Rusia: una alternativa estratégica

OPINIÓN. La Argentina tiene que asumir, entre otras posturas a mediano y largo plazo, el fortalecimiento de unas relaciones que, sin duda, pueden ayudar a construir un país más justo, independiente y soberano.

2008, 2010, 2014, 2015. En esos cuatro años, la Argentina y Rusia resolvieron ser socios estratégicos fijando esta decisión en sendos documentos con fuerza de ejecución concreta.  Si dejamos de lado los loables objetivos políticos de los acuerdos (defensa de la soberanía política, interacción ecológica, actuación conjunta en la ONU, programa antinarcóticos, etc.), la parte económica mostraba un sólido motivo para su desenvolvimiento: a partir de unos pocos centenares de millones de dólares de intercambio comercial anual superar los cinco mil millones.

Hoy, el bloque económico sigue prácticamente virgen. El nuevo gobierno nacional y popular había manifestado incluso antes de asumir una franca disposición a revertir la situación. Rusia había respondido, por boca de su embajador Dmitri Feoktistov y en publicación en el órgano oficial de la Cancillería rusa, que “Rusia estaba dispuesta a ir hasta donde la Argentina quiera”. La designación de Alicia Castro como nueva embajadora argentina en Moscú fue una clara señal de continuidad de esas intenciones. Combativa, enérgica, con claras definiciones y dispuesta a provocar una verdadera revolución en las relaciones.

Rusia no es un país más. La sexta parte del planeta. Socia estratégica de China. Fundadora de los BRICS. Con un inmenso poderío industrial, militar y ahora agrícola. Esto lo entendió con su natural clarividencia Juan Domingo Perón. Apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, Perón restableció las relaciones con la entonces Unión Soviética. Con su tierra arrasada por el nazifascismo, con 27 millones de muertos y a cargo de restablecer la vida y hacienda en países que conformaron el campo socialista, la URSS necesitaba la apertura con una Argentina proveedora de carnes y cereales.

Pero además, en plena guerra fría, Perón y Stalin jugaron algunas partidas muy fuertes en el escenario internacional. En 1949 Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña resuelven unificar los sectores que ocupaban en la Alemania vencida y crean Alemania Federal. El sector occidental de Berlín es una isla en medio de Alemania Oriental, convertida en República Democrática Alemana.  La tensión entre ambos bloques estaba a punto de estallar. El Consejo de Seguridad de la ONU jugó un papel preponderante en la liquidación de la crisis. El presidente pro témpore del Consejo era el canciller argentino Juan Atilio Bramuglia. La desescalada fue impulsada por acciones coordinadas entre Perón y Stalin. El “cartero” de esa operación fue el joven embajador argentino en Rusia, Leopoldo Bravo. A su lado, puesto directamente por Stalin como su alter ego, otro joven, el ruso Andréi Gromyko, brillante diplomático y futuro eterno canciller soviético.

Quizás algún día se descubra el archivo personal de Bramuglia y podamos leer la correspondencia del astuto canciller argentino con Perón y con Bravo.

Mientras tanto, la Argentina fue sede en 1955 de la primera exposición agroindustrial soviética en América Latina. Después, la historia de nuestras frustraciones puso su impronta. Con todo ese condicionamiento a cuestas, algunos hitos son notables: Salto Grande, equipamiento petrolero, generación eléctrica, vehículos de la URSS hacia la Argentina. Cereales, carnes, frutas, vinos desde aquí para allá. En 1974 otra vez Perón impulsó la consolidación de una línea permanente de negocios.  José Ber Gelbard, su poderoso ministro de Economía, firmó en Moscú documentos trascendentales que determinaron la creación de la Comisión Intergubernamental de cooperación económico-comercial, la Cámara Argentino-Soviética de Comercio, la cooperación entre Bancos Centrales y un crédito por cien millones de dólares para la industria petrolera argentina, entre otros.

Hoy, la llamada “Comisión Mixta” lleva una existencia burocrática y formal y la Cámara binacional no existe. En el plano oficial, mientras Rusia tiene en Buenos Aires una Representación Comercial, dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, la Argentina  tiene en su embajada en Moscú un “responsable” de la cuestión comercial…

Bueno, la pregunta aquí sería ¿y para qué queremos desarrollar las relaciones económicas con Rusia? ¿Qué es lo que los rusos pueden darnos que a nosotros nos interese y qué es lo que nosotros podemos darle a los rusos? Cierta vez, hace ya mucho tiempo, un viceministro de Economía de Rusia me dijo en Moscú: “nosotros somos como un supermercado. Ustedes pidan lo que necesiten”… Curiosa coincidencia con lo dicho por el embajador Feoktistov: “Rusia está dispuesta a ir hasta donde la Argentina quiera”.

La lista concreta, de allá para acá, la integran grandes empresas energéticas interesadas en el desarrollo de proyectos hidroeléctricos; similares compañías petroleras que proponen trabajos conjuntos además de Vaca Muerta en los campos tradicionales; grupos económicos dispuestos a encarar la traza de ductos magistrales (Rusia tiene una red de oleo y gasoductos que supera los 80.000 km, sin contar las extensiones a Europa Occidental y al Sudeste Asiático); consorcios ferrocarrileros con una inicial instalación en la Argentina que proponen la renovación y electrificación del sistema ferroviario, incluyendo la construcción de ramales estratégicos como el de Bahía Blanca a Añelo;  empresas dispuestas a intervenir en el plan de desarrollo de la infraestructura portuaria, fluvial y aérea que prepara nuestro Ministerio de Transporte. Estos temas están enmarcados en programas de financiación, con la correspondiente interacción entre bancos nacionales de ambos países.

De acá para allá, los rusos están interesados en toda nuestra industria biotecnológica; son receptivos a la formación de una estructura que comercialice en Rusia alimentos y productos regionales elaborados; hay requerimientos para potenciar la vitivinicultura en el sur ruso; necesitan que le transmitamos nuestra tecnología y know how en la industria frigorífica y de la carne; lo mismo ocurre con la transferencia de tecnología en la producción y elaboración de la soja.

Está claro que los 5.000 millones de dólares de giro comercial anual no son una fantasía ni una ingenuidad. En sí misma Rusia es un mercado gigantesco pero, además, la puerta para otros mercados con los que Rusia tiene asociación estratégica. Con algunas ex repúblicas soviéticas, como Ucrania o Georgia (Gruzia en ruso) el potencial de desarrollo agroindustrial es muy importante. Lo mismo con Kazajstán. Con Bielorrusia se plantea una posible integración industrial. Rusia ha comenzado a exportar carne de Aberdeen Angus a China y eso, sin duda, podría tener un gran respaldo tecnológico de nuestra parte.

Entonces, ¿qué hacer? Fatiga seguir enumerando las ventajas y las maravillas del negocio con Rusia. Sobre todo si esa peregrinación a lo Cristóbal Colón no reporta resultado alguno. Sin embargo, las actuales circunstancias generadas por la pandemia y en especial la perspectiva posterior imponen el urgente análisis y la necesaria toma de decisión en este sentido. La Argentina tiene que asumir, entre otras posturas a mediano y largo plazo, el fortalecimiento de unas relaciones que, sin duda, pueden ayudar a construir un país más justo, independiente y soberano.


Sobre el autor

Hernando Kleimans es Licenciado en Historia. Doctor en Relaciones Económicas Internacionales. Periodista Especializado en Temas Internacionales. Ex director de la Casa de la Provincia de Buenos Aires en Moscú, ex presidente de la Cámara de Relaciones Económicas Argentino Rusas, ex Editor del periódico Rusia Hoy.

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