Repoblar el campo: desarrollar hacia adentro para enfrentar el cambio climático

Por: César Massi

Las urgencias que nos presenta el cambio climático traen lasensación de que se nos pasó el tiempo de soluciones consensuadas yplanificadas y solo quedan los cambios drásticos. Y con razón. Los tiempos seacortan, la temperatura sigue subiendo, los gobiernos siguen sin hacerdemasiado. Algunos directamente no hacen nada.

En esto de buscar soluciones drásticas que nos solucionen elproblema dejamos de hablar del petróleo y pasamos a preocuparnos mucho por lasemisiones de nuestras vacas, porque el petróleo parece difícil de resignar.Para algunos sectores, la producción ganadera se convirtió en el cuco. Asociadaal desmonte, a los incendios en Brasil y Bolivia, al hacinamiento en feedlots... difícil que no lo sea.

Pero tratemos de contextualizar y ver cómo llegamos hastaaquí.

Según datos del último censo (2010), el 92% de las personasvive en ciudades. Una realidad que es correlato de otro dato: la disminución enla cantidad de productores agropecuarios. El último Censo Agropecuario confirmóque la cantidad de explotaciones agropecuarias cayó un 38% en los últimos 30años. Pocas personas viviendo en el campo, pocas manos trabajando, másconcentración de la tierra, pocas oportunidades para lograr otro tipo de modelos.¿El problema es la ganadería o es el modelo de desarrollo agropecuario?

Nuestro país se encuentra en un punto en el que la ruralidadestá casi extinta como modo de vida. Los pequeños productores vandesapareciendo y con ellos la conexión con la tierra. En nombre del desarrolloy la eficiencia convertimos el campo argentino en un campo de grandes capitalesque siguen expandiendo la frontera agropecuaria para transformar todo enproducción intensiva y destructiva. Una realidad triste, deshumanizada.

Bien, estos problemas son muy visibles. Vayamos a lo que no se ve. 

Si hablamos de la ganadería de pastizal, es una de las pocasactividades que todavía ancla a la gente al campo. Es una de las escasasoportunidades de supervivencia de las “chacras mixtas” y de una producciónagropecuaria más sana. También son garantes de la supervivencia de los últimospastizales naturales y de su fauna (mucha en peligro de extinción), de lastierras marginales, de la presencia de naturaleza en los bordes de arroyos ybanquinas y del monte en las zonas donde hay pequeños productores. Pero no soloeso, desde la irrupción de los transgénicos en el país, las tierras que no sedestinan más a la ganadería pasan a ser campos sojeros. Muchos de los humedalesque se drenaron, de los pastizales que se perdieron y de los montes que setalaron tenían… vacas. 

En el calor de la discusión focalizamos todos los males enla producción ganadera, pero puede ser una gran aliada en esta difícil misiónde repoblar el campo. Porque para poder tener un campo distinto necesitamos uncampo habitado. 

¿No será hora de pensar en una nueva ruralidad?

¿Podremos desarmar este modelo de concentración masiva enlas grandes ciudades y pasar a un desarrollo más equilibrado, más federal? ¿Regresara un interior que tenga oportunidades de desarrollo, promover la economía verdeen las provincias postergadas y dejar de intensificar las actividades primariasy el extractivismo?

Son preguntas que vale la pena hacerse. Desde la humildeopinión de un habitante del interior profundo, suena a sentido común. Desde acávemos cómo el campo se despuebla, cómo los pequeños productores venden susherramientas y alquilan la tierra, los pocos que todavía visitan el campo adiario lo hacen por el ganado. Pensar en una guerra contra las vacas nos haceperder las esperanzas de que el campo pueda volver a tener vida. 

Toda lucha ambiental es política y decisiones políticas sonnecesarias para revertir esta situación. Para que el extractivismo no sea laúnica salida se necesita un interior desarrollado. Para un modelo agropecuariodistinto se necesitan más productores, menos concentración de tierras y mejoresleyes (sobre arrendamientos, regulación de usos de la tierra, acceso a latierra, distancia de fumigaciones, uso de agroquímicos, etc.). 

Necesitamos repensar un interior con gente y oportunidades,porque todo está conectado. Hay muchas preguntas para hacerse, pero hagámoslascon menos soja, más vacas y más gente en el interior.

¿Está dispuesto el Estado a destinar parte de lo que estemodelo genera para generar otro modelo? Invirtiendo en rutas, trenes, caminosrurales, accesibilidad, programas de créditos para agregar valor a lo que seproduce. ¿Estamos dispuestos a fomentar sistemas agroforestales ysilvopastoriles? ¿Las gestiones locales están dispuestas a discutir losperiurbanos, los usos de la tierra y administrar el choque de intereses? ¿Cómovamos a cuidar nuestros bosques, nuestros humedales y los últimos pastizales sitodos vivimos en el cemento? ¿Cómo vamos a producirmejores alimentos si cada vez somos menos produciéndolos? ¿Cómo vamos adiscutir un interior distinto desde Buenos Aires?

Empecemos a desarrollar hacia adentro.

 

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