Que parezca un accidente

“Que parezca un accidente”, es una figura que aplica tanto a lo ocurrido con 400 vacunas que perdieron la cadena de frío, como a las consecuencias posibles del amuchamiento en parques, playas y fiestas clandestinas, bolsones de contagio masivo.

Fue cuestión de que llegue la vacuna Sputnik para que se multipliquen las fiestas clandestinas, las playas caras se llenen de gente amontonada, y se produzca el primer posible sabotaje, como parece haber sucedido en Olavarría, hecho del cual el diario La Nación ya empezó a culpar “a La Cámpora”.

“Que parezca un accidente”, es una figura que aplica tanto a lo ocurrido con 400 vacunas que perdieron la cadena de frío, como a las consecuencias posibles del amuchamiento en parques, playas y fiestas clandestinas, bolsones de contagio masivo. Porque eso es lo que ya está sucediendo: aumento de casos, aumento de muertes. Como si se buscara lograr lo que no se pudo en la primera oleada, esto es, hacer colapsar el sistema de salud.

Todo en nombre de la “libertad individual”, valor supremo de gente muy joven que exhorta a la mayoría a inmolarse en beneficio de ellos. Hay que ser muy ingenuo para pensar que esto es espontáneo y no está organizado, además de estimulado mediáticamente. Es el sujeto urbano de algo digitado en otra parte.

“Los que no merecen vivir, que mueran por mí”, viene a ser la consigna implícita de quienes, por primera vez en su vida, se sienten convocados a poner el cuerpo en algo con apariencia colectiva, suponiendo de antemano que no van a contagiarse ni mucho menos perder la vida. De contagiar a otros ni hablar: no entra en el radar de sus preocupaciones.

Antiestatal y darwinista, el discurso antivacunas promueve el exterminio de quienes “tengan que morir” (Bolsonaro dixit), y para eso procura darle una épica a personas sin épica posible, ya que sus vidas suelen orbitar en torno del consumo y la difusión de una apariencia y/o pertenencia, inseparables, a su vez, de una pulsión humillante hacia todo lo que sientan por debajo o subalterno.

No debería sorprender a nadie que acusen de “comunistas” a los policías que hace unos días impidieron el paso a la playa en Pinamar. ¿Quiénes se han creído que son, para impedir a la gente de bien concurrir a la playa, amontonarse sin barbijo y sonreír para las cámaras, en un gesto de presunta “rebeldía”? En Pinamar se ocuparon casi todos los hoteles caros. Pero habrá que desinfectarlos en forma veloz y profunda, porque nada de esto es gratis. Y las playas de Pinamar pueden adquirir en estos días una fama jamás deseada o imaginada, por más que su intendente sea bien tratado en la “prensa seria”.

Los bañistas sin barbijo suelen ser veloces para sospechar de cualquier persona con la piel algo oscura, aunque es posible que les toque ahora estar del otro lado de la reja de la legalidad. Ahí se los ve acusando de “yuta” a quienes desean ver muertos por la yuta, y burlándose en la calle de quienes llevan tapaboca. En el peor de los casos, conocerán en carne propia los rigores que siempre desearon para otros. Aunque este trato no se hace muy visible en la ciudad de Buenos Aires, donde dispersan a una banda de músicos que tocaba al aire libre en San Telmo, pero dejan amontonar a centenares en los parques.

Se sabe, se ha dicho, que nadie cree nada que no necesite creer. Quienes dan por buena cada mentira en torno de la Sputnik, se sienten del lado de “la verdad”. Demasiado acostumbrados a que nadie les discuta, su credulidad es directamente proporcional a su capacidad de negación: ciertas cosas no pueden sucederme a mí. El síndrome de Trump, el hombre que no acepta perder.

Con la restricción al dólar durante el gobierno de Cristina, hicieron berrinche por no poder ir a Punta del Este. Ahora el berrinche es mucho más peligroso, porque atenta contra la salud y la vida colectiva y tiene el aval de los grandes medios.

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