Qué momento el de la deuda

Por: Carlos Leyba


No es el único tema que nos preocupa. Siquiera creo sea el principal. Pero el “momento” de la deuda, sin duda, es el tema dominante de la hora. Otra vez lo mismo. Llevamos décadas empantanados en esta cuestión.

Hubo un tiempo en que los ministros de economía primero viajaban con destino a Washington y recién, al volver, anunciaban “su programa”. No fue una vez. Fueron varias. Los ministros llegaban con el problema de “la deuda” y el problema, supuestamente no estaba acá, estaba allá donde se resolvía el cómo de la deuda.

En esos tiempos el problema financiero externo siempre era grave, como lo es hoy, y el FMI, con sus condicionalidades - que rara vez se cumplían -, aportaba unos morlacos necesarios pero, sobre todo, el aval de la confianza que se transfería a los acreedores.  

Bueno o malo, ese trueque, promesas contra avales, hace tiempo desapareció de la escena. El FMI se negó aún frente a sus más fieles discípulos. Y la pasamos re mal. Pero, como ocurrió con Macri, puso mucho dinero reconociendo la baja probabilidad que sea cancelado. Concedió un crédito bajo presión política. Pero antes de eso, en otras vueltas del destino, tuvo actitudes más duras.  

¿Quién no recuerda la imagen del otrora poderoso Domingo Cavallo abandonado y condenado a hacer lo que nunca imaginó? “Corralito”. Siempre en Cavallo “la salida” fue por el costado, Así construimos la tragedia en os tiempos de Domingo Felipe.

Después el default del SXXI, el acuerdo K con el FMI, la negociación K de la deuda con el sector privado, la cancelación K de la totalidad del crédito del FMI. La cañería agujereada no reparada por la negociación de Néstor, la reapertura por Cristina de la negociación previamente cerrada, y finalmente el acuerdo con los hold outs por Mauricio con el apoyo generoso de la oposición. ¿Fue el final? ¿O la deuda es una serie en continuado?

El último default empezó con la presidencia de Adolfo Rodríguez Saa y culminó con la de Mauricio que lo dejó preparado para empezar: hoy nervioso en la gatera y a punto de largar.

El momento de la deuda se produce en la gatera y a punto de largar. Momento, su etimología y su uso en física, supone un movimiento que, “para detenerlo”, hay que aplicar una fuerza contraria porque su impulso inicial induce movimiento continuo.

La experiencia histórica nos hace pensar que en la deuda hay algo “casi autónomo” que la impulsa y la pone en movimiento hacia una pendiente que merodea la gatera del default. A veces se detiene, se reconduce, pero la pequeña historia nos informa que vuelve a empezar hasta un momento culminante llamado default en el que, aunque parezca mentira, todo vuelve a empezar Veamos.

Como sabemos lo que nos domina no depende sólo de nosotros; es aquello de cuya definición depende nuestro rumbo. Y la definición depende de las decisiones de otros.

En este sentido la deuda, el caso argentino de las últimas décadas, es el ejemplo de la heteronomía de las políticas económicas. Es decir el ejercicio de la autonomía de la política esta intervenido, desde el inicio, por una voluntad ajena; y a medida que el nivel de la deuda y su servicio, se hacen incompatible con la generación de superávit externo, la autonomía de la política económica declina.  

Los “otros actores”- dejando de lado al FMI - son los acreedores que, vía caída del precio de los bonos, podrían ser reemplazados por los temibles buitres. La presencia activa de los buitres es de alto riesgo: nos pone ante la Justicia de los Estados Unidos por la prorroga de jurisdicción que está en todos nuestros contratos. No es el caso de las deudas con el FMI: el conflicto, de existir, estaría en otra dimensión: los acreedores en ese caso son todos los países del mundo que reclamarían el default de una deuda cuyo origen, a su criterio, es el de un crédito “solidario” del organismo internacional establecido para eso.

Volviendo a la deuda con el sector privado, llegado a la instancia de la Justicia yanqui, el conflicto potencial puede generar consecuencias imprevisibles.

Entonces queda claro que “lo dominante” lo es porque establece un límite que no se puede trasponer sin costo mayor: el default culmina en la Justicia de otro país más allá de los obstáculos del mientras tanto.

Mientras estamos en camino siempre hay una puerta para alejarse del riesgo. Esto no significa que el “no pasa”, o la puerta cerrada, no implique costo para quien no nos deja pasar. Significa la consolidación de una pérdida mayor a la ya sufrida. Tampoco significa que el “no pasar” no implique costo para nosotros.

