Queda prohibido opinar en tanga

Por: Carolina Atencio

En 2018, sólo el 18% de las notas de opinión publicadas en los principales medios gráficos argentinos fueron firmadas por mujeres. El dato surge de un informe de Economía Feminista que le pone números a una realidad que no sorprende a nadie: las mujeres estamos subrepresentadas en el mundo del análisis político y, además, subvaloradas: nuestras opiniones son eminentemente pavadas, hasta que se demuestre lo contrario. Si el dato está bueno o el análisis es acertado, se descuenta que hay detrás nuestro un varón hablando por nosotras, legitimado —y capacitado— para hacerlo.

En televisión, la cosa es más o menos parecida a lo gráfico: las mesas de panelistas son mayoritariamente masculinas y cuando se incluyen mujeres se lo hace en roles secundarios o incluso, apelando a su belleza física, como si en el fondo  —o más bien en la superficie— se buscara lograr un efecto de corte decorativo con fines meramente comerciales. Si por azar alguna de esas mujeres dijese algo acertado, se la aplaude y se la festeja como a la mascota que le salió la pirueta.

En las últimas semanas, asistimos a un hecho inesperado que hizo estallar la matrix del subjetivismo patriarcal: Luciana Salazar, la “rubia debilidad”, la fantasía colectiva, el exponente de la voluptuosidad, irrumpió en Twitter con información precisa, predicciones electorales y análisis de la realidad política actual, descalibrando la brújula de más de uno/a, y despertando toda clase de reacciones.

Los adjetivos calificativos que le fueron (y son) propinados a Luciana no forman parte de esta columna en honor a los buenos modales y el decoro (¿?). Sin embargo, sí es de interés de quien ensaya estas líneas desentrañar la matriz cultural que provoca esta incomodidad colectiva de la que a varios les cuesta hacerse cargo y que se exterioriza en forma de enojos, violencia verbal, ninguneo y disciplinamiento.

En el instructivo mundialmente aceptado sobre cómo opinar sobre política, se incluyen dos pasos ineludibles: 1. tenga una opinión; 2. emítala. Sin embargo, cuando se trata de nosotras, pareciera que la cosa se burocratiza a niveles de ineficiencia absoluta y se nos suman exigencias adicionales. En resumidas cuentas: queda prohibido opinar sobre política en tanga.

Lulipop rompió este molde: salió a la cancha sin traje ni corbata y la policía patriarcal corrió, enardecida, a cuestionarla por tirar data, como dice Marina Mariasch en su gran nota para LatFem, "en culo". Ahora bien, ¿se cuestiona el contenido de sus tweets? Pues no. Toda la crítica gira en torno de su legitimidad para opinar, su autoridad intelectual para hacerlo y, sobre todo, se cuestiona el tupé de manejar más y mejor información que la que mucho varón ilustrado, y aparentemente cercano a la cocina de la cosa política, ostenta. Es evidente, argumentan, que hay un tipo atrás que la usa para “operar”.

Durante muchos años, muchas mujeres tuvieron que esconder sus producciones literarias y sus artículos académicos detrás de pseudónimos o, incluso, de la firma de varones, porque la palabra estaba vedada para nosotras. Las consecuencias de ese silencio imperativo fueron tan nefastas como inútiles: imposible apagar tanto fuego.

Cuando logramos “entrar” —por la ventana y a los empujones— al mundo de la producción científica, lo hicimos de manera solemne. Nos convencieron de que para escribir y producir, había que hacerlo con la pollera debajo de la rodilla y la camisa abrochada hasta arriba. “Nada de vulgaridades si querés aparentar seria, nena”, habrán dicho varias abuelas y abuelos no sin otra intención que la mera protección. 

Las mujeres o somos objetos, o somos madres, o somos profesionales “serias” (esto último con letra chica, claro está). Las tres juntas no vale. No se puede tener todo. Cada uno de esos roles constituye un compartimiento estanco cuyos límites no pueden sobrepasarse. Si así lo hiciéramos, que Dios y la Patria nos lo demanden.

Lo cierto es que mandar a callar mujeres atrasa, señores. Y en la voz de Luciana les molestamos todas, pero ella les da letra para llamarnos al orden, porque les arruina el estereotipo: twittea en tanga. Es demasiado minita, y la minita calladita es más bonita.

A Luli la quieren o de un lado o del otro. A todas nos quieren de un lado o del otro, porque si opinamos y tiramos la posta nos acercamos mucho a ustedes y allí, como en muchas de sus opiniones políticas recientes, sobreviene vuestra confusión.

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