Pandemia

OPINIÓN. Seres intervenidos en las redes hipermediales.

Hoy, en la pandemia, se potencian y expanden exponencialmente tendencias que nos venían habitando en nuestros modos de vida desde hace ya más de una década, pero que encuentran en esta situación extrema su modo de condensación.

Es que hoy nos encontramos en nuevos modos de narrarnos a nosotros mismos, y estamos intervenidos por procesos que nos transforman inexorablemente y que aún no llegamos a comprender... Antes se decía que esto era propio de las épocas de transición cultural, pero la sensación se repite. ¿Viviremos desde hace un tiempo y hacia adelante en permanentes estados transicionales? Sin duda, la pandemia lo es, aunque no solo.


La sensación es que esto no para nunca. 


Estamos sobre un tren en movimiento, y nos cuesta percibir la velocidad en que vamos: cuando miramos adentro, todo parece estable; cuando miramos afuera percibimos el vértigo. Y lo más interesante es que no hay un adentro y un afuera, somos a la misma vez el adentro y el afuera, separado por nuestra propia piel.

Hoy más que nunca vivimos interceptados por redes que parecen dar sentido a nuestra existencia, y que en sus porosidades parecen constituirnos, estamos atravesados por “comunidades imaginarias”, constituidos por un radio de pares con los cuales creamos una potencial situación comunicativa, con quienes establecemos un estado tácito de conexión permanente.

Me gusta indagar en qué tipo de constelaciones dibuja el “habitar” estos espacios que están siempre “en construcción” y reconstrucción. ¿Cuáles son los contornos de esas constelaciones? Más que plantearlos como ámbitos que establecen fronteras, propongo pensarlos como una configuración espiralada, de entrada y salida circular y continua entre el adentro y el afuera. Un hilo comunicativo al interior de la comunidad que se construye como un lazo continúo en el tiempo.

Ahora, en este megáfono que tenemos en la palestra pública, sentimos que somos importantes. Ahora tenemos una tribuna pública, y tenemos una ilusión de visibilidad total. Porque hay una “comunidad imaginaria” que creemos que está atenta y expectante a nosotros, sujetos anónimos de la gran ciudad que tenemos algo para decir desde nuestro centro de comunicaciones del hogar. Un hombre o una mujer cualquiera. Y nuestros actos privados. Nuestras imágenes. Nuestras narraciones. Nuestras pinturas autorreferenciales. Nuestras banalidades. Nuestras insignificancias cotidianas pero también nuestros manifiestos. Y si ahora somos importantes es porque hay otro que creemos que está ahí, mirando desde la rendija, un otro al que deseamos conocer y capturar en toda su dimensión, como un fantasma imaginario de propia creación. Pero se escabulle.

Gay Talese en su novela El motel del voyeur plantea que dado que "la vida cotidiana es aburrida (…) no es de extrañar que siempre haya un gran mercado para lo imaginario”. Un plus que dé sentido, magia, luz a lo opaco. Y, paradójicamente, también hoy los límites entre lo real y lo ficcional se encuentran borroneados. En esta pandemia, aún más que antes, lo “que ocurre” es pasible de ser mostrado, y eso lo sabemos.  Entonces eso “que ocurre” tiene inevitables elementos de ficción, esa ficción propia de los sujetos cuando protagonizan diálogos o intercambios que se saben espiados. 


Cuando una práctica se realiza a sabiendas de su posible exposición, su privacidad ya ha sido moldeada.


¿Cuáles son los límites entre lo verdadero, lo veraz y lo verosímil, hoy en este contexto de zoom? ¿Estamos intervenidos como personas en tiempos de porosidades hipermediales? Podría decirse que producimos una suerte de narración ficcional cual si fuera un retrato de nosotros mismos que sale a vivir atravesando esa pantalla al mundo. Un relato autobiográfico que no puede ser pensado bajo la lógica verdadero-falso, ya que resulta todo lo verdadero que puede resultar cada uno de los trajes que nos ponemos en los distintos escenarios, virtuales o físicos.

En esta pandemia, hoy conviven igualmente distintas narrativas contrapuestas en torno a las visibilidades contemporáneas... Muchos en zoom tienen también las cámaras apagadas, aún quienes se exponen en las redes. Hay una decisión de dónde mostrarse, para qué, por qué y cuándo. Qué lugares son de exposición y cuáles de repliegue. Y dónde se construyen las comunidades imaginarias o no.

También se redefine la dimensión corporal: hoy una buena parte de las comunicaciones que antes se hacían solo por audio, se están produciendo por imagen, como un modo supletorio de la presencia física, y ello conlleva un reconfiguración de la imagen corporal y una exposición que si bien crea nuevos lazos, también desnuda parte de nuestro propio registro personal. Nos volvemos seres permeables en nuestras humanidades, aunque siempre guardamos rincones de subjetividad escondida que nunca podrán capturar.

 

Sobre el autor: Gustavo Efron es profesor en FLACSO, UBA y UNLAM. Profesional Pedagógico del Ministerio de Educación Nacional.

Diarios Argentinos