Repensar

Por: Carlos Leyba

Hasta el 27 de octubre la política debe disputar quién se hará cargo de organizar el poder. No solo de “el Poder” – las potestades – sino, lo que es mucho mas importante, lograr “el Poder” suficiente para “poder”, el verbo, hacer las cosas que se decida que hay que hacer. Este es el primer paso. El Poder de “poder hacer” lo que se entienda que hay que hacer.

El segundo paso es la decisión de hacerlo. Tengamos en cuenta que la decisión será vana si no se cuenta con el Poder para llevarla a cabo. Y eso no depende sólo de las formas constitucionales sino que también ha de contemplar el grado de consenso no en las palabras sino en los hechos. Veamos.  

Puede ser que el mismo 27 se descorra el telón de quién debe organizar lo que vendrá. Puede que ocurra algo nuevo respecto del presente. Y no sólo es una cuestión de personas, no sólo es una cuestión de quién, sino de qué y de cómo. En los dos últimos elementos podría estar “lo nuevo”. Lo que supuestamente nos hemos propuesto hacer durante décadas, no voy a hacer el inventario, no fue lo necesario; y el modo, el método propuesto en cada caso encareció el costo de un resultado buscado inconveniente. Eso es lo que explica el fracaso: el qué equivocado y el método agravador del qué equivocado.

Es que para quienes tratamos de mirar en el largo plazo, hacia atrás y hacia adelante, y más allá que los tiempos nunca son los mismos, sucedió (y puede suceder) que la nave que se tripula repita tanto la búsqueda del mismo puerto erróneo y encare la misma ruta costosa.

Es lo que nos ha pasado – más allá de los colores de la tripulación – desde hace décadas. Y muchas de esas veces, la mayor parte de ellas, se elegía el mismo puerto y la misma ruta sin saberlo. Peor aún creyendo que era diferente.

La prueba está en que hemos repetido los mismos accidentes y las mismas curas y los mismos fracasos. Por eso “lo nuevo” no será quién, sino el qué y el cómo.

La decisión electoral nunca será unánime y deberá superar la capacidad de intervenir, interferir, interceptar la definición de lo que hay que hacer; y también el trayecto de aplicación de esas decisiones, por parte de los poderes fácticos, intereses, legítimos e ilegítimos, con densidad ética o sin ningún carácter moral.

El poder político no es todo.

El poder real no es solamente el producto de la política, de la elección de los ciudadanos. Hay otro poder que está ahí. La elección sólo define un “quién”. Pero no garantiza ni un qué ni un cómo.

El “quién” elegido será la expresión, con un gran contenido de ocasionalidad, de una parte mayoritaria de la ciudadanía. Para conformar el sujeto capaz de definir un qué sostenible y un cómo realizable, es necesario una voluntad política mayor: una adhesión, una amistad, una concesión, un permiso que consolide la capacidad de decidir y de hacer. Porque, al lograr algo mayor que la mayoría, la decisión contiene, al menos, a parte de los que se postularán para sustituir a reemplazar en el futuro al ganador. Es decir, se trata de conformar la solidez del sujeto ganador con la tolerancia de la alternativa.

¿Siempre es o debe ser así? No. Cuando las economías funcionan en una línea ascendente, cualquiera sea la tasa, con pequeñas interrupciones y con rápida capacidad de recuperación; cuando en esa economía la mayor parte de la fuerza de trabajo – más allá de situaciones transitorias o fácilmente compensables – está aplicada al esfuerzo productivo y con una productividad retribuida en la distribución primaria; y las distancias de ingreso no parten la sociedad abismalmente; cuando todos o casi todos están incluidos en el sistema, con pocas personas bajo la línea de pobreza y cuando esa exclusión es de corta duración; entonces la “alternancia” es una necesidad de oxigenamiento de la administración. Pero no un cambio de rumbo, una respuesta al cambio o transformación de estructuras.

Hay, en esas sociedades, una básica conformidad en el rumbo y una básica conformidad en las estructuras. Cada administración es un turno, un estilo, una acentuación, un carácter. Debajo de esa diferencia hay un consenso más allá de la política de partidos.

Es un consenso social acerca del carácter de la Nación y los partidos una diferenciación dentro de ese consenso que está por encima de ellos.

No es nuestro caso. En el presente – y es así desde hace 45 años – ninguna de esas características mencionadas que deberían producir un consenso social sistémico, está presente. Hemos construido, desde hace 45 años, una economía estancada y una sociedad decadente.

