¿Puede haber un Bolsonaro en la Argentina?

Por: Pablo Pizzorno

El contundente triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil no pasó desapercibido en la Argentina. El caudal de votos obtenido por el excapitán del Ejército, en el marco de la implosión del sistema político brasileño y de la proscripción judicial sufrida por Lula da Silva, lo dejó a un paso de ganar el balotaje del próximo 28 de octubre y abrió enormes interrogantes sobre el futuro de Brasil y de la región. En ese sentido, la pregunta surge inevitable: más allá de las peculiaridades de la política brasileña, ¿existen las condiciones para que la Argentina replique el ascenso popular de un candidato de extrema derecha?

En 2015, el triunfo de Cambiemos implicó la primera vez en la historia argentina que una fuerza política típicamente de derecha accediera al Gobierno nacional a través de los votos. Sin embargo, este país no registra la presencia de partidos de derecha radical que compitan con las opciones conservadoras clásicas, como ocurre, por ejemplo, en Brasil y Chile. La derecha autoritaria y jerárquica, más allá de haber integrado Gobiernos provinciales y provisto ocasionalmente de alguno de sus miembros a las filas de los partidos mayoritarios, no constituye en la historia reciente una fuerza política relevante.

En un estudio ya clásico de los años 80, Guillermo O´Donnell se preguntaba por los diferentes modos que asumía la sociabilidad política en Argentina y Brasil. Allí señalaba que la tradicional pregunta “¿Você sabe com quem está falando?”, frecuentemente oída en Río de Janeiro cuando un interlocutor pretendía marcar distancia social sobre otro, en Buenos Aires solía ser respondida con un taxativo “Y a mí ¿qué mierda me importa?”. Para O´Donnell, ese ritual de refuerzo de las jerarquías sociales, que reflejaba que en la historia brasileña las clases populares nunca se habían salido de “su lugar”, en la Argentina era neutralizado por las marcas de una sociedad más igualitaria y más movilizada, aunque escasamente institucionalizada. A tono con los tópicos de la transición democrática, O´Donnell se preocupaba por las formas de consolidar reglas de juego que permitieran superar lo que consideraba un modelo social corporativista y de escaso pluralismo, al que, sin embargo, no le costaba trabajo reconocer una condición igualitaria mucho mayor que la de su par brasileño.

Detrás de la matriz igualitaria argentina, muchas veces se advirtió una trayectoria de excepción en el contexto latinoamericano, asociada a un amplio sistema de protección social, una fuerte movilidad ascendente y al rol integrador del Estado como promotor de derechos sociales. La influencia de una clase obrera relativamente homogénea y poderosa a nivel nacional o, al menos, en los principales distritos industriales, también marcó una diferencia con Brasil, ostensible en las huellas que dejaron sus experiencias populistas clásicas: la ruptura del peronismo con su contexto social y político -y su perduración posterior- fue mucho más clara que la del varguismo, que encontró un límite a su intervención en la extrema regionalización del país y en el significativo menor peso de la clase obrera brasileña respecto a la argentina.  

La excepcionalidad argentina, sin embargo, se vio fuertemente alterada por las reformas neoliberales de los años 90. La desindustrialización inaugurada por la dictadura militar y las políticas de exclusión del menemismo generaron un proceso de “latinoamericanización” de la sociedad argentina, que vio disparados sus índices de pobreza, desempleo y empleo precario, y que empezó a advertir el quiebre de la relativa homogeneidad de su clase trabajadora. Este progresivo proceso de fragmentación -profundizado por la crisis de 2001 y atenuado durante el ciclo kirchnerista- generó las condiciones para nuevos y potenciales conflictos sociales, donde los discursos autoritarios y de estigmatización de los sectores más vulnerables no ocupan un lugar menor.

En este contexto, la actual crisis económica y la profundización de las desigualdades infligida por la gestión de Cambiemos son funcionales a la consolidación de un relato de resentimiento y hastío como el que reprodujo Bolsonaro con alto predicamento en las clases medias. Si bien es confortable pensar que las crisis sociales son oportunidades para la promoción de vínculos más solidarios y de salidas más igualitarias, la experiencia histórica revela prácticamente lo contrario. El desencanto, el pesimismo, el repliegue individual y el aumento de los prejuicios sobre las capas más pobres son fenómenos habituales en los modos de procesar las crisis de las clases medias urbanas.

En la actualidad ya existen nítidas señales de circulación de un discurso autoritario y clasista, de mucha mayor penetración en los espacios de cotidianeidad social que en los ámbitos institucionalizados (incluso el mediático, a veces señalado como el demiurgo de todos estos males) y fácilmente identificable en redes sociales. Esta clase de discursos todavía no encuentra cabalmente su representación político-partidaria, aunque adhiere a Cambiemos a falta de un exponente más idóneo. Sin embargo, esta serie de demandas, que reclaman mano dura a la delincuencia y represión a la movilización social, que repudian las políticas de protección a los más vulnerables por fomentar la “vagancia” y que profesan un antikirchnerismo rabioso, son un perfecto caldo de cultivo para la aparición de alternativas de la derecha más radicalizada.

Un referente ineludible de este sector es el periodista Baby Etchecopar, quien todos los días conduce el segundo programa de AM más escuchado de su franja horaria. Etchecopar, que acumula denuncias por sus dichos misóginos, hace poco insultó al aire a la dirigente Silvia Ponce, del Movimiento Evita de La Matanza, a quien ofendió y ridiculizó en el marco de una protesta de organizaciones sociales. Celebrado por su público, el periodista también protagoniza un show teatral en el que destila su odio a pobres y delincuentes, además de protestar con fiereza contra una clase política que no asume con decisión sus reclamos de mano dura y de represión a la protesta social.

El sistema político argentino hoy no recoge con nitidez la existencia de este discurso circulante en una parte de la sociedad. Por el contrario, las fuerzas políticas mayoritarias tienen, por ejemplo, un consenso sobre la vigencia de la Asignación Universal por Hijo mucho mayor al palpable en diversos estratos sociales. La tibieza en la represión a la protesta social también es una veta de reclamo de votantes desencantados del macrismo que, a tono con los anhelos de la ministra Patricia Bullrich, preferirían un manejo mucho menos cauteloso de las fuerzas de seguridad en las manifestaciones urbanas. De este modo, podría decirse, a lo Germani, que hay “masas disponibles” para ser interpeladas por un discurso jerárquico y clasista que reclame orden social y saneamiento del sistema político. En ese caso, sin duda no faltarán sesudos observadores de focus groups que puedan sugerir esa clase de repertorios para sus clientes alicaídos en intención de voto.

¿Hay tiempo para la emergencia de un liderazgo alternativo a lo Bolsonaro que encarne estas clase de demandas? Con las condiciones dadas a mediano plazo, hoy parece improbable que un outsider surja de cara a las elecciones del año que viene. No obstante, el fracaso de la gestión económica de Cambiemos y la profundización de la crisis puede abrir la puerta a una radicalización de sus adherentes decepcionados. Quizás por eso, el presidente Macri parece preocupado últimamente en atender las preferencias de este núcleo duro. El homenaje que le rindió al parrillero que no pudo llegar a trabajar por un piquete y la defensa de los pizzeros oficialistas agredidos en redes fueron claras señales en ese sentido. En el último caso, el presidente destiló una virulencia poco habitual al hablar de un “veneno social” y en hacer un llamado a “aislar a las personas envilecidas que buscan el fracaso de los demás”. No faltó quien identificara una lamentable coincidencia de estas declaraciones con expresiones similares registradas en una obra muy conocida: el Mein Kampf, de Adolf Hitler.

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