Para celebrar y para preocuparse

Por: Carlos Leyba


Para Celebrar

La primera noticia es el avance científico argentino, el NEOKIT-COVID-19, que permite, en 2 horas, diagnosticar la presencia del virus.

Es el estupendo resultado de la aplicación del Triángulo de Sábato (Jorge). O lo que es lo mismo la potencia que genera la articulación de la ciencia, la Universidad, la tecnología; con el Estado, los recursos, el largo plazo, la idea del Bien Común; y con la gerencia de la empresa, el cuidado de la productividad de la aplicación del conocimiento y de los recursos.

Esos son los términos de toda estrategia de desarrollo: la sumatoria de la visión del largo plazo y el bien común, más el conocimiento, el saber independiente de los intereses – por muy legítimos que sean – más la puesta en valor, con el mayor cuidado de los costos privados, para maximizar los beneficios sociales.

Lo hemos logrado con la urgencia del coronavirus pisándonos los talones y con el propósito de mantener lo alcanzado hasta hoy.

Pero además la urgencia del coronavirus ha generado el “consenso sobre la acción”.

Hemos visto varias veces la foto de la mesa “tripartita” de Horacio Rodríguez Larreta – lo que fuera o es, la “visión más peronista” del PRO –; con Alberto Fernández – lo que es el intento de la versión más peronista del Frente –; y con Axel Kicillof – la versión de la izquierda Palermo Hollywood del Frente representando a la mismísima Cristina de Juncal y Uruguay  – consensuando en el que hacer sobre el presente. Es un enorme avance que deja  las miasmas a un costado y concentra el núcleo proteíco de la política.

Sé que el consenso sobre el pasado nacional es un imposible. También sé que lo más necesario es el consenso sobre el futuro. Por lo menos una a favor, en este caso, es el consenso sobre como actuar en el presente.

Consenso que, por múltiples acciones y por otras urgencias - más conectadas con intereses individuales que colectivos – está siendo erosionado por los extremos del macrismo y sobre todo por la urgencias judiciales de Cristina. Volvamos.

El consenso sobre el futuro no existe. Esencialmente, porque la política argentina tiene aversión a pensar el futuro. Es entendible: muchas veces resuena la frase de J.J. Castelli – uno de los hombres de mayo – que dijo “si ves al futuro dile que no venga”.

Pero si no hay pensamiento sobre el futuro no hay manera de construir un consenso sobre él. Y si no hay consenso, el futuro – que debe ser duradero para ser tal – es también imposible.

Un círculo vicioso en el que nos arrastramos hace mas de cuatro décadas.  

Tengo la impresión que estos 45 años de la Argentina se pueden sintetizar en que han sido el escenario de una “desmesura efímera”. Diría, corrigiéndome por ya haberlo dicho antes, efímera porque, dentro de esa desmesura, se encierra su propia inviabilidad. Sobre esto volveré.

Terminando con la celebraciones diré que el coranavirus nos anoticia tanto de la potencia del triángulo de Sábato, como de la potencia del consenso, en este caso, sobre el presente. Y esta muy bien porque nos esta yendo bien con la pandemia.

Preocupaciones

Entre las muchas desmesuras que obligan a pensar sobre el futuro que de las desmesuras se deriva esta, por ejemplo, que la mitad de los adolescentes argentinos vive hoy en condiciones de pobreza, lo son sus padres y lo han sido, en la mayor parte de los casos, sus abuelos.

No es cierto entonces que tengamos por delante los beneficios del “Bono Demográfico”. Las condiciones de vida y la educación, determinan el potencial de la fuerza de trabajo y ésta a su vez  el nivel de desarrollo – y no sólo de crecimiento – posible.

Por aquí camina la proyección del futuro que nos agobia y nos demanda urgencia. ¿Qué estamos pensando y haciendo?

Otro ejemplo de desmesura es el tamaño de un Estado ineficiente, de bajísima productividad, que ha sido construido, día tras día, por decisiones políticas atómicas, chiquitas, pero de consecuencias increíbles.

