necesariamente garantiza ese propósito de razonabilidad social. En todo caso eso es lo que nos pasa desde 1983 de acuerdo al último informe sobre la pobreza del CIPPEC. Veamos.

Si todos los habitantes gozan de los beneficios de la salud, sin restricciones; y los de la alimentación del cuerpo y del adecuado balance de esfuerzo y descanso - que es consistente con la alimentación -; y además reciben toda la educación necesaria para formarse de modo de poder, no sólo obtener esos bienes, sino retribuirlos al conjunto de la sociedad con la productividad de su trabajo que, para cada tarea, la educación brinda; entonces, esa sociedad tiene la condición básica para conformar una sociedad democrática.

La cuestión torna al revés: todos comen, todos se curan o preservan la salud con que han nacido y todos se educan, entonces, la democracia crece. Lo contrario la debilita.

No es la democracia la que por su sola institución genera el “se cura, se come, se educa”, sino que la obtención de esos bienes para todos los habitantes es una condición de base de progreso de la democracia.

Un pueblo sin salud, sin alimentación y sin educación, para todos, difícilmente puede ser la base de una sociedad democrática. En rigor es una sociedad que alimenta los conflictos. Puede sonar exótico, pero uno de nuestros conflictos, derivados de esa situación, es la ausencia de un debate de ideas. La palabra, en estas condiciones, está dominada por la tensión entre la urgencia y la negación. Urgencia y negación ocluyen el campo de las ideas.

Construir democracia es garantizar la provisión de esos bienes materiales. Bienes que sólo pueden producirse a base de una acumulación previa. O lo que es lo mismo no hay sustentabilidad de derechos sin acumulación.

Julio H.G. Olivera, gran economista argentino, en la crisis de 2001/2002 - al inaugurar las reuniones del Plan Fénix de la FCE – dijo – palabras mas palabras menos – “la fuente de la crisis es la escasez de oferta de bienes sociales”.

La expresión de voluntad de Raúl Alfonsín, que implica la identificación de algunos pasos necesarios en el camino, nos obliga a recordar los principios centrales fundadores de la idea de la democracia: “libertad, igualdad, fraternidad”.

Edgard Morin, el gran filósofo francés, señalaba que siendo la libertad y la igualdad dos motores contradictorios, ya que la libertad tiende a la desigualdad o a la concentración; mientras que la igualdad, que no surge espontáneamente, requiere de intervenciones que afectan la libertad; la fraternidad es la virtud social que concilia ambos valores.

Dicho de otra manera, es difícil construir el ideal democrático sin el protagonismo de la fraternidad. Si el mínimo requisito de igualación – o de fraternidad – es que todos gocen del derecho a la salud, la alimentación y la educación, la conclusión es que “la pobreza” de un tercio de la población no es compatible con una sociedad democrática.

O lo que es lo mismo la construcción de nuestra democracia tiene como requisito básico y central, la eliminación de las condiciones salvajes de la pobreza, la marginación, o la existencia de personas consideradas parte del deshecho.

Volviendo nuevamente a la pregunta de la semana pasada ¿cuál es el punto de no retorno a una sociedad razonable?¿la hubo antes?

La primera Encuesta de Hogares se realizó en 1974 y sobre su base, con la misma metodología, se cálculo la pobreza en 4,2% de la población con una proyección basada en la información de Buenos Aires y Gran Buenos Aires. Con esos cálculos las personas afectadas eran aproximadamente 800 mil. Es importante señalar que, en materia de políticas públicas, pesan más el número de las personas afectadas que los porcentajes. Hoy un tercio significan 14 millones de habitantes.

Cuando nos preguntamos por “el punto de no retorno”, nos preguntamos por la capacidad relativa de 28/30 millones de “no pobres” para subvenir a las necesidades de los “pobres” y - más relevante aún - para acumular lo necesario para resolver el problema estructuralmente. ¿Alguien piensa que podrá ocurrir espontáneamente? Si el cauce durante 45 años ha llevado las aguas en esa dirección ¿Por qué habría de cambiar la dirección de las aguas sin cambiar la dirección del cauce?

Si la expansión del número de pobres crece al mismo ritmo anual que desde 1974, llegará el tiempo en que esos números se inviertan: los pobres superarán a los que no lo son. Antes de que ello ocurra ¿habrá llegado el tan temido punto de no retorno?

El CIPPEC hizo un cálculo: creciendo el PBI per cápita a la tasa del 3% anual acumulativo (que para CIPPEC es una tasa difícil de conseguir basado en el resultado y la continuidad del modelo económico instalado desde 1975), la pobreza podrá disminuir a un porcentaje que sería la mitad del porcentaje actual. Pero como la población habrá crecido, el número de personas bajo la línea de pobreza será más o menos, el mismo que hoy luego de 20 años. Grave.