Basta decir que llegamos a 15 millones de personas bajo la línea de pobreza. Aumenta la pobreza y crece la inequidad distributiva, cae la actividad y todo el sistema “pende de un hilo” de oxigenación que depende de la voluntad externa.

Y que decir de la macro del corto plazo: la deuda externa, la tasa de inflación, la recesión, el desequilibrio fiscal y por qué no el default de pensamiento, de la mayor parte de la clase política y de los que los rodean, que no alcanza a acertar el diagnóstico y que, al no lograrlo, aleja la cura. 

En una situación compleja como la presente “acumular Poder” para poder definir el qué y el cómo, es una condición necesaria. Aunque no la suficiente.

Si el 27 del próximo mes no se alcanzara una definición, deberemos esperar un tiempo, que se hará eterno, para que los ciudadanos tomen la decisión final.

Porque – sea pato o gallareta – lo que debe venir es el principio de un cambio copernicano. Algo realmente nuevo.

Un cambio copernicano significa cambiar el modelo de pensamiento de la política y también cambiar el modo en el que la política define y sostiene un rumbo.

Hasta hoy y desde hace muchos años lo que hemos asistido es a un proceso de deterioro de la política.

Deterioro que incluye la destrucción de los partidos.

Primero porque “los partidos” son, desde su misma existencia, el reconocimiento que todos somos, cualquiera sea la posición y dejando de lado las agrupaciones anti sistema, las partes de un todo. Ser parte es el supuesto número uno de ser “partido”. Parte de la Nación a la que pertenecemos todos. Primer escalón del entendimiento.

Partido significa el agrupamiento, la asociación de los que aspiran a una dirección y a un modo de avanzar hacia ella. Una dirección que transporta también, por el imperio de las mayorías, a aquellos que no forman parte de los que conforman la dirección. Pero sus aportes, los de las minorías, para que sean productivos deben convertirse en mojones, carteles de alerta, son los que avisan de riesgos mayores que quien conduce puede no advertir. Son avisos. No barreras. Negociaciones que no limitan la decisión de las mayorías, pero que respetan los derechos de todos de acuerdo a la Constitución. Los partidos son institutos de la Constitución. Ese es el sistema.

¿Por qué el deterioro de los partidos? Ese deterioro es hijo de la ausencia del debate político por el rumbo, los objetivos, las herramientas de la política.

Ese debate se ha llenado con conversaciones, discursos, planteos, por afuera de los partidos y por afuera de la política.

Esos debates han generado imposiciones de distintos sectores de interés por afuera de la política y por encima de la política.

Esos intereses siempre han existido y existen, pero para que el sistema funcione requieren ser procesados por la política, es decir, por los partidos.

Hay ahí, en los partidos, una matriz ideológica, una visión del mundo, alimentada por experiencias personales, identidades que no han estado pesando en las definiciones.

La política esta huérfana de partidos en este sentido y los partidos vaciados de programas.

Este 27 de octubre puede ser el momento de una definición de construir un poder mayor al de quién se elija; y por lo tanto el momento de la apertura de un qué y un cómo, nuevos. La densidad del futuro depende de la “grandeza”, de la amplitud de la noche del triunfo. La escases puede convertir el triunfo en una derrota del futuro.

No sabemos si lo que tiene que venir va a llegar. Decías las tías viejas riojanas cuando mentaban a la solterona que ya no estaba en el terreno de merecer “el que vino no convino, y el que convino no vino”.

Lo que sabemos es que para las expectativas nacionales, las del conjunto de la Nación, y no de pedacitos de ella, lo que ha atesorado “el Poder” desde hace muchos años claramente no convino.

Si es que lo que convenía era crecer, desarrollar y realizar una gesta de desarrollo social colectivo, no estamos ahí.

Hace una pila de años que venimos declinando o estancados, en un proceso de sub desarrollo y en una gestión de exclusión social colectiva.

Estancamiento de 45 años y multiplicación de la pobreza. No hay dudas que lo que vino hasta ahora no convino.

La historia nos brinda la oportunidad de elegir un destino. Y esa oportunidad puede empezar el 27 de octubre. Es lo que aspira Alberto Fernández para ese día; y es lo que no desea Mauricio Macri quién aspira a una segunda vuelta porque sabe que en la primera no va a llegar.

Pero lo que vamos a decir vale tanto para que todo se resuelva en esta elección o que se defina en el balotaje. Veamos.

Imaginemos la decisión tomada y un presidente elegido al que todavía no le han sido dadas las herramientas constitucionales del mando.