En el último informe sobre generación de ingresos del INDEC, se señala que los salarios públicos son el 33%  de toda la masa salarial mientras que la industria sólo genera el 13 % de los salarios. Es una cuenta de todos los asalariados en blanco o en negro.

Detrás de esa estructura salarial – como detrás de la pobreza - está la desindustrialización de los últimos 45 años.

Ella ha generado la marea del cuentaprismo, la explosión del empleo público - como sustituto del seguro de desempleo - y más grave aún, la eutanasia de la inversión reproductiva.

Nuestra sociedad se empobrece y el capital no crece: eso dicen las estadísticas.

La desmesura del Estado ineficiente es un problema, pero el problema mayor es aquello que la causó y que lo reproducira.

Última cita, y no porque sean sólo tres las desmesuras, es la destrucción de nuestra geografía humana. Es decir, la concentración de un tercio de la población en el 0,5% del territorio. Una desmesura que está generando su propia venganza.

Hoy la lucha contra el coronavirus encuentra en ella una resistencia difícil de vencer. Es muy difícil ganar la batalla de la desmesura del vaciamiento territorial. Y más difícil si ni siquiera queremos dar esa batalla a fuerza de negarla. Carlos Menem levantó el ferrocarril sin siquiera una manifestación que tratara de impedirlo.

Todas esas señales, esa suma de errores históricos, son avisos del futuro.

¿Nos dominará la dinámica espantosa que surge de las desmesuras?

¿Un Estado más grande sin cuerpo material de producción que pueda sostenerlo; la pobreza que sigue su dinámica explosiva; y además ambas desmesuras convocando a la concentración poblacional y al vaciamiento del espacio?

Entonces si el futuro nos avisa el avance de esa dinámica, la frase de Castelli explica el porqué del escape del futuro de parte de las clases dirigentes. ¿Suponen que no tienen capacidad para evitarlo? No creo que no quisieran evitarlo. La dinámica de la autopercepciòn de la impotencia.  

Ejemplos laterales de lo que no podemos, no queremos, no sabemos impedir. La exculpación del juez Norberto Oyarbide orquestada por el macrismo; el cierre de las investigaciones sobre la fortuna del juez Rodolfo Canicoba Corral, orquestada en conjunto por el macrismo y el kirchnerismo, pareciera constituir el prólogo para que nunca se juzgue, si culpable o inocente, la conducta de jueces y funcionarios. Por ejemplo el juicio a Cristina Kirchner y el origen de su fortuna que debería de una vez esclarecer el origen de esos bienes. No es tan difícil si todo se pone en blanco y negro. Sumas y restas.

En todos los casos, los juicios más públicos posibles de la conducta de los jueces y de los funcionarios públicos, conforman el patrimonio de la República.

Impedir los juicios es impedir la defensa de la honestidad o la demostración de la culpabilidad. Sin eso la democracia se marchita porque se marchita la confianza en la gestión futura de los jueces y de los funcionarios. Y tiene que ver con todo lo anterior porque sin confianza en la Justicia de la Constitución no hay consenso posible para legislar y ejecutar.

No se trata sólo de exhibir con claridad y transparencia la conducta “patrimonial” de jueces y funcionarios, sino también que los organismos oficiales no parcialicen la información, aunque revelen verdades que echan luz sobre un período.

La luz sobre un solo espacio de tiempo, cuanto más potente, más obscure lo que lo rodea. Y ese modo de alumbrar no es un servicio público porque obscurece. Poniendo luz y sombra al mismo tiempo el organismo público, en lugar de servicio público presta un servicio “privado”. Porque priva al observador del contexto que lo antecede.

Veamos un pequeño ejemplo. El Banco Central de la República Argentina ha publicado un informe muy documentado estadísticamente y formulado con apelación a conceptos y criterios de distintos economistas,todos ellos muy respetados y valiosos que proveen de reflexiones iluminadoras.