Es decir, creciendo al 3% per cápita con este modelo de economía, lo que es difícil de alcanzar para el CIPPEC, el número de personas pobres será el mismo que hoy en 2038. Es una pésima noticia para este modelo económico. Salvo que alguien crea que el porcentaje de personas pobres es mas relevante que el numero de personas que lo sufren.

En 1983 comenzó el período más largo de un proceso democrático de voto secreto y obligatorio sin proscripciones. De acuerdo a CIPPEC, desde que comenzó ese proceso democrático la pobreza no ha dejado de crecer o, lo que es lo mismo, el proceso democrático no ha logrado construir las bases de la democracia: no hubo restricciones a la libertad, pero la desigualdad ha crecido vertiginosamente poniendo en claro la inexistencia de un espíritu colectivo de fraternidad.

No se trata de que las personas se besen y abracen en las plazas, sino que exista la posibilidad del diálogo. No hay tal cosa como fraternidad sin dialogo; y sin dialogo no hay posibilidad de construir un proyecto colectivo.

Las personas que no son pobres son “beneficiarias” de la posibilidad de realizar proyectos individuales. Las personas pobres no tienen la posibilidad de desarrollar proyectos individuales, la liberación de la pobreza solo es posible como consecuencia de un proyecto colectivo que nace del diálogo y de la aceptación que el bien superior es el bien común. Fácil decir, difícil hacer.

Podemos decirlo de otra manera ¿cuál es el porcentaje de personas viviendo bajo la línea de pobreza que hace posible la vida colectiva?¿Cuál es el clima social posible?

El estudio del CIPPEC señala no sólo que desde 1983 la pobreza no ha dejado de crecer, sino que desde 1992 – a partir del cuál este estudio hace la mayor parte de sus análisis – la pobreza, con altibajos, no ha perforado el nivel promedio. Estamos instalados en un nivel de pobreza que hoy es estructural. Equivale a decir que “la pobreza” no es un falla sino que el sistema la produce. Y es verdad.

Volviendo al principio: si la tasa de inversión es insuficiente para generar el nivel de empleo y de productividad que generen el nivel de ingresos que garantice que sólo friccionalmente hay personas en la pobreza, entonces, el problema es estructural y el combate real a la pobreza implica inevitablemente una transformación sistémica. Cauce y dirección.

A pesar de que este número es más que preocupante, lo es mucho más cuando segmentamos la pobreza por nivel de edades. La pobreza en la Argentina es joven. Y eso habla del futuro.

Es decir, la fuerza de la producción, de la inteligencia del futuro, los que se están formando son los que hoy son jóvenes.

Miremos eso si queremos hablar del futuro. Y de una vez por todas, el futuro no es lo que vamos a hacer sino lo que estamos haciendo ahora. Y “ahora” hace 45 años no hemos claudicado en la tarea de fabricar pobres: 800 mil en 1974 y 14 millones en los días que corren. Fabricando pobres.

Por eso a la pregunta con que empezamos (¿Cuándo el punto de no retorno?) hay que agregarle la siguiente: ¿cuál es el número, la proporción, de jóvenes argentinos nacidos, vividos, educados en condiciones que no sean las de la pobreza – que son las condiciones de no carencias – que nos aseguran que en 10,15, 20 años tendremos una población que, por sus condiciones físicas, culturales y de hábitos, nos permitirá tener una sociedad del SXXI?

Solo la mitad de los menores de 15 años no son hoy técnicamente pobres. La otra mitad son hijos – y seguramente nietos – de personas pobres y habitan en contextos de pobreza.

El enjundioso trabajo de CIPPEC excluye la cifra de 1974 como base. Si partimos el análisis desde ese año resulta evidente que el abandono – por las razones que fueran – del modelo del Estado de Bienestar – abandono  que se inició ideológicamente con el “rodrigazo” y se continua con altibajos hasta la fecha – produjo la ruptura del tejido social; y alumbró este Estado de Malestar que nos ha condenado al estancamiento económico con alta inflación, regresión distributiva y notable achicamiento del potencial productivo endógeno.

El CIPPEC proyecta la incapacidad del Estado de Malestar para eliminar el sesgo a la pobreza de nuestra economía. Y tiene razón.

Pero la verdad es más que la razón: resolver la pobreza implica abandonar el modelo que la produce desde hace 45 años. Considerar las cifras de 1974 ponen en evidencia el cambio de modelo.

Las bases del cambio están en retornar – con los lógicas adecuaciones de época – al modelo productivo que implica, aunque suene demodé, un mega programa de industrialización exportadora que, además de necesario, es posible, si lo ejecutamos en el marco del diálogo presidido por el Bien Común. Es lo necesario y es sin ninguna duda es posible.


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