Rusia, los guitarristas y las uñas

Hace 800 años el príncipe Alexandr Nevski consolidaba el poder de Nóvgorod (se traduce como “Nueva Ciudad”), cercana al Mar Báltico, como el nuevo centro del estado ruso. Lo lograba en dura guerra contra los suecos, los caballeros cruzados, las bandas prusianas, los señores feudales bálticos, y en astuta asociación con los mongoles y tártaros, que habían asolado antaño los primeros principados de eslavos del norte.

Nevski se convirtió en fiel vasallo del imperio mongol, recaudando para él duros impuestos a su propia población, pero preservándola de la brutal dominación oriental.

La Rus de Kíev había desaparecido en medio de feroces enfrentamientos entre sus príncipes y Moscú era apenas algo más que una aldea en el cruce de caminos desde Nóvgorod a Bizancio y desde Occidente a Oriente.

Sólo tres siglos después el zarismo se convirtió en imperio y se expandió hacia Kazán al oriente, hacia Polonia en occidente, hacia el Báltico en el Norte. Tuvo que aparecer Pedro, hacia fines del siglo XVII para emprender la conquista de los “mares cálidos”: el de Azov y el Negro, en tenaz lucha con el imperio otomano, que recién con Catalina, en el siguiente siglo, se resignó a perder Crimea, convertida de inmediato en plaza fuerte de la flota zarista del Mar Negro. Mientras Sebastópol fue la principal base militar, Yalta se transformó en el balneario preferido por la nobleza y la intelectualidad rusas.

El imperio zarista creció en sus fronteras. No se planteó nunca conquistar tierras africanas o sudasiáticas al estilo de Alemania, Inglaterra o Francia. El cosaco Ermak, enviado de Catalina, conquistó Siberia y fundó ciudades. El general Sóboliev arrasó con los uzbekos y turkmenos para establecer el límite definitivo con Persia. En el Báltico, la nueva capital, San Petersburgo, asimilaba bellos palacios, grandes templos y, fundamentalmente, puerto, fortaleza y base militar.

A lo largo de los siglos, Rusia fue invadida por turcos, suecos, alemanes, franceses, ingleses, japoneses… A los que fue derrotando inevitablemente en guerras en exceso sangrientas. Rusia Soviética soportó la intervención armada de 18 países, incluyendo los Estados Unidos. La devastadora agresión nazi se llevó más de 30 millones de vidas soviéticas y recién para la década del 70 la URSS comenzó a recuperar su fondo genético.

Mientras tanto, Rusia entregó al mundo la música de Chaikovski y Prokofiev, la pintura de Repin y Mark Chagall, la poesía de Pushkin y Maiakovski, “La Guerra y la Paz” de León Tolstoi y “El Don apacible” de Mijaíl Shólojov, el cine de Einsenstein y Bondarchuk, el teatro de Stanislavski, el ballet de la Ulánova o la Plitsétskaia, la belleza de patinadoras como Zaguítova, Medviédieva o Tuktamysheva...

Hace exactamente 60 años un joven teniente de aviación, Yuri Gagarin, pronunciaba el memorable “¡Vamos!” y se convertía en el primer ser humano fuera de la gravedad terrestre. Antes, el genial físico Konstantín Tsiolkovski, el “Da Vinci” ruso, había predicho que “el hombre no se quedaría para siempre en su cuna terrestre”. Por esa misma época, otro genio, el químico Dmitrii Mendeléiev, entregaba a la humanidad la tabla de elementos.

La finísima diplomacia del príncipe Potiómkin, favorito de Catalina, o del actual canciller Serguéi Lavrov. Las teorías de los ciclos económicos de Kondrátiev. Las grandes iniciativas cooperativistas de Chaiánov. El genio militar de Suvórov, Kutúsov, Zhúkov o Kóniev. Lenin, Plejanov, los decabristas…

Rusia nunca fue la imagen que siempre quisieron vender en Occidente: el bruto y sanguinario oso siberiano, las estepas congeladas de Miguel Strogoff, una Moscú “cubierta de nieve” mientras los lobos aullaban de hambre…  Siempre fue un gran laboratorio de la humanidad. Aun en plena autocracia. El zarismo reprimía a sangre y fuego las sublevaciones campesinas de Emelián Pugachov y Stepán Razin pero no podía impedir que aparecieran los grupos de “Voluntad Popular” o los incipientes círculos marxistas. Stalin demolió templos pero debió recurrir a la iglesia ortodoxa rusa cuando proclamó la guerra santa contra los nazis. La iglesia siempre fue una iglesia nacional. Siempre encabezó las luchas en defensa de la Patria.