No recuerdo otros documentos de similar factura emitidos, no en publicaciones de la entidad y obra de sus investigadores, sino como documentos oficiales. Este es uno.

El informe está dedicado a analizar el período de la gestión anterior. Nos recuerda que entre diciembre de 2015 y principios de 2018, 8 de cada 10 dólares ingresados al país eran deudas y capitales especulativos. Cerrados los mercados voluntarios apareció el préstamo récord de USD 44,5 mil millones. Este es el lado de la entrada. Del lado de la salida, refiere el informe, que la fuga de capitales alcanzó en el período 86 mil millones de dólares. Luz.

Lo que no dice el Informe, echa la sombra, es que durante la presidencia de Cristina Kirchner ocurrió una fuga de capitales de la misma magnitud.

Tanto Macri como Cristina debieron apelar al control de cambios para detener la fuga.

En ambos períodos la fuga fue el agente motor de un dinámica de estancamiento, desempleo y regresión distributiva. Siempre lo es: la fuga es la cancelación de la posibilidad de que el ahorro sea inversión.

El Informe destaca que, dadas las condiciones de restricción externa en las que desde hace años se desempeña la economía nacional, el control de cambios es un instrumento irrenunciable, al menos, hasta que la restricción externa, la falta de divisas, se revierta.

Una gran verdad que se repite y se repetirá si los gobiernos no conducen transformaciones estructurales y llevamos 45 abonando regresiones estructurales que son transformaciones pero en la dirección contraria.

Al igual que la cuarentena que es la única medida instrumental posible, no para curar ni inmunizar sino, para evitar el contagio del coronavirus; el control de cambios es la única medida para contener la fuga. No cura sus causas ni inmuniza a los ciudadanos de la tentación de refugiarse en el dólar, pero evita la “fuga súbita” en las condiciones estructurales actuales de la economía.

La analogía sirve porque al “evitar el contagio”, la cuarentena, es la herramienta para acomodar la oferta del sistema sanitario a la demanda de los enfermos.

De la misma manera el “control de cambios” permite que los dólares de los que dispone el BCRA sean suficientes para atender la demanda de funcionamiento de la economía. Y así como el exceso de contagios sobre la estructura sanitaria sería “insostenible política y socialmente” también lo sería el “exceso” de fuga de capitales que ocurriría sin control de cambios.

La economía se derrumbaría por falta de insumos como consecuencia de la incapacidad de generar los recursos para su adquisición.

En esta dinámica perversa se sintetiza nuestra permanente recurrencia a la deuda externa y a las situaciones críticas de pre default como la que vivimos antes del coranavirus, ahora y después que superemos la pandemia.

Lo que sigue es la síntesis de algunas de mis dudas sobre los ejes del programa económico recientemente revelado. Me refiero a la presentación “Argentina, entre el Covid-19 y la crisis de deuda soberana”  del Ministro Guzmán en la Universidad de Columbia.

Mis dudas nacen de tener como telón de fondo la expresión de

Jorge Wagensberg que dice  “la velocidad es la capacidad para cambiar de posición”.

La velocidad del crecimiento no garantiza ni equidad ni justicia entre los contemporáneos, tampoco el trato de futuras generaciones, ni del ambiente.

Pero sí “la capacidad para cambiar de posición”. Ejemplo: China. Su velocidad (tres décadas) cambió la posición del Celeste Imperio y la geografía económica del Planeta. Velocidad y cambio de posición son términos para mirar esa presentación.

Por lo dicho más arriba creo que la Argentina del SXXI  está en una posición incomoda e inestable.

De mantenerse, en los próximos años, la baja velocidad de nuestra economía, la de las últimas décadas, estaremos - en el mejor de los casos - en la misma posición.

Pero la incomodidad y la inestabilidad serán crecientes (Estado, pobreza, concentración) lo que augura riesgos mayores que muchos se niegan a considerar. ¿Por qué?

El mal de nuestras últimas generaciones es la negación del futuro. Es habitual comentar el negacionismo de Donald Trump o de Jair Bolsonaro sobre el coronavirus. Ese es negacionismo del presente.

