¿Podemos culpar a la obra por los pecados de su autor?

Por: Tatiana Raicevic

El mes pasado, en un artículo publicado en el diario El País de España, el célebre escritor Mario Vargas Llosa dictaminó que “el feminismo es hoy el enemigo más resuelto de la literatura” y que puede hacerla “desaparecer”. ¿Por qué ese temor? Porque, a primera vista, el hecho de que las mujeres hayan empezado a denunciar a varones de renombre lleva a confundir obra con autor y genera una pugna poco útil a la cultura.

Más allá de lo reaccionario del artículo, titulado Nuevas inquisiciones, y de que sus apreciaciones no son para nada inocentes, el autor de La ciudad y los perros sí vuelve a poner en escena una polémica que, desde hace mucho tiempo, da vueltas entre teóricos y artistas: ¿puede culparse a las obras por los pecados de sus autores?

El ejercicio de resignificación sobre determinados hechos que muchas mujeres están haciendo permite replantear conductas sociales que estaban naturalizadas y que era impensado denunciarlas en su momento. La condena social —y, en el mejor de los casos, judicial— debe existir pero: ¿qué hacer con las películas de, por ejemplo, Kevin Spacey y Harvey Weinstein? ¿Qué hacer con las novelas de autores cuestionados por su misoginia?

Según Vargas Llosa, las “feministas radicales” —porque el señor busca separar a las “buenas” feministas de las aparentemente destructivas— serán las responsables de la “muerte” de la literatura debido a la exigencia, en España, de sacar de los programas educativos a los autores cuestionados. Ni hablar de que, a simple vista, esta no es la “solución” más feliz. Todos recordamos las quemas de libros, las listas negras, la censura y no es algo a lo que se quiera volver. Se trata de abrir canales de análisis, no de prohibir. Pero de ahí a acusarlas de buscar la “desaparición” de las artes es demasiado.  

Ahora, tal como lo expresó Martín Kohan en su columna de Eterna Cadencia, la literatura “no queda exenta, al amparo de una pretendida inmunidad prestada por su condición artística, de los debates ideológicos y políticos que quieran planteársele”. Sin embargo, censurar textos o cancelar la última temporada de House of Cards es lo mismo que organizar una lista negra. Estaríamos culpando a la obra por los pecados de su autor.

En tiempos en los que la vida privada “vende”, y mucho, la excelencia de la obra de arte no puede contra todo. Ya no es tan clara la separación del autor de su obra. Y eso que se han escrito kilómetros de papel sobre la idea de que la obra de arte no siempre responde a la ideología de su autor.

También es cierto que hay “crímenes” y crímenes y que su “tolerancia” o repudio dependen de cada uno de los lectores o espectadores. La perspectiva histórica nos ha enseñado que ciertas líneas de pensamiento responden a una época particular y que mirarlas desde una mirada actual es cambiar el prisma y darle una lectura equivocada. 

Muchos se reían con Guillermo Francella y su sketch de “La nena”. ¿Creés que te puede causar gracia hoy? Es probable que no. ¿Pondrías en el guión de una novela una escena en la que el protagonista le pega una cachetada a su pareja de la ficción como una conducta natural? No, no lo harías. Eso no significa que crucifiquemos a Francella, a Arnaldo André o a los guionistas. 

Pero, ¿qué hacemos hoy con las obras de abusadores? ¿Desde qué perspectiva se puede “aceptar” un delito como lo es el abuso sexual? No es lo mismo comulgar o estar en las antípodas del pensamiento político de un escritor o de un director o actor y aún así apreciar su obra que de un pedófilo.

Cuando se trata de censura debido a ideología política, las voces se levantan para hacer una separación entre obra y autor. Ahora, ¿es lo mismo cuando hay delito? ¿Cuando el artista es pedófilo, violador, golpeador o femicida? 

Hay algo en lo que existe cierto consenso y es que los varones entiendan que ciertas prácticas traen consecuencias, en la opinión pública y también en sus trabajos. Hoy, el clamor popular o los reclamos populares anteceden a la Justicia.

Estamos en un momento en el que la gente es enjuiciada socialmente antes que legalmente. Quizás en unos años el arbitrio social no sea necesario y el sujeto jurídico pueda separarse del autor textual. Hoy esto parece difícil: la ley todavía no reaccionó al cambio de paradigma que produjo el feminismo en los últimos tiempos.

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