Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón: una bocanada de aire que todavía sacude

Desfachatada, divertida, polémica; la ópera prima de Almodóvar sigue sorprendiendo a 40 años de su estreno. Una película obligada para conocer los cimientos de su estilo único.


Posfranquismo y liberación

Con el fallecimiento de Franco, en 1975, finaliza una etapa larga y oscura de la historia española, signada por el conservadurismo, la persecución política y, nobleza obliga, cierto auge económico y estabilidad. Las “buenas costumbres” se agrietan dando paso a todo aquello que había sido obligado a esconderse y se potencian las expresiones artísticas y de liberación sexual. Las nuevas generaciones protagonizan la escena; atrás queda la disciplina, tanto de la derecha como del idealismo revolucionario, y emerge tanto la diversidad como el hedonismo, en sintonía con la despenalización de la homosexualidad, la venta de anticonceptivos, el resurgimiento del feminismo y el laicismo. La contracultura es dejar de aparentar, de homogeneizar, de desenmascarar los preceptos de la moral cristiana. En este contexto se desenvuelve el joven Pedro Almodóvar y se perfecciona en el arte de romper con lo establecido.

Integrante de la movida madrileña, como se conoció al movimiento artístico y cultural que tuvo eje en Madrid pero que se extendió por varias ciudades de España desde finales del franquismo hasta mediados de los 80, Pedro conoció en esos círculos a muchas de las que posteriormente serían personas fundamentales en su carrera cinematográfica. Carmen Maura, una de la más renombradas “chicas Almodóvar”, fue compañera de teatro del director. Pero antes de consagrarse el joven cinéfilo tenía otros trabajos para sustentarse y, mientras tanto, soñar con sus rodajes. Trabajó doce años en Telefónica y fue en este periodo que filmó su primer cortometraje Salomé (1978), el que efectivamente fue su primer largometraje Folle, folle, fólleme, Tim (1978) -no hay rastros del mismo- y la que se conoce popularmente como su ópera prima Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). Si bien no obtuvo las mejores críticas en su momento, la película despertó gran interés: se perfilaba la capacidad única de Almodóvar para contar historias bizarras, polémicas, incorrectas, con gran naturalidad. Y es que la destreza de este director es justamente mostrar que aquello que parece extremo es moneda corriente, y en el fondo lo sabemos.

Ocio, masoquismo y complicidad femenina

Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón podrá ser inferior en términos de desarrollo del guión a otros films de Almodóvar, pero no es ni por asomo menos impactante. Ver a Bom (Alaska) darle de comer un moco a Luci (Eva Siva) es tan fuerte –o más- como el amor patológico del enfermero por su paciente en coma en Hable con Ella (2002). Pasaron 40 años y todavía hay que hurgar en el under para ver una escena de masoquismo relacionado con cuestiones escatológicas; este film te da eso y mucho más.

La protagonista es Pepi (Carmen Maura), una joven mantenida por sus padres que se dedica a plantar marihuana en su balcón. Cuando un policía (Félix Rotaeta) amenaza con apresarla por venta de drogas, Pepi le ofrece sexo pero “por detrás”, ya que está reservando su virginidad para poder venderla. El policía hace caso omiso de la advertencia y la viola, por lo cual la joven decide vengarse. Así comienza un hilo conductor que, por más disparatado que suene, nunca pierde verosimilitud: Pepi le cuenta lo ocurrido a Luci, la esposa del policía, quien en vez de enemistarse entabla una amistad con ella. Luci es un ama de casa cuarentona que está aburrida de que su marido “la trate como a su madre”. Pepi interpreta exactamente qué es lo que le gustaría y le presenta a Bom, una cantante punk de pelo corto y cejas violetas de la cual Luci se enamora inmediatamente, sobre todo porque le propina el tipo de maltrato que a ella le encanta.

