Pequeñas ambiciones

Por: Carlos Leyba

Después de la marcha del 17 A, que tuvo presencia en muchas ciudades de todo el país y que - en pandemia - no fue la de una millonada de personas en la calle, CFK decidió avanzar, aún con mayor entusiasmo, en su Reforma Judicial y en lo que – a todas luces y sin ningún ocultamiento – es su decisión de modelar el Poder Judicial más cerca de sus convicciones o intereses y hacerlo expresamente sin buscar consenso alguno. CFK no considera iguales a los demás. Tiene su corte. Punto.

Eso en primer lugar. Ahora, respondiendo a ideas y proyectos frustrados en su gestión anterior, avanza en la misma métrica. Se trata de imponer. Es una concepción del poder, de la democracia, de la política. Muchos la tienen, ella no lo oculta.

Recordemos. En abril de 2013 se votó su “Democratización de la Justicia” con 130 votos a favor y 123 en contra. A varias de esas normas la Corte Suprema, dos meses después, las declaró inconstitucionales.

CFK vuelve a la carga. Y llegados a este punto es imposible no recordar la intervención televisiva de Alberto Fernandez, la noche del 18 de abril de 2013, comentando la multitud que marchó contra aquella reforma.

Alberto dijo entonces, en tono muy crítico, “la presidenta le está diciendo a esta multitud que no los escucha”.

Siete años después el presidente dice que no va a escuchar a los que gritan.

El hecho y los dichos revelan que, en esos problemas de audiencia de negar al otro radica la debilidad de nuestra política, aunque los gestos teatralicen una fortaleza que es meramente actoral. La fortaleza en política es otra cosa.  

Un personaje, no es el único, de esa teatralización de la política, cómo llamarla, es el Senador Oscar Parrilli.

El mismo  que actúo de maravillas cuando siendo el miembro informante del peronismo del período proyanquee, privatizador, neoliberal, globalizador, pro establishment, gritaba alzando su mano inmortalizada “no nos vamos a arrepentir” y lideraba la infame privatización de YPF durante el menemismo al que fielmente interpretaba.

El mismo actor protagonico, seguramente, agitaba el mismo brazo cuando en la subsiguiente etapa se enardecía con la expropiación pagando lo que no valía ni vale después de haberla “argentinizado” mediante la donación realizada a la laboriosa familia Eskenazi que hoy, por esas vueltas de la vida, ha posibilitado un juicio contra YPF que ha de arañar el precio que ayer no más pagamos.

El mismo Parrilli acaba de incorporar a la Reforma Judicial, que se vota en el Senado, un texto en que se le da la manda a los jueces de “Comunicar en forma inmediata al Consejo de la Magistratura de la Nación cualquier intento de influencia en sus decisiones por parte de poderes políticos, económicos o mediáticos, miembros del Poder Judicial, Ejecutivo o Legislativo, amistades o grupos de presión de cualquier índole, y solicitar las medidas necesarias para su resguardo”,

Lo que dice ese artículo es que el Consejo de la Magistratura deberá, si o si, recibir por parte de todo juez la denuncia de “cualquier intento de influencia en sus decisiones”. Supongamos que un enjuiciado o no, sospecha que un diario ha publicado una nota que pretende influir en las decisiones del juez de su causa. Presenta una denuncia ante el Consejo de la Magistratura. El juez ha omitido la denuncia.

¿Qué hace el Consejo de la Magistratura? ¿Lo sanciona?

Parrilli dice, “no afecta la libertad de prensa”. Es que afecta la libertad de los jueces. Y eso es aún peor.

Este proceso de reforma judicial parece una manera de esmerilar lo independencia de Alberto Fernández que, si bien no puso la mayor parte de los votos, que fueron de CFK, puso un porcentaje que definió el partido contra el espantoso Mauricio Macri. ¿Cuál es la ambición de Fernández?

Carlos Menem, fue dos y casi tres veces presidente, pocos - políticamente nadie - guardan de él un recuerdo respetuoso.

Su principal ambición, sin ideas propias para construir la Nación, puede haber sido ser tapa de Newsweek.