En la Argentina los líderes aprecian el presente. Es indudable, como hemos dicho, el éxito del consenso sobre el presente en la lucha contra el contagio.

Pero a cambio de ello continua la autodisculpa del negacionismo del futuro que practican. No sólo los líderes.

No hay lugar para sueños o utopías en el debate y el pensamiento argentino contemporáneo. Una enfermedad grave. Vuelvo a Wagensberg, “Una utopía es para tensar, desde el futuro, un presente amarrado a su pasado”.  

Pongamos en mente la imagen del pantano. Si la Argentina está en un pantano, para salir de él, se requiere el malacate de la historia atado al futuro pensado y deseado.

Pero si no deseamos el futuro, si nuestros líderes no lo piensan y lo anuncian, seguimos amarrados al pasado, un pantano en el que hacer fuerza sólo genera empantanarnos aún más.

Después de la pandemia o, por el contrario si la cuarentena no continua alejando la tragedia, el consenso del presente se desvanecerá y las trifulcas menores, e infames, de las 24 horas volverán a reinar. La grieta es un nombre demasiado generoso para la pequeñez de las disputas sobre el pasado.  

Si entendemos necesitar y si deseamos, “cambiar la posición actual”, enorme incomodidad y potencial inestabilidad, es inevitable pensar como “acelerar” la velocidad de crecimiento.

Sin mayor velocidad no hay cambio de posición posible y nos condenamos a un entumecimiento progresivo. Vamos al punto.  

Guzmán dio los detalles de la parte medular de su programa económico, hasta ese momento desconocido por el público argentino, en un escenario, si bien por vía remota, finalmente externo: el público de destino era externo.

No fue una convocatoria a los argentinos para que compartan las metas que se propone. Tampoco hubo una discusión previa suficientemente amplia, al menos, que haya trascendido.

Su presentación, porque era la suya, la hizo rodeado de las cuatro personas que, sabemos ahora, son claves de su ministerio. “El equipo”.

En el nuevo lenguaje mediático las fotografías dicen tanto por los personajes que están como por los que no aparecen. ¿En este caso también? Por ejemplo, en medio de la crítica de los intendentes “cristinistas” a la flexibilización de la cuarentena en marcha de Rodríguez Larreta, el Presidente Fernández publicó una foto con Horacio y su segundo Santilli. Una de cal y otra de arena. Cristina y Alberto.

Pero en la foto de la presentación de Guzmán no estaban presentes ni su colega de gabinete Matías Kulfas, Ministro de  Producción – quién tiene a su cargo la industria, la energía y el agro – ni la segunda en la Jefatura de Gabinete dedicada al seguimiento de los objetivos económicos presidenciales, la Señora Cecilia Todesca

Puede que esas ausencias sean irrelevantes. Pero de cualquier manera así como se ha reclamado y logrado, el apoyo de empresarios y sindicalistas al presentar su oferta para el pago de la deuda, hubiera sido un detalle positivo el compartir las proyecciones macro con los que lo acompañan en la responsabilidad del futuro. Estas proyecciones hasta 2030, no son cualquier cosa, son las que definen el contexto de la oferta de pago de la deuda.

El Ministro anticipa una caída del PBI, en este año, de 6,5%, lo que es compartido por la mayor parte de los colegas que realizan proyecciones. Sobre la economía maltrecha, el coronavirus nos generará un golpe enorme. Ni dudarlo.  

La tasa de caída promedio puede que sea mayor en la medida que las reacciones del gobierno, si bien en la dirección correcta, sigan siendo tardías y escasas. La tardanza deja a demasiados fuera de la carrera futura y la escasez de los recursos de financiamiento permitirá dar unos pasos a la salida de la cuarentena, pero difícilmente alcance para que el nivel de actividad post pandemia sea de entusiasta recuperación. Poca plata y poca reacción.

