Parejas disparejas

Si bien los rasgos de personalidad son un factor fundamental a la hora de evaluar las afinidades o los rechazos en las parejas, hoy en día la interposición de la tecnología en la constitución y el armado de los vínculos juegan un papel fundamental.

Si bien los rasgos de personalidad son un factor fundamental a la hora de evaluar las afinidades o los rechazos en las parejas, hoy en día la interposición de la tecnología en la constitución y el armado de los vínculos juegan un papel fundamental. En la era previrtual la creencia de que las parejas eran más sólidas y por ende más duraderas cuando existían diferencias en el carácter y en los intereses personales, es decir, cierta complementariedad en los roles, en la actualidad este mito tiene cada vez tiene menos fuerza. Si en estos tiempos de falta de comunicación real, las afinidades en formas de vida, en gustos, en pensamiento, podrían ser un atractivo para comunicarse y buscar llevar adelante los proyectos en ciernes. Las diferencias además de la intermediación tecnológica pueden hacer que la distancia entre ambos se profundice, sobre todo con el correr de los años. En los comienzos de toda relación seguramente el amor y las ganas de estar juntos es lo que permite superar cualquier desacuerdo, sin embargo, con el paso del tiempo, estos desajustes aumentan, más aún si no ha sido posible elaborar códigos de entendimiento. Más allá del deseo o de voluntad personal, cumplir con las normativas sociales en un medio competitivo y de responsabilidades a asumir (trabajo, casa, crianza de los hijos, educación de los mismos, etc.) aleja a la parejas diluyéndosela unión en contexto mayor que es la familia. Por lo tanto, desde el punto de vista de las condiciones culturales actuales, las afinidades pueden resultar una forma más efectiva de conexión para compartir proyectos. Aquellas parejas dispares por diferencias de gustos y de actividades tendrán el compromiso de aumentar los momentos de comunicación y bajar el uso de los medios tecnológicos para no aislarse más, es decir para no encerrarse cada uno en sus problemas.


No a la competencia, sí a la superación

Las principales diferencias se observan en los gustos de cada uno: del clásico “a él le gusta el futbol y las películas de acción”, “yo prefiero programas de información y las películas románticas “; “él es desordenado y a mí me gusta el orden”;  “a mí me gusta hacerlo a la noche y a él a la mañana” hasta las diferencias más complejas ancladas en cuestiones de género “: yo gano más que él”, “él todavía está pensando en reunirse con amigos y conformarse con cualquier trabajo, en cambio yo quiero superarme en mi carrera laboral”.

Es posible que estas diferencias que en lo jóvenes no comprometen demasiado la relación, con el paso del tiempo generen conflictos difíciles de resolver. Porque se toleran mejor los desacuerdos en los comportamientos cotidianos, sin embargo, en temas que hacen al desarrollo personal la comprensión tiene límites, sobre todo cuando es la mujer la que pega el salto y deja al hombre sin saber qué hacer para alcanzarla. La superación laboral masculina sigue siendo lo que se espera en una sociedad con resabios patriarcales, y cuando no es así, el hombre tendrá que demostrar que el estatuto de su virilidad sigue en pie. Y si bien, hay hombres que se acomodan a esta desigualdad de crecimiento, colaborando con las tareas de la casa en su tiempo libre, otros intentarán imponer su dominio, no ya con el dinero o con inquietudes propias, sino con la puesta de limites o reglas imperativas de convivencia; remarcando que a pesar de no estar en las mejores condiciones de crecimiento, aún sigue llevando “los pantalones” en la casa. La expansión lograda por las mujeres en el campo académico y laboral y su capacidad para amalgamar estas actividades con las hogareñas no debería ser factor de competencia con las posibilidades masculinas, por el contrario, deben servir para enriquecer el vínculo. La paridad no se consigue compitiendo, menos que menos, si esta competencia está basada en roles de género. La paridad surge de la comprensión, la tolerancia, y de pensar la suma de las partes constituye un todo que supera cualquier contienda de poder.  


