¿Qué está pasando?

Por: Martín Astarita

El macrismo ganó las elecciones legislativas de octubre de 2017. Muchos, incluido el propio gobierno, interpretaron la victoria como un amplio aval a lo realizado en los dos años anteriores y como un espaldarazo a futuro. Se llegó a hablar de un macrismo hegemónico, que tenía el camino allanado para la reelección en 2019. Dos meses más tarde, en ocasión de la reforma previsional, una sociedad movilizada archivaba el proyecto delreformismo permanente. Apareció entonces, en la contingencia, el llamado “plan perdurar”.  

En una segunda instancia, hicieron su aparición los mercados que, desde principios de 2018 y con más vigor a partir de fines de abril, se manifestaron donde supieron hacerlo históricamente: en el dólar.En su refugio, gritan como consigna principal: basta de “gradualismo”. Todo les parece poco.En el medio, el macrismo quedó encerrado entre su deseo natural de satisfacer a los mercados y el límite político que le marcó la sociedadel pasado diciembre.

¿Qué está pasando? Cambiemos ganó las elecciones hace poco más de seis meses. ¿Cómo es que cambió todo tan rápido? En aquel momento de euforia, escribimos lo siguiente: “En esta nueva etapa que se abre, el gobierno deberá aprender a administrar el poder político conseguido. ¿Cuál será el ritmo que le imprimirá a sus reformas?¿Es el fin de lo que ellos mismos llamaron gradualismo? ¿Cómo responderá, por ejemplo, a las demandas de un empresariado ávido de reducir con premura los costos laborales o el déficit fiscal? Y como interrogante más en general, cabe recordar que Cambiemos enfocó esta campaña en la idea de consolidar el cambio en contra del pasado. Una vez despejados los obstáculos políticos, ¿el electorado pasará a ser más exigente con el gobierno?” (https://www.elloropolitico.com/articles/118/un-balance-preliminar/show).

En todos estos años, se ha rendido pleitesías a la técnica política del macrismo. Los timbreos, el manejo de las redes sociales, los focusgroups, han sido sumamente valorados por propios y extraños. El uso de estas herramientas, se dijo, era la manifestación palpable de un gobierno cercano a la sociedad, que interpretaba científicamente los deseos sociales y actuaba en consecuencia.

Sin embargo, el fetichismo de estas modernas técnicas dejó de lado la cuestión esencial en el análisis de cualquier herramienta: ¿cuál es su uso? Y lo que ha quedado claro es que este gobierno, lejos del pragmatismo con el que se auto-promociona, tiene una alta dosis de dogmatismo.Posee un programa definido de antemano, y solo recurre a conocer la opinión de la sociedad para saber a ciencia cierta hasta dónde puede avanzar.Las encuestas, focusgroups y otros instrumentos son utilizados para saber qué obstáculos encuentra en un camino ya decidido de antemano.Afirmar esto también implica desentrañar, en algún punto, la fórmula mágica del gradualismo, que consisteen avanzar en un programa de ajuste a distintas velocidades, en función de cuánta resistencia encuentra.

La forma en que el gobierno encaró la reforma previsional ilustra lo dicho. ¿Cómo es que un gobierno que se jactaba de conocer como nadie la sociedad argentina licuó gran parte de su capital político en apenas dos meses? No fue un problema técnico, de falta de información. El gobierno sabía que un cambio en la fórmula jubilatoria iba a encontrar resistencia. Frente a ello, actuó como en muchos otros casos. Ya en tiempos de campaña y luego durante el debate legislativo, surgieron desde el oficialismo una multiplicidad de mensajes contradictorios en torno a la posibilidad de dicha reforma. La post-verdad como modo de acción política: instalar un tema, ver cómo repercute en la opinión pública, en todo caso retractarse y volver a insistir tiempo más tarde con nuevos argumentos. A pesar del extendido rechazo, avanzó en la sanción de la reforma previsional.

Se dijo en su momento: fue un triunfo pírrico. Otras reformas como la laboral, que el Presidente pretendía aprobar, se trabaron en el Congreso. A partir de ello, el ajuste siguió en otras áreas (tarifas, devaluación, imposición de paritarias al 15%). Pero claramente, el ambicioso espíritu reformista post-elecciones quedó herido de muerte.

Tomar como punto de partida el resultado de las elecciones legislativas 2017 y la interpretación del mismo que hizo el gobierno, resultan fundamentales para comprender la génesis de la corrida cambiaria actual. Las tensiones dentro de los sectores dominantes, que como siempre en nuestra historia se evidencian en movimientos bruscos en el dólar, forman parte de fallas estructurales del modelo económico.

Poulantzas decía que el Estado se encarga de unificar a los de arriba y dispersar a los de abajo. Si el amplio rechazo ciudadano a la reforma previsional es parte de la dificultad de este gobierno para cumplir el segundo de los objetivos (dispersar a los de abajo), las tensiones cambiarias expresanla falta de efectividad en cuanto al primer objetivo (alinear a los de arriba). Una dinámica fallida que, por supuesto, se retroalimenta.

Hay una característica estructural de este gobierno que tal vez sea el corazón del problema: ¿de qué manera un gabinete poblado de CEOS y dirigentes empresariales puede presentarse como el representante del interés general? Este tránsito de lograr que el propio interés particular sea visto como el de la sociedad en su conjunto es ni más ni menos que la operación exitosa de la hegemonía. La clase capitalista, no por nada, ha recurrido históricamente a la burocracia para comandar los destinos del Estado, consciente de las dificultades que implica ser ella misma quien gobierna.  


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