Lo logró en 1999 con el título “Menem lo hizo”. Ya había comenzado la debacle que estalló en 2001.

Para alcanzar ese “logro” entregó las llaves del gobierno a los que se mofaban de él. Hizo lo que le dijeron.

Es que sin ideas propias, sin plan, sin proyecto, se lleva a cabo – siempre – un proyecto ajeno.

“El proyecto” no es por “partes”. Siempre es una totalidad sistémica. No hay tal cosa como te dejo la Justicia y me ocupo de la economía. No.

Los presidentes, sin duda, son personas con mucha energía y todos llegan con una ambición. Su contribución histórica a la construcción de la Nación está directamente relacionada con su ambición profunda.

Algunos anhelan “el poder”, otros “poder” hacer algunas cosas. Cuando revisamos “la obra” de cada presidencia somos capaces de identificar su verdadera “ambición”. Algunos han sido y son capaces de tener solamente “ambiciones personales”. Lo que necesitamos es aquellos que son capaces de “grandes ambiciones nacionales”. Veamos.

Nuestros grandes problemas políticos, económicos y sociales están interrelacionados. No es positivo en términos de eficacia social tratarlos como si fueran realmente independientes el uno del otro.

Ningún gobierno puede lograr los objetivos que se propone si no se tiene en cuenta que lo que no funciona es la interrelación entre política, economía y sociedad.

Hay evidencias que desde hace décadas que no tenemos resultados económicos ni sociales. Lo que hace evidente que la política no ha logrado resultados porque ella es la capitana.

Empecemos por los “problemas políticos”. Como dice José Nun no es cierto que en 1983 hayamos retornado a “la democracia”. Nuestra democracia está en construcción.

Pero no todo lo que ocurre en la política contribuye a esa construcción. Un ejemplo: el gobierno trata de imponer, con la mayoría de votos parlamentarios que siempre es transitoria, una reforma estructural del sistema judicial incluyendo posibles modificaciones en la Corte Suprema.

Nadie duda la necesidad de revisar y reformar un sistema al que, la inmensa mayoría de la sociedad, considera “espantoso”. Pero no es espantoso por las leyes que la regulan. Es espantoso por algunas actitud de quienes lo integran.

Morosidad, negligencia - cuando no la complicidad - frente a la violación de la leyes o los derechos que ellos debían condenar o proteger.

Estando en cuarentena, con debates parlamentarios y académicos remotos, sin horizonte de retorno a la normalidad y por lo tanto en “estado de excepción” ¿es esta la “oportunidad” para reformar la estructura de la Justicia?

El gobierno no ha construido esa “oportunidad”: la aleja.

En política las oportunidades se construyen; y la construcción de toda oportunidad democrática comienza por el respeto al otro que es quien no forma parte de nuestra parcialidad.  

En democracia es esencial ser consciente de que siempre somos una parcialidad y que hay un “todo” y lo parcial no se superpone a la totalidad.

Por eso, volvemos, nuestro primer problema político es la negación de que somos una parcialidad y por la tanto, al decir  de Tulio Halperin Donghi, provocamos la “deslegitimación del otro”.

La mayor deslegitimación fue la proscripción del peronismo de 1955 a 1973. La peor en la actualidad es “eliminar” la “otra parcialidad” mediante “compromisos” que hablan mal de ambas partes. Ha alcanzado nombre propio: la “borocotización”.

 “Deslegitimación” y “borocotización” son manifestaciones de la degradación del pensamiento y del debate de ideas en la vida política; y en particular de la desaparición de los partidos y las normas que deben regirlos.

Recordemos, Raúl Alfonsín y Carlos Menem surgieron de compulsas reglamentarias de la UCR y el PJ. Ambos partidos entonces vivían.

Coincidiendo en el tiempo con la reforma de la Constitución, que incluyó en ella a los partidos, los mismos ingresaron en zona de desaparición.

Recordemos Néstor Kirchner repetía “será pingüino o pinguina”, Mauricio Macri se ungió a si mismo y designó a su Vice y Cristina designó a su presidente resignándose a ser su propia Vice. Todo dicho.

