Responsabilidad capital

Los privilegios de vivir en la ciudad más desarrollada quedaron indisociablemente unidos a la responsabilidad de convivir con el conflicto constante que implican la gobernanza y la administración de los intereses de la nación.


Las “ciudades capitales” existen en prácticamente todo el mundo de forma homogénea desde la instauración de las monarquías absolutistas. Antes los gobiernos -las cortes- acompañaban a los monarcas de forma itinerante a donde éstos se dirigieran, ya fuera para visitar los alcances de sus dominios, para encabezar misiones diplomáticas o hacer la guerra.

Con la consolidación territorial de los Estados, poco a poco los gobiernos se fueron asentando en torno a aquellas ciudades que mejor evocaban la idiosincrasia de sus naciones. Las más magníficas, ricas, y bellas arquitectónicamente.

A partir de entonces, los privilegios de vivir en la ciudad más desarrollada quedaron indisociablemente unidos a la responsabilidad de convivir con el conflicto constante que implican la gobernanza y la administración de los intereses de la nación.

En Argentina, nuestra capital nació y prosperó principalmente por poseer una ubicación geográfica extraordinaria que le permitió ser la puerta de entrada y salida del comercio a los vastos territorios de la república. Pero el mismo privilegio que nos hizo “grandes”, nos puso una y mil veces al filo del peligro externo -las invasiones inglesas de 1806 y 1812, el bloqueo naval de 1810, etc.- e interno -la desigualdad estructural con la que por momentos nos resignamos a convivir, cierto exceso de vanidad narcisista-.

Esta aparente contradicción se hace carne en los momentos de mayor tensión y angustia. Las crisis económicas, la enfermedad, las guerras y los desastres naturales.  Problemáticas recurrentes en la historia de la humanidad, que son siempre superadas mediante el esfuerzo colectivo y los liderazgos que se forman al calor de estos procesos.

Hoy, ante el peor escenario del último siglo necesitamos transformar una porción mayor de los recursos que producimos en combustible para la recuperación. Si Buenos Aires quiere ser la “ciudad de todos los argentinos” debe asumir el rol simbólico que le corresponde, que la ubica como uno de los pilares centrales de la recuperación post pandemia. Para hacerlo, debemos coparticipar nuestros recursos: económicos, intelectuales y de infraestructura hospitalaria por igual. Debemos repensar las prioridades en la gestión del gobierno de la ciudad, evaluar cómo adaptamos un presupuesto diseñado en una época de bonanza (y abultado arbitrariamente por Mauricio Macri en la antesala del desastre económico de su gestión) a los tiempos que corren en nuestra patria.

El debate propuesto por quienes cuestionan la redistribución de la coparticipación se centra meramente en “las formas” con las que se tomó la decisión y en una idea típica de la cultura individualista liberal: “Nos están robando lo nuestro”.

La coparticipación es un sistema de distribución de recursos fiscales del estado nacional establecido por ley en el año 1988 que fija porcentajes, distribuidos discrecionalmente, a recibir por cada provincia sin expresar ningún criterio científico u objetivo para los mismos. El régimen fue pensado de forma transitoria pendiente de un consenso federal mayor.

Si bien es cierto que para modificar los porcentajes establecidos es necesario el consenso entre todas las legislaturas provinciales, en la práctica dichas proporciones fueron repetidamente alteradas por la sanción de múltiples fondos, impuestos y regímenes especiales posteriores (incluido el DNU 194/2016 que asignó los fondos que hoy se discuten). Es decir, en la actualidad, la gran mayoría de los porcentajes establecidos por ley no se cumplen como tales.

El nudo de la cuestión se encuentra en el elemento legal más controvertido de esta verdadera saga tributaria: el famoso artículo 8 de la Ley de Coparticipación (23.548). La ley plantea que del total de recursos coparticipables, el %42 corresponde a las arcas de la nación y el %56 al conjunto de las provincias adheridas, estableciendo una suerte de “piso” distributivo en favor de las provincias que no puede ser reducido pero si ampliado. Sin embargo, de entre todas las provincias sólo los fondos de la Ciudad de Buenos Aires y Tierra del Fuego son deducidos del %42 de nación y no de la masa destinada a todas las demás provincias.

El dato es importante porque es precisamente el antecedente invocado por Mauricio Macri en el decreto 194/2016 para justificar, sin más trámite, la capacidad legal del Poder Ejecutivo Nacional para modificar la alícuota del %1,40 que recibía la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y llevarla hasta %3,75. Sería opuesto al espíritu federal de la ley pensar que el Estado nacional puede ceder parte de sus recursos para aumentar la masa coparticipable de la Ciudad más rica del país pero no para destinarlo a provincias del interior, especialmente cuando la nación atraviesa una crisis económica y sanitaria sin precedentes.

¿Qué hace a Buenos Aires merecedora del título de “capital federal” de la nación? Es la mera existencia de su puerto lo que la hace distinta o es la presencia de una enorme diversidad social, cultural y étnica? ¿Es el resplandor de sus canteros o la presencia de una gran reserva nacional de conocimiento organizado tanto en el Estado como en empresas privadas y ONGs?

La verdadera esencia de la Ciudad radica en la empatía y solidaridad de la que son capaces sus habitantes en los momentos más oscuros del país. Precisamente por eso, la redistribución de la coparticipación en favor de otros territorios que lo necesitan no sólo es justo y necesario, sino también un motivo para sentir orgullo.

Las tres “X” del escudo de armas de Ámsterdam simbolizan las tres grandes catástrofes que su gente superó en unidad (incendios, hambrunas e inundaciones); tomando este ejemplo, atravesar juntos esta pandemia que nos tuvo encerrados en nuestras casas casi un año y a la vez haber destinado nuestros recursos a apoyar a nuestros compatriotas será sin dudas uno de los grandes logros colectivos que podremos contar con la frente en alto.

El rol de la dirigencia política ,hoy más que nunca, debe ser unir a los argentinos y a las argentinas frente a los enormes desafíos que tenemos por delante. No se trata de un “despojo anti porteño” como intentan hacernos creer, ni de un “embate anti opulencia” como creen otros.

Se trata de un acto de distribución de recursos esenciales a una región del país que los necesita enormemente por parte de una ciudad que asume su rol como capital de la nación en su momento más difícil. Es una decisión que nos enaltece como sociedad y que justifica, una vez más, el orgullo que sentimos de ser porteños y porteñas.

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