La memoria de lo acontecido después de las PASO obliga a acciones notables de disuasión para que “los mercados” – los pibes del teléfono – no generen una estampida que, sin duda, será mucho menos catatónica que la anterior, pero no por ello menos inquietante.

Igual que antes las condiciones objetivas son de alto riesgo. Lo que pasó, después de las PASO, pasó porque las condiciones objetivas estaban para que pase. Y hoy las condiciones objetivas son mucho más riesgosas que cuando las PASO.

En campaña hay cosas que no se pueden decir. Y otras que no se deben decir. Y esos silencios obligados e inevitables, son caldo de cultivo de la incertidumbre que es la madre de la desconfianza y de las acciones en las que “la racionalidad individual” se convierte en el enemigo militante del Bien Común.

Dicho esto, como la política virtuosa no es otra cosa que la administración del Bien Común, en estas condiciones la organización del Poder es la condición necesaria para poder administrar el Bien Común.

En esta hipótesis la noche del 27 de octubre, el ungido debe – sí o sí – instalar el puente que permita operar sobre la grieta. Una convocatoria a todos los partidos, a los representantes calificados de los mismos, es la condición necesaria para generar el clima de certidumbre de que es posible la construcción de un Poder necesario para poder hacer las cosas que hay que hacer.

Se trata de un paso de reivindicación de la política. La política como agente organizador del consenso, el acuerdo, la concertación social.

Es que está claro que ya no hay voces que se opongan al acuerdo, no hay voces que sigan agitando la grieta como programa.

Hay pleno consenso de la necesidad del consenso para poder salir de este pantano agónico en el que estamos por obra de muchos años previos y también por obra de todos los que compiten en esta elección. Al menos de todos los que compiten con la posibilidad de tener un electorado significativo.

En la competición no hay nada nuevo. Y todo lo que no es nuevo no tiene posibilidad alguna de exponer antecedentes que avalen habernos sacado del pantano. Estar cerca de la orilla no es haber salido. No vale la pena discutirlo. No era fácil lograrlo. Pero nadie lo logró.

Los que compiten todos son hijos y padres de pantanos sucesivos. Por lo tanto renunciar a la condición salvadora y pequeñita del argentinismo “déjame a mí”, es la condición necesaria para poner el puente entre la grieta a la búsqueda del consenso.

Fue necesaria una derrota homérica para que mismísimo Jaime Duran Barba, el López Rega del PRO, rebobine el carrete y se haya convertido en un militante del Acuerdo Nacional. Nadie debe ser rechazado, esa es la clave de un verdadero acuerdo, y por eso bien venido a la civilización después de abandonar el lenguaje político de la selva.

Al igual que “el Brujo”, Duran cautivó a quienes tenían en el actual gobierno la llave del pasa no pasa, los integrantes de la cima del poder que son aquellos que administran con quién y de qué habla el Presidente. Los dueños de la cima lograron – no cabe duda - desinformar al Presidente acerca de la realidad social y económica del país y hasta convencerlo que podría ganar las PASO.

El engaño o la estupidez, cubrió todos los frentes, inclusive el del periodismo que tiene la misión de la mirada crítica y no cómplice, ante el poder político o económico de turno.

Pues bien, ahora, desde todas las fuerzas democráticas y que creen en el respeto a la Constitución y más allá de las diferencias de rumbo, objetivos e instrumentos, hay claridad en que el momento exige “consensos básicos”. Y brindar la mayor certidumbre de que “el Poder” de la Constitución, que es el poder político, está preparado para gobernar, debatiendo y construyendo un consenso mínimo hacia el futuro.

Consenso sobre los objetivos y no sólo sobre ellos, sino sobre las prioridades. El orden de los objetivos constituye la primera diferenciación de programas y la segunda la constituyen las herramientas para lograr esos objetivos.

Si esta hipótesis se diera, es imprescindible, desde esa noche del 27, instalar el puente destinado a sumar la mayor cantidad de voluntades políticas para instalar que a partir de ahora “el Poder” político de la Constitución esta en condiciones de gobernar, primero el proceso para la búsqueda del Acuerdo con los sectores sociales y segundo, el proceso de realización de esos objetivos, con esas prioridades y con las herramientas que caracterizan a quien ha triunfado.

La cuestión del poder político de la Constitución es central. La política, la virtud del Bien Común, necesita recuperar la centralidad del gobierno elegido por la mayoría y abierto a sumar más voluntades.

