¿Por quién desdoblan las campañas?

Por: Tomás Aguerre

Tomemos dos características del sistema político argentino. 

Tenemos, por un lado, un sistema presidencialista que le otorga a la figura del presidente amplios recursos institucionales para el ejercicio del poder. Los mismos permiten, a la vez, concentrar otro tipo de recursos complementarios: simbólicos, económicos, políticos, entre otros. 

Por el otro, un sistema de partidos que en los últimos treinta años de democracia ha tenido una tendencia hacia la desnacionalización o territorialización. Es decir, partidos “cada vez más provinciales” que actúan como una federación frente a elecciones nacionales pero que el resto del tiempo divergen su agenda local de las consideraciones nacionales. Como sostiene Varetto en su estado del arte sobre el análisis del sistema de partidos argentino, la política subnacional se vuelve entonces ya no un dato sino una parte constitutiva de cualquier explicación sobre nuestro sistema político. El análisis político suele, sin embargo, correr de atrás a esta consideración: una vez pasadas las elecciones, empieza a notar que “tal provincia” definió la elección. 

Pero, ¿cómo interactúan estas dos características del sistema político? Si, por un lado, tenemos un centro fuerte -el presidente- y por el otro unas provincias “autonomizadas” en términos de sistema partidario, seguramente tendremos como resultado una relación al menos tensionada. 

El debate que durante estas semanas hemos vivido sobre la cuestión del calendario electoral parece haber puesto de manifiesto esa tensión constitutiva de la política argentina. Pero lo que es constitutiva es la tensión, no el resultado. Y el resultado no parece haber sido el más favorable para los intereses del oficialismo. 

La dispersión del calendario electoral es un resultado, entre otros factores, de la desnacionalización del sistema departidos. La democracia argentina comenzó con elecciones de simultaneidad perfecta en 1983 y fue creciendo en dispersión hasta tocar su punto máximo en el 2003. 


 

Al día en que esta nota se escribe, cerca de quince provincias han decidido desdoblar su calendario electoral de las elecciones nacionales. 

Esto tiene muchas lecturas posibles pero una significativa para mirar al actor central de la política argentina que es el presidente de la Nación. Del total de distritos que la alianza electoral Cambiemos controla, el 50% ha decidido desdoblar (sin contar Corrientes que este año no elige gobernador). El dato dice algo sobre el funcionamiento de la coalición: si tomamos CABA, PBA, Mendoza y Jujuy, observamos que las dos últimas, controladas por el ala radical de la alianza, decidieron desdoblar. Los ejecutivos en cabeza del PRO, en cambio, acompañarán la suerte del presidente, no sin alguna pública y notoria intención de ir hacia la estrategia contraria en el caso de la gobernadora María Eugenia Vidal. 

El análisis político que diagnostica cotidiana y exageradamente la escena nacional perdió de vista estas semanas que Jujuy y Mendoza decidieron desdoblar su elección a un mes de la cumbre en Cumelén: allí el presidente, consignan los diarios, les pidió a los respectivos gobernadores (Morales y Cornejo) unificar las elecciones. 

Tensiones similares vive la coalición oficialista en provincias como Córdoba, Catamarca y Santa Fe, por mencionar algunas. En esta última, la Unión Cívica Radical debió ser intervenida por la Mesa Nacional, a instancias del propio Cornejo, para evitar una alianza del partido con el socialismo de la provincia. Y la tensión toca límites no antes explorados con una posible candidatura nacional del radicalismo en las internas de Cambiemos. Eso podría poner a la estrategia electoral que diseña la Casa Rosada en un aprieto si, en vez de discutir solo con la oposición, tuviera que discutir también internamente el rumbo de la coalición de gobierno. 

Ninguno de todos estos datos determina un resultado por sí mismo (acaso ningún dato lo haga). Sin embargo, dice algo sobre el estado de la cuestión en las filas oficialistas. En los últimos meses, muchos se preguntan cómo es posible que un oficialismo con malos indicadores económicos “no sienta” una caída en términos de opinión pública. Al respecto, quizás sea necesario cambiar el indicador que buscamos. En vez de buscar la correlación directa entre indicador económico e imagen positiva del presidente, tal vez valga la pena mirar qué pasa, por ejemplo, para que un oficialismo no pueda unificar la fecha de sus elecciones siquiera dentro de su propia coalición. Quizás eso nos permita ver que la tesis de la infalibilidad tiene agujeros.

Ninguno de los datos anteriores determina resultados electorales puestos de antemano. Apenas, intenta decir que una de las ventajas de los oficialismos argentinos ha sido siempre la de “preparar el terreno” en el que se van a jugar las elecciones. Esta primera ventaja llamada calendario electoral parece haber sido desaprovechada por el oficialismo nacional. Quedan otras, todavía.

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