Separados bajo el mismo techo

Por: Walter Ghedin


Luego de una separación continuar viviendo bajo el mismo techo prolonga y agrava el conflicto que llevó a la disolución del vínculo. En mi experiencia de consultorio, dicha decisión encubre, bajo un cúmulo de justificaciones, vínculos dependientes basados en la complementariedad dominación-sumisión. Las excusas para retrasar la separación de hecho van, desde la falta de dinero, la esperanza de que todo se resuelva, dar una imagen a los demás de que “todo está bien”, miedo a la soledad o el miedo a dejar un trauma en los más pequeñxs (cuando en realidad el problema es los niñxs presencien y sean parte de la crisis), etc. Estas justificaciones esconden modelos disfuncionales que torna la separación cada vez más difícil.

En otros casos, vivir bajo el mismo techo, puede ser una alternativa transitoria, de corto tiempo, acordada por los dos como una opción válida. Y es la mujer la que interviene poniendo las pautas a cumplir. Las crisis económicas influyen notoriamente en la decisión de separarse. O se espera un mejor momento para dejar la casa o bien se establecen acuerdos de convivencia. Los cambios actuales vienen de la mano de la autonomía femenina. Hoy la mujer puede aceptar que el hombre continúe bajo el mismo techo, pero pone condiciones: tiempo de permanencia (por lo general breve); informar a los hijos, aporte económico, pautas de convivencia, etc. La mujer además no se queda sola con el problema, aprendió a compartir con amigas o con familiares sus desavenencias conyugales, esto impacta positivamente en su seguridad personal y la ayuda a no dudar en su decisión.

La competencia por los derechos

Sin embargo, la decisión de la mujer a defender su posición puede llevar a que los hombres reaccionen tratando de hacer justicia alegando que la paridad de derechos también los abarca, “¿Por qué me tengo que ir de la casa?”, se preguntan los varones justificando su postura de quedarse “Si yo participé de la creación de este hogar tengo el mismo derecho a quedarme”. Hasta ahí todo bien cuando no existen hijos, en todo caso tendrán que llegar a un acuerdo para ver quién se va y quién se queda. Esta postura se vuelve caprichosa cuando existen hijxs pequeñxs, cuestión que merece una consideración especial (muchas veces con la intermediación legal) para que la mujer pueda seguir residiendo en el hogar o bien se mude a un espacio que reúna características similares de habitabilidad y confort. En muchos casos las separaciones son muy conflictivas y prolongan la convivencia como resistencia, de apropiarse del territorio, sin importar la presencia de los hijxs y el desgaste emocional que supone extender una situación insostenible. La intervención de la familia de origen o de amigxs es una ayuda cuando se quiere salir del hogar y las condiciones económicas complican la partida. “Me voy a la casa de mis padres por un tiempo o un amigx me presta un cuarto” son argumentos válidos para resolver el tema, siempre y cuando el criterio que prime es estar convencido de que la relación no va más.

No nos une el amor, sino la carencia

En las relaciones de codependencia (en las cuales el vínculo funciona como un encastre difícil de romper) ya no existe amor (aunque las personas estén convencidas de que lo sienten), en

realidad ese amor, que alguna vez pudo haber existido, ha sido desplazado por un vacío que solo el otro puede llenar. Se vive tironeado entre el amor y el odio; entre la aceptación y el rechazo, entre la esperanza y el fracaso. En estos casos quedarse es vivir en el centro del conflicto; estos vínculos se retroalimentan de las crisis sin encontrar una salida saludable, ejemplo: tomar distancia. Y no es un déficit en la racionalidad (porque la persona sabe que el vínculo es irreversible), es una enganche emocional y de carencia, lo cual lo convierte en un problema más difícil de resolver, necesitando ayuda profesional. 

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