Que Bolsonaro no nos tape Brasil

Es fundamental que la diplomacia nacional comience a reconstruir los puentes oxidados y dotar a la agenda bilateral de temas económicos y comerciales de mediano y largo plazo.

En Argentina, la sumatoria del tsunami pandémico y la persistente volatilidad económica vernácula sacaron de radar la importancia de tejer y reforzar vínculos económicos y comerciales con el mundo. El único foco de atención con el mundo lo constituyen los bonistas extranjeros y el FMI, protagonistas de nuestro ya habitual vía crucis por la deuda externa, pero poco o nada ocurre que se refiera a comercio, inversiones o cadenas de valor.

Es cierto que el mundo está experimentando, en rigor desde antes de la pandemia pero ahora mucho más acentuadamente, un retorno a una especie de nacionalismo económico y a políticas que podrían definirse como desarrollistas. Pero paralelamente acaba de concretarse la firma del RCEP (Asociación Económica Integral Regional), el mayor acuerdo comercial del mundo, que incluye a China, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y los 10 países de la ASEAN, considerado un triunfo de la diplomacia China ya que de esta manera logra postergar al TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) que impulsaban los Estados Unidos pre-Trump con el objetivo de aislar comercialmente a China. Entonces no hay que engañarse, las piezas se continúan moviendo en el tablero de ajedrez de la economía mundial, aunque a nuestro rincón del mundo poco o nada llegue.

Independientemente de lo anterior, hay una relación clave que la Argentina no puede soslayar ya que tiene un impacto determinante sobre el sostenimiento y desarrollo de nuestra capacidad productiva, y es la relación bilateral sostenida con Brasil.

Las necesidades estratégicas de desarrollo y equilibrio geopolítico impulsaron a Alfonsín y a Sarney, sendos presidente de Argentina y Brasil a finales de los 80’, a consagrar la integración bilateral, que en los ’90 tomaría vuelo definitivo con la incorporación de Paraguay y Uruguay para conformar el MERCOSUR. Desde entonces, el mercado regional le ha permitido a la industria argentina quintuplicar la escala de mercado y conformar cadenas regionales de valor, sirviendo muchas veces de plataforma de inversión y producción para toda Sudamérica, y aún Latinoamérica y el mundo.

No obstante el éxito inicial, la vasta y compleja estructura burocrática de que se fue dotando al MERCOSUR con el correr de los años lejos ha estado de construir institucionalidad o al menos de reforzar intereses comunes. Ante las sucesivas crisis económicas que les ha tocado a atravesar a los socios, las iniciativas de integración económica y/o productiva fueron desapareciendo, y la política, o para ser más precisos, la ideología, nunca tuvo sustituto como motor de la integración bilateral.[1] 

 

No es de extrañar entonces que la relación bilateral entre Argentina y Brasil se encuentre actualmente en estado de hibernación, a la espera de inciertos vientos favorables. Sin embargo, en el mientras tanto la relación comercial entre ambos países languidece, como muestra el gráfico 1.

Sin considerar la impronta de un año atípico como el 2020, los flujos comerciales de 2019 retrocedieron a niveles de 2005-2006. Y en esto sin duda tienen fuerte incidencia las dificultades económicas que enfrentaron ambos países en la última década, y también que al ser la relación estructuralmente deficitaria para la Argentina, por causa de las asimetrías industriales, los frecuentes períodos de escases de divisas en nuestro país obligaron a la imposición de restricciones bajo la forma de administración de las importaciones. Pero aun así la magnitud de la caída demanda otra explicación.



   
 

Un indicador interesante es que el debilitamiento del comercio bilateral ha estado acompañado por una profunda pérdida de relevancia mutua a nivel comercial. Desde la época conocida como la “brasil-dependencia”, donde el vecino absorbía casi un tercio de las exportaciones argentinas, y en 2011, donde superaba la quinta parte, se llega a una situación actual de 13,6%. A su vez, mientras la Argentina adquiría un 13,2% de las exportaciones brasileñas en 1998, y un promedio de 8,5% la década pasada, actualmente se pasó a menos de un 4%.