Si bien el punto de vista está centrado en Pepi, es la historia de amor de Bom y Luci el peso fuerte del film. Pepi está enfocada en documentar el amorío de sus amigas, en parte por sus inclinaciones artísticas y en parte porque no tiene ninguna obligación: Pepi disfruta del ocio y no se nos presenta como algo negativo, vive del dinero de su familia y la pasa genial. Cuando su padre amenaza con no pasarle más dinero decide levantar una agencia publicitaria con ideas desopilantes como bombachas que conviertan en perfume el olor a pedo (estamos en el 2020 y nos incomoda leer la palabra pedo, imagínense en 1980).

Sin dudas uno de los platos fuertes de la filmografía almodovariana, que ya se asentaba en su ópera prima, es la complicidad femenina. Que hayan compartido al mismo hombre no es motivo para que haya fricciones entre Pepi y Luci; ni Pepi ni Bom, a pesar de ser completamente distintas a Luci, la juzgan por su vida pasada; personajes secundarios como la pobre vecina o la actriz que busca fama y sólo recibe propuestas indecentes encuentran amparo sólo en mujeres. Almodóvar demuestra desde sus inicios ser un gran conocedor del universo femenino y un defensor del compañerismo y la amistad entre mujeres como contracara de los aspectos negativos que tanto se han emparentado culturalmente con el género.

Espíritu de época

Más allá de la historia intrincada, es el entorno que rodea a las tres mujeres lo que le da a la película el acento transgresor, la sensación de que Madrid se ha sumergido en una ola de ansiada desfachatez y que al fin España ha corrido el velo. Pepi y Bom llevan a Luci a conocer su mundo. Travestis, bisexuales, transgénero, tienen presencia sostenida en el film. También tienen presencia las drogas. Los recitales son una fiesta, los boliches son una fiesta. Asisten a una noche de Erecciones Generales, evento en el que los hombres compiten en base al tamaño de su miembro. Pero nada de esto desentona, nada acapara el protagonismo si bien es relevante: los elementos están en sintonía pero el foco siempre está en los sentimientos de los personajes.

Incorrección hasta el final

Finalmente, y como era de esperar, el marido de Luci sale a buscarla, harto de la jugarreta de su esposa quien devino rebelde y lesbiana. La encuentra fuera de un boliche al que había ido con las otras mujeres. Luci ha salido para hacerle un mandado a Bom, quien la trata casi como a una esclava. Al toparse con ella, el policía enloquece y la golpea hasta dejarla internada. Ahora sí ocurre el giro inesperado, la gran sorpresa, y es que cuando Bom y Pepi descubren lo que pasó y van a rescatarla de las garras de su esposo al hospital, Luci les dice que prefiere quedarse con él, que al fin le dio lo que quería, que Bom había empezada a tratarla demasiado bien. Luci es masoquista al punto de sentirse dichosa de la terrible paliza.

Con este final Almodóvar se consagra como el maestro de la incorrección política. No sólo aborda ítems tabú por doquier sino que sorprende a la audiencia con la elección de una mujer que aparentemente se había liberado del yugo del marido de regresar con él, gustosa. Probablemente, hoy sería difícil concebir ese final, considerarlo sin que su autor sea juzgado por dar un mensaje poco feliz. Quizás hoy, a 40 años de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, con todos los debates que se han dado en relación a feminismo y diversidad, no se ha avanzado tanto como creemos en términos de apertura mental sino que, por el contrario, se han establecido nuevas “buenas costumbres”, tal vez necesarias para un momento bisagra.

Pedro Almodóvar nunca deja de indagar en los extremos, de llevar al máximo los cuestionamientos morales y los prejuicios de los espectadores. Cultivó un estilo propio por más de cuarenta años, con la cintura y la sensibilidad necesaria para contar historias que algunos consideran demasiado extrañas. Sus películas pueden gustar o no, pero nunca generan indiferencia. Vale la pena repasar su filmografía.


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