Pesadillas y sueños

Observamos a unos actores enfrentados, montados sobre un escenario en el que el grito, ya que no la palabra, es el único signo de llamado. No hay ni apelación, ni convocatoria, solo gritos enfrentados.

De sueños, en esta Argentina que vivimos, no se habla. No hay diálogo sobre lo que queremos ser.

En consecuencia, no hay, en el camino que estamos obligados a recorrer, rastros, huellas, pasos que señalen o que interroguen o que al menos vacilen, sobre el hacer.

Nada ni nadie nos convoca al hacer y, sin embargo, todos estamos frente a un desmoronamiento irrefutable. Desmoronamiento de la reflexión.

Estamos reducidos a ser espectadores de un conjunto de actores sin argumento. No hay obra en desarrollo. Entonces no puede haber representación.

Solamente observamos a unos actores enfrentados, montados sobre un escenario en el que el grito, ya que no la palabra, es el único signo de llamado. No hay ni apelación, ni convocatoria, sólo gritos enfrentados.

No es extraño que en este marco todos los dirigentes, todos, tengan más rechazo que aceptación. Es lo que dicen las encuestas. El signo negativo del rechazo supera largamente al positivo de aceptación de todos y cada uno de los dirigentes de todos los ámbitos.   

Los programas de radio, los de mayor audiencia; las notas editoriales de los diarios de mayor circulación nacional; los canales de televisión que transitan la política, la economía y la vida colectiva, todos esos medios de comunicación son verdaderos escenarios de riña.

Unos de un lado, otros del otro.

La amplificación, la reverberación, del grito sin argumento, de la ausencia del pensar en hacer, es la única propuesta ante las agobiantes desgracias sociales que son inconmensurables. Una gran parte del periodismo de opinión se ha simplificado a este episodio binario de la grieta.

No se habla de sueños porque estamos instalados en la pesadilla incongruente, patética de nuestros fracasos que generan la progresión de la decadencia.

No hay búsqueda generosa de las causas verdaderas, de los tratamientos posibles, sólo una luces poderosas que enfocan a los culpables elegidos y ese haz de luz poderoso, obscurece la verdad. De tanto buscar culpables dejamos la verdad en las sombras.

En esa zona oscurecida, por los reflectores que eligen los culpables, se pierde la consciencia de nuestra decadencia.

El mensaje es que el desplazamiento del culpable será el primer paso de un progreso que solamente estaba obturado por ese culpable.

Esa obscuridad de las razones y las causas, es lo que nos impide indagar sobre el origen del mal y encontrar los rastros, las huellas, los pasos de nuestro extravío.

No es por ahí. Lo que necesitamos de los dirigentes es que, más allá de la búsqueda de las culpas, se jueguen a acordar un sueño colectivo.

De lo contrario vamos a la tragedia, agitada en estos días por el combate en la Justicia, las consecuencias de la pandemia y el peso de la grieta que nos aproxima al abismo.

Sin proyecto colectivo la fábrica de pobres es imparable, la pesadilla de la fuga de cerebros y de capital son incontenibles.

Sin embargo ¿de qué hablamos? Los “medios” nos exhiben apariencias terribles de la cofradía de jueces que, como de los curas, uno espera una vida “ejemplar”.

La peste, la pobreza, el estancamiento, la inseguridad, la inflación son jinetes de un apocalipsis pendiente. Todos y cada uno de ellos necesita una acción, un programa, una convocatoria.

Pero la vida de los jueces, la cuestión de la justicia, va y viene y siempre desplaza la respuesta a esos jinetes que están haciendo estragos todos los días. La Justicia es tapa de diarios, es debate televisivo, es monserga radial.

Es que muchos de los jueces son conocidos por el escándalo. Lamentable. Dramático para un sistema desprestigiado.

“La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino que debe aparentarlo”. Las formas importan. Las apariencias no definen y a veces engañan. Conversemos sobre esto que también es un jinete que tiene una marcha devastadora. Veamos.

Al igual que la conducta privada de Mirabeau, que inspiró a José Ortega y Gasset para señalar la diferencia entre la “moral del grande hombre” y la “del hombre común”, deberíamos distinguir las conductas de los jueces y la moralidad de sus decisiones.

Por ejemplo, haber jurado por el Estatuto de la Dictadura Genocida no hace perversas, a priori, las sentencias del Juez Raúl Zaffaroni.

Aclaremos, “La culpa no es del chancho sino de aquél que le da de comer”. Los que eligen jueces son los senadores. Desde 1983 una contundente mayoría bajo el nombre “peronista”.

Decir peronista dice poco desde lo ideológico, cultural o político. Importa aclararlo para deslindar las razones de la elección, por ejemplo, las razones de la “servilleta”. Veamos.