Pero la decisión “pasa no pasa” no depende de nosotros. Por eso la cuestión del “momento” de la deuda (el movimiento continuo sin fuerza que lo detenga) es el tema dominante.

Pero no es lo único que nos preocupa ni lo principal. Hagamos un ejercicio.

Imaginemos que por arte de magia nos fuera franqueada la puerta sin ningún costo. La deuda desaparece o bien queda congelada en una promesa de lejano pago futuro. No obstante, nuestros problemas más agobiantes seguirían exactamente donde están.

La desaparición de la deuda no implicaría ni la reducción de la pobreza, ni que la economía crezca a una velocidad de desarrollo, ni tampoco hará posible un Estado financiable y eficiente; y, ni remotamente, una balanza comercial y de capitales que permita reducir la pobreza, crecer y mejorar el Estado.

La realidad, presente y futura, es que no “pagamos” (ni los servicios ni el principal de la deuda) porque no tenemos superávit fiscal. Pagar - pagar” no puede ocurrir sin ello.

Pagar “es” superávit fiscal – para comprar dólares sin financiarse ni crediticia ni monetariamente – y “es” superávit externo, para obtener dólares sin endeudarse. Las dos cosas.

En consecuencia, si la deuda desapareciera y nada hiciéramos diferente a lo que estamos haciendo ahora (y desde hace añares), nada haría que se reduzca la pobreza, o se impulse la economía o se promueva el saldo positivo de la balanza comercial. La cuestión es “hacer algo diferente a lo que hemos estado haciendo antes y ahora” y de esa manera desechar la alternativa de más deuda.

La consecuencia de lo dicho es que, si la cuestión de la deuda dejará de ser dominante, los problemas que han dado lugar a la existencia de la deuda seguirían estando allí.

Y si los problemas subsisten, la deuda se torna inevitable como alternativa para desplazar en el tiempo aquello que, de otro modo, estallaría.

La deuda, más allá de las obscuridades a las que se la pueda asociar, ha sido siempre el puente para escapar por un rato de aquello que sin ella era de inmediato insostenible. Escapar de la olla para terminar en el asador.

Esto es así porque no es la deuda la causa de nuestros problemas, sino que nuestros males son la causa de la deuda. Hasta que la política no lo internalice no puede siquiera encarar el problema.

Nuestros males son los propios de una “economía para la deuda” que lleva años en construcción. Una construcción “original” porque ha consistido y consiste en destruir las estructuras productivas que nos hicieron un país casi sin pobreza, con pleno empleo, con avanzada distribución del ingreso, con una fuerte y creciente estructura industrial y un Estado que no representaba más del 20% del PBI y que no tenía deuda externa pública con el sector privado.

Al compás de la destrucción apareció la deuda: es un hecho. La conclusión es inmediata: para saldar la deuda es prioridad la reconstrucción estructural de una economía productiva, una economía de productores, una economía centrada en la inversión y la exportación. Esas son las fuentes del equilibrio fiscal y del equilibrio externo. Es decir, lo que permite renunciar al equilibrio ficticio y suicida del endeudamiento.

Desgraciadamente, la deuda por ser “lo dominante” y tener la autonomía de movimiento, la percibimos como “el problema” y “la causa”.

Los discursos ad hoc, para simplificar, unos leídos con el cristal financiero, los otros con el cristal político, concentran y agotan la energía en el tema de la deuda y - en ambos casos - generan la energía paralizante y el horror (no el error) de diagnóstico.

Es que no se trata de discurrir sobre la deuda sino sobre lo que está detrás. Se trata de identificar y de atacar la fuerza que la pone en movimiento. Un movimiento que, como hemos dicho, la hace inercial y dominante.

Llevamos 45 años en este menester de endeudarnos. Raúl Alfonsín la heredó y le estalló como hiperinflación. Carlos Menem la heredó y la aumentó mucho y le cambio para peor la estructura y le estalló como híper desempleo. Néstor y Cristina Kichner y Mauricio Macri heredaron el default, y los tres – en distinta proporción - negociaron la regularización. Néstor arregló con los bonistas, cerró el canje y dejó colgada una tropa; Cristina volvió a abrir el canje, negoció y dejó colgados a los que luego fueron los hold outs. Finalmente y como consecuencia de la inercia estructural de una economía forjada para la deuda, le entregaron a Alberto Fernández la triple amenaza del default, el riesgo de alta inflación y de alto desempleo.

