Realidad y ficción de la juventud militante

Por: Juan von Zeschau

El 2015 me agarró en el llano. Digo llano porque militaba activamente y el espacio político en el participaba resultó perdedor en las elecciones de aquel año. Para sobrellevar ese vacío (nunca debe subestimarse el llano), aparte de en la familia y en los amigos, busqué refugio en la lectura. Sobre todo, paradójicamente, en novelas y relatos en los que los personajes fueran militantes. Necesitaba abstraerme, lo sabía, pero no tanto.

En la Argentina, el vínculo entre literatura y política es íntimo. No es preciso hablar del mito fundante civilización-barbarie para ratificarlo. La literatura, como dispositivo cultural en pugna con otros mecanismos creadores de sentido, disputa imaginarios, participando, a veces sin saberlo, en la construcción de una forma de ver el mundo. Las figuras literarias, en ese sentido, moldean imágenes y refuerzan preconceptos de lo que se entiende que “es”, en esencia, la política argentina. En cuanto a mí, joven militante en el año 2015 (ya no lo soy, lamentablemente), me interesaba saber cómo nos narraba a nosotros, militantes de juventud, la literatura argentina y cuál era la figura que ayudaba a construir.

Al igual que la literatura, las ficciones audiovisuales, el teatro y los medios de comunicación dan su versión del militante de juventud. La clase política, desde luego, también. Antes del 2015, el militante de juventud que el kirchnerismo relataba era una especie de figura heroica, con rasgos abnegados y convencido de sus ideales, representación idealizada que encontraba su expresión, por ejemplo, en los “patios de la militancia”. Con la victoria de Macri, la figura del militante como receptor de los mensajes y, más aún, como actor político, pareció diluirse. Ahora se le hablaba a “la gente”, sin intermediarios. Estos dos polos arquetípicos ―militante heroico y militante ausente― son figuras que, llamativamente, suelen aparecer en la literatura argentina, y que pueden leerse en términos de “precursoras” (precursoras en clave borgeana) de los idearios y prejuicios actuales acerca de la militancia de juventud. Esto no significa que la ficción literaria haya influenciado en la figura simbólica del militante de juventud que tiene en la arena política el peronismo o el antiperonismo. Solo implica que la literatura puede abordarse desde las grietas políticas del presente, en este caso, lo que se comprende como militante de juventud. Al igual que una terapia psicológica, implica resignificar el pasado buscando imágenes que fortalecen una u otra posición, pero que no necesariamente fueron inspiración u origen de ninguna de ellas. La mirada dual de la grieta permite entonces rever el pasado literario y encontrar en algunas obras de las últimas décadas las características del militante de juventud que los espacios políticos esgrimen.    


El militante heroico

El militante de juventud que suele relatar la literatura argentina es, básicamente, el militante peronista. En un brumoso segundo plano aparece el militante de izquierda. Las menciones a los jóvenes radicales son muy infrecuentes, y las individualidades se diluyen en la masa indiferenciada de, por ejemplo, “La Coordinadora”. Al joven militante radical nunca se le pone nombre y apellido, nunca es personaje. Esto sucede, por citar algunos casos, en Cuaderno del acostado (1988) de Jorge Asís o El día que mataron a Alfonsín (1986) de Dalmiro Sáenz, una genial distopía sobre el magnicidio.  

Ahora bien, el militante literario de juventud es el militante peronista, pero no cualquier peronista. La figura que se refuerza a lo largo de una serie de obras es la del militante heroico, el de la épica y la lucha armada de los setenta, es decir, la militancia entendida como compromiso vital (desde los ojos del presente, se podría decir que durante los años kirchneristas se ensalzó este tipo de militancia, no la armada, sino la ejercida con absoluta intensidad y entrega existencial). Miguel Bonasso, por mencionar un ejemplo, colabora en la construcción de la figura heroica y comprometida del militante de juventud. Con formato de crónica periodística, Recuerdo de la muerte (1984) narra el encierro en la ESMA y las torturas que sufre el “Pelado” Dri, un joven diputado montonero. Manuel Puig, en "El beso de la mujer araña" (1976), abona a la misma imagen de la militancia joven, en este caso, un guerrillero de izquierda encerrado en un calabozo con un homosexual; la dictadura entendía que ambos habían cometido algún tipo de delito político (desde luego, Puig, como suele hacer, afirma los estereotipos para luego destruirlos. En el caso de esta novela, la figura heroica del militante es, hacia el final, destruida simbólicamente). También Osvaldo Soriano, en particular en la novela A sus plantas rendido un león (1986), refuerza la figura épica del militante de juventud, pero sumándole rasgos aventureros además de sacrificiales. En esta narración, Lauri, un joven guerrillero argentino exiliado en Zúrich, conoce a un dirigente revolucionario de un país inventado de África, y juntos lo van a liberar de la tiranía británica, en plena guerra de Las Malvinas.  

