Políticas económicas: lo que se lleva la pandemia

Explosión del desempleo y de la pobreza, desplome del PBI, caída del comercio internacional, multiplicación de empresas zombis, el eventual reflujo de la pandemia podría dejar un panorama desolador. Mientras tanto, gran parte de la actividad económica a nivel global sigue mantenida con pulso por la intervención pública, evocando economías de guerra.

¿El redescubrimiento de las políticas industriales?

Las grandes crisis no resetean necesariamente el mundo pero ciertamente ofician como catalizadoras de las tendencias previas. Una de estas era el declive de la globalización con su rechazo creciente por los votantes de los mismos países centrales y el retroceso de las cadenas globales de valor. Un proceso que se había iniciado en los años ochenta con la financiarización de la economía que creció hasta que la gran crisis de 2008 pulverizó el mito de la eficiencia de los mercados financieros para autorregularse. Desde ahí, estos últimos nunca lograron dejar de lado su adicción a los estimulantes ofrecidos por los bancos centrales. En este sentido, la declaración de Boris Johnson "there is such thing as society" en el clímax de la crisis sanitaria escenificó el cierre de un ciclo.

Ahora un conjunto de gobiernos europeos de todos signos políticos parece redescubrir la necesidad de las políticas industriales con un rol protagónico para el Estado. La presidenta de la BCE se mostró a favor para que su acción se canalice hacia sectores claves para mitigar el riesgo climático, abjurando de paso del dogma de la neutralidad monetaria. Un giro copernicano para la Unión Europea cuyo fervor en amputar las facultades del Estado en el nombre de la competencia libre y no falseada asombraba en otras latitudes.

Así, al mismo tiempo que el continente europeo se convertía en la meca del proyecto neoliberal, la emulación del renacer japonés sentado sobre la estrecha relación entre el MITI y la industria nipona ocasionó el ascenso de toda una generación de dragones y tigres asiáticos. China seguramente sea un caso extremo ya que la intervención del Estado rige hasta en su esfera financiera donde las ofertas públicas de venta en bolsa tienen que mostrar conformidad con la política industrial diseñada en los planos quinquenales. El hecho de que gran parte de la rivalidad sino-norteamericana se originó en el lanzamiento en 2015 del programa “Made in China 2025”, apuntando al liderazgo en sectores tecnológicos de punta, muestra la credibilidad de la que goza el gigante asiático para alcanzar metas por fuera de la libreta ortodoxa.

La economista Mazzucato ha mostrado que en los Estados Unidos también, la intervención pública, lejos de limitarse a arreglar las fallas de mercado, impulsó nuevos sectores estratégicos. Otra constante de la primera potencia mundial ha sido su uso de la compra pública para apalancar el desarrollo de una industria local. Biden y su promesa de compra nacional por 400 mil millones de dólares se hizo eco del “buy american act” de 1933 replegado en los años Reagan en programas orientados a pymes norteamericanas con el resultado nada desdeñable del que se llevaban todavía el 40% de los mercados públicos en 2006 [1]. Esta continuidad bipartidista se combina con una agresiva doctrina jurídica extraterritorial muy alejada del fair play liberal. Esto no ha impedido a Estados Unidos evangelizar recetas que no se aplicarían nunca como las del Consenso de Washington que sirve todavía de brújula a no pocas elites del Sur global.

En una región ya azotada por las desigualdades y el estancamiento económico, la pandemia vino a profundizar las vulnerabilidades de los países latinoamericanos. El tratado Mercosur-UE en su versión actual cimenta esta situación al prohibir toda medida preferencial hacia empresas locales para la compra publica a pesar de las profundas asimetrías existentes entre los dos bloques regionales. Un ejemplo más de cómo países emergentes pueden verse obstaculizados para desarrollarse por países centrales “pateando la escalera” según la famosa expresión popularizada por el economista coreano Ha Joon Chang.


Una nueva oportunidad para Sudamérica 

Mirar el capital natural per cápita es imprescindible para entender la importancia de una industria con peso en la creación de puestos de trabajo. Efectivamente, este indicador es un excelente proxy de la cantidad de personas que pueden vivir de la mera explotación de los recursos naturales en una economía. No es casual que los países más poblados eviten aperturas indiscriminadas, es que no hay tratados que puedan aportar estabilidad si se descuida el impacto sobre el empleo formal. Bajo este concepto, el “plan Australia” imaginado por la administración Cambiemos no podía ser otra cosa más que una quimera. Así, comparativamente con Argentina, el país oceánico cuenta con el triple de superficie con importantes recursos naturales por la mitad de población.

Ahora bien, el cambio climático representa un desafío todavía más fuerte que la pandemia y de hecho ya constituye el driver de las políticas industriales que están refloreciendo en el mundo entero. Sudamérica se beneficia tanto de recursos naturales de clase internacional, es decir ofreciendo tasas de retorno para proyectos energéticos relativamente superiores a otras regiones, como de insumos críticos para las nuevas tecnologías limpias asociadas a la transición energética. Esto abre oportunidades de desarrollo industrial montado sobre esos recursos naturales si se determina encadenarlos con clústeres regionales.

Más allá de la factibilidad de relanzar una integración regional sobre lo que debería ser un interés compartido, Argentina ya dispone de una envidiable distribución territorial de recursos naturales y de capacidades industriales locales, como en los sectores eólicos, nucleares y de software, para llegar a la neutralidad de carbono. Pero todavía hay más: la emergencia de nuevas tecnologías con fuerte potencial en el país como la termosolar de concentración o las que están detrás del hidrogeno verde, vislumbrado este último como el combustible del futuro. Estas tecnologías, al no ser todavía maduras, no surgen de las señales de mercado, que a la manera de la observación de las estrellas suelen proveer una información obsoleta, pero ofrecen la oportunidad de subirse a nuevas oleadas tecnológicas llevando a auténticos saltos estructurales en términos de desarrollo.

Para ello, es necesario arrancar desde las capacidades industriales existentes, tener en cuenta cuales son las tecnologías que ofrecerán mayor rendimiento dados los recursos naturales del país pero sobre todo articular y ordenar los distintos sectores concernientes con una hoja de ruta integral del Estado. Obviamente, implementar los mecanismos y herramientas para alinear las fuerzas sociales no es un desafío menor. Pero tal vez el paso más costoso sea el primero: construir el consenso para iniciarlo.


Sobre el autor: Adrien Sergent es Ingeniero Eléctrico (INSA Lyon), licenciado en Ciencia Política (UBA) y miembro de Fundación Meridiano.


REFERENCIAS

[1] Evaluation of SMEs’ access to public procurement markets in the EU. Specific contract No ENTR/E4/04/93/1/07/1 coordinated by DG Enterprise and Industry of the European Commission, Final report submitted by GHK and Technopolis.

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