La deuda, desde su mismo origen y en las sucesivas negociaciones, siempre ha sido contratada para “reparar”, “remediar”, “calmar” los males. Y sucesivamente los ha multiplicado.  La deuda a lo largo de estas cuatro décadas ha sido iatrogénica: el remedio ha sido y es peor que la enfermedad.

No es una conclusión “sorprendente”. Mas bien es obvia. Y sin embargo, en el discurso político y, en particular, en el discurso habitual de los colegas economistas, no se argumenta acerca de las “causas de la deuda”, no se lo diagnostica y por lo tanto no es lo que se intenta remediar. Por ello la deuda ha sido un arma letal a repetición aplicada durante 45 años.

El presidente ha dicho “nunca más” a la deuda. La pregunta que se impone es más allá de cancelar (acordar plan de pagos, etc.) y dar por terminada la deuda es ¿cuál es el diagnóstico de este gobierno respecto de las causas de la deuda y cuál es la estrategia de transformación sistémica que nos liberaría de ella, de recaer en el recurso? El Gran Desafío.

Nada dijo acerca de ello en la apertura de sesiones del Congreso de la Nación. Sí sugirió la idea de “desarrollo” para el Consejo Económico y Social. Es una promesa “para más adelante”. Entonces y por ahora, mientras esperamos en silencio la llegada del futuro deseado, volvemos al principio, al momento dominante de la deuda.

Llegados aquí hay que reconocer que más del 70% de los argentinos han nacido después del periplo de la deuda. Nacieron con la Argentina endeudada. Son muchos más (7 años más) que los nacidos en democracia.

Para la inmensa mayoría de los argentinos la democracia es el ámbito donde han nacido; y para muchos más, desde que nacieron, la deuda es el “momento dominante”. Deuda y Democracia.

¿Cómo y cuándo empezó?  La “deuda externa” - que no es un fenómeno exclusivo de nuestro país – comienza a partir de la “primera crisis del petróleo” (1973) la que genera un excedente financiero a nivel mundial reciclado (colocado a intereses) en términos de deuda de países del “tercer mundo”.

Con la dictadura comenzó el proceso de endeudamiento en el país, con entidades (al principio bancos) privadas internacionales. Con los años y ya en Democracia (en los 90), pasamos de deuda con Bancos, que concentraban los riesgos de manera peligrosa para ellos, a deuda con bonistas más difícil de negociar para el deudor.

La presión por endeudarnos estuvo asociada a la construcción local de una “economía para la deuda”. La deuda y “la economía para la deuda” surgieron y crecieron pari passu. No habría habido una sin la otra.

¿Cómo es la economía para la deuda? ¿Cómo empieza?

La doctrina JA Martínez de Hoz (replicada sin interrupción por todos los que le sucedieron) sostuvo que el arma letal contra la inflación era la apertura comercial ágil e indiscriminada.

La importación acompañada del atraso cambiario no abatió la inflación. Llegamos a importar carne de vaca. Le fue mal a la ganadería con Martínez de Hoz. El comienzo de la destrucción del aparato productivo fue muy intenso e impactante: la secuencia desempleo y extranjerización de empresas.

Como con el tipo de cambio atrasado, además de las condiciones anti industriales vigentes, se impedían operaciones de exportación, el financiamiento de las importaciones acrecentaba la deuda. La deuda (insólito) se practicó como herramienta anti inflacionaria que fracasó destruyendo la producción y el empleo nacional.  

La híper inflación indujo a la Convertibilidad. Pero como el problema real que está detrás de la inflación no se había aplacado, la estabilidad de la Convertibilidad se financió con deuda para incorporar importaciones “estabilizantes”. Se desestabilizaba la sociedad por el desempleo y pobreza.

El SXX terminó en la batahola del default. Esa mecánica de extinción colectiva llevó al retiro del mercado local de todos los excedentes financieros. La fuga de capitales es la medida del fracaso del diagnóstico y la terapéutica de la deuda desde 1976 a la fecha.

Los 400 mil millones de dólares fugados del sistema son la materialización financiera de las inversiones no realizadas en el país que nos habrían asegurado el pleno empleo.

Lo que no ha entendido la política es que sin proyecto de país no hay atracción inversora. “La política es tener ideas claras desde el Estado para la construcción de la Nación” J. Ortega y Gasset

Vivimos en una Nación con inmensos recursos y en un colosal desierto de ideas sobre el futuro. Esperemos que la necesidad imperiosa de tenerlo nos despierte. A todos.



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