Importancia de cada país en las exportaciones de su socio.



Sin embargo, la Argentina se continúa manteniendo en el podio de los principales socios comerciales de Brasil. Descendió del 2do al 3er lugar entre 1998 y 2011 por causa del ascenso de China, pero se mantuvo allí desde entonces, por encima de Alemania. Pero con un peso de 4,4% del comercio total (exportaciones más importaciones) de Brasil ha aumentado mucho la diferencia con China (28,5%) y con Estados Unidos (12,5%). Es muy poco para atraer la atención de Brasil, más allá que no haya “affectio societatis” (como los diplomáticos llaman a la falta de “onda”) a causa de Bolsonaro.

Otro punto importante es que no se observan cambios relevantes en la composición del comercio bilateral, con un alto peso de la industria automotriz y otros sectores industriales como plásticos, químicos y bienes de capital. Las exportaciones argentinas son más primarizadas por el menor desarrollo industrial relativo, pero no hay modificaciones importantes en la composición que hayan operado en los últimos 20 años.



Por lo tanto, toda la evidencia conduce a concluir que la causa principal de la “dilución” del comercio bilateral es una fuerte desindustrialización en ambos países, más pronunciada en Argentina que en Brasil por la mayor caída de importaciones.

Como corolario también opera un cierto desvío de comercio hacia China, por lo que los últimos 10 años de enfriamiento político de la relación bilateral coincidieron con un enfriamiento comercial que ha reducido la dependencia mutua de ambas economías. Por lo tanto, lo que está detrás es una pérdida de densidad de la red inter-industrial entre ambos países y un retroceso de las cadenas de valor regionales.

La existencia de una compleja red de complementación e intereses mutuos entre las empresas industriales tiene un valor intangible imponderable. Ha posibilitado reiteradamente que los mismos empresarios brasileños sean quienes defiendan la relación estratégica con la Argentina cuando desde Lula hasta el presente las autoridades brasileñas han planteado pasar la página del MERCOSUR y abrirse al mundo.

Pero si la importancia de la Argentina se sigue diluyendo, sólo será cuestión de tiempo para que ello ocurra. Claro que la relación bilateral nunca perderá su status de “estratégica” en los papeles, pero la agenda estará como hasta ahora exclusivamente llena de temas sociales y políticos, y vaciada de temas productivos o comerciales, que es lo sustancial para nuestra futura prosperidad. Si ello sucede, las ambiciones de ser un país industrial y con diversidad productiva se diluirán en buena medida: es incierto que la Argentina pueda tener futuro industrial sin una complementación con Brasil.

Es fundamental que la diplomacia nacional comience a reconstruir los puentes oxidados y dotar a la agenda bilateral de temas económicos y comerciales de mediano y largo plazo, que tengan autonomía técnica y no requieran de la sintonía ideológica. Como ejemplos pueden citarse desde la necesidad de actualizar el arancel externo común, trabajar sobre las perforaciones al mismo, simplificar los trámites aduaneros y reconocimiento mutuo de normativa técnica y sanitaria hasta comenzar a elaborar una estrategia común de integración al mundo o de financiamiento regional.

Esperar que la sociedad brasileña vote de tal o cual manera es demasiado caro. Y tampoco el Gobierno puede reducirse a ser el recadero de empresas particulares, y gastar las cartas de la diplomacia en hechos específicos que no formen parte de una estrategia inteligente.


Sobre el autor: Consultor de empresas y organismos internacionales en economía internacional y sectores. Candidate magister y Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de la Plata. Profesor de la Maestría en Dirección de Empresas de la UNLP.


REFERENCIAS 

[1] Sólo para ejemplificar, en 2012 el MERCOSUR suspendió a Paraguay para posibilitar el ingreso pleno de Venezuela al bloque, que no contaba con la aprobación del parlamento paraguayo. Y en diciembre de 2016, cuando los vientos políticos en la región habían cambiado de dirección, se decidió la suspensión indefinida de Venezuela con el argumento de no cumplir con la cláusula democrática del bloque (Protocolo de Ushuaia).

 

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