Papá cuéntame otra vez

Esa historia tan bonita sigue Ismael Serrano. Y me quedo con esa palabra: Historia para devolvérselas más adelante.

Hoy pienso en las infancias. Me pregunto cómo se ofrece lugar al sufrimiento psíquico del niño que también se angustia y se preocupa. ¿Cómo le hacemos un rinconcito a sus temores? ¿Cómo lo escuchamos? Está en el aire la preocupación que subyace. Y en la angustia que arma surco. Surco escribo y  más allá de pensarlo como una herida. Sino como la tierra que se ara para sembrar semilla.

Vuelvo a la idea de Historia. Y a ese mundo de fantasías que existe en la Infancia. La infancia es algo que tiene estatuto de Historia. Hacer  historia es dejar marca. Y pienso en las marcas de esta gran oleada que nos empapó de golpe. Pero más allá de esta playa inundada, el mundo del niño es también un mundo poblado de miedos. Es un mundo que necesita la construcción de bordes. Borde que comienza en los brazos de ese otro que aloja para maternar. Con todo lo que ese verbo implica.

 Está inserto en un universo simbólico. Viene a ocupar un lugar en un entramado familiar que tiene además, su historia. Sus propios significantes. Y el niño ahí, a la espera y a la demanda de aquellas primeras insignias. De esas primeras palabras. De esas primeras caricias. Antes que nada, surge la sonoridad de la voz en la constitución subjetiva. La voz se hace cuerpo. La mirada. El gesto, el tono.  La palabra toma esa dimensión. Aparecen los primeros juegos. Los primeros recortes del mundo y así comienza a nombrarse a este niño. Así empieza, muy de a poco, a circunscribirse un espacio por fuera.

Pero armar una exterioridad es mucho más que abrir una puerta para ir a jugar. Es entramar el estatuto de un otro por fuera del seno familiar pero para ello, antes, hay que habitar otros lugares.

Y pienso en todos los intentos que venimos agotando de sostener un exterior. Es bien conocido como la extensión de una situación genera saturación y agobio. Entiendo que no alcanza. También entiendo que falta cada vez menos para ir encontrándonos finalmente con otros. Pareciera que es como decíamos más arriba: De a poquito, en esta historia, hay que re-armar un cuerpo exterior.

Entre medio de la frustración, el cansancio, la angustia y el desgano seguro que resta alguna gota de mesura. Es cierto que es difícil y que el sufrimiento psíquico está presente. Y sin los cuerpos vuelve con fuerza la voz. La corporeidad de la voz. La voz que arrulla, que nombra, que acaricia. Que relata. Que historiza. La voz que devuelve en palabras y que tranquiliza. Palabra primero ajena y después propia. Reinscribir donde se hizo grieta. Sembrar semilla donde hay surco.

Es posible que los niños no puedan armar con palabras aquello que les sucede. Nos toca, entonces, ayudarlos a comprender lo que les pasa. Hacerlos y reconocerlos como parte de este momento. Devolverles calma. Es cierto que es difícil y es cierto que  no alcanza.

No basta la virtualidad para seguir construyendo la subjetividad. La propia y la del niño. Pero es un modo de sostener y recordar que los vínculos perduran. Ese exterior subsiste No desaparece. No se pierde. Es algo ya instituido.

 Las canciones, los dibujos, los cuentos. El juego. Esos espacios ficcionales que anudan y ligan la realidad. Así también le hacemos lugar al sufrimiento del niño. Y también al nuestro. Así podemos ofrecerles cierta sensación de seguridad para que no se convierta en vacio tanta angustia esparcida.

Pienso en esas primeras marcas y en recuperar algo de eso. No como ese momento inaugural y fundador del psiquismo, claro,  pero para semejante ruptura en la cotidianeidad hay cuestiones que necesitan volver a reinscribirse. Seguramente haya que inaugurar también y seguir construyendo.

Pero falta cada vez un poco menos… y también cada vez un poco más. Porque más arriba decíamos que el mundo de la infancia es un mundo poblado de miedos.

La oscuridad. Los mounstros… No son lo mismo en todas las infancias. Toman en cada una de ellas un estatuto singular. Hay algunas que no les basta con cobijarse bajo un techo para abrigarse y sentirse a salvo. Ni tampoco tienen recursos para abrir una ventanita virtual. En eso también pienso…Tan importantes esas primeras marcas.

 Esperemos que, cuando baje la marea de esta playa inundada, podamos percibir con más claridad que sigue cantando Ismael Serrano “Aun están sucias las plazas” ,  para que sea posible también pensar en aquellas infancias a las que aún les urge reverdecer.

Diarios Argentinos