Las devaluaciones brasileras inundan el mercado y quienes levanten las persianas, de no haber una estrategia apropiada, volverán a verla caer ante la flaqueza de las fuerzas para mantenerlas en alto.

Volvamos. El mundo imaginado en diciembre de 2019 no está presente. Y no sabemos si volverá. Y si vuelve no sabemos cuándo. Nada de lo que estamos haciendo es suficiente para garantizar ese retorno del pasado.Una paradoja de los tiempos.

Los datos que sí tenemos es que en el mundo, con enorme liquidez, las tasas de interés no podrán alcanzar ni los ya bajos niveles de pre crisis. Al menos hasta tanto la economía del planeta no nos dé signos de retorno de consumos y recaudaciones tributarias, de modo de poner en camino la utilización plena de los recursos productivos y un atisbo de crecimiento del empleo. Para entonces el comercio exterior será agresivo. Mire ahora otra vez a Brasil.  

El Ministro, que es el responsable de definir objetivos e instrumentos de política económica, proyecta que, al término de la gestión de Alberto Fernández, el PBI por habitante será 3% menor que el recibido en 2019. No lo dice así pero esas son las cuentas.

Guzmán - habida cuenta de la espantosa herencia que dejo Mauricio Macri; y  del impacto del coronavirus más las restricciones que impone el estado de negociación de la deuda – no imagina una gestión gloriosa ni para él ni para Alberto. ¿Pronóstico o propuesta?

Y lo que es mucho peor imagina un verdadero flagelo adicional al que hemos sufrido en la última década. ¿Será así?

¿Será una argumento para señalar a los acreedores lo difícil que sería pagar un centavo en estos años con la proyectada caída del promedio del nivel de vida de los argentinos?

Aún si la razón de exhibir esa proyección sombría no fuera mostrar lo que se propone, ni fuera presentar lo que realmente proyecta; y sólo fuera “un dibujo” para demostrar nuestra actual incapacidad de pago y la necesidad de mucho plazo y bajas cuotas para cancelar, porque esa incapacidad continuaría por toda la década, aún así insisto, la proyección como noticia política es desafortunada.  


¿Quién apostaría a compartir el estancamiento?¿Cómo provocar un consenso sobre un futuro en el que sólo se proyectan sombras?

Dejemos de lado la precariedad de ésta y de todas las proyecciones que – a tan largo plazo – proyectamos los economistas. Claramente no son pronósticos. Son propósitos.

La lógica de una proyección es “nos proponemos esto”. Y el fundamento es “para lograrlo haremos esto”.

Nicolás Dujovne, de cuya experiencia quisiera olvidarme, apenas asumió señaló que aspiraba a una tasa de crecimiento del 3% anual. Mezquina como aspiración. A esa tasa ningún problema se solucionaría. A esa tasa ni inversión ni exportaciones alcanzarían para salirnos de la decadencia. Lamento manifestar que al 1,7% inversión y exportaciones serán calamitosas, porque le sucederá la calamidad de la desindustrialización, la pobreza, la concentración y el abismo del Estado.

Es que Guzmán proyecta, según los cuadros que presentó, crecer desde 2023 hasta 2030 a 1,7% anual acumulativo. Eso equivale a proyectar que la expansión por habitante de la Argentina en la próxima década, será notablemente menor  (0,5%) que la que se materializó desde 1975 hasta el presente que fue de 0,60% anual.

La tasa de crecimiento de los últimos 45 años, en la dinámica social, es una tasa de decadencia. El PBI por habitante creció a una tasa tal que a ese ritmo el PBI se duplicaría cada 120 años.

Esta claro que el objetivo de cualquier programa destinado a superar la debacle social en la que vivimos, obliga a procurar una mucho mayor velocidad para – con el crecimiento – proveer a la superación de la pobreza que consumió los cimientos de esta sociedad que progresó colectivamente con el Estado de Bienestar hasta 1974.

Que se han consumido los cimientos lo ha puesto de manifiesto el estado de la pandemia y sobre todo los pasos de los últimos días.

