Racismo en EEUU: trasfondo esclavista en un país desigual

Las protestas contra el asesinato de George Floyd pusieron en evidencia el racismo que pervive en Estados Unidos, un país cuyo pasado esclavista marcó a fuego un presente de segregación y de profunda desigualdad.

El asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco no fue un hecho de racismo asilado. La diferencia fue tal vez que en este caso, la brutalidad, grabada y viralizada, dio como resultado que amplios sectores sociales salieran a las calles a manifestarse contra un sistema injusto, desigual y que los discrimina.  

Las protestas, que no dejan de señalar la responsabilidad del gobierno de Donald Trump, se dirigen contra un racismo institucionalizado, legitimado e histórico, y tuvieron como caldo de cultivo, además, la crisis económica y social desatada por la pandemia del coronavirus. Ambos factores se refuerzan porque son los sectores discriminados (comunidades afroamericanas e hispanas, principalmente) quienes más sufren las consecuencias negativas del COVID 19. 

La llegada del coronavirus a Estados Unidos, en definitiva, está sacando a la luz una realidad hostil que atraviesa el país desde hace mucho tiempo, pero que a veces sabe esconderse muy bien. Quizás el país que se autodenomina “América” o “Norteamérica”, adueñándose de un continente que incluye mucho más que a Estados Unidos, no sea el tan promovido “sueño americano” y se convierta más bien en una lamentable pesadilla “yanqui”.

La discriminación racial es un rasgo presente desde la misma fundación de Estados Unidos, y su largo y vasto legado trae consigo una desigualdad social estructural que pesa sobre las personas afroamericanas y otras minorías migrantes.

El racismo, protagonista de la historia estadounidense

Los barcos con africanos esclavizados llegaron al territorio estadounidense hace 400 años, un poco después del año 1600, y fueron utilizados como esclavos principalmente para el cultivo de algodón. Para la Declaración de la Independencia, era fundamental contar con el apoyo de los Estados del Sur, donde estaban ubicadas las mayores plantaciones, y por lo tanto la mayor mano de obra esclava negra. La esclavitud, en tal sentido, formó parte de la misma gestación de los Estados Unidos como nación.

En su texto El pecado original de América La esclavitud y el legado de la supremacía blanca, la historiadora estadounidense Annette Gordon-Reed ofrece una perspectiva histórica que permite comprender los problemas actuales que atraviesa la sociedad estadounidense: “La Declaración de Independencia y la Constitución presentan un problema con el que los estadounidenses han estado luchando desde el comienzo del país: cómo conciliar los valores propuestos en esos textos con el pecado original de esclavitud de los Estados Unidos”.

En 1861, los conflictos en torno a la esclavitud culminaron con la separación de los Estados del Sur, y esto a su vez desencadenó una guerra civil sangrienta con un millón de víctimas aproximadamente, de las que solo el 2,5 por ciento formaban parte de la población estadounidense.

“Tanto Washington como Jefferson tenían esclavos. Ellos, junto con James Madison, James Monroe y Andrew Jackson, los otros tres presidentes propietarios de esclavos de la primera república, dieron forma a las primeras décadas de los Estados Unidos”, explica Annette Gordon-Reed en su nota.

El fin de la guerra trajo consigo una reforma constitucional que incluyó la abolición de la esclavitud, y la ciudadanía y los derechos políticos para los esclavos. Esa modificación en el texto normativo, sin políticas concretas que la acompañen, condenó a la población afroamericana a padecer fuertes niveles de desigualdad que nunca se remediaron. Si bien el siglo XX estuvo marcado por luchas sociales contra dicha desigualdad, que además de derrotas incluyó algunas importantes victorias, el racismo nunca pudo erradicarse.

Annette Gordon-Reed realiza en su relato una comparación para que se comprenda aún mejor la dimensión histórica del racismo: “Los descendientes de los sirvientes blancos contratados se mezclaron en la sociedad y hoy no sufren estigma debido a la condición social de sus antepasados”.

La llegada de la pandemia también puso en evidencia esta desigualdad social histórica y racista. El 2 de junio Michelle Bachelet, que ejerce el cargo de Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, se refirió a la discriminación padecida en el mundo: “Este virus está exponiendo las desigualdades endémicas que han sido ignoradas durante mucho tiempo”. El informe, redactado en el sitio de la ONU sintetiza el contexto: “En Estados Unidos, las defunciones por COVID-19 entre los afroamericanos superan más de dos veces las de otros grupos raciales”.

Asimismo, The Financial Times, señala los efectos negativos en el mercado laboral para los afroamericanos: “Si bien se han enfrentado a pérdidas de empleo sin precedentes, también ha estado en la primera línea de la crisis como trabajadores esenciales, a menudo en empleos inseguros o mal pagados. Han estado más expuestos al virus, ya sea a través del trabajo o por vulnerabilidades de salud, ya que las personas que no tienen acceso a una atención sanitaria de calidad, a una nutrición o a una buena vivienda corren un mayor riesgo. Como resultado, los afroamericanos han sufrido tasas de infección y mortalidad superiores a la media”.

El lápiz verde