Postpandemia: problemas complejos y respuestas equivocadas

OPINIÓN. Para pensar en torno a la lucha contra el coronavirus y superar la crisis: ¿qué país de los que hoy pueden ser tomados como ejemplo siguieron las recomendaciones económicas del macrismo?

Durante los últimos días hubo un auge en las columnas de opinión que pretenden ilustrar sobre los posibles caminos que la Argentina debería seguir para salir de las diversas complicaciones que le impone la crisis global del COVID-19.

Aquí nos interesa discutir una línea argumentativa particular que busca dar cuenta de la forma óptima en la que el gobierno tendría que administrar el aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Sintéticamente, lo que los autores proponen es lo que denominamos “una deriva tecnocrática” al plantear que el Estado nacional tendría que realizar campañas de tests masivos, identificar a todos los individuos infectados para luego aislarlos hasta que se recuperen y, finalmente, permitir la actividad económica de forma proporcional al espacio “libre de virus” que se iría conociendo a través de los testeos.

Fácil, ¿No? “El problema nunca visto que sumergió al mundo en la incertidumbre es sencillo de solucionar. El que no puede es porque no quiere.” es la conclusión, implícita o explícita, de este razonamiento. Pero retomando la célebre respuesta de un eminente científico a una legisladora: “No, no está bien, está mal”.

La “deriva tecnocrática” tiene serios problemas en, al menos, cuatro vertientes: 1) la operativa, 2) la biológica, 3) la geográfica y 4) la económica.

Por el lado de lo operativo: de entrada, los autores tienden a comparar a la Argentina con países que cuentan con recursos y capacidades estatales superiores. El caso típico es el de Corea del Sur: que cuenta, no debería ser necesario aclararlo, no sólo con una riqueza superior a la nuestra sino con un complejo de científicos y de salud más desarrollado debido a una larga trayectoria de financiamiento público al sector.

También, los ciudadanos de Corea del Sur pertenecen a una tradición política que dista de la vernácula, estando caracterizada, entre otros factores, por la transformación del Estado durante la Guerra Fría y por presentar una sociedad civil con normas de comportamiento radicalmente distintas a las nuestras (dentro de esto se incluye su relación con el Estado nacional y la obligatoriedad servicio militar obligatorio para hombres, por supuesto). Es cierto que un listado de diferencias podría continuar hasta el infinito, pero consideramos que lo dicho hasta aquí debería ser suficiente para que la idea de “importar modelos” sea puesta en duda.

Saltando, ahora, a la cuestión biológica: el argumento presentado desconoce que la información que se posee sobre el SARS-Cov-2 es escasa y no concluyente. Sabemos que es de transmisión rápida, que es letal y que no tenemos tratamientos ni vacunas. Desconocemos los detalles sobre la respuesta inmunológica de nuestros organismos y de su relación con otros seres vivos.

A pesar del vacío de conocimiento que se tiene, los defensores de esta propuesta asumen que pueden administrar la cantidad de infectados. Algunos, un poco más realistas, se atreven a aceptar un riesgo enorme que creen puede ser controlado a través de un sistema de salud que no llegue nunca al punto de saturación. Al no poder prever las dinámicas de contagio, queda claro que la vertiente tecnocrática es una apuesta de alto riesgo incluso en sus mejores versiones.

Tercera: la geografía. Puertas adentro, la cuarentena dio resultados positivos en cerca de 19 de 24 provincias de la Argentina, lo que muestra un sesgo AMBA-céntrico en quienes escriben. Es cierto que, debido a la incertidumbre biológica, la salida debe ser paulatina incluso (o: en especial) en estos casos, pero hay motivos para ser optimistas: algunas de estas provincias ya cuentan con el 80% o más de su actividad económica en marcha sin nuevos enfermos de coronavirus. Lo que demuestra que la forma actual de aislamiento rindió frutos que no deben ser despreciados.

Puertas afuera, la situación de Argentina es más compleja: el país se encuentra en la región que se convirtió en el nuevo foco de la pandemia. Dos de sus vecinos, Chile y Brasil, están atravesando momentos muy difíciles. Esto impone riesgos distintos y aumenta la incertidumbre. Por ejemplo, ¿Cómo garantizar que no habrá nuevos casos importados? Y, en el peor de los escenarios: ¿Cómo sabemos que no habrá migrantes desesperados hacia zonas libres de COVID-19?

Finalmente, por el lado económico, lo que repite la vertiente tecnocrática es el preconcepto del cual se derivan casi todas sus conclusiones lógicas. Esto es: la existencia de una especie de eficiencia en los agentes que genera una tendencia hacia el óptimo del sistema en el mediano o largo plazo, desconociendo todo tipo de restricción real.

Así, el Estado podría hacer uso de sus supuestas capacidades, el virus sería algo homogéneo y no problemático, y la economía nacional volvería a la normalidad una vez superada esta coyuntura. Pero esto también es cuestionable: Argentina no existe por fuera del mundo. Y el hecho de que hay países que vieron caer su actividad económica a pesar de haber recurrido a medidas de aislamiento más laxas (como el caso de nuestro principal socio comercial) repercute en el nivel de actividad interno. Recientemente, The Economist, al pasar lista del daño hecho por la pandemia al comercio global, se atrevió a preguntar si el COVID-19 mató a la globalización.

Incluso imaginando que el virus desaparece por arte de magia: ¿Cuál sería el motor de crecimiento de las distintas economías? Las fábricas no levantarían las persianas y volverían a emplear trabajadores si no se recompone la demanda por sus productos. No sería sorprendente que muchos de estos mismos autores critiquen que, llegado el momento, el Estado busque impulsar la reactivación económica a través de aumentos significativos del gasto público.

Al exponer las ideas y sesgos subyacentes en la postura tecnocrática en auge (léase: un Estado cuyas capacidades y recursos dependen de la voluntad de quienes gobiernan, un virus que se comporta de forma predecible, la consideración de que Argentina es una unidad homogénea y aislada y, finalmente, que la vuelta a la normalidad económica es segura) queda claro que la situación es verdaderamente complicada y que estos autores, lo único que hacen, es darle a un problema complejo una solución simple que está equivocada.

Para cerrar: no podemos dejar de resaltar la incomodidad que nos genera el hecho de que muchos de estos autores hayan sido partícipes del macrismo, apoyando públicamente sus medidas o, incluso, colaborando en su aplicación. Como ya sabemos, el daño sobre el bienestar de la población fue generalizado y motivado por ideas absurdas sobre una austeridad económica que sería expansiva.

Ese punto de partida obligó al gobierno actual a hacer un esfuerzo aún mayor. Recordemos que el Malbrán tuvo su presupuesto más bajo en 2019 o el ajuste en el CONICET, entidad bastardeada que recientemente presentó un test más eficiente que el resto de los disponibles.

Y vale preguntarse: ¿Qué país de los que hoy pueden ser tomados como ejemplo siguieron las recomendaciones económicas del macrismo? China y Corea del Sur seguro que no. Brasil es, desde hace unos años, el caso más similar. Y si fuera un ejemplo, sería de lo que no hay que hacer. Seamos coherentes. Lo urgente es reconstruir las capacidades del Estado argentino y para eso se necesita un acuerdo político amplio.

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