Jorge Asís, por el contrario, elude la heroicidad al hablar de la juventud de los setenta. Pero, de alguna forma, y como espectador cínico, pinta a los militantes de aquellos años con trazos épicos. Tanto en Los reventados (1974), como en Flores robadas en los jardines de Quilmes (1980), sus pícaros funcionan como contraste de la militancia comprometida: aunque párrafos enteros se burlen de su inocencia, Asís, con cierto desencanto trágico, realza la entrega vital de gran parte de su generación. Al meterse en una agrupación de izquierda, Samantha, aunque retratada como una ingenua en Flores robadas, queda mucho mejor parada que Rodolfo Salim, un hedonista de barrio que no cree en absolutamente nada.       

 

El militante aplaudidor

El macrismo también tiene sus precursores, y la figura del joven militante que intenta construir (sobre todo, para atacar al peronismo) se vincula, quizás sin saberlo, con representaciones literarias. Porque en ciertas narraciones —en el marco de una mirada defraudada de la política, del “que se vayan todos” heredado de los noventa— se representa, paradójicamente, un militante invisible, ausente, perdido en la masa. Es un militante que está, pero que funciona como telón de fondo, como llena-actos, como mero aplaudidor. Se adivina en la novela El puñal (2014) de Jorge Fernández Díaz, un producto banal del mainstream pero que, sin embargo, sirve de referencia. O, más aun, en la novela Hombre de Gris (2012), de Jorge Asís, donde el militante ni siquiera aparece. Porque, en este tipo de obras, la política es vista como un negocio, y a ese negocio solo acceden los capos: los gobernadores, los dirigentes sindicales, los empresarios contratistas. El joven militante la ve desde afuera con inocencia o frustración. Este enfoque antipolítico es retratado con mucha claridad en la novela Entre hombres (2001), de Germán Maggiori: en ella, un grupo de legisladores y jueces nacionales encubren, a costa de asesinatos y extorsiones, una fiesta clandestina en la que murió de sobredosis una prostituta.

No es casual que Maggiori sea el guionista de El Tigre Verón (2019), la serie televisiva de El Trece donde predomina una mirada negativa de la política y la militancia. De hecho, se podría decir que el militante de juventud del macrismo, con su sesgo antipolítico, tiene sus referencias en el cine y la televisión antes que en la literatura. Impulsados por los grandes medios, las ficciones audiovisuales trataron de construir una figura del militante. El puntero (2011), El estudiante (2011), Entre caníbales (2015), La cordillera (2017) y ahora El Tigre Verón (2019), son grandes producciones de cine y TV que, lanzadas en años electorales, transpiraron un tácito prejuicio antipolítico a la hora de acercarse a la militancia y, en particular, a la de juventud (recordemos al protagonista de El estudiante, o al personaje Lombardo, en El Puntero). El abordaje es sencillo: la política es un oscuro negocio y, quien no se da cuenta de eso, es un ingenuo.  


La figura del militante y la grieta

Parece ser que la figura del militante de juventud pendula entre un militante ausente e ingenuo, y un militante comprometido. Estas imágenes, presentes en la política y también en cierto sentido común, se reflejan a su vez en la literatura, y fortalecen los prejuicios ya existentes. ¿O acaso es lo mismo decir que el militante de juventud es un sacrificado héroe o, por el contrario, un mero aplaudidor que ve desde afuera los negociados de la política?

Desde luego, la literatura no tiene la obligación de definir una imagen cerrada del militante de juventud. De hecho, la figura que trabaja la literatura actual es más difícil de encasillar según “la grieta”, ya que opera en las ambivalencias de un militante contemporáneo muy variopinto y difícilmente encasillable. Las nuevas contradicciones se desnudan en una serie de novelas y poemarios que se publicaron en los últimos años. Germán Baraja, por ejemplo, el protagonista de la novela Que todo se detenga (2015) de Gonzalo Unamuno, es un treintañero cocainómano y desenfrenado, hijo de la desidia individualista de los noventa, que busca, sin embargo, en la militancia un alivio para su vacío existencial. Por su parte, el joven de los poemas de Ginseng (2018), de Tomás Rosner, milita con compromiso en contra de la Argentina macrista, pero sin relegar el amor, las salidas y, en suma, el disfrute vital. Asimismo, en la novela Amores como el nuestro (2018), Charo Márquez narra los desencuentros de jóvenes militantes por los derechos de las minorías LGTBI, militancia que hasta hace poco era invisibilizada. Pero es, tal vez, El parnaso argentino (2012) de Ricardo Strafacce, la novela que en su desquicio exhibe el verdadero caleidoscopio de la militancia de juventud contemporánea. Allí, el joven peronista Marinardi, referente de un pequeño local de Caballito y caricatura del militante abnegado, intenta rescatar al presidente argentino (también peronista), quien fue secuestrado dentro de un cabaret faraónico de diez pisos de altura que él mismo construyó para su disfrute. Estas y otras ficciones construyen una nueva y desordenada figura del militante de juventud, figura donde los relatos políticos tradicionales difícilmente hagan pie. O, tal vez, esté surgiendo una nueva forma de entender la militancia de juventud: ni militante heroico, ni militante aplaudidor. Y quizás el eclecticismo existente nos diga mucho acerca de los tiempos políticos por venir.

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