Fueron y son, diversas las interpretaciones y compromisos de esa “denominación electoral” desde que su fundador negó, sabiamente, tener herederos.

Con “Mi único heredero es el pueblo” Perón “desheredó” interpretando las causas testamentadas del Código Penal: injurias en los hechos, atentado contra la vida de las ideas, deformaciones criminales de su legado.

¿Independencia económica desde las relaciones carnales al acuerdo chino?

¿Justicia social gobernando el 68% del tiempo y pobreza de 42% de la población?

¿Soberanía política aceptando la acción directa de lobbies y sordera a las demandas populares? 

¿Cómo entender que la misma bandera postule ora la guerrilla para llegar al socialismo, ora el capitalismo salvaje a la menemista? ¿O un poquito de socialdemocracia con el Frepaso y un mix de todo eso, con lenguaje autoritario y el culto a la personalidad, en el kirchnerismo? ¿O el plato fuerte de La Cámpora reivindicando, con la elección de su nombre, al traidor que le usurpó a Perón el mandato de las elecciones?

Por todas esas razones no nos va a ser fácil entender “qué mayoría de razones” fundamentaron la elección de los jueces.

Pero sí será fácil entender que los jueces certifican su conducta con sus decisiones si es que las mismas son en base a pruebas y testimonios y conforme a la letra y al espíritu de la ley.

Una conducta privada impoluta del juez no certifica la justicia de sus fallos.

Y apariencias espantosas no certifican la injusticia de sus fallos.

“Dime con quién andas, decirte he quién eres” (El Quijote). En el candelero están las visitas de jueces al Presidente Mauricio Macri. Formas lamentables y señales condenables.

Pero todas las visitas (aún las no registradas) nada dicen sobre la justicia de los fallos de esos jueces. ¿Los ponen en sospecha? Puede ser.

Todos los fallos están sometidos a sospecha de error. Existen las apelaciones y los fallos son públicos.

No son “las apariencias” (obscenos partidos de Padle en Olivos) las que derrumban la calidad de los fallos.

Lo que sí debe confirmar o denegar, la calidad de esos fallos es la cadena de apelaciones. Con precisión Horacio Verbitsky señaló respecto a juicios a funcionarios que “Si se suman todas las instancias del proceso penal hasta la decisión definitiva de la Corte Suprema de Justicia habrán intervenido en la causa … no menos de diecisiete jueces y seis representantes del Ministerio Público Fiscal. Más allá de la opinión que pueda merecer cada uno de esos veintitrés magistrados … nadie puede poner en duda … que están dadas todas las garantías de transparencia y ecuanimidad. Es decir, hay un sistema que pese a sus imperfecciones funciona, aunque una absolución dentro de varios años no compensaría un procesamiento ahora “ (Página 12, 15/6/2014). Presidía Cristina.

No es lo que piensa el secretario de Justicia Juan Martín Mena. Con el periodista Luis Novaresio, dio por obvio que las visitas a Olivos y la Rosada, eran suficiente para hacer caer las decisiones de esos jueces en todo aquello que afecta a Cristina, su familia, empresarios y funcionarios del kirchnerismo.

Amplio de criterio, el secretario Mena, reconoció que “los bolsos de José López” eran un hecho delictivo. Estrechó su mira y no mencionó, ni como hechos ni como indicios, la fortuna de aproximadamente 70 millones de dólares que le fue detectada – y parcialmente embargada - a Daniel Muñoz, que pasó su vida en una ciudad que llegó en los 2000 a 80 mil habitantes, la mitad del Barrio de Belgrano, y básicamente hogares sostenidos por empleados públicos. Difícil hacer allí honestamente plata grande.

¿Hay registro que los pesitos los ganó antes de ser secretario privado de Néstor Kirchner? ¿O después? ¿O cómo?

¿Mena no considera indicios  la trayectoria de Muñoz?¿No lo inquieta que nadie del entorno pregunte el “cómo”?

Para Mena  la vertiginosa fortuna de Lázaro Baez, amasada en los 12 años de gestión de los Kirchner, no requiere explicaciones. Y tampoco le resulta necesaria aclaración alguna del origen de la no menos vertiginosa fortuna de la familia presidencial.

¿La única explicación de los problemas legales discutidos es que algunos de los jueces que participan en el intringulis hablan, hablaron, juegan, jugaron con Macri?

Si Mena, funcionario para la Justicia, entiende que no son sólo las de los ex funcionarios las únicas fortunas, tampoco las mayores, que necesitan explicación de legalidad porque podrían haber afectado al patrimonio nacional, lo comparto.  Como funcionario del área  que promueva las investigaciones de las concesiones, contratos, etc., de los últimos 50 años. No le alcanzarán los dedos de las manos.

Fortunas, de privados y funcionarios, que transitan gestiones anteriores y posteriores a los gobiernos a los que Mena protesta ausencia de corrupción.