Tras la destrucción de la Unión Soviética, Rusia comenzó un largo y duro proceso de reconstrucción. Se reencontró con su identidad nacional a fines del siglo pasado, cuando un lúcido coronel del Servicio de Inteligencia ruso fue puesto al frente del país. Vladímir Putin fue y es el intérprete de esa identidad nacional. Durante los últimos veinte años Rusia recuperó su papel de gran potencia mundial, consolidando su poderío bélico, afianzando su tejido social, potenciando sus enormes capacidades económicas.

Rusia tampoco es sólo petróleo y gas. Hoy es una de las principales potencias agrícolas del mundo. Sus motores son instalados en los cohetes espaciales norteamericanos. Boeing y Airbus construyen sus aviones con titanio y composities rusos. Japón desarrolla con Rusia grandes proyectos de astilleros en el Lejano Oriente. La India es el principal comprador de los últimos equipos militares rusos. Grandes metalúrgicas rusas compiten en el mercado mundial por la primacía. “Rosatom”, el monopolio de la industria atómica rusa es la principal proveedora mundial de reactores y la constructora número uno de nuevas centrales nucleares.

Y ahora, la vacuna…

Pese a las sanciones y las absurdas políticas restrictivas occidentales, que antes que nada dañan a sus propios autores, Rusia sigue siendo protagonista de la realidad internacional. Lo evidencian contundentes ejemplos como los BRICS o la OCSh, su presencia decisiva en el Medio Oriente, la consolidación de la ruta permanente del Ártico como vía principal entre Europa y Asia, su fundamental papel en la relación con países como Irán o Turquía. Su creciente importancia económica en América Latina.

La Argentina, sumida en la peor crisis de su historia por la acción de la pandemia del coronavirus y por la conducta criminal de la anterior administración macrista, necesita consolidar su postura independiente en el plano internacional, desarrollando una política inteligente de asociación con los nuevos centros del mundo multipolar. Sin dudas, Rusia puede ser para nuestro país la puerta introductora a esos nuevos centros.

Pero la relación con Rusia no puede ser producto de un impromptu de algún funcionario de turno. Ni tampoco resultado de una situación excepcional o de una imposición coyuntural. Los acuerdos de Asociación Estratégica que se suscribieron con Rusia en 2010 y 2015 seguirán siendo letra muerta si no se plantea una línea de conducta en materia de política exterior que se adscriba a las nuevas estructuras mundiales.

Nuestro país tiene que definir una plataforma sustentable en el tiempo y en el espacio, que se base en los principios básicos del derecho internacional y no en “normas y órdenes” impuestos por los grandes centros monopólicos financieros especulativos. Soportada por los intereses de nuestra Patria, independientes de las presiones ejercidas por esos centros y por sus personeros nativos. Apta para desplegar programas a mediano y largo plazo de relacionamiento internacional que contemplen la satisfacción de nuestros intereses económicos y políticos como nación soberana.

El ejemplo con el suministro de la vacuna y la confirmación de intenciones por parte de grandes grupos económicos rusos, expresada al ministro Martín Guzmán durante su reciente visita a Moscú evidencian que Rusia está en condiciones de ser uno de los puntos de apoyo para esa plataforma.

Es hora ya de convocar a quienes realmente están en condiciones de asumir el compromiso estratégico concreto que nos permita conformar un programa de acciones conjuntas con Rusia a mediano y largo plazo. Ese programa ya está planteado ante las autoridades de nuestro gobierno nacional y popular. Su instrumentación depende exclusivamente de la correcta selección de sus ejecutores.

Diarios Argentinos