La proyección que Guzmán ha expuesto es que la Argentina estará creciendo a 1,7% hasta 2030. Una velocidad a la que su PBI por habitante se duplicaría en 140 años. No hay cambio de posición.

A ese ritmo, cualquiera sea la forma en que se logre, es inevitable la profundización de la decadencia y el incremento de la incomodidad y la inestabilidad colectiva.

Le recuerdo que la decadencia, la escandalosamente baja tasa de crecimiento – la velocidad reptante – de la economía ha producido el crecimiento “chino” del número de personas sobreviviendo bajo el nivel de la pobreza (7% anual acumulativo durante los últimos 45 años).

Asociada a esa decadencia podemos citar un sinnúmero de desgracias cotidianas que se suman al sufrimiento vital y colectivo de 50% de los menores de 14 años viviendo bajo la línea de pobreza.

Una no menor es el atascamiento de la educación y la división social entre un grupo de jóvenes - ciudadanos del mundo- que se destacan en las universidades y en las empresas del área del planeta desarrollada, y un – cada vez más numeroso -  grupo de jóvenes cuya nota distintiva es la “deserción” temprana del sistema educativo y su más que probable exclusión del sistema productivo y su futura inclusión en el grupo – cada vez más numeroso – de los necesariamente asistidos para mantener esta paz social que se estará convirtiendo en un conflicto social silencioso, acumulativo, incomodo y desestabilizante.

Las proyecciones de Guzmán señalan un modesto incremento de las reservas internacionales. Suponiendo que sus estimaciones de 2020 sean correctas lo que se propone para 2030 es un incremento de 50% en las mismas, con un superávit primario de 1% del PBI y desde 2023 imagina un Tesoro que no recibe transferencias del BCRA, con una permanente reducción de la tasa de inflación que medida por precios implícitos en el PBI estaría aproximadamente en 4% en 2030


Una economía que acumula reservas cumple con el pago de los servicios de la deuda, que morigera la inflación a ritmos normales de la economía occidentales en 10 años, que manifiesta un largo período de superávit primario es, mirando sólo esos parámetros, una economía “normal”, sin desequilibrio externo ni fiscal y cumpliendo sus compromisos. Guzmán con esos logros habría alcanzado los parámetros de una economía normal.


Pero la gran pregunta es ¿cómo pueden lograrse esos objetivos si la tasa de interés a pagar es casi el doble que la tasa de crecimiento prevista del PBI?

¿Con esa tasa de crecimiento del PBI (1,7%) cuál es la expansión prevista de las exportaciones que, sin reformas de la estructura productiva que pasan por la inversión masiva y la sustitución de importaciones, financie la dinámica importadora que es 3,7 a 1 respecto del PBI?

¿Será estabilizadora respecto de la deuda externa esa tasa de crecimiento menor que la tasa de interés a pagar?

¿Será estabilizadora respecto de la reducción del número de pobres una tasa de crecimiento del PBI por habitante menor a la que produjo el incremento del 7% anual en la pobreza?

Son preguntas. ¿Hay una cierta incompatibilidad en las respuestas?

Apoyo en 100% la propuesta de pago de la deuda formulada por Martín Guzmán, es realista y posible. No dudo que ni él ni el Presidente acudirán al default que es el peor de los escenarios imaginables. Creo que algunos ajustes en las tasas, en el capital y en el reconocimiento de intereses, durante el período de carencia, no modifican lo esencial. Y que el acuerdo está cerca.


Pero no entiendo las proyecciones de Guzmán. No son compatibles ni con el clima para generar la confianza en nuestro desarrollo, que es el único argumento que paga la deuda, y ofrecen una velocidad morosa que consolida la “posición” incomoda e inestable que Guzmán ha heredado.

Sin velocidad no hay capacidad. ¿Quedarnos en el mismo lugar? ¿Quién alimentará el respirador de la decadencia colectiva? Me debato entre celebraciones, que iluminan algo, y preocupaciones que nublan todo.

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