Dejemos a los jueces y al sistema, que describe Verbitsky que funcione.

Pero no es la conducta privada de los jueces la que determina la suerte de una decisión judicial sino sus fundamentos, las apelaciones y el juego de tantas personas porque, como dijo Verbitsky, “hay un sistema que pese a sus imperfecciones funciona”.

Lo que rara vez se proclama es que los juicios, cuando afectan a los ciudadanos de a pie, aquellos que carecen de acceso al poder, a la fama, al dinero, rara vez logran que la cadena de apelaciones se agote y permita revisar las que, muchas veces, son atrocidades jurídicas motivadas por la molicie que genera el análisis circunstanciado de miles de páginas. No es lo que pasa con los “famosos”. De estos estamos hablando.

Por ellos volvemos, una y otra vez, al maldito tema de la corrupción y la grieta.

Esta es la pesadilla, que está en el centro de los gritos del escenario, que nos impide soñar el futuro de la Argentina.

Por cierto son otras, y mucho más contundentes, las razones que impiden materializar ese sueño que, por la razón antedicha, no se sueña.

Pero el kirchnerismo, la mayoría senatorial, ha adoptado, como leit motiv de su actual gestión política, terminar con los juicios que afectan a Cristina y familia, y lograr la consagración judicial de su inocencia.

Lo mejor que nos podría pasar a los argentinos que juicios justos, con estos jueces y no con nuevos jueces amigos, puedan probarla.

Ella sabe que cómo están las cosas, sin la decisión de un juicio fundado por muchos jueces, que incluya a los que el kirchnerismo querría fulminar, la historia no la absolverá. Para lograrlo necesita el juicio de estos jueces.

De lo contrario necesita, para que ello ocurra, “la Cristina eterna” y eso prologa una tragedia.

En esa tragedia será difícil detener los estragos de todos los jinetes apocalípticos que hoy nos hostigan - recuerdo la peste, la pobreza, el estancamiento, la inseguridad, la inflación – y nos hunden en la pesadilla eterna.

El anti kichnerismo furioso, asociado a personajes de fortunas inexplicables, procura la condena más contundente que sea posible. No aceptaría un juicio justo que la absolviera, aún con estos mismos jueces.

Ese empate de odios, pequeños, miserables, que es lo más probable, garantiza que así no nos levantaremos de la pesadilla y nos olvidaremos de soñar.

No poder soñar es estar entregados al abismo en que terminan las peores pesadillas.

Juristas, políticos, periodistas – también algunos de esos “superados” que creen estar más allá del bien y el mal y a los que se les nota la paga – proponen el “doble indulto”, es decir, el de los Kirchner y asociados y el de los Macri y asociados.

Seguramente es lo más rápido y como todo lo que se hace sin razón y “sin tiempo” no dura. Es calma para hoy y violencia para mañana. Como todo lo malo, Menem ya lo hizo. Un indulto doble, a los genocidas y a los guerrilleros. Y seguimos igual.

Hay una esperanza. Oscar Wilde nos dijo “Si alguien dice la verdad, es seguro que tarde o temprano será descubierto”.

Mientras esa esperanza no se concreta seguimos estancados económicamente, fabricando pobreza, generando que quienes pueden soñar sus proyectos individuales piensen en emigrar y los millones, a los que sólo puede rescatar un proyecto colectivo, sufran del “descarte”.   

Jóvenes que se quieren ir del país. No es una novedad. Esos jóvenes, al menos gran parte de ellos, han completado todo su ciclo educativo en el país y sienten que fugar es un destino.

La pesadilla produce el “descarte” de los más y la fuga de los más capacitados.

Somos una fábrica de pobres, una máquina de fuga de cerebros y una caótica fuga de capitales.

Puede haber muchas razones. Pero hay una que es evidente: sin proyecto colectivo la fábrica de pobres es imparable, sin sueño colectivo la pesadilla de la fuga de cerebros y de capital es incontenible.

Si la política no se juega a acordar un sueño vamos a la tragedia agitada por el combate en la Justicia y el abismo de la grieta.

Necesitamos el sueño de los sensatos.

Levantar el nivel del debate es hablar de lo que necesitamos hacer.

Despertar de la pesadilla hoy es dejar, como dice Verbitsky, hacer funcionar al “sistema que pese a sus imperfecciones funciona”. Si logramos ese mínimo acuerdo, tal vez, podamos volver a soñar.

Soñar, por ejemplo, para eliminar la pobreza. Cuando el padre Pedro Opeka, en los años 60, se fue de la Argentina a trabajar en las misiones de la pobreza de África, nos recordó que en nuestra Patria los pobres eran el 3 o 4 % de la población. Hoy estamos por encima del 40%. El Padre Opeka viajó por la pobreza del África. Esa pobreza hoy está en la Argentina.


 

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