Defensas que encierran

Otro factor a tener en cuenta son las diferentes personalidades que conforman una unión. Si existe flexibilidad en los rasgos de personalidad podemos inferir que la “mirada sobre el mundo propio y el ajeno” es más abierta, dando lugar a conductas con mayor grado efectividad en sus respuestas. Una persona que dice “yo soy así y no voy a cambiar” demuestra la rigidez que tiene para permitirse a reflexionar, a pensar en otros recursos posibles. Existen dos frases típicas que revelan cómo las defensas obturan la más mínima autocrítica: “No sé” y “yo soy así”. En el primer caso la imposibilidad de traspasar la defensa se hace evidente y ya no se puede hablar más del tema. La persona desconoce qué le pasa, pero al m ismo tiempo pone en conocimiento del otro que ese “no sé” que repite con molestia es una invitación a que no le pregunten más. Lo mismo sucede con la otra frase “Yo soy así”. Si la otra parte de la pareja pone en cuestión alguna conducta, emoción, carencia de sentimientos, por lo menos debería existir un mínimo compromiso de pensar en qué es lo pasa. Estas famosas y conocidas frases dejan un profundo sentimiento de impotencia en quien cuestiona o pregunta, afectando muchas veces también a la persona cuestionada por no contar con las herramientas para abrir su mundo personal. La respuesta en este caso es el enojo o la ira cada vez que se siente observado y más aún cuando se lo enfrenta con su imposibilidad.


Terquedad & Flexibilidad

Una diferencia muy marcada se da cuando existen rasgos rígidos en uno y flexibilidad en el otro. Los sujetos (generalmente hombres aunque están aumentando en las mujeres) con pensamientos y comportamientos esquemáticos, previsibles, se presentan como excesivamente formales, con pensamientos cerrados y una forma de organizar la vida en forma “disciplinada”. Todo se planea con tiempo, sin margen para el error; la improvisación es mala palabra. Estos sujetos son tan racionales que no dan lugar a la expresión emocional, excepto la ansiedad o la irritabilidad cuando no se hacen las cosas como ellos dicen. El conflicto se produce cuando se unen a personas que se muestran más imprevisibles, con menos inhibiciones y más capacidad para disfrutar. Puede resultar que en el comienzo de la relación no se pongan en evidencia estas diferencias, sin embargo, cada vez que el sujeto más “obsesivo” se enfrenta a más y más responsabilidades, se estresa y no quiere que nada rompa el orden conseguido. Si él sufre por la ansiedad que le provoca la desorganización, la persona que lo acompaña sufre porque tiene que responder a esa disciplina que el otro impone. Si ambos presentan este tipo de rasgos seguramente cada uno organizará su mundo personal, con más competitividad que disfrute por los logros conseguidos. Además en este caso,  los objetivos cumplidos se miden en bienes materiales, hijos con excelentes notas o en buenos cargos laborales. Se pone el acento en las metas conseguidas y en el éxito. Estas relaciones se vuelven enfermas cuando uno domina y el otro se somete. Poseer diferentes rasgos no implica una imposibilidad para continuar la unión. Aunque merece que se realicen los ajustes necesarios para evitar los conflictos. Lo mismo ocurre cuando uno es celoso o posesivo y el otro es confiado; cuando uno es arrogante y el otro es humilde o cuando uno es temeroso y otro osado. Las diferencias pueden nutrir a las parejas y cada uno puede aprender de ciertos rasgos del otro, excepto cuando esos rasgos son nocivos como los celos enfermizo, la soberbia, la ira, o la dominación. Ni la pareja ni los hijos deben aceptar que sus vida sean regidas por normas intransigentes, por el contrario, plantear las diferencias para llegar a un acuerdo debería ser la línea a seguir.


Sobre el autor: Walter Ghedin es psiquiatra y sexólogo.

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