Hay temas estratégicos que van de la energía a las finanzas, que están atravesados por el enorme poder de los lobbies. Se están moviendo ya. Cada lobby quiere asegurarse su “cartera” ministerial y no lo disimulan. Acumulan “consultores” para demostrar que lo que ellos requieren es lo que el país necesita. Justamente la política es la capacidad de diferenciar entre los intereses colectivos y los particulares. Los intereses particulares por más consultoría que acumulen no se convierten en colectivos.

Hemos sufrido, un ejemplo es el caso de los Cuadernos, durante años la intervención al poder político de la Constitución, por parte, por ejemplo, de la “nueva oligarquía de los concesionarios” un grupo poderoso y de continuo acceso a los pasillos del poder que no sólo realiza negocios espurios sino que tuerce las prioridades del Bien Común a favor de las prioridades de los intereses económicos. Tenemos indicios que los personajes mas insospechados están intervenidos por esos intereses particulares. Y no se trata de “corrupción” sino de cooptación por falta de fundamentación técnica en el seno de los partidos.

La sucesión y encadenamiento de esas decisiones “particulares”, en la práctica, impide la formulación de políticas, programas y proyectos de largo plazo.

Francisco Olivera, en su columna de La Nación del sábado, dice “Era abril de 2016, … Macri recibía … a un grupo numeroso de empresarios. … Paolo Rocca le recordó un reclamo.. El Presidente le contestó con una broma … "Paolo, de todo lo que me pidas vas a conseguir un 50 por ciento: acá el único que logra el 100 por ciento es Bulgheroni, porque Carlos me rompe las pelotas las 24 horas del día".

Es verdad. Sectores de interés, interfiriendo en la política del Bien Común, han logrado – desde hace años – que las prioridades públicas, que no pudieron ser formuladas desde un Estado políticamente sólido equipado con grupos de trabajo de inteligencia estratégica, hayan sucumbido al interés de grupos privados que podían estar contrapuestos al interés general.

En el curso de los años han logrado eliminar la visión sistémica de largo plazo propia de las estrategias públicas y sustituirlas por las visiones sectoriales de los intereses privados.

Los ejemplos son muchos. Pero basta resaltar lo que todos conocemos: en un país que no crece, que multiplica el número de pobres de manera escandalosa, las nuevas fortunas, todas vinculadas a concesiones públicas en distintas versiones, se han multiplicado y alcanzado niveles increíblemente grandes en un país que hace años se lamenta de sus fracaso económico y social, de la fuga de capitales y la reducción continuada de la tasa de inversión.

La construcción de “el Poder” político de la Constitución es la prioridad política de la Argentina presente. Porque no lo tenemos. Porque los lobbies, los concesionarios, han estado secando los proyectos colectivos que necesariamente lo son de largo plazo y de dimensión sistémica.

Todos estos años el país ha vivido sucesión de corto placismo irrelevante para los intereses colectivos y extraordinarios negocios para quienes han logrado desfigurar el rostro transformador de la política en el mejor sentido de la palabra.

Si la cuestión se resuelve el 27 es imprescindible – para atravesar con alivio lo que transcurre hasta el 10 de diciembre – esa misma noche garantizar que “la política” esta dispuesta a consolidar “el Poder” de la Constitución para poder acordar, consensuar, concertar un Pacto destinado a resolver nuestras cuestiones mas angustiantes.

Si la política, los partidos, los líderes, rescatan la función pedagógica, y deciden – una vez consolidado ese entendimiento – ir a la búsqueda de definiciones concretas, con el empresariado, el movimiento obrero y los sectores sociales, un futuro posible y deseable se asomará y dará luz hasta el traspaso del gobierno.

Y si el 27 inaugura un nuevo proceso electoral, ambas partes contendientes deberían ensayar un discurso común que sostenga la necesidad de construir “el Poder” político de la Constitución y el compromiso de construir un acuerdo nacional.

Paul Ricoer – el filosofo francés – sostenía que “el plan es ética en acción”. Es decir recuperar el nivel moral de la política implica el compromiso ético con un plan, sus prioridades, y la vocación de vivir con la Constitución para desterrar el gobierno por los intereses particulares que tanto daño nos ha hecho.

Un plan de mediano y largo plazo debe ser el tamiz de las decisiones que urgen en el corto plazo. No se trata de un detalle sino de un rumbo y una ruta nuevas. La única manera de no circular confusamente hacia el mismo puerto en el que estamos amarrados.

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