La vida de los partidos está en proceso de extinción.  Cuidado.  

Que los partidos existan es una condición de la democracia, no porque lo diga la Constitución sino porque es esencial al sistema de alternancia. La alternancia es el signo vital de la democracia. Siempre debe estar latente su posibilidad.

La existencia necesaria de la alternancia es lo que requiere la existencia, para cuestiones que se pretenden estructurales, de “consensos”. Negar la búsqueda de “consenso” para cuestiones estructurales es negar la posibilidad de la alternancia.

Las cuestiones estructurales requieren una vida mas allá del período de la alternancia durante el cual se resuelven. Es fácil de entender y difícil de lograr.

Nuestra necesidad de transformaciones estructurales es tal que el consenso político es la condición necesaria para darle horizonte a esas transformaciones y por lo tanto hacerlas posibles o hacer posible aquello a lo que ellas convocan.

Todo consenso “es construir un sentido común”  y es imprescindible en cuestiones básicas. “Ideas claras para desde el Estado construir la Nación”.

La Nación es una obra cotidiana. La violación de los derechos humanos, la exclusión social masiva de la pobreza, la cultura del estancamiento y la fuga, de capitales y talentos, la destruyen.

Lo contrario, entre otras cosas, la construye.

No abordaré aquí todas las cuestiones básicas sobre las que hace falta un consenso. Pero va por ahí. ¿Lo tenemos?

Estamos en una situación excepcional.

Tal vez aproximándonos a un “punto de no retorno” donde ni siquiera volver a lo que fuimos será posible. O tal vez hemos llegado a un “cul de sac” donde ese retorno será imparable, inevitable. La zona obscura es el futuro.

Sabemos es que asistimos al tiempo de agotamiento de una larga decadencia.

Los números hablan.  El PBI por habitante creció desde 1974 a la fecha 0,2% anual (estancamiento) y a esa velocidad el PBI ph se duplicaría en 390 años.

Ricos en recursos nos estamos quedando lejos del bienestar de aquellos que hace 40 años envidiaban nuestro desarrollo. Lo hicimos nosotros.

El otro número es el de los pobres: 800 mil en 1974 y 20 veces más hoy, 16 millones. Un escándalo moral. Una infamia colectiva.

En pocos años más, de seguir esta mecánica política y económica, la mayor parte de la población argentina estará en la pobreza.

Los culpables estamos aquí, en esta generación y en este país, y somos de todos los colores políticos (los partidos que están dejando de existir) de todos las oleadas políticas que llegaron, llámense radicales, peronistas, liberales, neo liberales.

El culpable está en el espejo. Y no es el espejo sino lo que él espeja.

Si aceptamos esa mirada nace una oportunidad (asumir la responsabilidad) y hay que cultivarla. Es un camino de reconciliación.  

Los problemas económicos y las reformas estructurales que debemos consensuar, necesitan más que las solas mayorías electorales o parlamentarias. Pero sin ellas, el consenso, es imposible. Veamos.

En los días previos a la pandemia el 80% de los argentinos trabajaba en el sector servicios. En nuestro caso no es un signo de progreso sino de atraso. Solo el 20% produce cosas y muy pocos de ellos “cosas con alta productividad”. Por eso mismo, producimos y exportamos poco.

Cuando crece el consumo, de lo que mucho que consumimos poco producimos y nos acosa la restricción externa. La falta de dólares.

Entonces el primer consenso debe consistir en la voluntad de constituir una sociedad de productores, una sociedad que exporta más de lo que importa y que lo logra sin caer en la dependencia de un nuevo imperio. Aumenta exportaciones y sustituye importaciones.

Economía y geopolítica se cruzan y hacen necesario un consenso sobre la fundamental diversificación de productos y mercados. Cuidado con la fascinación de un producto y un mercado. Ya nos pasó.

La diversificación es un desafío colosal (y posible) que requiere inversiones enormes que arrastren gran cantidad de empleo y que convoquen a repoblar la geografía nacional y a desconcentrar las periferias de la pobreza hacia las oportunidades de una Nación inmensamente rica, pero más que despoblada.

Eso no se puede hacer sin un inventario, de posibilidades y oportunidades, realizado con una base técnica y sistémica. Imposible sin un Estado que disponga de un organismo de reflexión y diseño estratégico. ¿Lo tenemos?

No se puede convocar sin una propuesta fiscal que aliente la inversión en activos de reproducción destinados a sustituir importaciones y a sustituir exportaciones. Todo proceso económico es de sustitución y agregación. Basta de clichés.

Necesitamos la vocación de pensar (y de copiar lo que allá hacen y no lo que allá dicen).

Las lecciones, sin traducción de tiempo y lugar, han sido inútiles y parieron el estancamiento de medio siglo.

Las reformas estructurales necesarias lo son para incentivar la inversión reproductiva y así homologar nuestros niveles salariales, las condiciones de vida, de la Argentina formal. Se trata de la productividad.

Los complementos están en las asociaciones necesarias con la ciencia y la tecnología y con las oportunidades de la globalización. Con diversificación.

Una condición es hacer crecer nuestro acervo de capital reproductivo. Una manera de comenzar a atraer parte de los 400 mil millones de dólares de excedente de argentinos radicados en el exterior. Una manera de atraer a los cientos o miles de cerebros, formados aquí por la gratuidad de la enseñanza y hoy radicados en el exterior, para que tengan la oportunidad de retornar.

Hoy sumamos desinversión y mañana pueden ser una oportunidad.

Pero así como capital financiero e intelectual fuga, hoy 16 millones de argentinos, como expresó Carlos Auyero quieren entrar, ser incluidos en la sociedad. Estamos construyendo legiones humanas de “descarte” que como señala nuestro Papa Francisco son el testimonio vivo de nuestros errores.

¿Qué hacer? La vida de la pobreza es una prioridad absoluta. Algunos sectores del gobierno comprometidos con esa causa, ha trascendido, quieren invertir 24 mil millones de dólares para urbanizar 4 mil villas o barrios de emergencia a lo largo de 10 años.

¿Puede el 60% de los niños y jóvenes argentinos, que son pobres hoy, esperar “la construcción”, la “urbanización” para dejar de ser pobres?

Otra vez el consenso sobre las prioridades.

La urgencia argentina, la primera, la principal, es que esos niños y adolescentes dejen de ser pobres de manera urgente, inmediata, en la brevedad de un período de gobierno. ¿ Por qué no en este mismo gobierno? ¿No es una reforma estructural mucho mas importante que la reforma judicial o la urbanización de 4000 villas en 10 años?

En los aspectos materiales, que no son todos, dejar de ser pobre es dormir en una cama limpia y abrigada; una ducha caliente; ropa digna; alimentación equilibrada; espacios seguro para jugar y estudiar; acceso inmediato a escuela de primer nivel con todos los elementos; cuidados sanitarios. Darle a los padres – a los que aún no hayan salido de la pobreza para lo que se requiere un trabajo digno y bien remunerado y la transformación de la economía – la posibilidad y la felicidad de disfrutar del cuidado y la protección que solo el amor de los padres puede brindar a los hijos. Eso es una prioridad y una legítima ambición.

Si esa es la prioridad de una sociedad decente, entonces los 24 mil millones de dólares no deberían prioritariamente aplicarse a consolidar las periferias asfaltadas. Se trata de terminar con la pobreza de los niños que representa la prioridad de sus padres. Y aplicar todos los esfuerzos a la transformación de la estructura económica que detenga la producción de pobreza que ha sido lo único que ha crecido a la tasa del 7% anual desde 1974 hasta hoy. La historia de una infamia de la que todos somos responsables.

Si no rescatamos a los niños ya, vamos camino a tener en 10 años una Población Económicamente Activa cuya cohorte mas joven, en su mayoría, habrá nacido en la pobreza y habrá sufrido las rigurosas  consecuencias del sufrimiento físico y moral.

¿Qué estamos esperando?¿Qué podemos esperar si seguimos sin consenso de las prioridades para transformar?  ¿El punto de no retorno? No hay derecho a tener ambiciones tan pequeñas.

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